"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


lunes, 21 de mayo de 2018

Venus a la Deriva [Lucrecia] - 09. Afrodita


Capítulo 9.


Afrodita.

Viernes 18 de Abril, 2014.

-1-

Me levanté muy tarde. Al mirar el reloj caí en la cuenta de que había faltado a clases. En otro contexto, esto me hubiera alterado mucho; pero luego de la hermosa mañana que pasé con Lara, nada me importaba. Estaba feliz, mi vida había dado un giro inmenso, me llevaría un tiempo asimilar todos los cambios que traería consigo lo que había ocurrido; pero me sentía tan optimista, que todo el panorama me parecía espléndido. Había corrido un riesgo inmenso al actuar de esa forma con mi mejor amiga y por un breve espacio de tiempo, creí que nuestra amistad llegaría a su fin, creí que el peor de todos los casos posibles; me alegraba haberme equivocado. Lara demostró ser una chica sumamente comprensiva… y cariñosa. Aún podía sentir el calor de sus besos contra mi cuerpo.
Me levanté, fui al baño y me lavé la cara. La chica que me miró desde el espejo estaba toda despeinada, sus largos mechones castaños saltaban para todos lados; pero tenía una sonrisa de oreja a oreja que parecía ser indeleble.
Hasta cuando me cepillé los dientes sonreí como una estúpida.
Regresé a mi cama y vi que una lucecita titilaba en mi celular, indicándome que había recibido un nuevo mensaje. Lo revisé y encontré un mensaje de Lara, me emocioné mucho y me apresuré por leerlo.
«Amiga, me es muy difícil escribirte esto después de lo que pasó; pero tengo que hacerlo, aunque me duela en el alma. Te pido disculpas. Me dejé llevar por el momento, espero no haberte ilusionado y por favor no te enojes conmigo. La realidad es que yo no puedo estar con una mujer, y no quiero perderte como amiga. Preferiría que todo volviera a ser igual que antes. Después te llamo y hablamos bien. Te quiero».
Me quedé mirando la pantalla boquiabierta y desilusionada. Todas mis ilusiones se destrozaron en mil pedazos.  No sólo me estaba diciendo que no tendríamos otro encuentro sexual, sino q se había arrepentido. Para ella todo había sido un error. Algo que debía ser borrado completamente, como si nunca hubiera ocurrido.
Estaba desecha, ni siquiera pude llorar. Con toda mi ilusión escapando por la ventana, me tendí en la cama. Sólo quería que el día terminara; que el fin de semana terminara y, de ser posible, que mi vida terminara.

-2-

Un par de horas más tarde, Lara me llamó, como había prometido; pero no quise contestar. Di vueltas por mi cuarto, sin rumbo fijo. Quería escapar, pero no sabía dónde ir. Me senté a mirar el enorme patio, por la ventana; una vista que siempre me reconfortaba y que ahora no lograba hacerlo. Llegó un nuevo mensaje de texto. Era de Anabella, la monjita. Ya me había olvidado de ella, sólo podía pensar en Lara.
«Hola, Lucrecia, ¿Cómo estás? ¿Pudiste resolver tus conflictos?» ―me preguntaba.
«Hola, Anabella. No pude resolverlos, creo que los empeoré».
«¿Por qué, qué pasó?»
«Hice algo estúpido con una amiga y ella se arrepintió. Tengo miedo de que eso afecte nuestra amistad».
«Si es tu amiga de verdad, sabrá comprenderte. Deberías intentar hablar con ella francamente».
«Gracias Anabella. Espero que así sea. Te prometo ir a visitarte cuanto antes, aún tenemos muchos temas para hablar».
«Podés visitarme cuando quieras. Si querés podés venir mañana, no tengo ninguna actividad para esa tarde y seguramente voy a estar aburrida».
Medité su propuesta por unos segundos, no podía quedarme en mi casa y hundirme en pozo depresivo durante todo el fin de semana.  Tal vez al hablar con alguien como Anabella podría distenderme un poco.
«Está bien, te prometo que voy a ir. Yo tampoco tengo planes, y me haría bien tener a alguien con quién conversar».

-3-

A las tres y media de la tarde del día siguiente, estuve lista para salir. Para no perder más tiempo, tomé un taxi hasta la Universidad; ya estaba llegando tarde, la monja me esperaba para las tres en punto. Agradecí que Anabella me estuviera esperando de pie en el umbral de la puerta de la capilla, enfundada en sus hábitos, ya que no recordaba qué camino debía seguir para llegar a su cuarto. A duras penas recordaba su nombre, siempre fui pésima recordando nombres. Resultaba de gran ayuda tenerlo guardado entre los contactos de mi celular.   
―Es un día muy bello ―me dijo luego de que la saludé―. No tengo ganas de estar encerrada ¿te gustaría que vayamos a un sitio al aire libre? ―al parecer no le molestaba mi demora.
―Sí, me encantaría. Vos decime dónde y yo te sigo.
―Está bien. Como hoy es sábado no hay tanta actividad, podríamos ir patio externo de la Universidad.
No tuvimos que caminar más de veinte metros para llegar a ese sitio. Se lo llamaba “patio externo” porque daba a la calle; sin embargo estaba cercado por altas rejas negras, las cuales sólo se cerraban durante la noche. Nos sentamos en un banco de madera recientemente pintado de blanco, el patio contaba con algunos arbolitos y un césped de verde intenso prolijamente recortado.
―¿Qué fue lo que ocurrió con tu amiga? ―me preguntó con su suave vocecita.
Yo estaba acostumbrada a hablar en volumen alto y de forma clara. Esperaba que las personas me respondieran de la misma forma; pero Anabella era tan tranquila al hablar que debía forzar un poco mis oídos para escuchar claramente sus palabras.
―Me da mucha vergüenza contarlo, es un tema muy delicado.
―Está bien, no es mi intención inmiscuirme en tu vida.
―No, ese no es el problema. Creeme. Solamente no quiero espantarte. Creo que si supieras la mitad de las cosas que pasan por mi mente dejarías de hablarme en este mismo instante.
―Cada mente es un mundo, Lucrecia, con luz y oscuridad.
―Puede ser, en mi mente últimamente hay más oscuridad que otra cosa. Nos soy una mujer luminosa y radiante como vos ―sonrió por mi halago.
―¿Por qué decís que hay mucha oscuridad en vos? No te veo de esa forma.
―Es que últimamente confundo todo, tiendo a malinterpretar cualquier tipo de señal femenina. No sólo me pasó con mi amiga sino que también cometí un grave error con una chica a la que ni siquiera conocía. Hice una estupidez, me dejé llevar por mis impulsos. Mi mamá siempre me dijo que soy una mujer muy impulsiva… enfermizamente impulsiva; pero se refiere a mi forma de responderle y llevarle la contra. Sin embargo esto es muy diferente. Son impulsos que me llevan a actuar de una forma inapropiada.
―Comprendo… o no. No lo sé. Me cuesta asimilar lo que me estás contando. No logro comprender tu atracción por el sexo femenino.
―Yo tampoco la comprendo Anabella, eso es lo que más me asusta. No sé hasta qué punto podría llegar.
―Eso dependerá de tu capacidad para controlarte.
―Qué bueno ―suspiré―. Al menos no dijiste que tenía que controlarlo rezando.
―Era exactamente lo que iba a decirte después. ¿Hay algún problema con eso? ―posó una mirada de lechuza vigía sobre mí. ¿Me estaría poniendo a prueba?
―Normalmente no tendría ningún problema con eso, suelo rezar mucho; paro desde hace un tiempo siento que eso no me está ayudando para nada.
―¿Acaso estás perdiendo la fe?
―No, para nada ―me apresuré a responder―. Ni un poco, creeme. Pero creo que esto es algo que tengo que solucionar yo misma. No puedo pedirle a Dios que, milagrosamente, arregle todo lo malo en mí.
―En eso tenés mucha razón, Dios ayuda a los que se ayudan. Es un viejo refrán, pero es muy cierto.
En ese momento mi teléfono celular comenzó a sonar anunciando una llamada entrante. Miré la pantalla sólo para corroborar que se trataba de Lara, luego volví a guardarlo en mi bolsillo, dejándolo sonar libremente.
―Imagino que la que te está llamando es la misma amiga que mencionaste ayer ―dijo la monja.
―Sí, pero no quiero hablar con ella en este momento.
―Deberías hacerlo. No sé qué habrá pasado entre ustedes, pero si ella te está llamando es porque quiere arreglar el problema.
―Eso es lo que me da miedo, que quiera “arreglarlo”.
―No comprendo ―me miró confundida.
―No te preocupes, voy a hablar con ella, pero más tarde. Primero necesito aclarar mi mente un poco. ¿Podemos hablar de otro tema?
―Por mí está bien ¿de qué tema te gustaría hablar?
―Cualquiera que no esté relacionado con mujeres.
La charla se desvió hacia el tema de la religión, el cual cumplía muy bien con el objetivo de mantener mi mente despejada. Sin embargo mis ojos comenzaron a traicionarme, se posaron en su bello rostro y en el resto de su cuerpo. No pude evitar preguntarme qué tan hermosa sería debajo de sus hábitos. Me di cuenta de que Anabella solía mantener las manos quietas al hablar, lo cual me permitía contemplarlas a mi antojo. Las tenía muy suaves y bellas. Éste era un rasgo que solía captar mi atención en cuanto a mujeres se trataba y en esta ocasión llegó a distraerme tanto que la monjita tuvo que volver sobre sus palabras en dos ocasiones y repetirme otra vez los pasajes bíblicos que estaba recitando.
―¿Se comprende lo que quiero decir, Lucrecia?
―¿Eh? ―pregunté, espabilando.
―¿Me estás escuchando? Porque me da la impresión de que estoy hablándole a la pared.
―No hay muchas paredes por acá cerca. Hubieras podido decir que estabas hablándole a ese arbolito ―lo señalé.
―No me tomes el pelo ―dijo con una sonrisa―. Si te aburre mi charla, podés decírmelo. No me ofendo. Sé que a mucha gente le aburre hablar de religión.
―No me estás aburriendo, Anabella. Para nada ―no pensaba confesarle que lo que me entretenía era admirar su belleza―. Lo que pasa es que hoy ando un poco distraída, te pido disculpas.
―¿Distraída pensando en mujeres?
La miré con los ojos muy abiertos. ¿Acaso la monja podía leer mi mente?
―¿Soy tan transparente? ―pregunté temerosa de que ella se hubiera dado cuenta de la forma en que la miraba.
―Bastante. El asunto de tu amiga te preocupa más de lo que imaginaba.
Si podía leerme la mente, lo hacía sólo en parte. No hizo mención a mis pensamientos inadecuados hacia ella.
―Lo que pasa es que ella es mi mejor amiga, y después de lo que ocurrió no sé qué va a pasar con nuestra amistad.
―Quedate tranquila ―puso una de sus suaves manos sobre la mía; todo el cuerpo se me electrificó―. Ya te dije que si ella es una amiga de verdad, las cosas se van a solucionar. Puede que vuelvan a ser tan amigas como lo eran antes de ese inconveniente.
―¿Y si yo no quisiera que las cosas vuelvan a ser como antes?
―Otra de tus preguntas crípticas, y creo que ya sé por dónde vienen los tiros. Ahí ya no puedo aconsejarte.
―¿Por qué no? ―sentí una leve presión de su mano.
―Porque no te agradaría escucharlo.
―De todas formas prefiero que me lo digas. Vos sos una persona muy sensata, Anabella. Tal vez vos me hagas poner los pies en la tierra.
―Lo dudo, tengo la impresión de que sos demasiado volátil; pero bueno, allá va. Te aconsejo que no te involucres con mujeres, de forma romántica o sexual. Dios nos creó machos y hembras, hombres y mujeres, por una razón. Esa razón es para que podamos unirnos y dar vida. De lo contrario la unión sería antinatural.
―¿Eso quiere decir que si una unión entre dos personas no puede generar vida, está mal? ―pregunté―. ¿Y qué pasa con esas personas que no pueden tener hijos… o las que no quieren?
―No me estás comprendiendo, Lucrecia. No me refería sólo al acto de reproducción, sé muy bien que hay personas que no pueden tener hijos o prefieren no tenerlos. Sin embargo siguen respetando lo estipulado por la ley natural de Dios. La unión entre un hombre y una mujer.
―Tenías razón. No me gustó escucharlo.
―Lo supuse. Sabía que te molestaría que te cortara las esperanzas de estar con tu amiga.
―No, eso no es lo que me molestó.
―¿Qué te molestó entonces?
―No imaginaba que fueras homofóbica.
Súbitamente giró su cabeza y me miró, parecía asustada.
―Yo no…
―Está bien, Anabella. Sé que me vas a salir con el discursito explicándome que no sos homofóbica. Pero eso no cambia lo que ya me dijiste. No te agrada para nada la unión entre dos personas del mismo sexo.
―Eso es cierto; pero tengo mis razones. Sin embargo no significa que voy a estar atacando a homosexuales. Ni siquiera me interpondría entre ellos. A lo sumo intentaría darles mi opinión, si me la piden.
―¿Eso lo decís por mí? Podré tener dudas, pero no soy homosexual, Anabella.
―¿Ahora quién es la fóbica?
Entablamos un silencioso duelo de miradas. Si alguien hubiera puesto su mano entre nosotras, se hubiera llevado uno o dos mordiscos.
―Disculpame, Anabella ―cedí―. No quiero pelear con vos. Entiendo perfectamente tu postura, y en parte la comparto. Sólo me puse sensible porque me da miedo que me juzguen.
―Está bien. No pretendo juzgarte, sólo ayudarte.
―Sinceramente, la paso muy bien charlando con vos ―aseguré―. Ahora tengo que irme, necesito aclarar mi mente. Pero te prometo que voy a volver a visitarte ―ella sonrió, toda su furia se disipó en un instante.
―Y yo te voy a estar esperando, con mucho gusto. Vení cuando quieras.
La tarde junto a ella fue muy esclarecedora y reflexiva, no quería que se terminara; pero debía volver a mi casa antes de que oscurezca o mi madre comenzaría a preocuparse. Además era cierto que necesitaba tiempo para ordenar mis pensamientos.
Me despedí de ella con un beso en la mejilla.
―Espero que lleguemos a ser buenas amigas ―me dijo antes de que me marchara.
―Yo también.

