"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


viernes, 2 de febrero de 2018

Venus a la Deriva [Lucrecia] - 07. Lo que embruja es el riesgo.

Capítulo 7.




Miércoles 16 de Abril, 2014.

-1-


Mi mayor refugio siempre había sido el estudio. A veces me exigía más de lo que realmente necesitaba, como si en un examen pudiera conseguir una calificación mejor que “Excelente”. Con el paso del tiempo comencé a sospechar que hacía eso para aislarme de los problemas del mundo real.
Una tarde me encontraba dentro de este refugio erigido con libros y apuntes de la facultad, estaba haciendo grandes avances, tanto que dentro de poco me quedaría sin excusas y debería ocupar mi tiempo en otra cosa. Mi celular me interrumpió. No acostumbraba a dejarlo en silencio ya que no tenía tantas amistades que pudieran interrumpirme, de hecho ese aparato se podía pasar días sin sonar.
Miré la pantalla. Había recibido un mensaje de Lara. Este decía:
«¿Querés venir a dormir a casa? Vemos unas pelis».
No sabía qué contestar.
Dejé el teléfono arriba de la mesa e intenté volver a concentrarme en mis estudios. Diez minutos después llegué a la conclusión de que si no respondía, mi amiga se enojaría. Puse la situación en una balanza: Si me negaba a visitarla podría pensar que sigo enojada con ella, por el asunto del beso. Si le decía que iría, tal vez me vería en un aprieto emocional.
Recordé las fotos de ella desnuda; aún estaban en mi poder. Por primera vez desde que las robé me dieron ganas de mirarlas.
Su vagina era realmente preciosa. Estaba perfectamente formada, pintada con leves tonos rosados. Sus labios eran delgados y su clítoris apenas perceptible. Su piel era suave y blanca como la leche. En una de las fotos tenía las piernas abiertas y podía ver su agujerito, del cual salían unas gotitas de fluido transparente; su clítoris se asomaba como si me invitara a lamerlo. Seguramente se estaba masturbando cuando capturó la imagen y una placentera calidez se apoderó de mi entrepierna.
Sin pensarlo más le contesté que iría a su casa.

-2-


Llegué a su domicilio una hora después de recibir el mensaje. Rondaban las 8:30 de la noche y sus padres ya me esperaban con la comida lista. La comida kosher cada día me parecía más rica; aunque algunas recetas podían ser bastante simples, solían ser platos muy sabrosos. Si mi madre me viera comiendo alimentos típicos de la colectividad judía, le daría un ataque de nervios. Ella no tenía nada en especial en contra de los judíos, solamente odiaba a todas las religiones por igual; a excepción de la católica, claro está. Hasta aborrecía las religiones que derivaban del mismo cristianismo por «Tergiversar la palabra de Dios».
La cena transcurrió de forma alegre, con Lara nos limitamos a comparar conocimientos sobre algunas de las materias de la facultad y a esclarecer dudas. Mi amiga estaba tan bonita como siempre, parecía hacer alarde de sus expresivos ojos negros cada vez que me miraba fijamente; sentía que me atravesaba el alma y que podía saber todo lo que escondía en ella. Otro rasgo que me tenía cautivada era su sedoso y brillante cabello negro. Me daba un poco de envidia porque a mí me encantaría tenerlo así; pero no sabía si me quedaría tan bien como a ella que, al ser tan menudita y bajita, inspiraba cierta ternura. Además mi madre me desheredaría si llegaba a teñir mi pelo. Creo que ese rechazo a que yo me cambiara el color del cabello no se debía a que ella tuviera algo en contra de las tinturas, sino que era una forma más de imponer autoridad sobre mí.
Cuando la cena finalizó nos trasladamos a la sala de estar, donde tenían el televisor. Sus padres se despidieron y luego se fueron a su cuarto, para que nosotras pudiéramos estar más cómodas.
Lara me dijo que había escogido una de sus películas favoritas, con la esperanza de que a mí también me gustara. Se trataba de la primera película de “El Señor de los Anillos”. Nunca la había visto, ya que pensé que sería una bobería; pero me sorprendió muchísimo. El mundo fantástico en el que estaba inmersa la historia me dejó fascinada, al igual que muchos de los personajes. Como le hice notar esto a mi amiga, ella me recomendó leer los libros, comenzando por uno titulado: “El Hobbit”. Acto seguido fue hasta su cuarto y tras un par de minutos regresó con el libro en mano. Me explicó que ése me ayudaría a entender mejor la historia y que luego podía iniciar la lectura de la saga del Señor de los Anillos. Le prometí que lo leería y que luego podríamos debatir sobre el mismo. Más que la lectura, que sí me agradaba, lo que me ponía feliz era tener una buena excusa para conversar con ella. Estaba segura de que devoraría los libros en poco tiempo; así tendríamos una cosa más en común.
Como la película duró casi tres horas, nos había dejado agotadas. Decidimos que ya era hora de ir a dormir, porque al día siguiente deberíamos ir a la facultad. Por suerte no debíamos levantarnos tan temprano, ya que nuestra primera clase comenzaba a las diez de la mañana.

-3-


Toda la “normalidad” que tuvo la velada se fue disipando de a poco. Los nervios comenzaron a traicionarme apenas entramos al dormitorio.
Lara se quitó el pantalón con tanta soltura que me dejó pasmada. Vi sus blancas y redondas nalgas comiéndose la tela de una diminuta tanga negra. «¡Madre mía, que culito tiene la nena!». Eso jamás lo hubiera dicho en voz alta, pero la situación ameritaba expresarse; al menos mentalmente. Luego se quitó la remera, quedando con un corpiño haciendo juego con la tanga. A mí se me estaba poniendo la cara de todos colores. Comencé a desvestirme tímidamente, procurando no mirar mucho el cuerpo semidesnudo de mi amiga. Se suponía que esta vez debería estar mejor preparada, con una bombacha menos transparente, más discreta, similar a la que usaría una vieja de ochenta años; pero no. En un arrebato de inconsciencia me puse una colaless apretada y de tela delgada que traslucía los pelitos de mi entrepierna y marcaba el canal de mi vagina. Me quité también la remera, por suerte mi corpiño era un poco más discreto.
Rápidamente me tiré a la cama para, cubrirme con la sábana. Lara se acostó a mi izquierda, me dio el saludo de las buenas noches (en la mejilla, por supuesto) y pareció quedar dormida al instante. Me quedé mirando el techo por un largo rato rogando que el aburrimiento me hiciera dormir. No comprendía por qué no podía conciliar el sueño si hacía apenas unos minutos los ojos se me cerraban solos. Un incómodo recuerdo me invadió, no podía sacarme de la cabeza la imagen de Sofía gritándome como si yo fuera una loca peligrosa que había escapado del manicomio. No sé cómo pude ser tan ingenua y llegar a hacer algo tan peligroso con una completa desconocida; pero debía admitir que fue justamente este factor lo que lo hizo tan excitante desde un principio. Por un momento hasta me dieron ganas de sonreír al recordad cómo se sintió su vulva bajo mis dedos; pero esa alegría se difuminó ni bien recordé, una vez más, su reacción.
Maldita Lara, que dormía plácidamente.
La miré. Estaba de lado con su cola apuntando hacia mí. Simulando estar acomodándome en la cama, le rocé suavemente una nalga. Estaba fría, era como tocar porcelana. De golpe recordé todos esos videos lésbicos con los que me había masturbado, los toqueteos y besos con Tatiana, la masturbación de mi amiga en video, sus fotos desnudas, el sabor de su vagina. Y sí… me mojé. Me mojé todita.
«Excelente, Lucrecia. Vos cada vez estás peor», me dije mentalmente.
Me moví con la discreción de un elefante ciego en una cristalería; posé la mano en su nalga y le susurré su nombre al oído. Quería que se despertara, algo en mi macabra imaginación me hacía creer que si despertaba terminaríamos haciendo el amor apasionada y locamente.
Tenía la imaginación seriamente dañada; sin arreglo. 
Era absurdo, pero la idea me ponía sumamente cachonda.
Volví a llamarla por su nombre y la acaricié, bajando por la colina de porcelana, hasta llegar al cañón en el centro. Toqué la división de sus labios por arriba de la tanga, me pegué más a ella y la llamé un poco más fuerte. Sólo un poco.
Nada.
Una tumba hubiera sido más comunicativa.
Con el dedo mayor recorrí toda esa hendidura mágica. Me estaba mojando cada vez más y a ella le estaba pasando lo mismo. Sentí la tibieza de su sexo y apoyé mi boca contra su cuello.
¡Se movió!
Luego de escupir mi corazón, junto con gran parte de mis pulmones, y haciendo un esfuerzo inhumano por no gritar, me di cuenta que sólo había girado en la cama; seguía tan dormida como siempre.
Quedó boca arriba. Miré su cara fijamente, atenta a cualquier anomalía. Su respiración era pausada y sus ojos estaban bien cerrados. Esperé unos segundos y volví a las andanzas lésbicas.
Medité brevemente sobre qué pretendía conseguir comportándome de esta manera, y me dije a mi misma que era sólo parte del experimento; uno muy riesgoso. Esta vez busqué su boca. Muy lentamente hice que nuestros labios se tocaran; podía sentir la tibieza de su aliento. Eso me confirmó que dormía plácidamente. Me quedé allí por unos segundos con los ojos cerrados disfrutando del momento, con el corazón bombeando a toda marcha. En su boca había algo que me volvía loca, pero más loca me volvía por los labios que estaban más abajo.
Sus piernas habían quedado bastante juntas. A rastras llegué hasta ellas y las fui separando lentamente, siempre atenta a cualquier cambio o al más mínimo movimiento. Mi corazón ya latía a un millón de revoluciones por segundo. A no ser que yo de repente me hubiera convertido en colibrí, esto no podía ser nada bueno para mi salud. No le di demasiada importancia, ya que si mi amiga se despertaba, sin dudas estaría muerta en pocos segundos.
Definitivamente, el lesbianismo es un deporte de alto riesgo.
Cuando por fin logré separar sus piernas me quedé encantada con lo que vi. Su vagina estaba mordiendo la tanguita, como si quisiera tragarla por completo. A esta altura del partido, mi estado de locura era importante; me jugaba el todo por el todo. Para demostrar mi falta de criterio, y mi débil estado mental, me desnudé por completo. Me despojé de mi corpiño y de mi colaless, como si inconscientemente quisiera ser atrapada. Sabía que si mi amiga despertaba o alguno de sus padres entraba al cuarto no tendría forma de escapar de ésta; pero el riesgo era lo que lo hacía enfermizamente excitante.
Mi morbosa y dañada mente me estaba mostrando facetas de mí misma que desconocía por completo. Lo primero que hice, al quedar desnuda, fue ponerme de rodillas en la cama y comenzar a masturbarme mientras admiraba el cuerpo de Lara. Agradecía enormemente que la ventana estuviera abierta y que la luz fuera buena, pero yo necesitaba ver más. Interrumpí mis toqueteos para encender una lámpara en la mesita de luz y la apunté hacia una pared para no alterar a mi amiga. Pudiendo ver con mayor claridad, regresé a mi posición. Tenía la entrepierna empapada y fue un alivio el poder meterme los dedos, lo necesitaba como nunca. Últimamente me estaba masturbando más de lo que lo había hecho durante toda mi vida… y disfrutándolo más.
Bajé la cabeza lentamente hasta darle un besito en la zona del clítoris a mi amiga. Admiré detenidamente sus labios apretados por la tela de la tanga mientras me sobaba los pechos. Con un leve movimiento pude apartar su ropa interior dejando expuesto ese manjar femenino. ¿Cómo podían ser tan hermosas las vaginas y yo nunca lo había notado? Al menos hasta ahora.
Acomodé mi largo cabello castaño, y lo dejé caer hacia la izquierda. Me acerqué más, ese intenso olorcito a almejita húmeda me estaba volviendo completamente loca. Cuidadosamente, con la puntita de mi lengua toqué su botoncito sexual, el cual asomaba erguido. De a poco, intentando no despertarla, fui lamiendo como lo había hecho aquella noche.
Si quería confirmar mi gusto por el sexo femenino, debía ir más allá. Sabiendo que Lara no se despertaría, di una lamida firme, pegando mucho mi lengua a la división central de sus labios. ¡Cómo había extrañado ese sabor! Lamí unas cuantas veces más sin dejar de toquetearme, frotándome el clítoris o introduciendo mis dedos; cualquier cosa que ayudara a estimularme. La calentura me estaba nublando el juicio (el poco que aún me quedaba), la culpa había quedado relegada. Sin dejar de masturbarme comencé a degustar los jugos que manaban de la rajita de mi mejor amiga.
Perdí la cabeza por completo; seguramente se debía a años de reprimirme. Estaba dejando salir toda mi sexualidad de golpe. Me las ingenié para poner mis rodillas a los lados de su cara sin moverme demasiado. Bajé la vagina hasta que prácticamente tocó su boca y me masturbé como si estuviera poseída por el demonio de la lujuria. De pronto noté los suaves labios de su boca rozar contra los de mi vagina, transmitiéndole mis fluidos. Miré hacia abajo, ella no se movía. ¿Estaría soñando con sexo lésbico otra vez? Temí llegar demasiado lejos y despertarla, por lo que me aparté; pero mi excitación no menguó ni un poquito. Sabía perfectamente que todo esto era una locura, quería detenerme pero me resultaba imposible, no controlaba mis acciones. Tal vez realmente estaba poseída… esa noticia no alegraría para nada a mis padres.
Volví posicionarme entre sus piernas, esta vez sí que perdí la poca cordura que me quedaba. Comencé a chuparla, no lamerla, sino a chuparla de verdad. A comerla. A engullir todo su sexo y succionar sus jugos. Sin dudas esto era lo más estimulante que había probado en toda mi vida. Le di un chupón a su clítoris sin pensar en nada. Me pegué a su sexo como una sanguijuela succionadora de flujos vaginales. Cerré los ojos y me dejé llevar por el enorme placer, frotando mi propio sexo con alevosía.
En ese momento, como Lázaro cuando se levantó entre los muertos, Lara se sentó en la cama. Miré hacia arriba y me encontré directamente con sus ojos abiertos como platos. Ella intentaba desesperadamente comprender qué ocurría; pude leer el terror en su mirada. Ni siquiera atiné a quitar la boca de su vagina.

