"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


jueves, 8 de enero de 2015

Irrupción nocturna a una madre insatisfecha.


El sueño era tan vívido que podía sentir las penetraciones como si fueran reales, me veía a mí misma, más joven, más delgada, con la carne más firme, como lo había estado antaño y sobre mí un hombre de hombros anchos y musculosa espalda me embestía como un toro salvaje. Me transmitía todo su vigor, su masculinidad, se imponía ante mí como si yo fuera una muñeca de trapo. Cada una de sus acometidas llegaba hasta lo más profundo de mí ser y retumbaba en mi cabeza obnubilada, mi sexo lo recibía abierto y lubricado, mis grandes pechos estaban a disposición de su boca, su lengua los exploraba a gusto y sus dientes mordieron mi pezón. El dolor fue tan real que me despertó. El mecánico movimiento del macho en celo no se detuvo, ahora no sólo era capaz de percibir la penetración sino que también el calor del cuerpo de quien estaba divirtiéndose con en el mío. Un fuerte olor a alcohol invadió mis fosas nasales. La habitación estaba oscura, supuse que mi marido había llegado borracho luego de alguna noche de juerga con sus amigotes y que, como no había encontrado alguna puta barata, se estaba quitando las ganas de coger con su esposa, a la cual no temía llamar gorda inútil cuando no estaba de humor para el sexo. Luego recordé que él estaba de viaje, no debería volver hasta dentro de dos días, además él nunca me cogía con tantas ganas, ni siquiera cuando los dos queríamos hacerlo. Un quejido ronco y a continuación ese sujeto intentó levantar una de mis piernas, pero lo hizo con cierto cuidado... como si intentara no despertarme.

¡Meses!

Meses enteros habían pasado desde la última vez que tuve un pene dentro de mi vagina. Un pene que no llegaba a abrirme de la misma forma en la que lo hacía este. Un pene que no era ni de cerca tan ancho como el que irrumpía en mí esta noche.

¡Años!

Años habían pasado desde la última vez que estuve así de excitada. Podía sentir el líquido tibio que salía de mi sexo bajando hasta mi ano… pero no podía permitir que un desconocido me viole ¿o sí? Me mantuve tan quieta como un cadáver y agudicé mis sentidos, mi corazón palpitaba temerariamente y se aceleró todavía más cuando tuve la certeza de que no estaba siendo violada por un desconocido, sino por Germán. ¡Mi único hijo! Ese olor a sudor… el jadeo que me transmitía parte de su timbre de voz… todo coincidía con la descripción de él. ¡Nunca creí que fuera a llegar tan lejos! Sabía que tenía problemas para conseguir pareja y sospechaba que se moría de ganas por tener sexo con una mujer. Un joven de veinticuatro años no podía pasar tanto tiempo sin sexo sin perder la cabeza y él había cortado con su novia hacía más de dos años. Pero… ¿por qué a mí? ¡Soy su madre! Además… soy una vieja de casi cincuenta… ya entrada en kilos… con las carnes caídas… ¿por qué…? ¿Por qué no hacía nada para detenerlo? ¡Me estaba metiendo toda la verga una y otra vez y yo no hacía nada para evitarlo! No podía reaccionar.

¿Qué iba a hacer si lo detenía? ¿Un escándalo? No podía humillarlo de esa manera, por más que lo que él hacía estuviera pésimo. Por más que me estuviera cogiendo como si yo fuera una puta barata. Mantuve los ojos cerrados, intenté mantener mi respiración lo más tranquila posible a pesar de que quisiera jadear y gemir… no era mi culpa, no era más que una reacción natural de mi cuerpo… también era natural que estuviera lubricando tanto. Si bien mi vagina estaba muy dilatada, podía sentir el roce del tronco de su pene y algún que otro golpe interno de su glande. Todo mi cuerpo temblaba como gelatina bajo el peso de su cuerpo, su boca hedía a cerveza y podía sentir su respiración cada vez más cerca de mí. Debía tomar una decisión antes de que fuera demasiado tarde. Le hacía ver que estaba despierta y comenzaba a darle un sermón o… me quedaba quieta a esperar que él terminara. Lo malo de esas dos opciones era que para cumplir con la segunda no debía hacer nada… simplemente permanecer estática y tolerar todas sus arremetidas.