-4-

Cuando regresé a mi casa evité todo contacto con los miembros de mi familia y me encerré una vez más en mi cuarto. Pensé que había pasado desapercibida y que nadie me molestaría; pero poco después de entrar, escuché que llamaban a la puerta. Era mi madre, portando una extraña sonrisa. En realidad era una sonrisa normal, lo extraño era verla sonreír. Por lo general ella irradiaba la alegría de un velorio y la simpatía de un verdugo.
―Llamó tu amiguita, Lara ―me dijo, vi que sostenía el teléfono inalámbrico en una mano―. Qué buena chica, qué amable es ―ahora sí que no entendía nada, ¿mi madre hablando bien de una de mis amigas? ¿Qué seguía? ¿Judíos alabando a Jesús?―. Me ayudó a conseguir el número de teléfono de unos organizadores de fiestas y eventos, para el cumpleaños de mi amiga Silvina. Ah sí, también me dijo que la llames, tiene que decirte algo importante.
Se despidió y me dejó el teléfono. Tomé aire y lo exhalé. Debía ser fuerte y afrontar la realidad. Lara podría haber cambiado de opinión.
«Tal vez haya cambiado de opinión». Vaya manera de afrontar la realidad.
Marqué su número y me atendió de inmediato.
―Hola Lara ―saludé con poco entusiasmo.
―¡Lucrecia! ¡Al fin! No podía dar con vos.
―Es que no estuve en mi casa ―mi excusa era pésima.
―Pero te llamé a tu celular, varias veces ―por eso mismo mi excusa era tan mala.
―Mi mamá me contó que la ayudaste con la organización de una fiesta ―cambié de tema.
―Ah sí. Es que me pareció buena idea caerle bien en el caso de que se entere de que… ya sabés. Que soy judía. Pero digamos que también es una prueba para ella.
―Sí, es buena idea lo de caerle bien ―la tristeza en mi voz era evidente―. ¿Una prueba para ella?
―Emmm… sí. Pero eso no viene al caso ahora mismo; en otro momento te lo explico ―guardamos silencio durante unos segundos―. Lucre, quería decirte… lo que pasó la otra noche fue lindo, de verdad; pero no creo estar lista para encarar algo así. Espero que eso no afecte nuestra amistad. Preferiría dejar todo como estaba antes. Sé que es mi culpa, por un montón de motivos; pero cuando me senté a pensar las cosas con mayor claridad, me di cuenta de que todo fue una locura.
―Está bien Lara, no te preocupes ―mis ojos se llenaron de lágrimas―. Sí, fue muy lindo. Fuiste muy buena conmigo amiga; pero ya pasó. No se va a volver a repetir. Tenés razón, fue una completa locura.
«Pero una locura que me hizo feliz», pensé.  
―Bueno sí… pero yo quería que todo quedara en claro.
―Y lo está, en serio. No te preocupes Lara ―saqué un pañuelo de un cajón de mi ropero y me sequé las lágrimas con él―. Vos sos mi mejor amiga, y no quiero que nada cambie eso.
―Gracias por entender, Lucre.
―Te hago una sola pregunta más, y podemos dar el tema por cerrado.
―Decime.
―¿Te arrepentís de lo que pasó?
―No, en realidad no. Eso pasó y no puedo negarlo. Me hizo sentir bien, en ese momento. Lucre, todavía no puedo creer que tuve mi primera relación sexual, y que fue con vos. Fue maravilloso y siempre lo voy a recordar. Te agradezco mucho que hayas compartido ese lindo momento conmigo ―logró hacerme sonreír―. Pero eso no significa que debamos repetirlo. Puede traernos demasiadas complicaciones.
―Sí, pienso exactamente igual que vos.
No fui totalmente honesta. Era cierto que pensaba que todo era una locura y que nos traería complicaciones; pero me dolía en el alma saber que ella no estaba dispuesta a afrontar ese riesgo conmigo. Al menos para que ambas pudiéramos estar seguras de que eso que nos pasó fue una simple calentura… o algo mucho más profundo. Por más que me doliera, no podía obligarla a que aceptara estar con una mujer, menos cuando yo misma tenía dudas al respecto.  
Hablamos un rato más sobre otros temas, sólo para demostrarnos que podíamos seguir siendo buenas amigas. Intercambiamos opiniones sobre el libro El Señor de los Anillos, el cual me estaba gustando mucho; me era muy útil para mantener la mente ocupada y lejos de este mundo. Prometimos vernos el lunes en la facultad y almorzar juntas.

-5-

Me pasé las siguientes horas llorando y culpándome a mí misma. Debía tomar una decisión con respecto a mi gusto por las mujeres, el cual se estaba haciendo cada vez más evidente. Sin embargo me asustaba, era algo que contradecía a toda mi crianza y mis pensamientos. Tal vez estos sentimientos habían estado dormidos en mí durante muchos años y ahora estaban emergiendo, rebalsándome y sofocándome. Pensé mucho en eso, me estaba volviendo loca, yo que siempre supe poner límites y reprimir mi libido, de pronto me encontraba en una encrucijada sexual.
Cuando llegó la hora de cenar casi no toqué mi plato. No tenía apetito. Volví a mi cuarto, dándole puntapiés a mi estado de ánimo, que se arrastraba lastimosamente por el piso. Me di cuenta de que no sólo estaba dolida por el rechazo de Lara sino también por haber perdido la oportunidad de tener sexo con una mujer. Bueno, tenerlo en forma completa, sin ningún tipo de interrupciones.
Debía admitirlo, lesbiana o no, eso era lo que quería. Me moría de ganas de acostarme con una mujer, experimentar en carne propia lo que se sentía.
Enojada conmigo misma, por haberme reprimido tanto durante años, decidí darme una noche libre y romper todos los límites. Mandar todo al carajo. Pero antes debía pensar cómo actuar sin que nadie se diera cuenta. No quería ser yo la que mandaran al carajo.