Si yo fuera un espía de la KGB, éste sería el momento preciso en el que debía tomar la pastilla de cianuro.

jueves, 25 de enero de 2018

Venus a la Deriva [Lucrecia] - 06. El Archivo Abigail.

Capítulo 6.


El archivo Abigail.


Sábado 12 de Abril, 2014.

-1-

Casi una semana después del altercado con Sofía, ocurrió algo poco frecuente: me quedé sola en casa. Casi siempre había al menos dos miembros de mi familia rondando por el lugar. A mi padre se lo veía con poca frecuencia, ya que su trabajo administrativo en el campo le demandaba muchas horas semanales, pero mi madre se las ingeniaba para estar cerca cuando uno menos lo quería; sin embargo esta vez tuvo que salir de improviso para mostrar una propiedad a un cliente potencial, no sin antes quejarse de que la hicieran trabajar un sábado. Mi hermanita tenía clases de inglés, en su instituto y frecuentemente le tocaba cursar durante los sábados.
Nunca supe muy bien cómo aprovechar los días en los que tenía la casa toda para mí, por lo general solía quedarme en la sala mirando televisión, disfrutando un poco de aquellos espacios que siempre estaban ocupados; pero esta vez el aburrimiento me ganó y comencé a deambular por todos lados, pensé en llamar a Lara para que viniera a visitarme pero no quería tentarme con la idea de que estuviéramos las dos solas.
Mientras caminaba hacia mi cuarto pasé junto a la puerta del dormitorio de Abigail, por lo general ella la dejaba cerrada para que mi madre no husmeara entre sus pertenencias, y lo bien que hacía, ya que mi madre no tenía respeto alguno por la privacidad del prójimo. Su lema era: “Si no hacés nada malo, entonces no tenés nada malo que ocultar”, sin embargo ella no comprendió nunca que no se trata de ocultar cosas malas, sino de tener un poco de intimidad. A ella no le agradó nada cuando Abigail y yo optamos por cerrar nuestros dormitorios con llave, cada vez que abandonamos la casa, o cuando queremos estar tranquilas; a mi madre le agradaba mucho menos que Abigail cerrara su dormitorio con llave, ya que en cualquier momento podría sufrir alguno de sus episodios, y no podríamos asistirla. Tengo que reconocer que en este punto ella tenía razón, pero se me ocurrió una solución muy práctica: la única que tenía una copia de la llave de Abigail, era yo. A su vez, ella poseía una copia de la llave de mi dormitorio. En caso de que ocurriera algo malo, podríamos abrir inmediatamente.
Me quedé mirando la puerta del cuarto, como si ésta me estuviera llamando. No puedo justificar todos mis actos; algunas de mis acciones son tan espontáneas, que ni siquiera tengo tiempo para evaluarlas, y ésta es una de esas. Supongo que puedo decir que me ganó la curiosidad… o el aburrimiento. Me dirigí a mi propio dormitorio, busqué la copia de la llave, y regresé al de mi hermana.
Al entrar al cuarto pude ver que no había nadie allí dentro más que varios muñequitos troll parados uno a la par de otro en una repisa, mi hermana adoraba esos anticuados muñecos como si fueran sus pequeños amigos, mi madre los detestaba y a veces había llegado a decir que los inofensivos muñequitos parecían engendros del demonio, con esos ojos saltones y cabellos tan extraños y coloridos; pero yo defendía a muerte a Abigail, y argumentaba que si le arrebataban esos muñecos, su estado psicológico podría empeorar mucho; esto atemorizaba a Adela y dejaba en paz a los trolls.
Comencé a explorar el atiborrado refugio de mi hermanita sin ánimo de invadir su privacidad, sólo estaba aburrida y hacía tiempo que no entraba a ese sitio. Como reacción automática abrí una puerta de una cómoda blanca y me encontré con una pila gran de DVDs, eso me dio una idea, allí seguramente habría alguna película interesante para ver.
La mayoría del contenido era sobre animé y a mí el género mucho no me agradaba, aunque tampoco lo descartaba. Tomé una pila de DVDs y fui leyendo los títulos uno por uno, hasta que de pronto me encontré con una impactante imagen. Se trataba de una foto con personas reales, un hombre desnudo estaba manteniendo relaciones con una mujer de pechos exageradamente grandes. Solté el DVD aterrada, no podía creer que hubiera encontrado material de ese tipo dentro del dormitorio de mi dulce hermanita.
Luego de unos segundos de confusión me di cuenta de que yo era una ingenua monumental, había estado mirando pornografía a hurtadillas sintiéndome casi una rebelde por eso cuando mi pequeña hermanita, con tan solo dieciocho años edad ya contaba con una buena colección de material pornográfico. Digo colección porque debajo de ese DVD encontré al menos cuatro más del mismo género, pero hubo uno que llamó mi atención más que el resto. En la portada dos mujeres se besaban descaradamente. ¿Acaso a mi hermana le parecía excitante el sexo lésbico? Puede que me estuviera adelantando a los hechos al pensar eso, tal vez sólo lo había comprado para quitarse la duda o como una simple curiosidad, ya que era el único de esa categoría. El corazón me latía incontrolablemente. ¿Debía hacerlo o no?
Sabía que no tenía mucho tiempo para decidirme, si no lo miraba en esa oportunidad, no volvería a tener otra igual en mucho tiempo. Me llevé el DVD a mi cuarto y me encerré en él. Lo coloqué en el reproductor y aguardé mirando a la pantalla de mi televisor desde la comodidad de mi cama. El video comenzó con una mujer voluptuosa, vistiendo ropa diminuta, abriéndole la puerta a una chica con coletas y atuendo de niña ingenua. La película estaba hablada en inglés y no tenía subtítulos pero no me costó deducir que la más joven de las dos aparentaba ser una amiga de la hija de la dueña de casa. La mayor, que llevaba el cabello rubio, se disculpaba con la muchacha diciéndole que su hija ya se había marchado. Se sentaron a charlar en un sillón y era obvio que la rubia intentaba seducir a la “niña ingenua” quien no era tan “niña”, ya debía ser mayor que yo por al menos tres años. Las actrices eran muy malas, no eran capaces de convencer a nadie, la escena perdía veracidad por lo pobre y absurdo que era el guion, estuve a punto de quitar la película cuando de pronto se besaron, me detuve en seco y observé.
Las manos de la rubia se perdieron bajo la corta pollera de la jovencita y comencé a acalorarme recordando lo que había hecho con Tatiana. No tuve que esperar mucho tiempo para verlas completamente desnudas, ambas tenían cuerpos plásticos y estilizados pero en ese momento no me importó, lo que más me llamaba la atención era cómo la mujer mayor le comía la rajita a la otra. Lo hacía de una forma exagerada pero que permitía ver claramente el movimiento del clítoris bajo la lengua. Como accionada por un interruptor invisible, me quité de prisa el pantalón hasta quedar desnuda de la cintura para abajo. Mi vagina ya estaba humedeciéndose y reaccionó placenteramente al contacto con mis dedos. La excitación no provenía de ver a estas dos mujeres interactuando lésbicamente, sino que yo me imaginaba a mí misma lamiendo esos labios rosados. Lamí mis dedos que me transmitieron el sabor de mi propio sexo y los llevé una vez más hacia abajo, froté mi botoncito de placer sin apartar la vista de la pantalla del televisor, la escena ya había perdido todo diálogo y se centraba únicamente en el acto sexual. Deslicé dos dedos hacia abajo dejando mi clítoris en medio de ellos y lo presioné levemente, mi respiración comenzó a agitarme a medida que yo aceleraba el ritmo con el que subía y bajaba la mano. En el mismo momento en que la más joven de las dos mujeres comenzó a practicarle sexo oral a la otra, introduje un dedo en mi vagina. Entrecerré los ojos y me perdí en el delirio libidinoso imaginando que Lara estaba entre mis piernas, también recordé el contacto de mis dedos con la pequeña protuberancia que toqué entre las piernas de Sofía. Junté mis piernas instintivamente y luego las abrí todo lo que pude al mismo tiempo que arqueaba mi espalda. Mi período menstrual había terminado hacía apenas un día y mis hormonas estaban alteradas, mi cuerpo entero agradecía cada roce, cada caricia.
Miré atentamente como la muchachita, parecía estar succionando el clítoris de la madre de su amiga, grabé esa escena en mi memoria como si quisiera aprender de ella. Sentí el jugo sexual deslizándose entre mis muslos y no me detuve ni por un segundo. Cuando llegó el momento del clímax no pude evitar dejar salir varios gemidos, sentía que mi alma se liberaba con cada uno de ellos. Continué tocándome suavemente durante un par de minutos hasta que mis pulsaciones fueron volviendo lentamente a la normalidad.
Fui al baño y me lavé para luego vestirme apresuradamente, debía devolver el video antes de que Abigail llegara. Lo guardé en su caja y me dirigí al cuarto de mi hermana. Por culpa de mi apuro y mis malditos nervios tiré media pila de DVDs al piso. Me encontraba acomodándolos uno por uno en su sitio rogando que fuera el orden correcto cuando sentí una aguda voz femenina que provenía de la puerta.
—¡Lucrecia! ¿Qué haces en mi cuarto?
—¡Hola Abi! Perdón, estaba buscando alguna peli para mirar… vos siempre tenés alguna buena peli —contesté poniéndome roja de la vergüenza—,  se me cayó todo pero ahora lo junto —esta vez fue ella la que se sonrojó.
—¿Qué tipo de película buscabas? —preguntó abriendo grande los ojos.
Me percaté de que miraba mis manos, cuando vi la película que estaba sosteniendo me encontré con una imagen de sexo explícito en la portada.
—Creo que vamos a tener que hablar claramente —le dije sabiendo que ambas estábamos en un aprieto.
Abigail giró su cabeza hacia la puerta asegurándose de que no había nadie en el pasillo, dio un paso hacia adentro y cerró la puerta del cuarto. Me senté sobre la cama sin soltar la película pornográfica. No me animaba a romper el silencio y ella parecía tan insegura como yo. Se sentó en una silla que estaba frente a un escritorio, donde estaba su gran computadora, la cual era uno de sus objetos más preciados.
—Este es un tema difícil —comencé diciendo—, no sé cómo hablar de esto con vos Abi.
—No hace falta hablar nada ¿pensás contarle a mamá que tengo esas películas? Porque si hacés eso, me voy a enojar mucho con vos, especialmente por haber entrado a mi cuarto sin permiso.
—No, no le voy a contar a mamá, eso sí que no, porque te las sacaría de inmediato y seguramente te castigaría hasta el día del juicio final —sonrió al saber que no la delataría—. Te pido disculpas por haber entrado a tu cuarto, es que estaba muy aburrida… sé que es la peor excusa del mundo, pero es la única que se me ocurre.
—Está bien, si es por eso, te puedo perdonar. Yo también suelo hacer locuras cuando estoy aburrida.
—Y cuando no lo estás, también —ella sonrió—. La verdad es que me sorprendió mucho que tengas este tipo de… material.
—¿Por qué te sorprende? No creo que tenga nada de malo mirar porno de vez en cuando.
—Supongo que no, sólo que vos sos tan chiquita…
—Podré ser chiquita, pero no soy ingenua, Lucrecia. ¿Alguna vez miraste alguna? —Me puse tensa y ella notó algo raro— ¿Viste alguna de mis películas? —sonrió mientras yo me mordía el labio inferior.
—Sí, vi una, hace un rato. Estaba devolviéndola cuando se me cayó todo —me resultaba muy difícil mentirle a mi hermana, ella tenía un don especial que le permitía leerme como si yo fuera un libro abierto. Sospecho que la mayoría de los locos pueden hacer eso… o tal vez es sólo idea mía—. Tengo que confesarte que no son muy buenas.
—Lo sé, algunas son bastante estúpidas, pero sí que se ponen calientes.
—Eso no te lo discuto. Digamos que cumplen con el objetivo.
—¿Y ese sería…? —me preguntó como si no conociera la respuesta.
—Bueno… vos ya sabés… no me hagas decirlo —nos reímos juntas.
—Me sorprendés Lucre, pensé que eras más reservada... por no decir pelotuda.
—¡Hey! Eso me ofende, no soy tan pelotuda como parezco.
—No te ofendas, es que pensé que eras más como... como mamá.
—No quiero ser como mamá —tal vez eso era lo que me hacía experimentar tantas cosas absurdas, intentar ser diferente a mi madre, quien estaba llena de complejos, especialmente en lo referente a la sexualidad—. Yo quiero disfrutar mi vida y si la paso bien mirando una película de estas, entonces es problema mío, yo no lastimo a nadie al hacerlo.
—¡Tenés razón! Eso mismo es lo que pienso yo —se puso de pie de un salto, tomando la postura de un político dando un discurso ante miles de personas—. ¿Qué tiene de malo hacerse una buena paja de vez en cuando?
—¡Che! Tampoco es para que lo estés diciendo así —me puse roja de la vergüenza.
—Bueno, perdón —se sentó a mi lado en la cama—. No tiene nada de malo tocarse un poquito, es completamente natural, todas mis amigas lo hacen y seguramente las tuyas también. Incluso esas de la iglesia.
—Sí que lo hacen —no podía confirmarlo con todas, pero estaba segura de que Lara sí lo hacía—, sólo que muchas no lo admiten.
—Yo no tengo problema en admitirlo, la que tiene problemas es mamá. Ella nunca nos deja vivir como queremos, si hacemos algo que nos gusta, enseguida nos arruina todos los planes. Siempre le encuentra algo malo a todo. Por eso es que ya no le cuento nada de lo que hago, vos deberías hacer lo mismo, hermana… también deberías buscarte un novio, así no recurrís tanto a estas películas… no es que no te las quiera prestar, podés pedirme las que quieras, pero vos ya tenés edad como para andar de novia sin que mamá se meta en tu vida. Sé que lo que te pasó la primera vez no fue nada lindo, pero ya pasaron años de eso... imagino que ya lo habrás superado.
—Supongo que sí —me quedé taciturna, no podía pensar en novios, era como si esa palabra no encajara conmigo; con mi nueva “yo”—. El problema es encontrar al indicado.
—Pero podés disfrutar de los “no indicados” mientras llega ese —me guiñó un ojo y no pude evitar reírme.
—¿Te imaginás cómo se pondría mamá si hago eso?
—Sí que me imagino, por eso es tan gracioso.
Miré hacia mi izquierda y vi la película lésbica tirada en el piso, la recogí y se la enseñé a mi hermana, se puso tensa de inmediato.
—¿Y ésta película qué significa? —Le pregunté, intentando no ponerla demasiado nerviosa.
—¿Por qué debería significar algo? Es una película porno, como las demás.
—No es como las demás... acá veo puras mujeres —me sentía extraña mirando fotos de mujeres desnudas junto a mi hermana, pero me carcomía la curiosidad—. Pensé que podía significar otra cosa.
—No me gustan las mujeres, si es lo que pensás; pero hay que admitir que es un poco caliente ver dos chicas haciéndolo ¿a vos no te pasa? —Me quedé muda, su pregunta me tomó por sorpresa—. Eso no quiere decir que yo vaya a hacer lo mismo, a mí me gusta la verg…
—Está bien, no hace falta que lo digas —la interrumpí—. Tenés razón, es bastante caliente ver dos chicas juntas y no tiene por qué significar que te gusten las mujeres —tenía la sensación de haber respondido a una de mis más grandes dudas internas.
—¿Querés verla? Te la presto.
—Ya la vi —le sonreí— es la que venía a devolver.
—¡Lucrecia! No te imaginaba en esas, pensé que habías agarrado de las otras.
—Como vos dijiste, no significa nada, simplemente me dio curiosidad.
—¿Y te calentaste? —En sus ojos vi la llama de la curiosidad, eso era algo que teníamos en común.
—No me siento muy cómoda hablando de eso con mi hermana.
—Hey, si no lo hablás conmigo ¿con quién más lo vas a hablar? Para eso somos hermanas —a veces pensaba que ella era la mayor, a pesar de su condición psicológica podía llegar a ser muy sensata... cuando se encontraba estabilizada por los medicamentos, por supuesto.
—En eso tenés razón. Sí me… calenté bastante, pero no…
—No significa nada, ya sé. Estaba pensando en comprar alguna más de ese mismo género, cuando la compre te la presto. Me recomendaron una muy buena en la que dos amigas se van de viaje y...
—Abi, ¿te puedo hacer una pregunta muy personal? —La interrumpí.
—¿Más personal que la masturbación? —Me hizo reír, aunque todavía me sentía incómoda.
—No sé.
—Preguntá lo que quieras.
—¿Alguna vez besaste a una chica?
—Ah, pensé que era algo más serio —hice una mueca con la boca, expresando mi incredulidad— Sí, besé a dos chicas —me quedé completamente boquiabierta al escuchar esa respuesta.
—¿Por qué lo hiciste? —Balbuceé.
—Porque tenía ganas de probar. Quería saber qué se sentía y mis amigas también pensaban igual.
—¿Amigas? No sabía que tenías amigas.
—Puedo ser muy antisocial, o asocial… como se diga; pero sí tengo amigas y son muy lindas, si querés te presento alguna.
—¿Y para qué voy a querer que me presentes alguna de tus amigas? —Pregunté nerviosa.
—No sé, sólo decía… sólo tomalo como sugerencia. ¿A vos qué chica te besó?
—¿Por qué asumís que me besó una chica?
—Porque de lo contrario no preguntarías, además no hubieras elegido esa película. Te conozco Lucrecia, algo tiene que haber pasado para que actúes de esa manera. Podés contarme, te prometo no decirle a nadie.
Había días en los que prefería que Abigail tuviera alguno de sus ataques, los cuales no le permitían pensar con claridad, ya que cuando su mente estaba despejada, podía ser sumamente perspicaz.
—Está bien, fue con una amiga, también. Me besó en los vestuarios de la universidad —decidí omitir los detalles obscenos.
—Eso te dejó confundida ¿cierto?
—Sí, mucho.
—No tenés por qué alarmarte Lucrecia. Yo también besé mujeres y eso no quiere decir que los hombres no me gusten, tal vez estaría con una chica, no te lo niego, pero sólo por curiosidad, y no cambiaría a los hombres por nada del mundo. A vos te falta experiencia hermanita, le hacés demasiado caso a mamá.
—Eso es cierto, últimamente siento que no sé nada de la vida —en mi cabeza retumbaban las palabras de mi hermana ¿Cómo ella podía afirmar con tanta naturalidad que se acostaría con una mujer?— Siento que no viví la vida a pleno.
—Y que no te cogiste a nadie.
—¡Abi!
—Pero es la verdad, todo el mundo sabe que no te acostas con nadie, porque siempre contás todo. Esto de tu amiga me sorprende y me alegra que me lo hayas contado, pero no se lo cuentes a nadie más. Dejate cosas para vos, así nadie se puede meter en tu vida. Mamá no sabe ni la mitad de las cosas que pasan en mi vida, vos tampoco las sabés.
—No te ofendas Abi, pero vos te la pasás encerrada acá adentro.
—Eso es lo que ustedes creen.
—¿A qué te referís con eso?
—Mejor dejalo así Lucrecia. Prefiero no hablar del tema, no vaya a ser que un día te entre la culpa y termines contándole todo a mamá.
—Podés confiar en mí, Abigail.
—No puedo, lo sabés muy bien. Sos el perrito faldero de mamá —estuve a punto de enojarme con ella pero tenía razón, por más conflictos que tuviera con mi madre, tarde o temprano ella se las ingeniaba para sacarme toda la información... o al menos la mayor parte.
—Te prometo que no voy a ser más su “perrito faldero”. De ahora en adelante voy a vivir mi propia vida... y que ella se vaya a la mierda.
—¿Una vida paralela? —Preguntó sonriendo.
—Eso mismo. Gracias por escucharme hermanita, a veces decís muchas verdades.
—Es que los locos siempre decimos la verdad.
—No estás loca.
—Sí lo estoy, pero no me molesta. Yo soy feliz con mi locura, vos deberías ser feliz con la tuya, y no ignorarla tanto.
—¿Pensás que también estoy loca?
—Casi tanto como yo, sólo que tu locura es diferente.
—¿Y cómo es mi locura? —Me divertía mucho la charla, hacía tiempo que no nos sincerábamos tanto.
—Averigualo, la tenés cerca todos los días. Aprovechala, descubrila y aceptala.
—Abi, ¿estás segura de que vos tenés solamente dieciocho años?
—Creo que sí, a no ser que hayan funcionado las cremas de rejuvenecimiento que le robé a mamá. Por cierto, si te pregunta por esas cremas, vos no sabés nada —me señaló con un dedo, de forma amenazante.
—¿Y vos para que querías cremas de rejuvenecimiento?
—Eso mejor te lo cuento otro día. No es apto para menores —me guiñó un ojo.
—¡Ay, Dios mío! —Exclamé y comencé a reírme cubriéndome la boca con una mano—. No me quiero ni imaginar qué cosas habrás hecho.
—Podría contarte…
—Menos sabe Dios, y perdona.
—¡Ya me tienen harta con las frases religiosas! Mamá y papá las repiten como loros, no empieces vos también.
—Perdón, tenés razón, a mí también me cansan bastante con la religión —de pronto Abigail abrió mucho sus ojos.
—¿Quién sos vos y qué hiciste con mi hermana? —Tuve que taparme la boca para no comenzar a reírme como tarada.
—Soy la misma Lucrecia de siempre, pero estoy… evolucionando.
—¿Acaso sos un Pokémon? Podrías ser la “Pokeboluda”.
—¡Tarada! —Volví a reírme, lo que me causaba más gracia era que mi hermana tenía la misma capacidad que yo para decir idioteces. Posiblemente ese irónico sentido del humor era nuestro mecanismo de defensa ante una vida prácticamente dominada por padres autoritarios—. Lo digo en serio, estoy cambiando; quiero cambiar. Me harté de ser “la nena de mamá”. Quiero vivir un poco mi vida, a mi manera.
—Hacelo, Lucrecia. Por favor, hacelo. Tal vez así vos puedas librarte de las opresiones de mamá y papá… tal vez a vos no puedan meterte en esa secta.
Me quedé muda durante un segundo, la mirada temblorosa de mi hermana me exigía una corroboración, un asentimiento, algo que yo no podía dar. Odiaba cada vez que ella tocaba el tema de la secta, no sabía cómo reaccionar ante ello.
—Papá y mamá no están en ninguna secta, Abi.
Uno de los delirios más recurrentes de mi hermana era que nuestros padres pertenecían a una especie de secta híper religiosa a la que sólo podía entrar un grupo muy selecto de adeptos a Cristo. Nuestros padres podrían ser autoritarios y poco demostrativos emocionalmente, pero no formaban parte de ninguna secta religiosa.
—Te digo que sí —insistió.
—Bueno, mejor eso lo dejamos para otro momento —me estaba poniendo realmente incómoda, quería marcharme de allí; busqué un pretexto para cambiar de tema, vi sobre la pila desparramada de películas porno una en la que una voluptuosa morocha estaba siendo penetrada por un hombre, al mismo tiempo que besaba a otra mujer—. ¿Me prestás esta película? —la pregunta la dejó algo desconcertada.
—¿Eh? Sí, bueno, dale.
—Gracias, hermanita. Después te la devuelvo.
Salí rápidamente del dormitorio, sin mirar atrás. Me dolía en el alma huir tan cobardemente de los problemas mentales de mi hermanita, pero sabía, por experiencia, que si empezábamos a discutir por el asunto de la secta, terminaríamos peleando y ella quedaría con una enorme confusión, que la podía llevar a uno de sus “ataques”.