Así me quedé, quieta y tolerando todo lo que recibía de mi hijo… ¿tolerando o disfrutando? Él separaba mis piernas utilizando sus brazos y el peso de su cuerpo, esto provocaba que sus penetraciones fueran muy profundas. A mi vagina le encantaba el trato que estaba recibiendo y yo me estaba peleando con ella, no quería que permitir que esto se transformara en verdadero goce, pero había pasado tanto tiempo desde que alguien me la metió de esa forma, que me resultaba imposible no disfrutarlo. Algún sector inconsciente de mi cabeza pedía que la próxima embestida sea más fuerte, más dura, más profunda y a veces obtenía lo que pedía, pero por otra parte, no podía dejar de tener presente que era mi propio hijo, ese que a veces se masturbaba a escondidas en su cuarto, el que se estaba aprovechando de mí.

Todo terminó cuando mi hijo me llenó con su cálido semen y en lugar de sentirme aliviada, me sentí enormemente insatisfecha, él me había dado con la furia de un macho cabrío pero, desde que desperté hasta el cálido final, no había transcurrido mucho tiempo. Hasta me apené al escucharlo exhalar el aire de sus pulmones cuando dejaba salir las últimas gotitas de leche de su pene. ¿Pero qué decía? Debía estar agradecida de que todo haya terminado… pero la insatisfacción sexual era una sensación verdadera a la que estaba muy acostumbrada, sabía identificarla perfectamente.

Lo escuché salir del cuarto, temerosa a ser descubierta, permanecí en la misma posición, simulando estar dormida, procurando recuperar el aliento. Una viscosa mezcla de semen y jugos vaginales chorreaba entre mis piernas, esto me producía un incómodo cosquilleo, tuve que luchar contra las ganas de tocarme… tal vez masturbarme, quería estar segura de que mi hijo no volvería, pero justo cuando pensaba que iba a quedar sola, lo escuché hablando a lo lejos, hubo al menos dos voces masculinas que le respondieron, al parecer estaban discutiendo por algo, no comprendí nada. Estuve a punto de sentarme en la cama pero me quede tan quieta como una roca al oír las voces acercándose. A través de mis párpados pude notar que alguien encendió la luz y casi de inmediato mi hijo habló:

-Ahí está, les digo que lo hice –por su voz era evidente que estaba sumamente borracho.
-Qué pinta de puta reventada tiene tu vieja –le respondió otra voz tomada por el alcohol, no sabía quién era el otro muchacho- está toda abierta.
-Y llena de leche –respondió una tercera voz- no pensé que fueras a animarte –intentaban hablar en voz baja pero como todo borracho, no medían bien el volumen de sus voces.
-Les dije, no es la primera vez que lo hago –aseguró mi hijo alertándome los sentidos ¿Ya me había cogido antes?
-¿Estás seguro de que está bien dormida?
-Sí, se toma esas pastillas para dormir y queda planchada, no se despierta ni con un tren de carga pasando por el cuarto.

¿Sería esa la explicación? ¿Eran tan fuertes mis pastillas para dormir? Recordaba muy bien que esta noche me había ido a dormir sin tomar una ya que, milagrosamente, me sentía un poco más tranquila por saber que tendría la casa sólo para mí. No contaba con que mi hijo volviera a mitad de la noche con intenciones de violarme…

-Me encanta esa concha –volvió a hablar mi primogénito- sin dudas es la mejor que probé –por contradictorio que suene, me sentí muy halagada al escuchar eso.
-Me gusta cómo está de mojada, le chorrea la leche… dan ganas de cogerla.

El que habló se tomó la libertad de sentarse en la cama y además, pasar su dedo pulgar por mi clítoris. Sentí un pequeño impulso eléctrico ¿Por qué ese degenerado se tomaba tantos atrevimientos conmigo? Sabía que debía detenerlo, debía terminar con toda esta farsa de una vez. Por Dios, dos amigos de mi hijo me estaban mirando desnuda, excitada y aparentemente con la vagina llena de semen. Pero… ¿por qué mierda todo esto me calentaba tanto? Esperaba que ellos no notaran lo rápido que latía mi corazón ni lo evidentemente agitada que estaba mi respiración. Moví apenas una pierna para simular movimientos naturales del sueño y de paso, para abrir más mi sexo, quería que ese jovencito, sea quien fuera, pudiera ver hasta lo más íntimo de mi cuerpo.

-¿Me la puedo coger yo también? –preguntó el que me estaba tocando.
-No, la vas a despertar –respondió mi hijo con un susurro exagerado.
-No se va a despertar, mirá –introdujo dos dedos juntos en mi empapada concha, al parecer no le molestaba que ésta estuviera llena de semen- la tiene tan abierta que ni se entera. Debe ser muy puta tu mamá.