-6-

Planifiqué todo cuidadosamente.
Mentira, ni yo me lo creo.
Pensé rápido y actué de forma impulsiva, como siempre.
Avisé a mi madre que usaría el auto y que iría a casa de Lara, ella no protestó para nada ni le resultó extraño que saliera tan tarde. El auto era prácticamente mío, ya que mis padres tenían otros dos, uno para cada uno. El tercero se usaba en raras ocasiones, yo no era muy amante del volante y prefería manejarme en taxi; pero esta noche necesitaba mi propio vehículo.
Lo abordé ya pasadas las once de la noche, llevando conmigo una pequeña mochila.
Conduje unas cuantas cuadras hasta que encontré un sitio poco frecuentado y estacioné. Abrí la mochila y extraje un pequeño vestido amarillo, una de mis pocas vestimentas sexy, la cual me la regaló una tía un tanto liberal que casi provoca un fallo cardíaco a mi madre. Nunca lo había usado y me parecía que ésta era la noche perfecta para estrenarlo. Me desvestí dentro del auto, no fue una tarea fácil. Apagué la luz, para evitar la mirada de algún potencial curioso. Como acto de rebeldía, decidí despojarme de toda mi ropa interior. Era un acto contra el sistema y la represión a la mujer, contra la injusticia y la desigualdad… y también porque estaba muy caliente y quería andar sin nada que me cubriera la almejita. El vestido se sentía raro, era como estar con una ajustada toalla. No tenía nada más. Un simple rectángulo ceñido a mi cuerpo, el cual a duras penas cubría mis vergüenzas. El vestido era más corto de lo que yo recordaba. Encendí la luz del interior del vehículo y me maquillé sutilmente mirándome al espejo retrovisor. Tuve cuidado de no excederme ya que no acostumbraba maquillarme y tenía miedo de quedar como un payaso aficionado a los prostíbulos. Para finalizar me puse par de zapatos de taco alto, color negro. Olvidé traer un bolso de mano, pero prefería estar ligera. Coloqué algo de dinero entre mis pechos… ahora sí parecía toda una prostituta.
Me puse en marcha otra vez, no sabía dónde ir. Recorrí la zona de las discotecas, pubs y clubes nocturnos. Nada me convencía, todos estaban atiborrados de gente que me inspiraba poca confianza. De haber salido acompañada no hubiera dudado en entrar al primero que viera; pero al estar sola, y con tan poca ropa, debía ser precavida. Llegué a un sitio un tanto del resto de las discotecas. Se llamaba Afrodita. «Perfecto ―me dije―, mitología griega».
Recordé que esa era una discoteca gay, debido a varios chistes que se hacían en la facultad al respecto. Si alguien llegara a verme entrando era cadáver, pero esa noche no me importaba nada. Estaba jugada. Aun así mantuve mi cabeza gacha, como si mi madre estuviera patrullando las calles de la ciudad… cosa que no me sorprendería.
Cuando logré estacionar me acerqué al boliche. Éste tenía un amplio cartel negro, con el nombre en letras color rosado intenso y una bonita ilustración de la diosa griega, Afrodita. No tuve que hacer cola para entrar ya que no había mucha gente. La entrada era gratuita, pero antes de permitírmela, un par de guardias de seguridad me miraron de arriba abajo. Pude entrar sin mayores problemas, tal vez ya se leía en mi frente el cartel de “Lesbiana en potencia”.
Avancé con timidez, de inmediato noté que muchas miradas se clavaban en mi cuerpo. Me arrepentí de llevar un vestido tan llamativo. Me sentía un pavo real entre gansos, no por la belleza, sino por lo escandalosa. Había grupos diseminados por todo el lugar, la mayoría de ellos reunía gente de un mismo sexo. También estaban aquellos que iban solos, como yo. Di un par de vueltas, disimulando como un payaso en un velorio. La música sonaba a buen volumen y las luces parecían posarse todas en mi vestido amarillo. Luego me di cuenta de que sólo estaba siendo paranoica. No sabía qué hacer, pero sabía que al deambular llamaba aún más la atención, por eso me acerqué a la barra y pedí el primer trago de la noche. Creí que bastaría con decir: “Deme un trago”, como ocurría en las tabernas de las películas del oeste; pero aquí, al decir eso, te extendían una carta con decenas de nombres completamente rocambolescos. Terminé decidiéndome por uno llamado “Sex on the beach”, me llamó la atención, como si la palabra “Sexo” me fuera a traer buena suerte. Hasta me pareció simpático el gajo de naranja que decoraba el vaso.
Bebí con calma, escaneando el entorno. Había mujeres que parecían hombres y hombres que parecían mujeres. Debía tener cuidado, no quería llevarme una sorpresa. No pude evitar notar que muchas chicas se fijaban en mí. El maldito vestido amarillo me hacía demasiado visible, y aumentaba la ilusión de soledad que yo transmitía mientras daba cortos sorbos al vaso, sin dejar de mover mis ojos para todos lados; como un niño en una juguetería.
La noche fue avanzando y el lugar comenzó a llenarse de gente. Algunas de las mujeres que me observaban me parecieron bonitas, pero me daba pánico acercarme a ellas y hablarles, por lo que me limité a pedir un trago tras, otro sin alejarme de la barra. Tampoco sabía qué carajo hacer con los gajitos de naranja, los cuales se fueron acumulando sobre una servilleta; para disgusto del barman que se veía obligado a colocar nuevos en cada vaso sólo para que yo los apartara una y otra vez. Intenté explicarle que no era necesario que los pusiera; pero debido al ruido y a la cantidad de gente que le pedía cosas, no llegó a comprenderme.
En un momento se me acercó una de esas chicas que yo no quería ver. Llevaba el cabello ondulado muy corto, tenía hombros anchos y prácticamente iba vestida como mi primo cuando juega al fútbol con los amigos.
―Hola gatita ―me saludó, con socarronería.
―¿Acaso te parezco un gato?
―Tenés todo el aspecto de ser una fiera en la cama ―se acercó y me acarició el pelo con un movimiento tosco.
―Y vos tenés todo el aspecto de Diego Maradona ―estaba enojada, quería que se fuera.
―¿Hey, que mierda te pasa, putita?
Me empujó, volcando parte del contenido de mi vaso. Casi me meo encima del susto. Si esa “chica” me golpeaba, me mataría. Gracias a Dios un par de guardias de seguridad la vieron. La sacaron del establecimiento a base de amenazas, que no pude oír. Tragué el resto del contenido del vaso, para tranquilizarme, eso me pegó como gancho de boxeador. No fue una buena idea, provocó que todo el lugar comenzara a tambalearse. Las potentes luces de colores, comenzaron a provocarme nauseas, por lo que me quedé mirando fijamente los gajitos de naranja sobre la barra; éstos se movían menos.  
A los pocos segundos escuché una voz femenina saludándome, intenté divisar de quién se trataba, pero el alcohol seguía dándome martillazos en el cerebro.
―¿Estás sola? ―me preguntó la misteriosa mujer.
Cuando por fin pude fijar la mirada en ella, me di cuenta de que era un trillón de veces más linda que la anterior. Tenía el cabello negro suelto y formando hermosas y brillantes ondas. Sus labios carmesí me recordaban a los de Lara, al igual que esos ojos negros.
¡No puede ser! ¡Es Lara!
¿Qué carajo estaba haciendo Lara allí?
No, no era ella. Falsa alarma.
El alcohol y mi subconsciente estaban jugándome una broma pesada. Maldito cerebro. Pensé en vengarme de él acribillándolo con tragos fuertes, pero ahora necesitaba saber qué intenciones tenía esa hermosa mujer, que se parecía levemente a Lara.
―Sí, estoy sola ―le contesté―. Si vos también me vas a decir “gatita”, sola me quedaré ―se rio mostrándome sus blancos dientes.
―No te preocupes, como mucho te podré decir que sos la chica más hermosa que hay aquí dentro.
―Sé que decís eso porque todavía no encontraste ningún espejo ―nueva sonrisa, el alcohol me desinhibía. Hasta me hacía creer estrella de cine porno. Sí, de esas películas que yo nunca miré y que jamás volveré a mirar otra vez.
Mientras la charla avanzaba aproveché para examinarla mejor, ella llevaba un vestido parecido al mío; pero en color blanco. Ideal para una chica con el cabello tan oscuro, al menos en mi humilde opinión. Analicé sus curvas y ella hizo lo mismo con las mías. Hablamos de temas típicos de barra y boliche. Supe que teníamos la misma edad y luego siguieron el resto de las preguntas típicas de levante: «¿Viniste muchas veces a este lugar?»; «¿Te parecen buenos los tragos»; «¿Tenés pareja?»; «¿Estudiás o trabajás?»; «¿Te gustan las mujeres?». Bueno, tal vez esa última pregunta no fuera tan típica; pero en este sito sí debía serlo.
―¿Les o bi? ―preguntó.
Con mi increíblemente magra experiencia callejera, y mi tacto hacia las sutilezas, tuve que pensar dos veces para saber a qué se refería; bueno el alcohol también cargaba con un poco de culpa.
―¿Es necesario ser una de las dos? ¿No puedo estar simplemente de paso?
―Sí, podés. De hecho mucha gente viene sólo a mirar, de curiosos. Otros prueban una vez y no vuelven. ¿Vos de cuáles serías?
―Diría que soy de las que vienen a probar y después no vuelven ―mi respuesta la alegró.
―¡Qué bien! ¿Y con quién te gustaría probar?
―Con la primera mujer que no parezca jugador del fútbol profesional.
―¿Y yo qué parezco? ―se paró frente a mí y dio una vueltita, estaba muy buena. Tenía los pechos más grandes que los míos.
―Vos parecés alcanzapelotas ―hice un gesto con las manos, refiriéndome a sus enormes tetas.
Comenzó a reírse y me tomó de la mano de forma casual. En cuanto me di cuenta me estaba guiando hacia quién sabe dónde. La seguí como si fuera un barrilete siendo arrastrado por el viento. Aunque yo nunca había visto que el viento tuviera tetas tan grandes y un culito respingado, en forma de corazón.
Llegamos hasta un pequeño lugar que se asemejaba a los probadores de ropa, aunque éstos eran un poco más grandes y tenían asientos, pegados a las tres paredes. Me senté y ella corrió una pesada cortina roja, ocultándonos de la vista del resto de la gente. No pasó ni medio segundo que ya estábamos besándonos.
«Lucrecia, ésta es tu oportunidad ―me dije a mí misma―. Si te acobardás ahora, te vas a arrepentir». Mandé el mundo a la mierda y me le tiré encima. Manoseé sus tetas con ganas mientras le ofrecía toda mi boca. No quería tanto sentimentalismo, quería sexo. Necesitaba sexo. Por una vez en mi vida necesitaba dejar salir todos mis impulsos sexuales, de lo contrario explotarían en mi interior.
Bajé la cabeza y busqué una de sus tetas, la cual ya había sacado del vestido. Le chupé el pezón, era el primero que probaba en mi vida y estaba delicioso. Al principio me sorprendió la suavidad que éste tenía, pero luego sentí cómo se ponía duro dentro de mi boca. Succioné como una desaforada, estaba fuera de mí. No podía controlar mi cuerpo, actuaba por pura impulsividad sexual.
Metí una mano entre sus piernas y me encontré con su tanga. No podía creer que ya estuviera allí, a punto de tener relaciones con una mujer. Comencé a apartar su ropa interior buscando el tesoro que ésta escondía.
―¡Ay mamita! ―Exclamó―. Vos no andás con vueltas. ¡Eso me pone loca! Sacamela. Sacame la tanga.
La despojé de su ropa interior sin necesidad de levantarle mucho el vestido. Volví a chupar sus grandes tetas y apliqué mis magros conocimientos en sexo lésbico. Toqué suavemente su rajita hasta que pude sentir la humedad. Luego lubriqué su clítoris y lo masajeé lentamente durante unos segundos.
Estaba borracha, descontrolada y excitada. Ella parecía estar en las mismas condiciones que yo.
Pasé la lengua a lo ancho de su boca, luego succioné su grueso labio inferior.
―¡Ay mamita! Si así de rico me la vas a chupar…
―Te la voy a comer toda ―le aseguré.
La Lucrecia mojigata de siempre estaba atada y amordazada en algún recóndito rincón de mi mente, suplicando por su liberación; pero la nueva y lujuriosa Lucrecia era mucho más fuerte. No la liberaría fácilmente, mucho menos en este momento.
Me arrodillé en el suelo, esta vez no habría interrupciones ni dudas, iría directamente al grano, ya lo tenía decidido. Ella levantó las piernas poniéndolas en el sillón y pude ver su hermosa vagina cubierta por un lindo triangulito de pelitos negros. Cuando me acerqué quedé embriagada por su olor, si es que todavía podía embriagarme más de lo que ya estaba. Me mandé de lleno a chuparla.
El sabor a sexo femenino me llenó la boca al instante. Sus labios se ondularon dentro de mi boca y cedieron ante la presión de mi lengua. ¡Qué rica estaba! Incluso me pareció aún más rica que la de Lara; pero tal vez esto se debía al morbo frenético que me transmitía la situación. La lamí toda y di fuertes chupones a su clítoris. Repetí esa misma acción varias veces. Luego le metí un dedo, supe que esta chica era tan virgen como esas que alquilan su cuerpo en las esquinas. Introduje un segundo dedo y los moví dentro, siempre con mi boca centrada en su clítoris. Podía escuchar sus gemidos, a pesar de la música. Me aplastó la cara contra su sexo y me vi obligada a respirar por la nariz. Esto me produjo un asfixiante placer. Moriría ahogada en un mar de vello púbico y jugos vaginales, y eso me hacía feliz.
―Chupame la colita, hermosa ―me pidió unos minutos después, entre jadeos.
En una ocasión normal me hubiera negado rotundamente, pero esta noche no había límites. Lamí su ano con la punta de la lengua, por suerte no fue para nada desagradable. A los pocos segundos ya lo estaba chupando con ganas, como había hecho con su vagina. Fui intercalando entre los dos agujeritos mientras ella se retorcía de gusto. Froté rápido su clítoris mientras mi lengua jugaba en su asterisco y por sus bruscos movimientos supe que había llegado al orgasmo. No me detuve para nada, al contrario, puse más ímpetu en mis acciones. Rodeó mi cabeza con sus piernas y el fluido vaginal comenzó a empaparme la cara, no podía creer que se estuviera mojando tanto. Lo disfruté mucho, sorbí esos líquidos hasta que ella fue calmándose. La que no podía calmarse, era yo.
Me puse de pie y apoyé mi espalda contra la pared, levanté mi vestido y ella se zambulló como un nadador olímpico, entre mis piernas. No tuve tiempo para meditar lo que iba a ocurrir y me tomó por sorpresa. No estaba lista para semejante sensación. Su lengua se incrustó contra mi sexo, fue demasiado intenso. Nunca nadie me la había chupado. Comencé a gemir sin medirme, separé más las piernas y apreté su cabeza. Me resultó más que obvio que la chica tenía experiencia en el sexo con mujeres. Me la estaba comiendo de maravilla. Metió dos dedos en mi agujerito y los movió hasta que quedaron bien húmedos, luego me apretó una nalga, me abrió la cola y me metió un dedo por atrás. Me dolió, su uña larga me incomodó, pero estaba tan caliente que no podía decirle que lo quitara. Sin dejar de darme placer por delante, fue metiendo y sacando el dedo por detrás, con cierta dificultad. Mi culito se quejaba y mi vagina estaba de fiesta. Lo cierto es que la combinación de sensaciones me produjo un fuerte orgasmo en cuestión de segundos. En lugar de soltarme, metió un segundo dedo en mi cola, grité de dolor y sentí su lengua dentro de mi intimidad femenina. Un segundo orgasmo, más intenso que el primero.
«¡Dios mío! ¡Me está matando! ¡Me voy a morir! ¡Adiós mundo cruel! ¡Lucrecia se va en un orgasmo… o en dos! ¡Pero se va…y se va feliz!»
Los dedos en mi colita me provocaban ardor, por suerte los retiró antes de que las olas de placer menguaran. Respiré agitadamente, mi corazón rebotaba contra mis tetas, amenazando con hacerlas saltar fuera de mi cuerpo en cualquier momento. Se puso de pie y me besó. La abracé y me perdí en sus labios durante unos instantes, hasta que me tranquilicé. Me dolía la boca de tanto besarla, pero su lengua estaba imbuida por el sabor de mi vagina, y viceversa.
―Eso fue genial ―le dije cuando nos separamos.
―¿Cómo te llamas hermosa?
―Perdón, pero no puedo decirte mi nombre. Estoy de paso, que no se te olvide.
―¿Eso quiere decir que no te voy a volver a ver?
―Eso mismo. Pero de verdad la pasé genial con vos, sos hermosa.
Me despedí de ella mientras me suplicaba por mi número de teléfono. Ganas de dárselo no me faltaban, pero me aterraba la idea de que la gente supiera que tuve sexo con una completa desconocida. Ni yo me lo creía.
«Cochina Lucrecia, te cogiste a una mujer que ni siquiera conocías». Me reí de ese pensamiento, hace apenas unos días era una mojigata total que lo único que hacía era tragar apuntes de facultad. Ahora abusaba sexualmente de mis amigas, escapaba por la ventana durante la noche, me toqueteaba con otra en los vestuarios y tenía sexo lésbico con desconocidas. Me estaba enamorando de esta nueva Lucrecia, que sí sabía disfrutar de la vida.