-2-


No tenía intención de mirar la película que había sustraído del cuarto de mi hermana, por lo que la dejé sobre la cama y fui en busca de mis carpetas, para retomar mis estudios.
Estaba concentrada en un tema muy interesante, sobre la Teoría General de los Sistemas y su aplicación en la administración de empresas, cuando la portada de la película porno captó mi atención. Algo me resultaba extraño en esa escena tan explícita. Me levanté y fui en busca de ella, al mirarla detenidamente me percaté de que la muchacha estaba siendo penetrada por el ano por un pene largo y venoso. No era tan ingenua como para desconocer el sexo anal; pero jamás había visto una imagen que lo representara de semejante forma, y a esto sumándole la escena lésbica que se desarrollaba en simultáneo. Guiada por la curiosidad, cargué el DVD en mi reproductor y me recosté en la cama para ver qué ocurría.
Bastaron apenas cinco minutos de diálogos sin sentido entre la protagonista y su amiga para que ambas terminaran manoseándose. Me resultaba muy bonita la chica de pelo castaño, ya que tenía una carita de muchachita ingenua, muy diferente a la de la protagonista que tenía todas las cualidades de una actriz porno, una mujer que lucía provocativa en cada mínimo gesto o movimiento.
Mi mano se perdió dentro de mi pantalón mientras en la pantalla las dos mujeres se chupaban las vaginas mutuamente. Gracias a las escenas en primer plano podía ver cómo esas lenguas hurgaban en toda la cavidad femenina y jugaban con esos labios completamente lampiños. Algunas lamidas me parecían exageradas, me imaginaba que yo no perdería tanto tiempo jugando con la punta de mi lengua, yo intentaría abarcar toda la vagina con mi boca y chuparla…
Me di cuenta de que realmente estaba fantaseando con la idea de lamer una vagina, inclusive llegando al punto de imaginar de qué forma me gustaría chuparla. Tuve que dar rienda suelta a mis dedos, que se concentraban en presionar mi clítoris y frotarlo tanto como les era posible en el reducido espacio que quedaba entre mi sexo y el pantalón. Decidí quitarme la ropa, al fin y al cabo ya estaba en plena masturbación y la película seguía su curso, sería absurdo detenerse.
Una vez que estuve desnuda separé mis piernas y contemplé mi rosada vulva humedecida, la abrí con dos dedos, intentando imaginar que se trataba de la vagina de otra mujer. Imaginando que se trataba de la de Lara. Para poder imaginarla (o recordarla) mejor, cerré mis ojos y me dejé sumergir en ese mundo de fantasías lésbicas. Podía estar violando varias normas de la religión católica en ese preciso momento, pero… ¡Qué bien se sentía! Toda la sangre de mi cuerpo parecía fluir hacia mi vagina, que cada vez se acaloraba y se humedecía más.
Al abrir los ojos me encontré con que la escena del televisor había cambiado considerablemente. Un tipo había entrado a la habitación en algún momento. Por alguna extraña razón ya estaba desnudo, con su enorme pene ya erecto, apuntando hacia el culo de la mujer madura quien, a su vez, recibía lamidas en el clítoris por parte de la muchachita.
Detuve mis dedos al quedar impresionada por la forma en la que ese pene ingresó en el ano de la mujer. Lo hizo con tanta facilidad que por un momento creí que sería algún truco de edición; pero no, allí estaba realmente, dentro de su cola. Ella mostraba grandes signos de goce. Debo admitir que el pene de hombre no me excitó en lo más mínimo, pero sí lo hizo el imaginar lo que esa mujer estaría sintiendo en ese momento, al ser penetrada de esa forma. La mujer saltaba sin miedo, cayendo una y otra vez en ese miembro masculino que se perdía velozmente en su orificio anal y volvía a aparecer como por arte de magia.
Mi maldita curiosidad me hizo ir más lejos. Necesitaba saber qué se sentía. Separé mis piernas y a tientas busqué mi culito. Cuando lo encontré intenté introducir el dedo, pero sólo me causé ardor. Usé mi cabeza por un par de segundos y llegué a la conclusión de que necesitaba lubricación, por eso lamí mis dedos y volví a intentarlo. Esta vez el resultado fue mucho mejor. Conseguí introducir parte del dedo. No se sintió nada bien, ardía y me daba miedo lastimarme; sin embargo no quise renunciar tan rápido, esa mujer estaba disfrutándolo, por alguna razón, y yo quería averiguar cuál era.
Volví a lubricar mi dedo y al introducirlo sentí un gran alivio; la sensación estaba mejorando. Reanudé las caricias sobre mi clítoris, usando la otra mano; esto me ayudó a relajarme y mantener mi calentura. Cerré los ojos una vez más y me imaginé que el dedo que intentaba abrirse camino por mi culito, era el de Lara. ¡Qué fácil se volvía todo cuando pensaba en ella! Si bien una parte de mí me decía que hacía mal en masturbarme pensando en mi amiga, por el otro lado me producía un remolino agradable en la boca del estómago.
Después de masturbarme por un rato, y meter un poco el dedo en mi cola, me consideré satisfecha. Apagué la tele y me quedé mirando el techo, recuperando el aliento. Me ardía un poco el ano, pero no había estado tan mal. Me sentía liberada. Estaba descubriendo mi propio cuerpo como nunca lo había hecho. Estaba disfrutando de mi cuerpo… y del de Lara.

No sabía qué tan lejos llegaría con todo esto. En algún momento mis propios miedos y la culpa me limitarían; sin embargo en ese momento no tenía ganas de arrepentirme de nada. Me dejé en paz por una vez y sonreí. La había pasado bien y nadie había resultado lastimado, eso era todo lo que me importaba.  

lunes, 15 de enero de 2018

Venus a la Dervia [Lucrecia] - 05. Acción Católica.

Capítulo 5.

Acción Católica.


Domingo 6 de Abril, 2014.

-1-

Pasé más de una semana intentando, por todos los medios, mantenerme lo más ocupada posible, para que mi mente no trabajara tanto ni se cayera en ese precipicio lésbico que tanto vértigo me causaba.
Estudié hasta quedar agotada, repasando una y otra vez los mismos temas hasta aprenderlos a la perfección, cuando esto no fue suficiente, comencé a leer un libro viejo de fantasía épica, uno de mis géneros literarios favoritos, pero no fue una lectura muy amena y no logró distraerme tanto como quería.
Durante esos días evité el contacto con la gente, especialmente con las de sexo femenino. No hice ningún intento por dilucidar mi condición sexual e intenté dejarla bien almacenadita y reprimida en el fondo de mí ser. Sin embargo hubo un par de ocasiones en las que caí en ello. Una noche, antes de dormir, tuve que masturbarme para quitarme la enorme ansiedad que me invadía, y para hacerlo recurrí, una vez más, al video de Lara. Luego esto me generó una gran sensación de culpa, pero el impulso fue más fuerte que yo y no pude controlarlo.