Eso me indignó, con el único hombre con el cual me había acostado desde que me casé, fue mi marido… bueno… aparentemente con mi hijo también… pero eso no era culpa mía. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué me sentía incapaz de encarar la situación como corresponde?

-Se la meto un rato y me voy… dale, no seas así… -insistió el muchacho.

Tenía una sola frase ahogada en mi garganta luchando por salir “¡Cogeme de una vez, pendejo!” me estaba impacientando y me sentía sucia… pero nunca había estado tan excitada ni me había sentido tan deseada en toda mi vida. Estos jovencitos podrían estar acostándose con chicas de su edad, con cuerpos perfectos y conchitas casi sin usar, pero preferían estar aquí conmigo, abusando de una vieja entrada en kilos con la vagina tan dilatada que podrían haberme metido todos los dedos de una mano sin ningún problema. Yo los calentaba… y ellos a mí. Aparentemente estaban tan calientes y tan borrachos como para no enojarse ni juzgar a mi hijo por abusar sexualmente de su madre y yo estaba tan loca como para no detenerlos.

-Está bien –dijo mi hijo al fin- podés cogerla… pero si se despierta el que va a tener que dar explicaciones sos vos.
-Me hago cargo –dijo el muchacho.

Escuché el característico sonido de una bragueta abriéndose y mi pecho se inundó de deseo y ansiedad. ¡La quería! La quería toda. Él ni siquiera fue precavido, levantó un poco mis piernas con sus brazos, abriéndome tanto como pudo y me ensartó como si yo fuera una muñeca inflable. No sentí gran presión en la penetración ya que su pene no era demasiado grande, pero era algo… algo me estaba clavando y eso ya me excitaba muchísimo. Tenía ganas de decir cosas sucias pero éstas sólo quedaban en mi mente. “Dale pendejo, sacate las ganas con esta putita, dámela todita, hasta el fondo”

-Uy, que rico –dijo el chico mientras comenzaba a moverse- está re calentita.

“¿Te gusta esta conchita? Rompemela toda” quería decirle mientras recibía sus embestidas, una tras otra. Mi marido odiaba que yo hablara de esa forma, sólo me lo permitía cuando estaba muy borracho, allí era cuando yo verdaderamente disfrutaba ya que pasaba a ser su puta barata, pero el sexo entre nosotros solía ser escaso y mecánico. El único que llegaba al orgasmo era él y lo hacía tan rápido que yo ni siquiera alcanzaba a mojarme. Como si esto fuera poco, hacía tiempo que no tomaba y me cogía bien cogida, pero este pendejo se estaba esmerando, podía sentir la calentura y el vigor típico de su edad. Esa pasión juvenil que no sentía desde los primeros meses de noviazgo con mi marido y que ahora estaba recibiendo de forma gratuita, sin necesidad de hacer nada.

Este jovencito también olía a alcohol y a sudor, si bien su energía me calentaba mucho, ya que no dejaba de sacudirse sobre mí como un poseso, su inexperiencia en el sexo me agobiaba un poco, a veces su verga se salía le llevaba varios intentos volver a penetrarme, un par de veces se confundió de orificio y casi termina penetrándome analmente, lo cual me produjo una nueva sensación de morbo, hasta llegué a fantasear con que en una próxima equivocación, la metería por allí. Casi como si supiera lo que yo estaba pensando el muchacho dijo:

-¿Alguna vez le diste por el culo?
-No, nunca –le contestó mi hijo quien debía estar mirando la escena desde cerca.
-Entonces lo voy a hacer yo.
-No, la vas a despertar.
-Que se despierte… me la voy a culear igual –extrajo su pene de mi cavidad vaginal y lo apuntó directamente a mi ano.
-La podés lastimar –dijo el tercer chico dentro de la habitación.
-No se preocupen, esta puta debe tener el culo bien abierto –esas humillantes palabras me calentaron tanto que solté un leve gemido.
-¡La despertaste! –exclamó el otro amigo de mi hijo.
-No… mirá… -sacudió un poco mi brazo- sigue dormida… debe estar soñando… soñando que se la cogen.