-7-

Regresé a mi auto y manejé muy despacio hasta mi casa. Estaba bastante alcoholizada, eso sí que fue lo más imprudente de la noche.
En cuanto logré llegar sana y salva a mi casa, me dije que la próxima vez no bebería tanto si tenía que manejar. Me quité los zapatos y fui en puntitas de pie hasta mi cuarto.
El mayor inconveniente fue encontrarme con un pasillo completamente loco, que no dejaba de bambolearse de un lado a otro. Hasta las paredes me atacaban, pegándome en la cabeza y en las rodillas. Mi propia casa se había vuelto en mi contra.
Defendiéndome a empujones, logré llegar a mi cuarto. Una vez dentro, me desnudé completamente; Bueno, sólo debía quitarme el vestido.
Me tendí en la cama y actué sin pensar en nada, por pura inercia. Inercia lésbica, la llamaría yo. Activé la cámara de filmar en mi celular y comencé a masturbarme locamente, me sacudí en la cama y gemí suavemente, procurando no alertar a mis padres o a mi hermana, fue lo único sensato que hice.
Me metí los dedos indiscriminadamente y me froté el clítoris. En ese momento me prometí que nunca más me sentiría culpable al masturbarme. Hacerlo era demasiado placentero y no lastimaba a nadie, no entendía cómo algo tan lindo podía estar mal.
«¡A la mierda todo! Yo me voy a pajear a gusto».
Y así lo hice.
Me toqué durante unos quince minutos, hasta que tuve el tercer orgasmo de la noche. Manché todas mis sábanas con jugos vaginales, pero no me importó.
Actuando sin pensar, envié el video a Lara con una nota: «Así de caliente estoy por vos, hermosa».
Caí rendida. Me quedé dormida al instante, con el teléfono en mano.

-8-


No sé exactamente cuántas horas dormí, pero sé que me despertó la vibración del teléfono. Se trataba de un mensaje de texto. Froté mis ojos y lo leí:
«¿Estás segura de que ese video era para mí?»
Firmado: Anabella.


Venus a la Deriva [Lucrecia] - 08. El Peor de los Casos


Capítulo 8.



Jueves 17 de Abril, 2014.