El domingo en que mi madre me preguntó si la acompañaría a un encuentro religioso le dije que sí, sin dudarlo. Tenía la esperanza de que eso me ayudara a quitarme los malos pensamientos de la cabeza, al menos por unas horas. Dicho encuentro se llevaría a cabo en un club de campo que estaba directamente ligado a una gran iglesia local. Para asistir a esa reunión debía vestirme de blanco por completo. Me puse una pollera hasta las rodillas y una blusa que disimulaba bastante bien mis pechos; me sentía como una niña de diez años menos vestida de esa forma. Odiaba todo en ese atuendo, pero me lo puse porque no quería discutir con mi madre, sólo quería mantener mi mente en un lugar sano y seguro.
Ni bien llegamos al club, un grupo de personas se abalanzó sobre nosotros para saludarnos. Ésta era una de las pocas salidas que teníamos como una familia completa y a mi madre le encantaba que socializáramos con el resto de los feligreses.
La cara de mi hermana, Abigail, parecía la de un condenado a muerte marchando hacia la silla eléctrica, le aterraba ver tanta gente junta y mucho más le aterraba tener que tratarlos cortésmente. Ella se pasaba la vida encerrada en su cuarto y sólo salía para concurrir al instituto en el que estudiaba Inglés a nivel superior. Abigail se destacó siempre por su gran inteligencia y perspicacia, pero Dios le envió un par de engranajes defectuosos para su maquinaria cerebral y a veces nos cuesta mucho predecir sus actos, aunque por lo general a mí me hace reír mucho, es por eso que siempre me pongo de su parte cuando sufre alguno de sus acostumbrados “cortocircuitos”, como a ella y a mí nos gusta llamar a esos ataques que sufre.
En cuanto la vi rodeada de chicas de su edad que buscaban aterrorizarla con cumplidos, abrazos y sonrisas radiantes de felicidad, intervine para que no la agobiaran, lo cual podía ser muy peligroso. Saludé a un par de conocidas simulando alegría y buen humor mientras Abigail se refugiaba tras mi espalda. La mitad de estas personas no me caía bien y la otra mitad me era indiferente pero era un sacrificio necesario para proteger a mi hermanita y para volver a sentirme normal; si es que se le podía llamar normal a un grupo de gente que se reunía para conservar apariencias, alardear sobre cuánta fe tenían y competir unos con otros para determinar quién se acercaba más a la perfección divina. Puede que sea un poco dura al pensar de esa manera ya que no todos actuaban así; pero un gran número de concurrentes rectificaba mis teorías. 
Las actividades del día se distribuyeron por edades, como suele hacerse generalmente en estos encuentros. Cada persona se acercaba a los grupos de su edad. Abigail prefería estar con aquellos que eran más pequeños, porque se sentía incómoda con adultos, yo encontré a un grupo mixto sentado alrededor de una gran mesa de piedra que estaba situada bajo la copa de un gran árbol. El verde intenso del césped y la forma en la que el sol de la mañana se colaba entre las ramas del árbol hacían parecer a ese pequeño sector salido de un libro de fantasía.
El grupo de seis estaba compuesto por tres personas de cada género y yo no estaba segura de para qué lado sumaba. Me senté junto a un pibe de mi edad, al cual nunca había visto, con la esperanza de que no fuera tan imbécil como los otros dos, a los que ya conocía de encuentros previos y los consideraba unos completos “hijos de mamá” incapaces de pensar algo por sí mismos. Además este chico nuevo no estaba nada mal, tenía cierto atractivo, a pesar de tener la cabeza poblada de rulos color castaño claro, lo cual hacía que se asemejara un poco al perro pequinés de Lara; sin embargo no debía juzgarlo, por mucho que odiara al maldito perro.
Toda la charla del grupo giraba en torno a la religión, algunos debatían ciertos temas pero se les notaba el miedo al hablar. Allí nadie era cura o monja, éramos jóvenes de la misma edad a los cuales los obligaban a asistir a este tipo de reuniones, fuera de esto todos teníamos una vida normal (a excepción de esos dos “nenes de mamá” que debían llevar una vida de reclusión, alejada del mundo real) y nadie se atrevía a hablar de ello. En un principio me pareció buena idea que la charla no se entrometiera en nuestras vidas privadas, pero de a poco fui perdiendo el interés y ya ni siquiera intentaba sonreírle a ese muchachito de rizos color pequinés.
Poco a poco mi atención la fue acaparando la chica que tenía sentada frente a mí, ya que me miraba de forma extraña. Al principio la ignoré pero luego comencé a mirarla más detenidamente, su cabello casi negro me recordaba un poco al de Lara, al igual que sus grandes y expresivos ojos. Le sonreí tímidamente cuando nuestras miradas se cruzaron y ella me devolvió el gesto con una amplia sonrisa. Me parecía bastante bonita y eso era un riesgo. Luego de unos minutos decidí no tentar al diablo y me excusé con los miembros del grupo diciéndoles que debía hacer una cosa; no se me ocurrió ninguna excusa mejor para inventarles, pero de todas formas abandoné mi asiento y me alejé de ellos.
Vagué sin rumbo durante unos minutos hasta que llegué a un bonito árbol aislado de los sectores de reuniones y me senté bajo su sombra. Me costaba mantener mis pensamientos en claro, ¿por qué me resultaba tan difícil permanecer frente a una mujer bonita? Esto no me pasaba antes... aunque debía ser sincera conmigo misma, antes no había probado la calidez de una mujer. Desde esa noche con Lara mi mente sufrió un gran cambio y lo del experimento con Tatiana empeoró aún más las cosas... o tal vez las mejoró, porque la pasé increíblemente bien con ella... ¡Dios mío! Lo estaba admitiendo. Admitía haberlo pasado muy bien con ella y al continuar indagando en mi interior también llegué a la conclusión de que una parte de mi cuerpo me pedía volver a experimentar algo así. No podía evitar sonreír cada vez que recordaba lo ocurrido en los vestuarios. Hasta llegué a preguntarme por qué no me animé a lamer su sexo. Esa hubiera sido la respuesta definitiva que buscaba. Cabía la remota posibilidad de que, de haberlo hecho, hubiera decidido que no me gustaba y entonces podría quedarme más tranquila, pero dejarlo pasar sólo me había generado dudas.
Casi sin darme cuenta corté puñados de césped mientras mi mente divagaba, los dedos me quedaron verdes y olían a hierbas. Ese suave aroma me transmitió cierta paz, como si me recordara que, lejos de mi mente obnubilada, había un mundo terrenal y real; pero luego me percaté de que mi conjunto blanco se mancharía todo si permanecía sentada allí. Me puse de pie y corroboré que ninguna parte de mi vestido se había teñido de otro color, de todas formas decidí lavarme las manos. Encaminé hacia el baño, que era para uso exclusivo de los socios del club. Me lavé las manos mientras me miraba al espejo, los rasgos angulosos de mi rostro me parecieron más atractivos que de costumbre, ¿será cierto eso de que el sexo te cambia la cara? En ese instante sentí más confianza en mí misma, me dije que si quería conquistar a alguien, podría hacerlo, aunque se tratara de una mujer... pero no debía pensar en mujeres, podía probar suerte con ese chico de cabello ondulado que... ni siquiera sabía cómo se llamaba. Estaba segura de que él me dijo su nombre, pero ni siquiera le presté atención.
«Lucrecia, te estás engañando a vos misma –me dijo la voz de mi consciencia– él no te interesa para nada».
La puerta del baño se abrió repentinamente y, como si se tratara de una manifestación divina, vi aparecer a la misma chica que me sonreía en la mesa. Se acercó a mí con paso alegre, su atuendo era tan blanco como el mío y no me permitía adivinar su figura, pero con sólo su sonrisa tenía más que suficiente para llamar mi atención. La chica me agradaba, como cuando te gusta alguien que no conocés mientras viajás en un colectivo e intercambiás miradas con esa persona para luego bajarte del colectivo y no verla nunca más. Hacía mucho tiempo que no me pasaba algo así y odiaba que me pasara con una mujer.
–Hola –me saludó mientras se lavaba la cara– ¿cómo es tu nombre?
–Lucrecia.
–Mucho gusto, yo soy Sofía. ¿Vos sos la hija de Adela y Josué?
–Así es, y la hermana de Abigail –respondí con amabilidad, pero la situación me incomodaba bastante.
Me puse a pensar sin apartar la mirada de esos penetrantes ojos marrones. ¿Por qué entró al baño en el mismo momento que yo? De todas las chicas que había en el club, ¿por qué tenía que ser justamente ella la que entrara? ¿Acaso me estaba buscando, pretendía algo?
–Sí –su voz me tomó por sorpresa, sacudí mi cabeza para volver a la realidad–, se nota mucho que son hermana, son muy lindas las dos. Parecerían mellizas si ella no fuera más bajita.
–Gracias, vos también sos muy linda.
Me sentía una imbécil hablándole de esa forma pero me costaba mucho pensar con claridad... y mi cerebro me jugaba bromas perversas, lo único que me enviaba era frases como: «Sos hermosa», «¿Te gusto?», «¿Alguna vez tuviste inclinaciones lésbicas», «¿Querés que nos besemos?». ¡Preguntas estúpidas! Me daban ganas de salir corriendo, pero no podía huir de mi propia mente.
–¡Que amable! Lo agradezco mucho –La gente en estas reuniones solía hablar de una forma   exageradamente educada–. Algún día tendríamos que juntarnos para hacer algo –dijo mientras pasaba caminando detrás de mí para buscar una toalla de papel.
Sentí su mano derecha rozando levemente mi cola y allí fue cuando una peligrosa e incontrolable serie de sensaciones me invadieron. «Pudo ser sin querer», me decía a mí misma; pero mi cuerpo estaba ganando autonomía y me resultaba muy difícil controlarme. Sofía giró su cabeza y me miró con una extraña sonrisa en los labios. «¡Lo hizo a propósito!» Apreté los puños y los miré hasta que se pusieron blancos. «Tranquila, Lucrecia, no hagas ninguna locura». Estas palabras sonaban huecas en mi interior. Mi corazón bombeaba sangre con excesiva fuerza a cada rincón de mi cuerpo y la ansiedad me formaba un vacío en la boca del estómago. Miré nuevamente a Sofía, estaba de pie frente a mí y me miraba con sus expresivos ojos, los cuales me indicaban que había en ella una intención que iba más allá de una simple conversación amistosa.
Un instinto animal se apoderó de mí y fue allí cuando perdí los estribos. Me abalancé sobre ella y moviéndome con agilidad felina puse una mano en la parte baja de su espalda y la besé en la boca al mismo tiempo que la empujaba hacia la pared, tal como Tatiana me lo había hecho conmigo días atrás.
Sus cálidos labios me transportaron a un mundo de fantasía lésbica donde nada más importaba. Bajé rápidamente mi mano libre y la introduje debajo de su pollera. Las yemas de mis dedos se encontraron con su abultado clítoris, que se refugiaba dentro de la tela de la bombacha. Mi lengua se había apoderado de la suya, escuché sus gemidos ahogados y moví levemente los dedos recorriendo la división de sus labios vaginales. De pronto me empujó con fuerza hacia atrás.
—¿¡Qué hacés, estás loca!? —Me gritó con los ojos imbuidos por la llama de la ira– ¿Qué tenés en la cabeza?
Nunca me había sentido tan avergonzada en toda mi vida, ni siquiera sabía cómo había sido capaz de hacer algo así.
–¡Ay, perdón! –Estuve a punto de arrodillarme en el suelo, para suplicarle misericordia-. Pensé qué… yo… no quería…
–¿Pensaste qué?
–Es que vos me hablabas raro y pensé que te gustaba –tenía ganas de llorar, gritar, correr y morirme, todo al mismo tiempo.
–¿Pensaste que me gustabas? –se tomó unos segundos para pensar en lo que le había dicho– ¿Sos lesbiana? –esa pregunta me lastimó como un afilado puñal. 
–¡No, no lo soy!
–¿Entonces por qué me besaste? Yo te hablé para que seamos amigas, nada más. Estás totalmente loca, flaca.
–Sí, ya sé –bajé la cabeza y comencé a llorar.
–No te me hagas la víctima ahora, me manoseaste toda ¿y ahora te ponés a llorar?
–Te pido mil disculpas, sé que fui una boluda total. ¡Por favor no le cuentes a nadie! Solamente te pido eso. Si querés odiame, insultame, pegame… lo que quieras, pero no le cuentes a nadie.