-1-

Mi vida había llegado a su fin.
Lara se había despertado mientras yo le chupaba la vagina.
Fue el peor susto que recibí en mi mojigata existencia.
La expresión en los ojos de Lara me aterraba, denotaba asombro y furia al mismo tiempo; para colmo yo aún seguía aferrada como sanguijuela a su sexo, mientras la saliva se acumulaba en mi boca. Ni siquiera podía recurrir a la típica frase: «No es lo que parece». De hecho, era justamente lo que parecía.
―¿Lucre? ¿Qué haces? ―Su voz era calma y somnolienta ―¡Lucrecia! ¿¡Qué estás haciendo!? ―El grito de Lara resonó en mis oídos― ¿¡Qué hacés!?
Se alejó de mí pataleando hasta quedar apoyada contra el respaldo de la cama, respiraba agitadamente y el terror de su expresión fue contagioso. Entré en pánico.
―Lara, ¡Perdón! ¡Perdón! ―le dije con los ojos vidriosos por las primeras lágrimas― ¡No quería, te juro que no quería!
―¿¡Estás loca!? ―en su voz noté odio, desprecio, repugnancia.
―¡No! Es que últimamente… las mujeres… y Tati me dijo… todo eso del experimento… el beso… los videos… y estuve mirando porno… las lesbianas… el verte desnuda… dormís como morsa… yo no pensé que… la puta madre… ―hablaba entre llanto, ni siquiera yo comprendía lo que decía, los espasmos me impedían hablar con claridad― ¡Perdoname!
―Esperá Lucrecia, calmate un poquito. Tranquilizate. Te va a dar un ataque ―lucía igual de espantada que antes pero al menos no me estaba gritando.
―¡Soy una estúpida! ¡Una loca de mierda! ―Tenía ganas de salir corriendo desnuda a la calle y tirarme del puente más cercano― ¡No merezco perdón de Dios!
―No metas a Dios en esto. En serio, calmate. Te estás hiperventilando ―abrió a tientas el cajoncito de la mesita de luz y extrajo una bolsita de nylon transparente―. Tomá, respirá ahí dentro.
Tomé la bolsa pensando que Lara quería asfixiarme con ella, no entendía que era eso de hiperventilarse; sólo quería llorar. Estaba abatida y herida como a un ave a la que le disparan en pleno vuelo, no sabía cómo hacer para serenarme. Seguí sus indicaciones y coloqué la bolsa alrededor de mi boca, como hacen en las películas y continué respirando agitadamente. Había dos opciones, o me calmaba o me moría; no sabía cuál de las dos prefería más.
Me sentía una estúpida por haberme arriesgado tanto. Toda persona que toma un gran riesgo lo hace pensando en que las cosas saldrán bien; absurdamente yo creía que nada de esto ocurriría. Pero ocurrió, y no tenía ni la más pálida idea de cómo enfrentar la situación.
Si por un segundo pensé en las consecuencias de mis actos, sabía que, en el peor de los casos, Lara se despertaría… bueno, éste era el peor de los casos.
―Ya pasó, ya pasó ―me decía Lara―. No quise gritarte, pero me asustaste mucho, no me esperaba eso ―la miré sin dejar exhalar e inhalar. Ella también estaba llorando, pero ya no parecía tan enojada, lucía más bien desorientada― ¿Cómo se te ocurre hacer algo así? ―No me estaba juzgando, estaba haciendo una pregunta lógica. De verdad quería saber cómo fue que llegué a actuar de esa manera.
―Es que me estoy volviendo loca ―mi voz sonó robótica dentro de la bolsa; en otro contexto hubiera sido gracioso.
El método para calmarme superó mis expectativas, mi respiración estaba regresando a la normalidad lentamente.
―No digas eso, vos no sos una loca. Siempre fuiste buenita y correcta. Como una de tus monjas. Por eso me sorprende tanto todo esto ¿No estaré soñando? ―miró para todos lados pero no logró convencerse de que esto fuera un sueño… o una pesadilla.
―Sé que me vas a odiar durante el resto de tu vida… o de la mía. Me mataría ahora mismo si supiera que con eso no me vas a odiar ―mis lágrimas me estaban impidiendo ver con claridad.
―No digas estupideces, Lucrecia. Yo no te odio. No entiendo nada; pero no te odio. No te pongas mal, ya pasó ―creo que lo dijo más para ella misma que para mí.
Titubeó unos segundos y una forzada sonrisa se dibujó en sus labios, de pronto hizo algo que no me esperaba. Se acercó a darme un tierno abrazo; mi rostro quedó entre sus redondos y suaves pechos. Aparté la bolsa y me hundí en ellos a llorar, mientras sus manos acariciaban mi desnuda espalda.
―Lo único que te voy a pedir es que me expliques, porque entiendo menos que durante los sermones de mi rabino; y son en hebreo ―me dijo suavemente―. Eso sí, explicame de forma calmada; te prometo que no me voy a enojar con vos.
Asentí con la cabeza, pero pasaron varios minutos hasta que logré serenarme. Sabía muy bien que éste no era el momento para pensar chanchadas lésbicas, pero no pude evitar notar que el corpiño se le bajó un poco y liberó una de sus blancas tetas coronadas con un bello y erecto pezón rosado. No me quería separar de ella. No sólo temía que Lara se enfadara conmigo por lo que había hecho, sino que también se enojara por la cantidad de tiempo que pasé abrazándola. Por fortuna ella se limitaba a acariciarme el cabello y la espalda. Acomodé mejor mi rostro entre sus pechos, la suavidad y calidez de su piel contra mi mejilla me adormeció como a un bebé. Si no me quedé completamente dormida fue por culpa del corpiño, que me molestaba bastante. Como si pudiera adivinar mis pensamientos, Lara se lo quitó con un rápido movimiento dejando sus pequeñas tetas al desnudo.
―Para que veas que no estoy enojada con vos ―me dijo, volviendo a abrazarme.
Ese gesto me llenó de ternura. Me demostraba que todavía confiaba en mí. Me decía que podía estar desnuda frente a mí sin pudor. Me pegué más a su cuerpo, debido a la diferencia de tamaño entre nosotras me vi obligada a separar las piernas; quedé aferrada a ella como si fuera la cría de un mono. Esa tibieza y suavidad me llenaron de paz. Me di cuenta de lo valiosa que era Lara, ella no me había echado a patadas de su casa, como le había ocurrido a Tatiana con Cintia. Al contrario, ella me brindaba el más cálido de sus abrazos.
No quise abusar de su gentileza y luego de un par de minutos me aparté para poder mirarla directamente a los ojos. Ya no lloraba, pero tenía las mejillas empapadas de lágrimas. Su boquita entreabierta estaba más hermosa que nunca. Tuve que luchar contra la tentación de besarla. Al parecer el sexo femenino producía una fuerte atracción en mí.
―Prometeme que no te vas a enojar ―no quería vivir la misma experiencia que Tatiana.
―Te lo prometo ―sus palabras sonaron sinceras para mí.
―Me está pasando algo raro últimamente ―no quise darle demasiadas vueltas al asunto, lo mejor era aclararlo de la forma más sencilla posible―. Creo que me siento atraída por las mujeres ―no le contaría cada detalle de la historia, prefería obviar el robo informático de videos pornográficos que perpetré en contra de su smartphone―. Hace poco hablé con Tatiana sobre esto y empezamos una serie de experimentos. Necesitaba estar segura de lo que sentía.
―¿Qué clase de experimentos?
―Lésbicos. La primer parte fue con ella. Nos tocamos y nos besamos, fue lo más loco e intenso que me pasó en la vida ―si no la mataba del asco con esto, no lo haría con nada―. Tengo que confesar que me gustó mucho, más de lo que yo creía y más de lo que yo quería. Las pruebas no terminaron allí, después miré pornografía… con mujeres. Empezó a costarme cada vez más alejar la imagen femenina de mi cabeza ―me revolví en la cama. Seguramente ella notaba que mi desnudez era total; pero no hizo comentarios al respecto―. A pesar de todo eso, necesitaba un último test. Tenía que probar una vagina, de verdad. No lo hice por otra cosa. Sólo quería estar segura. No pensé que te ibas a despertar ―se quedó inmóvil mirando mi entrepierna que todavía se mantenía lubricada― Sé que no tengo excusa y que actué muy mal. Te pido disculpas.
―Cometiste un error. Me molesta mucho que lo hayas hecho sin mi consentimiento ―asentí con la cabeza, estaba totalmente avergonzada―. Pero estoy intentando ponerme en tu lugar, aunque me sea difícil. Tatiana me contó lo que le pasó con Cintia y no quiero ser como ella; yo no te voy a echar de mi casa ―me tranquilizó mucho oír eso―. Amiga, tendrías que habérmelo pedido. Yo te hubiera ayudado.
―¿De verdad me hubieras ayudado?
―Claro que sí, sos mi mejor amiga. Si no me animaba a que pruebes conmigo al menos te hubiera ayudado a que encuentres con quien hacerlo. Tatiana era una mejor opción.
―Tuve la oportunidad de hacerlo con ella… pero no pude. Yo quería que seas vos… ―«Malditos actos fallidos».
―¿Yo? ―De pronto una leve sonrisa apareció en su rostro―. Bueno, eso me halaga un poco ―acomodó su tanga para evitar que yo siguiera mirándola; no me enojé, era lo correcto―. Tal vez no elegiste la mejor forma de hacerlo; pero ya está, ya lo hiciste. No podemos cambiar eso ―nos quedamos unos segundos en silencio― ¿Cuál es el veredicto del experimento?
―¿De verdad te interesa saberlo? Es que te enojaste tanto conmigo que…
―Me enojé porque me pegué el susto de mi vida. Ya te quisiera ver a vos despertándote y que alguien esté succionándote las tripas por el agujerito de abajo ―no pude evitar reírme, ella tenía una forma muy humorística de decir las cosas―. Y sí, me interesa saberlo; pero prometeme que esto no se va a repetir.
―Promesa de mejor amiga ―levanté mi mano derecha―, y te pido perdón una vez más. No sé qué decir sobre el “veredicto”, estoy muy confundida ahora mismo. Pero no te voy a negar que antes de que te despertaras lo estaba disfrutando mucho.
―Eso nos deja dos posibilidades: o yo estoy muy buena o vos sos lesbiana ―lamió sus labios y frunció el ceño―. Pucha, tengo un gusto raro en la boca.
En ese instante recordé mis frotadas vaginales contra su dulce boquita; ahora si me mataría. ¿Dónde venderán las píldoras de cianuro? Serían muy útiles en estos casos.
―No creo que sea lesbiana, pero tal vez debería decir que soy bisexual. No puedo descartar a los hombres. ¿Gusto raro como a qué? ―miré a la pared haciéndome olímpicamente la pelotuda.
Sí, de verdad podría competir olímpicamente si hubiera una competencia de pelotudez. Pero la perdería, por pelotuda.
―No sé… como a… ―en ese momento se fijó en mi vagina, yo estaba de rodillas con las piernas separadas y ésta podía verse completamente― ¡Como a eso! ―Señaló con su índice; y yo que ni siquiera había escrito mi testamento― ¿Acaso eso también era parte del experimento?
―Este… bueno… eh. Sí.
―¡Te voy a matar, Lucrecia!
Se arrojó sobre mí y me hizo caer de espalda sobre la cama. Me preparé para recibir el primer golpe, con los ojos cerrados, como buena niña cobarde. El golpe nunca llegó. Sólo escuché su risa.
―Qué desgraciada que sos, ¿también me querías hacer probar a mí? ―me dio golpecitos por toda la cabeza, pero eran suaves.
Fue un alivio ver que no estaba enojada y que se lo tomaba con gracia.
―Tenía que probar que se sentía tener una chica ahí abajo ―dije como si fuera el razonamiento más lógico del mundo.
―Debería matarte ―dijo mordiéndose el labio inferior y señalándome con el dedo.
―Te recuerdo que la que empezó todo esto, fuiste vos. Vos me besaste primero.
―¡Fue por una apuesta! ―Me golpeó otra vez―. ¿Por qué tengo que estar probando tus cochinos flujos?
―¿Cochinos? Los tuyos son muy ricos ―me estaba divirtiendo y mis comentarios comenzaron a ser más osados―. No creo que los míos sean tan malos.
―¿Así que te parecen ricos, eh? ―Se llevó la mano a la vagina y luego la acercó a mi cara; tenía dos dedos cubiertos de ese viscoso líquido que formaba un hilito entre ellos―. ¿Te gusta? ―Intentó poner su mano contra mi cara, pero me defendí sosteniéndola por la muñeca―. ¿Ahora te hacés la delicada?
Sentí sus dedos húmedos frotándose contra mi nariz, mi boca y mi barbilla. Mantuve los labios apretados mientras nos reíamos. Al final decidí darle (o darme) el gusto, chupé uno de sus dedos y luego otro hasta terminar jugando con ellos dentro de mi boca de forma sensual.
Lara se quedó mirándome, sorprendida.
―¿Te gustó? ―preguntó.
―Sí, es muy rico.
―¡Cochina degenerada! ―Su cuerpo estaba tibio y sentirlo sobre mi desnudez me excitó mucho―. A ver qué te parece esto.
Con un rápido movimiento llevó los dedos hasta mi vagina y los frotó de abajo hacia arriba manteniéndolos juntos. Se me erizaron los pelos de los brazos cuando los sentí contra mi clítoris. A continuación me ofreció sus dedos, embadurnados por mis propios jugos, y prácticamente me obligó a lamerlos; aunque no opuse mucha resistencia. Nunca había probado mis propios flujos sexuales, me resultó excitante y se lo hice saber.
―¡Estos son más ricos todavía!
―¿Cómo que más rico? ―Me agarró del pelo y sacudió un poco mi cabeza― ¿Cómo que más rico? Encima de degenerada, mentirosa ¡La mía es mejor!
―Vas a ver que no.
Metí dos dedos en mi sexo tan profundo como pude y aproveché para estimularme un poco el clítoris, este “jueguito” era muy excitante y no quería que terminara nunca. Luego puse la mano frente a sus ojos mostrándole lo mojada que estaba.
―¡No, salí! ―Intentó apartarse― ¡Ay no, qué asco! Yo no soy lesbiana, salí ―restregué mis jugos por toda su cara y logré meter un dedo en su boca. Sin resistirse más, lo lamió. Luego hizo lo mismo con otro dedo. Me llenó de placer verla―. ¿Ves, te gusta?― se limitó a sonreír.
Como no dijo nada supuse que debía seguir adelante con este excitante juego. Busqué a tientas su vagina, hice a un lado la tanga y la toqué un ratito para mojarme bien los dedos. Me dio la impresión de que Lara estaba disfrutando de este toqueteo. Aguardó expectante a que los pusiera en su boca, lamió mis dedos sin dejar de mirarme fijamente. Nunca había sentido un cuerpo tan cálido y suave sobre el mío y el que estuviéramos divirtiéndonos de esta forma me estaba nublando el juicio; quería hacer alguna locura. Deseaba que me besara, que metiera su cabeza entre mis piernas, que me permitiera lamer su vagina; quería que hiciéramos el amor.
―La mía es más rica ―su voz me sacó de mis ensoñaciones lésbicas.
Empezamos a reírnos como niñas tontas. Se puso de rodillas otra vez, me moví junto con ella y la abracé, nuestras piernas quedaron intercaladas. Tenía una de sus piernas entre las mías y mi vagina desnuda se rozaba contra su muslo, a su vez pude sentir su húmedo sexo sobre mi pierna izquierda. Creí que Lara se enfadaría conmigo por pegarme tanto a ella pero también me enredó con sus brazos. Nuestros pechos se tocaron. Nos quedamos mirando con una amplia sonrisa.
―Entonces, ¿me perdonás? ―le pregunté.
―Si amiga, no te preocupes. Ya pasó. No digo que hayas actuado bien; pero no quiero pelearme con vos por eso. Digamos que fue una locura y que si lo hacés otra vez te corto las dos tetas y se las doy de comer a Puqui; pero no hay rencores.
La abracé más fuerte, el roce de mi clítoris contra su piel me estaba excitando mucho. Nunca antes me había sentido tan bien abrazando a una persona; sin embargo intentaba no moverme demasiado, para no hacerla enojar otra vez. Era preciosa, sus expresivos ojos negros me consumían lentamente. «¿Me estaré enamorando?», me pregunté.
Su respiración estaba tan agitada como la mía y nuestros pechos estaban encajados perfectamente. Me di cuenta de que estaba perdiendo mi compostura, me costaba pensar con claridad. Sus dulces labios me atraían como el polen a una abeja. Me acerqué para besarla.
―No ―dijo ella en un susurro casi inaudible.
Giró su cabeza suavemente, esquivándome. Mi beso se estrelló contra su mejilla. De inmediato hundí mi cara en su hombro izquierdo, me sentía avergonzada.
―Perdón ―intenté disculparme pero mi voz casi no se oyó.
―Está bien Lucrecia, no te pongas mal ―me dijo acariciándome la espalda.
Eso me reconfortó mucho. Ella era una chica fantástica, a pesar de que yo actuaba como una loca, ella siempre me perdonaba. Me enderecé y le sonreí para demostrarle que estaba todo bien.
―¿Qué fue lo que “experimentaste” con Tatiana? ―me preguntó cambiando el tema; pero sin apartarse de mí.
―Me enseñó a tocar a una chica, básicamente eso fue lo que aprendí.
―¿Ah sí? Debe ser algo muy útil, si es que querés ser…
―¿Lesbiana? Todavía no decido esa parte; pero supongo que sí es útil. Creo que es algo que se debe perfeccionar con la práctica.
―¿Por qué lo decís? Vos tenés una vagina, no debe ser muy diferente tocar otra.
―Tocarse una misma es una cosa; pero creo que es un poco más difícil tocar a otra chica y que sea satisfactorio para ella.
Nuestros cuerpos comenzaron a balancearse lentamente, esto hacía que nuestros clítoris rozaran contra la pierna de la otra. La expresión en su rostro cambió, supe que ella no era inmune a estos estímulos; también se estaba excitando.
―A ver, mostrame ―me sorprendió enormemente su pedido.
―¿De verdad?
―Sólo un poquito. Para saber qué se siente. Nunca me tocó otra persona… bueno, solamente vos ―me miró por debajo de sus largas pestañas. Tuve que luchar contra las ganas de besarla―. Esta vez preferiría estar despierta mientras lo hacés.  
―Está bien, te muestro ―tragué saliva.
Bajé lentamente mi mano izquierda hasta llegar a su tesoro virginal. Primero, con dos dedos separados, acaricié los laterales de su vagina, siempre mirándola a los ojos, para saber cuál era su reacción. Estaba nerviosa, no sólo por estar tocándola sino también porque quería hacer un buen trabajo. Esta era mi oportunidad de demostrarle que conmigo la podía pasar bien. Cuando llegó el momento de tocar su clítoris me tembló un poco la mano; pero ella se mantuvo a la expectativa y me animé a seguir. Froté su botoncito tiernamente. En tiempo el ritmo de su respiración fue aumentando, lo que me incentivó a acelerar el ritmo. Estuve tocándola durante varios segundos. Sentí un escalofrío cuando sus dedos se posaron justo sobre mi rajita. Comenzó a imitar mis movimientos, tal y como yo lo había hecho con Tatiana. Sin embargo Lara tenía un efecto especialmente intenso en mí.
Estábamos masturbándonos mutuamente, me resultaba irreal; pero eso era precisamente lo que estaba ocurriendo. Los ojos de mi amiga se entrecerraron y de su boca salieron suspiros contagiosos. Toqué la zona de su agujerito y mis dedos se humedecieron con el lubricante natural que salía de su interior. Procuré no ser muy invasiva, para no comprometer su virginidad; sin embargo ella no tuvo reparo en hundir dos dedos en mi cuevita. Suspiré y pegué mí frente a la de ella, quedamos mirándonos fijamente, muy cerca una de la otra. Acaricié su espalda con mi mano derecha y llegué a su cola. Apreté su nalga y ladeé la cabeza levemente, cerrando los ojos. Sentí sus labios contra los míos casi al instante. Esta vez no desperdicié el beso, acompañé sus movimientos y luego busqué su lengua utilizando la mía.
Unidas en un beso fuimos cayendo en el mar de sábanas. No sabía si estaba preparada para esto; pero ya estaba ocurriendo, ésta sería mi primera vez con una mujer. Mi primera relación sexual verdadera y consentida. Sentí mi virginidad emocional desvaneciéndose. Lara quedó sobre mí y no dejó de meterme los dedos, lamí su boca por dentro y por fuera, ella me hizo lo mismo. Nos dominaba el deseo.
Separé mis piernas tanto como pude y mi amiga se las arregló para que una quedara bajo su cuerpo, quedando nuestras vaginas pegadas. Apartamos las manos sin dejar de comernos las bocas y comenzamos a frotarnos una contra la otra.
Meneé mi cadera tanto como pude. Nuestros jugos vaginales se mezclaron. Dejó de besarme sólo para gemir. Lo hizo una y otra vez mientras nos frotábamos con fuerza, labio contra labio, clítoris contra clítoris. Ella estaba descontrolada, se movía mucho más rápido y sus jadeos se elevaban sobre los míos. Supe que estaba teniendo un orgasmo. Su vagina dejó salir más líquido el cual chorreó sobre la mía. Aceleré mis movimientos para que ella lo gozara más.
Sus labios se cerraron en torno a uno de mis pezones. Nunca antes había sentido semejante succión en esa zona tan sensible de mi cuerpo; era algo realmente hermoso. Comencé a gemir suavemente. No podía creerlo, mi mejor amiga me estaba comiendo las tetas mientras nuestras vaginas se frotaban alevosamente una contra la otra.
―Cogeme, Lara. Cogeme ―le dije sin pensarlo.
Mis palabras parecieron incentivarla más, comenzó a moverse con más fuerza y pasó a chupar mi otro pezón.
Me aferré a su nalga con ambas manos y luego introduje un dedo en su vagina, tan sólo un poco, lo justo y necesario como para no desvirgarla y para que no interfiriera con el roce de nuestros sexos. Con su lengua fue subiendo por mi cuello, y cuando llegó a mi boca, volvimos a besarnos.
Luego vino lo mejor, lo que yo tanto estaba esperando. Lara realizó el camino de regreso, cubriéndome el torso con sus besos y lamidas. Continuó su camino hasta mi vientre. Besó mi peludo monte de Venus y abrí las piernas para recibirla. Lara separó mis labios vaginales usando los pulgares, abrió su boca y…
Golpearon la puerta.
―¿Lara, está todo bien? ―era la voz de su padre.
Saltamos como un mono que se mira al espejo por primera vez. Nos alteramos mucho, cada una voló de la cama hacia un lado e instintivamente agarramos nuestra ropa.
―Sí, papá. Todo bien ¿por qué? ―preguntó ella fingiendo estar somnolienta.
―Me pareció escuchar ruidos. Lucrecia está con vos ―nos miramos aterradas.
―No papá. Se fue cuando terminamos de mirar las películas ―mintió.
―Ah bueno, seguí durmiendo. Perdón por despertarte.
Nos vestimos tan rápido como pudimos, ella sólo se puso un pijama. Tuvimos que ahogar nuestra risita histérica tapándonos la boca con las manos. Ni yo entendía cuál era la gracia, estuvimos a punto de ser descubiertas actuando de forma inapropiada y, en lugar de asustarnos, nos lo tomábamos como una broma infantil.
―No se va a volver a dormir ―susurró refiriéndose a su padre.
―¿Por qué le dijiste que yo no estaba?
―Porque seguramente él no escuchó “ruidos”, escuchó gemidos. Prefiero quedar como una pajera antes que darle la oportunidad de asociar los gemidos con vos… se va a creer que pasó algo raro.
―Ah, tenés razón ―«Es que sí pasó algo raro», agregué mentalmente.
― Vas a tener que irte; perdón.
―Todo bien Lara, no te preocupes; pero ¿cómo salgo?
―Por la ventana. Tengo la llave de la puerta del patio que da a la calle. Cuando salgas tirala por arriba del tapial. ¿Tenés plata para el taxi? ―ella sí era considerada.
―Sí, tengo. Gracias.
―Perfecto, después te llamo ―prometió.
Cuando estuve lista para la huida, abrimos la ventana y me escabullí por ella sin hacer el menor ruido. Me sentí como un amante escapando de las garras de un marido celoso. Cuando estuve del otro lado miré hacia adentro y tomé a Lara por la cabeza, la besé una vez más y me sorprendió que ella aceptara de tan buena gana. Esto cambiaría para siempre nuestra amistad.
Abrí la puerta de aluminio que daba a la calle, procurando que las bisagras no chirriaran demasiado. Cuando conseguí salir y volver a cerrarla, arrojé la llave tal como Lara me lo había pedido. Pero, como pelotuda que soy, usé más fuerza de la necesaria. Las escuché caer estrepitosamente sobre el techo. No pude evitar reírme como estúpida. Estaba feliz. Ya podía imaginar los insultos de Lara intentando explicarle a su padre que seguramente fue un gato lo que provocó el ruido. Un gato con un gran manojo de llaves. Levanté los brazos, sonreí y di algunos giros en el mismo lugar. Estaba hecha una completa idiota, más de lo normal, pero me encantaba sentirme así.
Llegué a mi casa muerta de sueño. Estaba tan cansada que no tenía ni ganas de masturbarme. Sólo quería dormir, despertarme y volver a estar con Lara. Dormí con una angelita… una que acababa de tener su primera vez, con su mejor amiga.