Intenté apartar las lágrimas de los ojos, ella me miraba como si yo fuera un enviado de Satanás, parecía aterrada y tenía las mejillas rojas, su respiración estaba casi tan agitada como la mía.
–No le cuento a nadie, pero no te me vuelvas a acercar ¿Entendido?
–Te prometo que ni siquiera te voy a mirar –no podría volver a mirarla a la cara nunca más en la vida–. Fue un error, te pido mil disculpas. No sé qué me pasó... no me pude controlar.
–Eso no me importa... me tocás otra vez y te mato.
Sin decir nada más, salió del baño caminando a paso ligero. Mis piernas no pudieron sostenerme más, me senté en el suelo y me dejé llevar por el llanto. La culpa me abrumó y me sentí una estúpida total. Ni siquiera sabía por qué había actuado de esa forma, sabía que era una locura y una estupidez, desde el principio, pero el impulso había sido tan fuerte que no pude controlarlo. Me quedé llorando en el baño por casi media hora.

-2-

Aquella tarde de domingo tuve que excusarme con mi familia para no asistir a la misa de las 19 horas. A mi madre no le agradó mucho que yo me ausentara, no es porque siempre me obligara a asistir, sino porque ese día se unirían a nosotros algunos miembros de la familia; sin embargo cuando dije que debía prepararme para un importarte examen parcial que tendría lugar a mediados de mayo, mi padre dijo que el estudio era muy importante y logró calmar el temperamento de su esposa.
Creí haberme librado de mi familia por el resto del día, pero me equivoqué. Luego de que la misa concluyó alguien llamó a la puerta de mi cuarto. Se trataba de Abigail que, con pena me explicó que debíamos unirnos a la cena familiar que estaban preparando. Tanto mi hermana como yo detestábamos esas malditas reuniones donde nuestros padres sólo buscaban hacer alardes de lo perfectas que eran sus hijas. La que más sufría con esto era Abigail.
Me ofuscó bastante encontrarme con mi prima Leticia sentada junto a la mesa del comedor; ella era partícipe de mi primer recuerdo cuasi-lésbico y que hubiera aparecido justamente ese día me olía a castigo divino. Ella me saludó cordialmente y me invitó a sentarme a su lado. Definitivamente no quería hacer eso, no quería tener pensamientos sucios a su lado y tampoco quería recordar la vez que la vi desnuda. Me pude librar de ella al decirle que debía ayudar a mi mamá en la cocina. Más tarde, cuando nos sentamos a comer, una de mis tías había ocupado la silla junto a Leticia, por lo que no quedó tan desubicado que yo me sentara en el rincón más apartado de ella. 
Durante la cena mi madre comenzó a hacer uso de su artillería de orgullo, a veces me preguntaba si ella era consciente de que ese era uno de los siete pecados capitales. Habló maravillas de mí alegando que había tenido un excelente segundo año en mi carrera universitaria y que me estaba preparando para hacer lo mismo este año, mis parientes me felicitaron por ello y a mi madre se le hinchó el pecho de orgullo. Hablar de mí era la parte que más disfrutaba, ya que todo lo que decía era cierto; pero cuando le llegaba el turno a mi hermana, la cosa se ponía un tanto turbia ya que cada pequeño logro de Abigail quedaba opacado por su enfermedad. Para remediar un poco esta situación, mi madre comenzó a decir cosas como: «Últimamente está muy tranquila y se porta muy bien», lo cual era una forma indirecta de decir que no había vuelto a sufrir uno de sus ataques, algo que no era del todo cierto.
Noté que Abigail bajaba la cabeza cada vez que mi madre hacía uno de esos comentarios y seguramente debería estar recordando el desagradable episodio en el que había perdido el control y se había subido al techo de la casa para anunciar, con mucha alegría y entusiasmo, que podía volar... volar tan lejos que ya no necesitaría tolerar nunca más a los demonios de sus padres. No era la primera vez que Abi veía a nuestros padres como reencarnaciones diabólicas y a veces pensaba que no se equivocaba demasiado, pero sí era la primera vez que se ponía a sí misma en un peligro tan grande, como querer arrojarse de la parte más alta del techo. Tuvimos que pedir una ambulancia y los enfermeros tuvieron que subir a controlarla para luego aplicarle un fuerte sedante. Cuando la droga le hizo efecto me quedé junto a ella, en su cuarto, a mi madre no le gustaba que la internaran ya que eso generaba demasiados rumores. Me parte el alma recordar la forma en la que Abigail me miraba, con sus ojitos entrecerrados, desvalidos y suplicantes. Casi podía escuchar que una suave vocecita proveniente de ella me decía: «No quise hacerlo. ¿Por qué me pasa esto a mí? Nadie me entiende». Se veía como un tierno animalito herido, lo único que pude hacer fue acariciar su largo y sedoso cabello para que al menos no se sintiera tan sola.
Cuando mi mamá volvió a hacer un comentario relacionado a la enfermedad de Abigail, me vi en la obligación de intervenir, para cambiar el tema. Le pregunté a uno de mis tíos sobre su trabajo, parecía una pregunta insignificante e inofensiva; pero a veces las cosas más triviales de la vida pueden traer conflictos. Mi tío comenzó a hablar, con tono burlón, casi jactándose de su ingenio, sobre un par de compañeros de oficina que habían hecho el ridículo al ser sorprendidos besándose.
—¡Qué loco está el mundo! —Exclamó mi madre—. Me imagino que los despidieron. 
—No, eso es lo peor de todo —aseguró mi tío—, los dos siguen trabajando normalmente, como si nada hubiera ocurrido.
—¿Pero qué es lo que tiene en la cabeza el gerente... y el jefe de persona? —los ojos de mi madre parecían dos cuentas de vidrio infladas por la rabia—. ¿Cómo es que se le permite a esos degenerados seguir trabajando en ese sitio?
—¿No estarás exagerando un poco, mamá? —cuando hice esta pregunta un filoso silencio cruzó la mesa y todos se voltearon para mirarme.
—¿Qué decís, Lucrecia? —increpó ella.
—Digo que no me parece para tanto, al fin y al cabo fue solo un beso, imagino que ya no lo van a volver a repetir en público.
—¿Sólo un beso? —su furia se incrementó y su ancho rostro se tornó rojo—. Es una degeneración total... ¡dos hombres besándose! ¿Dónde se ha visto?
—No es algo tan raro, pasó durante toda la historia de la humanidad —le dije—, y sigue ocurriendo hoy en día. Hay muchos homosexuales declarados viviendo tranquilamente.
—Así como también hay muchos delincuentes viviendo tranquilamente, sin que nadie haga nada al respecto —dijo ella.
—Pero estos hombres no lastiman a nadie al besarse entre ellos...
—¿Cómo decís una cosa así? Es un crimen ante el Señor, es una aberración contra la naturaleza.
—Mamá, estamos en el siglo XXI...
—¿Y eso qué tiene que ver? ¿Acaso porque unos payasos digan que ser homosexual está bien, vamos a creerle?
—Lo que digo es que...
—No discutas, Lucrecia —intervino mi padre con tono autoritario, pero tranquilo—. Tu madre tiene razón. La sociedad está enferma y somos muy pocos los que hacemos algo para cambiarlo...
La rabia me hervía por dentro, tenía la sensación de que me estaban tratando de enferma... yo no era homosexual y tal vez un simple beso con una chica no significaba nada, pero me molestaba que atacaran a esos hombres; quizá sólo estaban sacándose la duda... como yo.
—...hay que mantener la integridad y ayudar a los que lo necesitan —mi padre continuaba con su discurso y todos en la mesa lo escuchaban atentamente.
—¿Y qué es lo que han hecho ustedes para ayudar a los que más lo necesitan? —dije apretando los puños, nuevamente todas las miradas se posaron en mí; la mayoría lucían confundidos, pero mis padres estaban furiosos.
—¿Te parece poco todo lo que hacemos por el prójimo? —me dijo mi padre elevando un poco su tono de voz.
—¿Hacer qué? Si lo único que hacen es jactarse de los donativos monetarios que dan a entidades benéficas de dudosa reputación —eso era totalmente cierto, muchas veces había querido decirlo, pero no me había animado; siempre dudé de las supuestas entidades benéficas a las que estaban afiliados mis padres por creerlas estafas o formas de evadir impuestos—. A ustedes nunca los vi dando un plato de comida a quien lo necesite o llevando ropa para que la gente pobre pase el invierno, vivimos como reyes y se la pasan diciéndole a todo el mundo lo mucho que ayudan a los pobres y lo cruel que es el mundo con ellos.
—¡No te voy a permitir que nos faltes el respeto de esa forma! —gritó mi papá, poniéndose de pie y golpeando la mesa con sus manos—. ¡Te vas a tu cuarto y no quiero que salgas de ahí! Mañana vamos a hablar.
—Perfecto, me hacés un favor, prefiero estar sola en mi cuarto antes que compartir la mesa con un montón de hipócritas.
Me alejé de allí tan rápido como pude, temiendo que mi madre de pronto quisiera cruzarme la cara de un cachetazo, no sería la primera vez que hiciera eso.
Cerré la puerta de mi cuarto y me tiré a llorar en mi cama. Le di un buen golpe a la almohada, estaba llena de rabia e impotencia. Me llevó varios minutos calmarme, terminé mirando el techo en silencio, con la cara aún llena de lágrimas que se iban secando lentamente. De pronto la puerta de mi cuarto se abrió y me asusté mucho.
—¡Abi! Sos vos, pensé que era mamá...
—No, ella está sirviendo el postre más hipócrita que vi en mi vida, está endulzado con toneladas de halagos hacia las “entidades benéficas” a las que hacen donativos. Creo que sería menos evidente que dijera: “Las usamos para evadir impuestos” —dijo con una sonrisa—.
—¿Vos también pensás eso? —pregunté sentándome en mi cama. Ella cerró la puerta y se sentó a mi lado.
—Es obvio, Lucre. Además siempre reviso las transacciones económicas de papá y mamá; no sé mucho de contaduría, pero se nota que hay cosas raras, especialmente con un par de esas “entidades benéficas”. Es más, tengo la sospecha de que mamá es la “fundadora” de una de ellas.
—¿Por qué lo decís?
—Porque está a nombre de un tal Pedro Santacruz.
Comenzamos a reírnos, podía parecer un nombre común y corriente para cualquiera, pero nosotras conocíamos muy bien a Adela, ella siempre quiso tener un hijo varón para poder llamarlo Pedro, como San Pedro, y el apellido Santacruz era una obvia referencia hacia la crucifixión de Jesús.
—Me jode mucho que te hayan tratado de esa forma —dijo Abigail.
—Está bien, no te preocupes, ya debería estar acostumbrada a lidiar con esos dos.
—Sí, pero igual duele. Todo lo que les dijiste es cierto; pero te digo que me sorprendió mucho que te hayas enojado tanto.
—A mí también, pero qué sé yo... llevo acumulando muchas hipocresías que salen de la boca de mamá y papá, en algún momento tenía que rebalsar, supongo.
—Totalmente —me dio una palmadita en la mano y me miró con una cálida sonrisa—. Disculpá que te diga esto, pero me alegra no haber sido yo quien arruinó la cena. A veces tenés que tener estos ataques de rabia, así me equilibrás un poquito las cosas.
Volví a reírme. Debía ser muy duro para Abigail ser siempre la oveja negra de la familia, la niña enferma que había que esconder. No sé si su intención fue hacerme sentir mejor o simplemente dijo lo que pensaba, pero su comentario fue estupendo, ya que me hizo ver las cosas desde otra perspectiva; hasta me enorgullecía haber quedado como una tarada en frente de mis tíos, de esa forma mis padres no iban a poder jactarse tanto de lo perfecta que era su hija mayor.
Esa noche me quedé hasta tarde conversando con mi hermana, encontramos muchos temas divertidos, y hablamos especialmente sobre nuestro tópico favorito: “Las increíbles actitudes hipócritas de Adela y Josué”. Teníamos tantas anécdotas de ese tipo que podríamos haber publicado un libro al respecto.
En algún punto de la charla me puse un poco triste ya que recordé que lo que había desencadenado mi enojo fueron los comentarios que hicieron en contra de los homosexuales y no pude evitar preguntarme qué sucedería si por alguna hipotética razón yo fuera una... o mi hermana, claro está; podría pasarle a cualquiera...
En el hipotético caso de que algo así ocurriera, la vida familiar se tornaría mucho más dura y conflictiva de lo que ya era.