viernes, 2 de febrero de 2018

Venus a la Deriva [Lucrecia] - 07. Lo que embruja es el riesgo.

Capítulo 7.




Miércoles 16 de Abril, 2014.

-1-


Mi mayor refugio siempre había sido el estudio. A veces me exigía más de lo que realmente necesitaba, como si en un examen pudiera conseguir una calificación mejor que “Excelente”. Con el paso del tiempo comencé a sospechar que hacía eso para aislarme de los problemas del mundo real.
Una tarde me encontraba dentro de este refugio erigido con libros y apuntes de la facultad, estaba haciendo grandes avances, tanto que dentro de poco me quedaría sin excusas y debería ocupar mi tiempo en otra cosa. Mi celular me interrumpió. No acostumbraba a dejarlo en silencio ya que no tenía tantas amistades que pudieran interrumpirme, de hecho ese aparato se podía pasar días sin sonar.
Miré la pantalla. Había recibido un mensaje de Lara. Este decía:
«¿Querés venir a dormir a casa? Vemos unas pelis».
No sabía qué contestar.
Dejé el teléfono arriba de la mesa e intenté volver a concentrarme en mis estudios. Diez minutos después llegué a la conclusión de que si no respondía, mi amiga se enojaría. Puse la situación en una balanza: Si me negaba a visitarla podría pensar que sigo enojada con ella, por el asunto del beso. Si le decía que iría, tal vez me vería en un aprieto emocional.
Recordé las fotos de ella desnuda; aún estaban en mi poder. Por primera vez desde que las robé me dieron ganas de mirarlas.
Su vagina era realmente preciosa. Estaba perfectamente formada, pintada con leves tonos rosados. Sus labios eran delgados y su clítoris apenas perceptible. Su piel era suave y blanca como la leche. En una de las fotos tenía las piernas abiertas y podía ver su agujerito, del cual salían unas gotitas de fluido transparente; su clítoris se asomaba como si me invitara a lamerlo. Seguramente se estaba masturbando cuando capturó la imagen y una placentera calidez se apoderó de mi entrepierna.
Sin pensarlo más le contesté que iría a su casa.

-2-


Llegué a su domicilio una hora después de recibir el mensaje. Rondaban las 8:30 de la noche y sus padres ya me esperaban con la comida lista. La comida kosher cada día me parecía más rica; aunque algunas recetas podían ser bastante simples, solían ser platos muy sabrosos. Si mi madre me viera comiendo alimentos típicos de la colectividad judía, le daría un ataque de nervios. Ella no tenía nada en especial en contra de los judíos, solamente odiaba a todas las religiones por igual; a excepción de la católica, claro está. Hasta aborrecía las religiones que derivaban del mismo cristianismo por «Tergiversar la palabra de Dios».
La cena transcurrió de forma alegre, con Lara nos limitamos a comparar conocimientos sobre algunas de las materias de la facultad y a esclarecer dudas. Mi amiga estaba tan bonita como siempre, parecía hacer alarde de sus expresivos ojos negros cada vez que me miraba fijamente; sentía que me atravesaba el alma y que podía saber todo lo que escondía en ella. Otro rasgo que me tenía cautivada era su sedoso y brillante cabello negro. Me daba un poco de envidia porque a mí me encantaría tenerlo así; pero no sabía si me quedaría tan bien como a ella que, al ser tan menudita y bajita, inspiraba cierta ternura. Además mi madre me desheredaría si llegaba a teñir mi pelo. Creo que ese rechazo a que yo me cambiara el color del cabello no se debía a que ella tuviera algo en contra de las tinturas, sino que era una forma más de imponer autoridad sobre mí.
Cuando la cena finalizó nos trasladamos a la sala de estar, donde tenían el televisor. Sus padres se despidieron y luego se fueron a su cuarto, para que nosotras pudiéramos estar más cómodas.
Lara me dijo que había escogido una de sus películas favoritas, con la esperanza de que a mí también me gustara. Se trataba de la primera película de “El Señor de los Anillos”. Nunca la había visto, ya que pensé que sería una bobería; pero me sorprendió muchísimo. El mundo fantástico en el que estaba inmersa la historia me dejó fascinada, al igual que muchos de los personajes. Como le hice notar esto a mi amiga, ella me recomendó leer los libros, comenzando por uno titulado: “El Hobbit”. Acto seguido fue hasta su cuarto y tras un par de minutos regresó con el libro en mano. Me explicó que ése me ayudaría a entender mejor la historia y que luego podía iniciar la lectura de la saga del Señor de los Anillos. Le prometí que lo leería y que luego podríamos debatir sobre el mismo. Más que la lectura, que sí me agradaba, lo que me ponía feliz era tener una buena excusa para conversar con ella. Estaba segura de que devoraría los libros en poco tiempo; así tendríamos una cosa más en común.
Como la película duró casi tres horas, nos había dejado agotadas. Decidimos que ya era hora de ir a dormir, porque al día siguiente deberíamos ir a la facultad. Por suerte no debíamos levantarnos tan temprano, ya que nuestra primera clase comenzaba a las diez de la mañana.