martes, 9 de enero de 2018

Venus a la Deriva [Lucrecia] - 04. La Cueva Libidinosa.

Capítulo 4.



La Cueva Libidinosa.


Jueves 27 de Marzo, 2014.

-1-


Quedé un poco desorientada y excitada luego del intenso experimento lésbico al que me sometió Tatiana. No quería volver a mi casa pero tampoco tenía ganas de quedarme en la universidad.
Necesitaba poner mis ideas en línea, estas nuevas e intensas sensaciones me estaban afectando mucho. Era como si todo mi mundo se hubiera reducido a una sola pregunta: «¿Me gustan las mujeres?»
Decidí seguir los consejos de mi amiga y continuar con las pruebas, esperaba que todo esto me ayudara a encontrar una respuesta. Comencé a caminar con rumbo fijo al cibercafé que mencionó Tatiana, donde podría poner a prueba mis preferencias sexuales, lejos de la mirada acusadora de la gente... al menos eso esperaba.
En pocos minutos llegué a una casita pintada de azul marino, tenía las paredes descascaradas y no cuadraba con las demás viviendas que la rodeaban, las cuales eran bastante lujosas y grandes. Vi un desgastado cartel que decía: “La Cueva, Cibercafé”, en letras doradas.
Antes de llegar había imaginado que me encontraría con un sitio mucho más agradable y moderno. Desilusionada estuve a punto de dar media vuelta y marcharme, pero junté coraje y entré.
El lugar era tétricamente oscuro. El ambiente hacía honor al nombre del establecimiento. Las paredes estaban pintadas de negro, el techo era bajo y el aire estaba viciado, aumentando el efecto sofocante. Eso sí, de café ni hablar. No servían ni un vaso con agua... y si lo hicieran, no lo bebería. No era más que un nido de ratas lleno de cables y computadoras algo pasadas de moda, las delataban los grandes monitores que tenía, ni una sola de ellas tenía una pantalla LCD o LED.
El muchacho que atendía el establecimiento era una mezcla entre estúpido total y maniático sexual. No dejaba de mirarme de forma descarada y me puso un poco incómoda. Por fin logré que me dejara en paz al pedir una máquina para uso personal; haciendo hincapié en la palabra “personal”. Me señaló la que me correspondía y me alegré al llegar a ella, estaba ubicada dentro de un cubículo con puerta, sólo había tres de esas “cabinas privadas”, el resto de las computadoras estaban bastante expuestas. Me pregunté cuántas veces Tatiana había visitado este antro.
Entré al cubículo, cerré la puerta con una pequeña traba y me senté tranquila; pero esta tranquilidad no duró mucho tiempo. Repentinamente me invadió la paranoia. Si estos lugares eran tan cerrados se debía, sin ninguna duda, a que la gente hacía cosas raras en ellos, esa idea me asqueó un poco, lo peor fue pensar (no sé porque llegué a esa conclusión) que podría haber una cámara escondida para grabar a dulces e inocentes niñitas, como yo.
Revisé el pequeño cuarto minuciosamente. Todo parecía estar en orden, no había sitio donde esconder una cámara, por pequeña que fuera. Hasta revisé debajo de la mesa y opté por voltear hacia la pared la cámara web, aunque ésta estuviera apagada. Me cercioré de que la tranca que cerraba la puerta del cubículo desde adentro estuviera bien puesta y, ya más tranquila, regresé a la silla.
Cuando recuperé la serenidad por completo comencé con mi investigación. Entré a Google y me di cuenta de no sabía cómo comenzar la búsqueda de material pornográfico, ya que esta vez debía hacerlo más allá del mero entretenimiento erótico, debía comparar si me resultaba más atractivo ver un cuerpo masculino desnudo o uno femenino y sabía, por la poca experiencia que tenía en el tema, que si buscaba páginas con hombres desnudos lo más probable era toparse con páginas de material gay, cosa que no me interesaba ni quería ver.
Me aventuré y comencé por las palabras que mejores resultados me podrían dar: «Hombres con grandes penes». La búsqueda fue un fiasco total, me aparecieron cosas como “El hombre con el pene más grande del mundo”. Ni siquiera quise entrar a esas páginas.
Intenté una segunda búsqueda introduciendo: «Chicos desnudos» y fue aún peor. Ni siquiera me atrevo a decir qué tipo de advertencias me aparecieron. Debía concentrarme y hacer las cosas bien o me iría de allí sin haber evaluado nada. ¿Me había oxidado en el tema de la pornografía?
Probé con: «Fotos de penes erectos», pero me aparecieron esas páginas de material gay que pretendía esquivar.
Harta de mi estupidez decidí llevar la búsqueda a algo más concreto, puse: «Video, hombre cogiendo con pendeja».
Esta vez me fue mucho mejor, llegué a una página en la que aparecía un video de una chica manteniendo relaciones sexuales con dos hombres al mismo tiempo. No estaba nada mal, vería mucho pene y poca vagina.
Apenas apreté el botoncito para reproducir el video, un estridente gemido inundó el cubículo en el que estaba encerrada. Apreté pausa al instante y me ruboricé. «Excelente Lucrecia, eso debieron escucharlos todos los que estén dentro del cibercafé –me dije a mí misma–. En el mejor de los casos van a pensar que estás mirando porno, pero bien podrían pensar que la del gemido fuiste vos.»
Por más que me lo reprochara una y mil veces, ya no podía hacer nada para cambiar lo ocurrido. Reduje el volumen del video hasta dejarlo casi mudo y, con el corazón latiendo a gran velocidad, lo reproduje otra vez.
Resultaba evidente que el video había sido grabado con un teléfono celular, esto me agradó ya que me indicaba que esa escena de sexo no había sido actuada, se trataba de una chica común y corriente... con dos hombres. Ella estaba en cuatro sobre la cama y el que filmaba la penetraba por la vagina, cuando la toma subió pude ver que, al mismo tiempo, ella le estaba practicando una mamada a otro muchacho. No voy a decir que esto no me provocó cierto calorcito en la parte baja de mi vientre, pero la reacción no era la que esperaba. Una escena de ese tipo debería haber bastado para imaginarme a mí misma en el lugar de la chica, pero en realidad me daba bastante asco imaginarlo. Tuve que suspender la reproducción del video y optar por otro.
El siguiente video era de un muchacho que afirmaba estar cogiéndose a su novia. La chica tenía un buen cuerpo, una cinturita pequeña y una cola bien grande. Él también estaba bien dotado, sin embargo mis ojos se detenían siempre en las nalgas de la jovencita. Llegó un momento en el que el pene del muchacho, que no paraba de entrar y salir, me molestaba, ya que quería que se apartara para poder admirar la vagina de la chica.
Por esto decidí pasar a la categoría femenina, aunque temía el resultado que esto podría traer. Dentro de la misa página pornográfica busqué:«Lesbianas teniendo sexo.»
El video que llamó mi atención se titulaba: «Mejores amigas teniendo sexo». Mi mente enseguida relacionó esa frase con Lara, al fin y al cabo ambas habíamos admitido que éramos mejores amigas y mis dudas se había iniciado con ella.
Reproduje el video y en toda la pantalla apareció una chica muy hermosa, de cabello negro, acostada en un sillón. Tenía las piernas levantas y muy separadas. La que debía ser su mejor amiga le abría la vagina con una mano y la masturbaba hundiéndole un dedo dentro del húmedo y rosado agujerito. Me di cuenta de que tenía la boca seca y tuve que humedecerla con mi saliva... lo que empezó a humedecerse sin que yo se lo pidiera, fue mi rajita.
Continué mirando el video y más adelante vi a las dos chicas besándose apasionadamente. La calidez de mi vientre me produjo una sensación muy agradable, me fue imposible no recordar lo que había hecho con Tatiana apenas minutos antes. Es muy probable que nos hubiéramos visto igual a esas chicas. Eso me calentó aún más, pero le eché la culpa a Tatiana, por besar tan bien. En este momento fui consciente de que había besado a una mujer y lo peor de todo es que lo había hecho de forma apasionada y lo había disfrutado, a estas ideas se le sumaron el beso a Lara y por supuesto, no podía faltar, el atormentante recuerdo del sabor de su vagina.
Sacudí mi cabeza intentando borrar todas esas imágenes y continué mirando la pantalla. La chica que había sido masturbada le estaba sacando la ropa a la otra. Ambas eran muy bonitas, pero sus cuerpos no eran perfectos, eso me agradó bastante ya que me transmitía mayor veracidad a lo que estaba ocurriendo, me gustaba más imaginar chicas con las que podría cruzarme a diario en la universidad que actrices porno llenas de cirugías estéticas.
Una vez que las dos quedaron desnudas una se acostó boca arriba, con las piernas abiertas y la otra le dio una rápida lamida la vagina completamente depilada. Mi libido se puso en alerta. Luego vino otra lamida, ellas parecían estar pasándolo muy bien. La escena fue ganando pasión y en poco tiempo la chica se la estaba chupando con unas ganas increíbles a su amiga. No se asemejaba a las torpes lamidas que yo le había dado a Lara, esto era sexo puro, apasionado y veraz.
Miré hacia ambos lados, como si fuera a cruzar la calle. No había nadie más que yo y toda mi libido dentro de ese pequeño y oscuro cubículo, pero me disponía a hacer algo sucio y prohibido, inconscientemente necesitaba asegurarme de estar sola.
Me levanté la pollera, aparté la bombacha y fui directo a mi vagina que ya estaba ansiosa por recibir cariño, a pesar del intenso orgasmo que me había provocado Tati. Froté mi clítoris sin dejar de mirar la pantalla, generando inconscientemente el paralelismo entre esas dos muchachas entre lo que habíamos hecho Tatiana y yo en los vestuarios. Si la cosa hubiera ido más lejos, podríamos haber terminado lamiéndonos las vaginas con esa misma intensidad.
En cuanto el video finalizó, busque otro de la misma índole. De nuevo dos chicas comiéndose la una a la otra. Volví a masturbarme ávidamente y me imaginaba que era Lara la que me lamía, luego que Tatiana lo hacía. Fui fantaseando con todas las chicas de mi grupo, incluso aquellas que no eran tan bonitas. Incluso me cachondeé pensando en las chicas de Acción Católica, un grupo de la iglesia conformado por puras mojigatas, como yo. Una a una me las violé en mis pensamientos. Estaba descontrolada, como si hubiera puesto mi verdadero yo en una jaula y una nueva Lucrecia, impulsada por la excitación sexual, hubiera tomado el control de todo mi ser.
Al dejar fluir tanto mi imaginación y disponer de tanto material erótico lésbico, llegué al orgasmo en unos veinte minutos aproximadamente. Tuve que esforzarme por no jadear de más ya que con eso le alegraría la mañana al estúpido que atendía el cibercafé.

-2-

Más confundida que una lesbiana ciega en una pescadería (nunca había entendido esa expresión, pero ya la entendía y me causaba gracia... las ventajas de dejar la ingenuidad atrás), acomodé mi ropa y abandoné el cibercafé, pagando de más y sin esperar el vuelto. No quería que ese degeneradito notara mis mejillas coloradas y mi respiración agitada.
Una vez más me invadió la culpa, intentaba no pensar, debía tomármelo a la ligera, como Tatiana sugería. Las chicas se masturbaban todo el tiempo. Debía admitir que a mí me gustaba hacerlo, eso sí, pero no tenía nada de malo. Más de una vez escuché a mis amigas hablar del tema y las traté de locas, ahora me daba cuenta que no eran ningunas locas, eran personas comunes y corriente, que les gustaba tocarse, sanamente. Eso no lastimaba a nadie.
No era el fin del mundo, aún no podía asegurar nada. Ni siquiera podía decir que me gustaran las mujeres. No hasta probar una vagina de la forma apropiada, porque las lamidas a Lara no significaban nada, eso ni siquiera llegaba a ser sexo oral.
Por ese entonces estaba desarrollando una increíble capacidad de mentirme a mí misma.

-3-

Me encerré en mi cuarto, acompañada solo por la música de la banda Placebo. Puse un disco de ellos de forma intencional ya que consideraba que la sesión de masturbación en el cibercafé cumplía la función de una píldora placebo. Tal vez mi subconsciente creía que eso había sido sexo, peor había una parte, muy dentro de mí, que sabía que lo ocurrido no me había dejado del todo satisfecha.
Me tiré en la cama y me quedé mirando al techo, con las manos cruzadas sobre mi estómago. Una mano sostenía a la otra para que ninguna tuviera que caer en la tentación de acariciar una vez más mis zonas erógenas.
Mi integridad estaba colapsando, durante años mi mayor pecado había sido masturbarme y tenía que luchar internamente con la culpabilidad que eso me traía, pero algo había cambiado y un toqueteo en mi vagina parecía una nimiedad, una sonsera, una completa boludez. Con solo imaginar cómo reaccionaría mi madre si se enterara lo que hice con Tatiana dentro del vestuario, se me ponía la piel de gallina. Ella me asesinaría a sangre fría. ¿Y mi padre? Seguramente Josué pondría un grito en el cielo y le pediría a Dios que enviara al Arcángel Miguel para atravesarme el torso con su espada para luego enviarme, a sufrir eternamente, a las profundidades del abismo del terror.
Pero si todo eso me preocupaba tanto ¿Por qué no podía dejar de sonreír al pensar en lo que había hecho?
Casi podía escuchar a mi madre dándome un sermón sobre la “Manzana de la Tentación” y de cómo Adán, seducido mediante engaños, la había mordido, condenando así a toda la humanidad a nacer con el Pecado Original.
Una vez había intentado responderle a mi madre, durante uno de esos sermones, que a Adán no le importaba la manzana, lo que realmente le molestaba era la prohibición. Si además le dijera que ese concepto lo había escuchado en una canción de una banda de rock (a la que llamaba coloquialmente “Los Redondos”), luego de cruzarme la cara con un cachetazo, me prohibiría para siempre escuchar esa banda... y, posiblemente, me prohibiría escuchar rock.
Sin embargo así me sentía yo desde hacía mucho tiempo. Odiaba todas y cada una de las prohibiciones impuestas por mis padres. Tuve que soportar estoicamente sus reglas absurdas y sus órdenes directas e indirectas, había acatado casi todas y cada vez que había tenido una actitud rebelde, había sido castigada. Detestaba esos castigos casi tanto como las prohibiciones.
«No podés tener novio, primero tenés que terminar la carrera universitaria», me habían dicho una y mil veces.
«No podés salir a bailar con tus amigas, esos sitios están llenos de gente inmoral», a pesar de que un par de veces me las había ingeniado para ir a una discoteca, por lo general mis padres se enteraban y me castigaban.
«Lo hacemos por tu bien», me repetían hasta el cansancio.
¿Qué sabían ellos de mí?
¿Cómo podían saber qué me hacía bien y qué no?
¿Por qué yo no tenía derecho a vivir y a equivocarme?
En la universidad aprendí que de los errores se aprende, pero mis padres ni siquiera me permiten cometer esos errores. No me permiten salir al mundo. No me permiten vivir. No me permiten crecer. No me permiten ser feliz. Tengo que ser la niña autómata que ellos siempre quisieron... la niña autómata en la que casi me convierten... pero ya no. Allí fuera había miles de manzanas esperando a ser mordidas y yo quería clavar mis dientes en algunas de ellas, aunque su sabor me asqueara, al menos así aprendería qué manzanas debía morder y cuáles no. Mis padres no podían hacer eso por mí. No podían arrebatarme el derecho a equivocarme.
Sí, tal vez dejarme tocar por Tatiana había sido un error, pero era un error mío, una locura mía. Una vivencia personal que ya no podía deshacer y debería aprender a vivir con las consecuencias que acarreara y en lugar de sentirme culpable por eso, me sentía feliz, sentía que pude abrir una puerta hacia la liberación. Mi propia liberación.
No tenía idea de si las mujeres me gustaban o no, puede que sólo me atrajera el sabor prohibido que eso acarreaba, pero al menos intentaría descubrirlo. Con miedo, con dudas, con errores y aciertos, pero lo haría.
Y si, además, de vez en cuando quería masturbarme, entonces... entonces le pediría permiso a Dios para hacerlo...
¡Dios! Si ya lo había hecho y me sentía culpable por no sentir culpa. «¿Qué tiene de malo hacerlo? Es mi cuerpo, por algo me lo diste», le dije a Dios en mis pensamientos.
Mis padres me prohibían, sobre cualquier otra cosa, el placer carnal... pero yo ya no podía contenerlo... lo necesitaba... necesitaba ser mujer y gozar como tal. Sin embargo me era mucho más fácil llevarle la contra a ellos que llevársela a Dios. 