-3-


Toda la “normalidad” que tuvo la velada se fue disipando de a poco. Los nervios comenzaron a traicionarme apenas entramos al dormitorio.
Lara se quitó el pantalón con tanta soltura que me dejó pasmada. Vi sus blancas y redondas nalgas comiéndose la tela de una diminuta tanga negra. «¡Madre mía, que culito tiene la nena!». Eso jamás lo hubiera dicho en voz alta, pero la situación ameritaba expresarse; al menos mentalmente. Luego se quitó la remera, quedando con un corpiño haciendo juego con la tanga. A mí se me estaba poniendo la cara de todos colores. Comencé a desvestirme tímidamente, procurando no mirar mucho el cuerpo semidesnudo de mi amiga. Se suponía que esta vez debería estar mejor preparada, con una bombacha menos transparente, más discreta, similar a la que usaría una vieja de ochenta años; pero no. En un arrebato de inconsciencia me puse una colaless apretada y de tela delgada que traslucía los pelitos de mi entrepierna y marcaba el canal de mi vagina. Me quité también la remera, por suerte mi corpiño era un poco más discreto.
Rápidamente me tiré a la cama para, cubrirme con la sábana. Lara se acostó a mi izquierda, me dio el saludo de las buenas noches (en la mejilla, por supuesto) y pareció quedar dormida al instante. Me quedé mirando el techo por un largo rato rogando que el aburrimiento me hiciera dormir. No comprendía por qué no podía conciliar el sueño si hacía apenas unos minutos los ojos se me cerraban solos. Un incómodo recuerdo me invadió, no podía sacarme de la cabeza la imagen de Sofía gritándome como si yo fuera una loca peligrosa que había escapado del manicomio. No sé cómo pude ser tan ingenua y llegar a hacer algo tan peligroso con una completa desconocida; pero debía admitir que fue justamente este factor lo que lo hizo tan excitante desde un principio. Por un momento hasta me dieron ganas de sonreír al recordad cómo se sintió su vulva bajo mis dedos; pero esa alegría se difuminó ni bien recordé, una vez más, su reacción.
Maldita Lara, que dormía plácidamente.
La miré. Estaba de lado con su cola apuntando hacia mí. Simulando estar acomodándome en la cama, le rocé suavemente una nalga. Estaba fría, era como tocar porcelana. De golpe recordé todos esos videos lésbicos con los que me había masturbado, los toqueteos y besos con Tatiana, la masturbación de mi amiga en video, sus fotos desnudas, el sabor de su vagina. Y sí… me mojé. Me mojé todita.
«Excelente, Lucrecia. Vos cada vez estás peor», me dije mentalmente.
Me moví con la discreción de un elefante ciego en una cristalería; posé la mano en su nalga y le susurré su nombre al oído. Quería que se despertara, algo en mi macabra imaginación me hacía creer que si despertaba terminaríamos haciendo el amor apasionada y locamente.
Tenía la imaginación seriamente dañada; sin arreglo. 
Era absurdo, pero la idea me ponía sumamente cachonda.
Volví a llamarla por su nombre y la acaricié, bajando por la colina de porcelana, hasta llegar al cañón en el centro. Toqué la división de sus labios por arriba de la tanga, me pegué más a ella y la llamé un poco más fuerte. Sólo un poco.
Nada.
Una tumba hubiera sido más comunicativa.
Con el dedo mayor recorrí toda esa hendidura mágica. Me estaba mojando cada vez más y a ella le estaba pasando lo mismo. Sentí la tibieza de su sexo y apoyé mi boca contra su cuello.
¡Se movió!
Luego de escupir mi corazón, junto con gran parte de mis pulmones, y haciendo un esfuerzo inhumano por no gritar, me di cuenta que sólo había girado en la cama; seguía tan dormida como siempre.
Quedó boca arriba. Miré su cara fijamente, atenta a cualquier anomalía. Su respiración era pausada y sus ojos estaban bien cerrados. Esperé unos segundos y volví a las andanzas lésbicas.
Medité brevemente sobre qué pretendía conseguir comportándome de esta manera, y me dije a mi misma que era sólo parte del experimento; uno muy riesgoso. Esta vez busqué su boca. Muy lentamente hice que nuestros labios se tocaran; podía sentir la tibieza de su aliento. Eso me confirmó que dormía plácidamente. Me quedé allí por unos segundos con los ojos cerrados disfrutando del momento, con el corazón bombeando a toda marcha. En su boca había algo que me volvía loca, pero más loca me volvía por los labios que estaban más abajo.
Sus piernas habían quedado bastante juntas. A rastras llegué hasta ellas y las fui separando lentamente, siempre atenta a cualquier cambio o al más mínimo movimiento. Mi corazón ya latía a un millón de revoluciones por segundo. A no ser que yo de repente me hubiera convertido en colibrí, esto no podía ser nada bueno para mi salud. No le di demasiada importancia, ya que si mi amiga se despertaba, sin dudas estaría muerta en pocos segundos.
Definitivamente, el lesbianismo es un deporte de alto riesgo.
Cuando por fin logré separar sus piernas me quedé encantada con lo que vi. Su vagina estaba mordiendo la tanguita, como si quisiera tragarla por completo. A esta altura del partido, mi estado de locura era importante; me jugaba el todo por el todo. Para demostrar mi falta de criterio, y mi débil estado mental, me desnudé por completo. Me despojé de mi corpiño y de mi colaless, como si inconscientemente quisiera ser atrapada. Sabía que si mi amiga despertaba o alguno de sus padres entraba al cuarto no tendría forma de escapar de ésta; pero el riesgo era lo que lo hacía enfermizamente excitante.
Mi morbosa y dañada mente me estaba mostrando facetas de mí misma que desconocía por completo. Lo primero que hice, al quedar desnuda, fue ponerme de rodillas en la cama y comenzar a masturbarme mientras admiraba el cuerpo de Lara. Agradecía enormemente que la ventana estuviera abierta y que la luz fuera buena, pero yo necesitaba ver más. Interrumpí mis toqueteos para encender una lámpara en la mesita de luz y la apunté hacia una pared para no alterar a mi amiga. Pudiendo ver con mayor claridad, regresé a mi posición. Tenía la entrepierna empapada y fue un alivio el poder meterme los dedos, lo necesitaba como nunca. Últimamente me estaba masturbando más de lo que lo había hecho durante toda mi vida… y disfrutándolo más.
Bajé la cabeza lentamente hasta darle un besito en la zona del clítoris a mi amiga. Admiré detenidamente sus labios apretados por la tela de la tanga mientras me sobaba los pechos. Con un leve movimiento pude apartar su ropa interior dejando expuesto ese manjar femenino. ¿Cómo podían ser tan hermosas las vaginas y yo nunca lo había notado? Al menos hasta ahora.
Acomodé mi largo cabello castaño, y lo dejé caer hacia la izquierda. Me acerqué más, ese intenso olorcito a almejita húmeda me estaba volviendo completamente loca. Cuidadosamente, con la puntita de mi lengua toqué su botoncito sexual, el cual asomaba erguido. De a poco, intentando no despertarla, fui lamiendo como lo había hecho aquella noche.
Si quería confirmar mi gusto por el sexo femenino, debía ir más allá. Sabiendo que Lara no se despertaría, di una lamida firme, pegando mucho mi lengua a la división central de sus labios. ¡Cómo había extrañado ese sabor! Lamí unas cuantas veces más sin dejar de toquetearme, frotándome el clítoris o introduciendo mis dedos; cualquier cosa que ayudara a estimularme. La calentura me estaba nublando el juicio (el poco que aún me quedaba), la culpa había quedado relegada. Sin dejar de masturbarme comencé a degustar los jugos que manaban de la rajita de mi mejor amiga.
Perdí la cabeza por completo; seguramente se debía a años de reprimirme. Estaba dejando salir toda mi sexualidad de golpe. Me las ingenié para poner mis rodillas a los lados de su cara sin moverme demasiado. Bajé la vagina hasta que prácticamente tocó su boca y me masturbé como si estuviera poseída por el demonio de la lujuria. De pronto noté los suaves labios de su boca rozar contra los de mi vagina, transmitiéndole mis fluidos. Miré hacia abajo, ella no se movía. ¿Estaría soñando con sexo lésbico otra vez? Temí llegar demasiado lejos y despertarla, por lo que me aparté; pero mi excitación no menguó ni un poquito. Sabía perfectamente que todo esto era una locura, quería detenerme pero me resultaba imposible, no controlaba mis acciones. Tal vez realmente estaba poseída… esa noticia no alegraría para nada a mis padres.
Volví posicionarme entre sus piernas, esta vez sí que perdí la poca cordura que me quedaba. Comencé a chuparla, no lamerla, sino a chuparla de verdad. A comerla. A engullir todo su sexo y succionar sus jugos. Sin dudas esto era lo más estimulante que había probado en toda mi vida. Le di un chupón a su clítoris sin pensar en nada. Me pegué a su sexo como una sanguijuela succionadora de flujos vaginales. Cerré los ojos y me dejé llevar por el enorme placer, frotando mi propio sexo con alevosía.
En ese momento, como Lázaro cuando se levantó entre los muertos, Lara se sentó en la cama. Miré hacia arriba y me encontré directamente con sus ojos abiertos como platos. Ella intentaba desesperadamente comprender qué ocurría; pude leer el terror en su mirada. Ni siquiera atiné a quitar la boca de su vagina.

Si yo fuera un espía de la KGB, éste sería el momento preciso en el que debía tomar la pastilla de cianuro.