-4-

Al día siguiente tuve que esforzarme por mantenerme atenta a las clases dictadas en la universidad; sin embargo obtuve buenos resultados y logré evitar pensar en cualquier tema relacionado con el sexo. Pero esto cambió drásticamente cuando terminé de cursar. Lara se me acercó para preguntarme si tenía ganas de ir a su casa, a almorzar, para luego estudiar; tuve que inventarle una excusa, ya que no me sentía preparada para estar sola con ella, le dije que tenía turno con el ginecólogo, lo cual era una gran mentira porque hacía años que no iba a una de esas revisiones; tampoco tenía la necesidad de hacerlo ya que no mantenía relaciones sexuales con nadie y no había sufrido molestia alguna. Ella, con una sonrisa, me dijo que no me preocupara ya que podríamos reunirnos en otro momento. Nos despedimos y me quedé mirando su sutil forma de bambolearse al caminar.
¿Por qué encontraba eso tan sensual y erótico?
Tragué saliva y seguí caminando sin rumbo fijo. Mi subconsciente me llevó hasta la puerta de la capilla, anexo de la universidad. Tal vez Dios me había llevado hasta ese sitio con la intención de castigarme, o podía tratarse de mi inconsciente sobrecargado de culpa quien me decía que debía castigarme a mí misma por todos esos sucios pensamientos.
Entré y me senté en un banco tan cerca de la cruz como me fue posible. No fui a la primera fila porque allí había un par de viejitas y no quería que me molestaran.
Intenté recordar alguna oración, de esas que sabía de memoria y que tantas veces había repetido, pero mi mente estaba congestionada y no podía acordarme de ninguna, al menos no de forma completa.
Cuando estaba sumergida en mis lamentos escuché una dulce voz femenina a mi lado:
―La Madre Superiora me dijo que querías hablar conmigo.
Levanté la cabeza y vi que la viejita me saludaba, con una sonrisa amarillenta, desde el otro extremo de la capilla. Luego volteé hacia la mujer que se había sentado a mi lado.
Se trataba de una monja con sonrisa cálida y alegre que irradiaba sabiduría, a pesar de su corta edad. Calculé que debía tener unos treinta y cinco años, no mucho más que eso. Sabía que la había visto antes, al recordar lo que me había dicho Sor Francisca hacía unos días deduje que esa debía ser Sor Anabella. Estaba enfundada en sus hábitos y sólo podía ver su rostro y un par de pequeñas manos con los dedos entrelazados. Sus facciones eran suaves y no había marcas en su piel, tenía ojos grandes y expresivos. No aparentaba la rigidez típica de las monjas, podía notar cierta complicidad en su mirada. Era como estar viendo a la “Novicia rebelde”. Le dediqué una sonrisa. Esperaba sentirme más cómoda con ella que con la Madre Superiora.
―Buenos días Hermana Anabella ―ni siquiera sabía qué hora era pero calculaba que eran menos de las doce del mediodía.
―¿Tu nombre es Lucrecia, cierto? ―Asentí con la cabeza―. Podés decirme Anabella, no me gustan los formalismos ―al parecer opinaba igual que la Madre Superiora―. ¿De qué asunto querías hablar conmigo? ―Preguntó con voz suave, no me estaba interrogando, sino que me invitaba a conversar.
―Es un tema un tanto delicado, no sé si éste será el mejor lugar para hablarlo ―miré a Cristo en la cruz como si no quisiera que él me escuchara. La tensión entre Él y yo iba en aumento a cada minuto.
―Entiendo, a mí también me pone nerviosa su mirada cuando sé que hice algo malo ―me sorprendió mucho que dijera eso, en ese momento me di cuenta de que ella no era como las monjas que había conocido―. Si querés podemos hablar en mis aposentos.
¿Aposentos? ¿Quién usaba esa palabra en el siglo XXI? Tal vez la monjita vivió tanto tiempo dentro del convento que ya perdió todo contacto con el mundo real y actual. Algo similar a lo que me pasó a mí, viviendo bajo la sombra autoritaria de mis padres.
Accedí a acompañarla porque no quería quedarme más tiempo frente a Jesucristo teniendo la mente repleta de mujeres desnudas.
Caminamos un largo trecho en silencio, no sabía que hubiera lugares tan amplios dentro de este lado del edificio. Los “aposentos” de las monjas se conectaban con la escuela mediante pasillos que formaban un amplio laberinto, intentaba recordar los puntos llamativos para poder regresar luego, sino tendría que pedir prestado algún GPS o que una monja me escoltara de la mano hasta la salida.
Nos detuvimos en uno de estos largos pasillos. Podía ver varias puertas, todas iguales. Anabella utilizó una vieja y pesada llave para abrir una de ellas. La habitación parecía salida de un libro de Harry Potter… sí, también leía Harry Potter. El techo era alto y los ventanales hermosos, todos terminaban en arco y aportaban una cálida luz al interior abovedado. Pude ver una gran cama a varios metros de la puerta de entrada. Anabella también poseía una mesa de madera en el centro del cuarto. La distribución me recordaba un poco a mi propio dormitorio, sólo que aquí todo era mucho más amplio y antiguo. Cada detalle allí dentro servía para aumentar la ilusión de viaje en el tiempo, sólo faltaba que encendiera velas; pero al parecer ya le habían instalado luz eléctrica.
La monja me señaló una de las sillas para que me sentara mientras ponía agua a calentar sobre un anafe, pensé que tomaríamos té, pero llegó con un mate en la mano y comenzó a llenarlo con yerba. Me causaba un poco de gracia la escena, no sé por qué pero no me imaginaba a las monjas tomando mates. Yo no era una gran aficionada a esa infusión, pero no me molestaba tomarla. Debía admitir que, en ciertas ocasiones, el mate era un gran acompañante para una charla.
Me pregunté cómo sería vivir en un sitio tan grande como éste, sin ser dueño de nada. Al menos la Hermana Anabella contaba con su propio cuarto, lo cual debía ser un gran privilegio, tal vez se lo había ganado por su gran desempeño al servicio de Dios.
Reparé en algunos tomos de viejos libros sobre un pequeño escritorio de madera situado frente a la cama, todos estaban relacionados con el catolicismo. ¿Leerían alguna vez las típicas novelas que se pueden encontrar en cualquier librería? ¿Qué haría ella para entretenerse durante sus tiempos libres? No consideraba que una persona, por más institucionalizada que estuviera, pudiera pasarse las veinticuatro horas del día con la mente puesta en su trabajo o vocación.
―Ahora sí podés hablar con libertad ―su voz cálida y serena me sacó de mis pensamientos.
―Con tanta libertad, no. Hace poco casi mato a una monja y no quiero hacerle lo mismo a otra. Es un tema bastante delicado ―hice una pausa para evaluar su reacción; pero seguía mirándome con la misma expresión de católica bonachona y comprensiva―. Tiene que ver con la relación entre mujeres… relación íntima.
―Ah, comprendo ―eso borró de un zarpazo la sonrisa de su rostro y sus rasgos se tornaron más fríos y sombríos.
―Para ser sincera ―esa mujer me inspiraba confianza, aunque me mirara como si yo fuera la mismísima Lilith―, es algo que me está pasando desde hace poco. Me siento atraída por algunas de mis compañeras de facultad.
―Sí, es un tema delicado y no creo ser la persona indicada para hablarlo, de hecho tal vez sea la menos indicada –supuse que otra vez le pasarían la papa caliente a otra persona―; pero le prometí a la Madre Superiora que haría mi mayor esfuerzo para ayudarte. Supongo que ésta será una prueba que me presenta el Señor ―aguardó en silencio durante un par de tortuosos segundos―. No soy tan ingenua como parezco, sé muy bien que hay mujeres en la universidad que hacen esas cosas; pero nosotras, las monjas, no podemos intervenir. Mucho menos hoy en día, con todo ese tema de la aceptación de la homosexualidad –escuchar esa palabra me impactó bastante, nunca me había pensado como “homosexual”, era una palabra muy fuerte―. A pesar de que, religiosamente, nos opongamos a este tipo de relaciones, la universidad también se rige por leyes estatales y no se puede expulsar a una persona por sus preferencias sexuales.
―¿Y usted qué piensa sobre esas prácticas? ¿Le parece que están bien, que es algo normal? Puedo saber lo que piensa la Iglesia, pero me gustaría recibir una respuesta más personalizada.
―Podés tutearme, Lucrecia ―se puso de pie y trajo el agua caliente en un termo y comenzó a cebar mates―. Para serte sincera no creo que sea algo “normal”. Dios nos hizo como somos para que la relación amorosa sea entre un hombre y una mujer; pero entiendo que los tiempos cambian y la mentalidad de la gente también. Pienso que vos deberías rezar para que Dios te muestre el camino a seguir ―me ofreció un mate, el cual me gustó mucho, a pesar de no llevar azúcar.
―Mis más sinceras disculpas Anabella; pero la verdad no creo que rezar me ayude mucho, esto que me está pasando es muy intenso. Ya me conozco todos los sermones religiosos y tuve miles de conversaciones con Dios; pero la verdad es que, en este momento, necesito alguna respuesta que esté fuera de la fe. Algo concreto. Algo que me ayude a posicionarme en la realidad.
―Me lo ponés difícil ―de pronto sonrió, era bonita de verdad―; pero voy a hacer una excepción, vos parecés una buena chica y yo puedo dejar de lado mi devoción al Señor por unos instantes, para que hablemos como amigas, de mujer a mujer.
―Eso me agradaría mucho, porque es lo que necesito, la opinión de una mujer.
En realidad ya se la había pedido a Tatiana, pero como ella es lesbiana sólo me daba un punto de vista, me hacía falta la opinión de alguien que no lo fuera.
―Si querés contame cómo empezó todo ―me sugirió amablemente.
―Está bien. Mi problema comenzó hace unos días, cuando vi algo en el celular de una amiga ―extraje mi smartphone para enseñarle cómo era―. Acá uno puede guardar muchas cosas, incluso fotos y videos –me miró como si no comprendiera―. Tienen cámara fotográfica y filmadora, el de mi amiga es bastante parecido a este y…
―Puede ser ―me interrumpió―, aunque el tuyo está un poco pasado de moda –extrajo un smartphone color blanco aún más grande que el mío–. El tuyo tiene un sistema operativo un tanto viejo, en cambio éste te permite instalar más aplicaciones y tiene más memoria RAM ―me quedé boquiabierta― ni hablar de la capacidad interna, este debe tener casi el doble que el tuyo. También tiene una cámara con más mega píxeles, lo que significa: mayor calidad de imagen.
―Este... eh, no pensé que tendrías uno…
―¿Por qué? ―me miró con alegría juvenil― ¿Te creés que porque soy monja vivo en la edad de piedra? ―«Nota mental: la monja puede leer el pensamiento»―. Muchas de las Hermanas tenemos uno. Yo lo uso, básicamente, para los jueguitos y escuchar música; me entretiene bastante. Me lo compró mi madre hace unas semanas ―«¿Su madre todavía vive?» Pensé inconscientemente, como si Anabella tuviera setenta años―. Se nos permite tener algunos objetos personales, pero no podemos tener mucho dinero propio ―hizo una pausa―. A veces saco fotos también, pero no como las de tu amiga, eso te lo aseguro.
―¿Fotos de qué tipo? ―pregunté automáticamente, guiada por mi poderosa curiosidad.
―A ver… esperá.
Buscó, durante unos segundos, tocando hábilmente la pantalla y luego me enseñó la foto de una chica muy bonita, de cabello castaño rojizo que caía sobre sus hombros en delicadas capas. Lo más destacable era su amplia sonrisa y el brillo color ámbar de sus ojos, coronados con largas pestañas. La muchacha de la foto vestía una remera blanca que hacía resaltar, de forma discreta, unos pechos redondos de tamaño considerable. Mis indiscretos ojos se centraron en esos melones y en la brillante sonrisa.
―¡Que linda chica! ―Exclamé―. ¿Quién es? ―pregunté embobada.
―¿Cómo “quién es”? ¡Soy yo! ―simuló indignación.
Segunda gran impresión en menos de cinco minutos. No podía creer que fuera tan bonita debajo de ese sobrio atuendo. Se me aceleró el corazón. ¿De verdad tendría el cabello tan hermoso? La miré fijamente intentando encontrar en ella los rasgos de la mujer en la fotografía. La iluminación del ambiente no era muy buena, pero pude ver que sus ojos eran igual de cálidos y expresivos que los retratados. Ella comenzó a sonreír y allí pude ver claramente que se trataba de la misma persona. Su cabello estaba oculto bajo el velo, pero debía ser tal cual lo había visto... ¿Y esos pechos? ¿Tendría los pechos tan grandes? Me resultaba imposible saberlo debido a que sus hábitos cubrían todo su torso.
―Pensé que eras más vieja ―“vieja” no es la palabra correcta para usar con una mujer, sea monja o no―. O sea, pensé que tenías más años.
―¿Qué edad pensás que tengo? ―su sonrisa fue la de una chica común y corriente, no encajaba con el marco que ofrecía su vestimenta.
―Aproximadamente... unos treinta y cinco años ―respondí insegura.
―Tengo veintiocho.
Así fue como llegué a la tercera conmoción cerebral del día. Esta monjita me sorprendía a cada minuto.
―¿Por qué una chica tan joven y bonita decidió ser monja?
Siempre había supuesto que la belleza, especialmente en las mujeres, tiende a colocar a la gente en posiciones más cómodas en la vida o en trabajos horribles directamente ligados con apariencia física, como manejar un surtidor de nafta en las estaciones de servicio; por esto siempre me resultó raro ver mujeres hermosas como doctoras, policías o... monjas, ya que para estas profesiones se requería una verdadera vocación y esfuerzo. La belleza en el siglo XXI es un karma, es casi un pecado social que una mujer hermosa no busque el camino fácil para el “éxito”. Esto me hacía valorar más a las mujeres de gran belleza física que decidían optar por el camino sinuoso para seguir su verdadera vocación en la vida.
―Es una historia un poco triste... ―en ese momento sonó su teléfono― Uy, tengo que irme ―supuse que estaba mirando alguna especie de recordatorio en su agenda―. Tengo que organizar algunas actividades para los alumnos del colegio secundario, es una de las pocas cosas que puedo hacer que no estén estrictamente ligadas a la iglesia. Vamos a tener que dejar la charla para otro día.
―Está bien, no hay problema. Me agradó charlar con vos ―sonreí―, cuando tengamos tiempo nos juntamos otra vez.
―¿De verdad? ―Su sonrisa era radiante―. Eso me encantaría. Espero que no te olvides, las monjas solemos tener buena memoria, especialmente si nos mienten.
―Te prometo que vamos a retomar la charla. Todavía tengo muchas preguntas y me gustaría saber más de vos ―su historia me intrigaba mucho.
―¡Buenísimo! Otra particularidad de las monjas es que solemos tener pocas amigas, al menos fuera del convento.
Tengo cierta debilidad por la gente que tiene pocos amigos, son como un imán para mí, no sé si lo que me acerca a ellos es la lástima o la curiosidad por saber el motivo por el cual no tienen amigos; sin embargo este caso era muy particular, la personalidad de esa monja me sorprendía mucho y me daban ganas de seguir charlando con ella.
―Creo que nosotras podríamos ser buenas amigas ―confesé―, sos una chica muy simpática y divertida.
―Gracias, vos también lo sos, aunque me da un poco de miedo saber qué puede pasar por tu cabeza, con respecto a tus amigas ―eso me sonó a advertencia.
―Este… no es tan grave como parece, seguramente sea alguna locura pasajera. Nada de lo que deberías preocuparte.
―Está bien, te creo, pero de todas formas me gustaría ayudarte a encontrar una respuesta. Sin ánimos de ofenderte te sugiero que leas algunos pasajes del Nuevo Testamento, te sorprenderías al ver cómo te ayuda.
―Sí, lo sé muy bien. Lo leí muchas veces y más de una vez me ayudó ―me sonrió sinceramente y me miró a los ojos fijamente, mi corazón dio un fuerte salto.
―Te paso mi número de teléfono, si necesitas algo, podés pedírmelo.
Me fui de allí más contenta de lo imaginado, con la grata sensación de haber hecho una nueva amiga. Esperaba que ella pudiera ayudarme a resolver los dilemas que me atormentaban.