A continuación sentí presión contra mi orificio anal. ¡Estaba entrando! Me relajé lo mejor que pude para recibirla dentro, el chico exclamó que, efectivamente, yo tenía el culo bien abierto ya que no le estaba costando nada meterla y a mí me producía un placer increíble sentir cómo se deslizaba lentamente hacia el interior. Ellos no podían saberlo, pero meses atrás, en un momento muy agobiante, tuve el impulso de entrar a una tienda de artículos sexuales y comprarme mi primer consolador. Mi intención nunca fue usarlo en la vagina, aunque así lo hice las primeras veces, para acostumbrarme. El verdadero motivo de la compra fue por querer experimentar cosas nuevas que no incluyeran al tedioso de mi marido… pero no me animé a caer en la infidelidad. Ahora sabía que estaba siéndole infiel y me di cuenta de que podría manejar la culpa si me lo proponía, no desperdiciaría la oportunidad de que un cachondo muchachito me taladre por atrás, tal y como yo misma había empezado a hacer utilizando mi hermoso consolador.

¡Qué placer! Esa succión que provocaba en mi interior no se comparaba con nada, si bien amaba la penetración vaginal, el sexo anal se había transformado en mi tabú durante estos últimos meses y éste era el primer pene verdadero que se metió por ese huequito. Mi esfínter se expandía y se contraía cada vez que esa verga entraba y salía, yo había recibido suficientes penetraciones a lo largo de los últimos minutos como para encontrarme muy cerca de un orgasmo, a todo esto debo sumarle el inmenso morbo que me provocaba la situación y el disfrute anal… mi cuerpo no pudo resistirlo más.

Abrí tenuemente mis ojos, procurando que mis largas pestañas cubrieran mi iris, pude ver una versión borrosa de mi propia conchita, abierta y con el clítoris endurecido, a un joven de piel tostada apoyado sobre sus rodillas penetrándome y el primer chorro de líquido saltando desde el interior de mi sexo, como si se tratara de una fuente. Todo en mi interior se revolvía y me costaba enormemente no dar un grito de placer y liberación.

-¿Qué fue eso? –preguntó el otro muchacho.
-¡Está acabando! –le aclaró mi hijo justo cuando dos chorritos salieron expulsados y cayeron una vez más sobre mi sexo, mojándolo más de lo que ya estaba- me sorprende que lo haga estando dormida.
-Mi novia se toca la concha mientras duerme… -dijo el jovencito que parecía estar de pie junto a mi hijo mientras su amigo no dejaba de ensartarme una y otra vez por el culo- a veces se despierta toda mojada y ni siquiera se acuerda por qué.
-Seguramente será porque soñó conmigo –el chico que me culeaba se burló de su amigo sin dejar de moverse.

Su respiración se volvió más agitada mientras mi conchita me castigaba con un espasmo que apenas pude disimular, ellos ignoraron mi gemido, tal vez estaban fascinados por la forma en que yo expulsaba toda esa cantidad de líquido. La última vez que había acabado de esta manera fue la primera vez que experimenté analmente con mi consolador, luego no pude repetirlo, por más que fui dura conmigo mismo, pero este pendejo había logrado hacerlo… aunque mucho mérito tenía la situación. Me fascinó sentir la descarga de semen dentro de mi ano, eso fue totalmente nuevo para mí y recibí encantada hasta la última gota. Como yo no era más que una muñeca sexual para ellos, el chico se apartó de mí ni bien acabó, dejándome abierta y mojada.

-¿Te la vas a coger vos también? –la pregunta de mi hijo estaba dirigida al tercer chico.
-No, yo tengo novia… además… es tu mamá…
-¿Ahora te preocupás por mi mamá? Vos fuiste el que me desafió a cogérmela… ya cumplí, ahora te desafío a vos a que hagas lo mismo. ¿O tenés miedo de que la putita de tu novia se entere?
-No es puta…
-Da igual… se comió su buena cantidad de vergas…
-¡Tu mamá también!
-Y se puede comer la tuya también –por dentro yo decía “Sí, me la quiero comer toda”, hasta me causaba cierta gracia ver cómo mi hijo me ofrecía de esa forma, nunca me había sentido así de bien conmigo misma, yo era el producto del placer y el deseo para esos chicos.
-Está bien, pero… -en ese momento tuve el impulso de girar en la cama para ponerme de lado, ellos se quedaron petrificados pero en cuando simulé estar roncando, volvieron a la normalidad- …puta madre, ¿ahora cómo hago?
-Vamos a darla vuelta del todo –sugirió el que acaba de cogerme- pero hagámoslo despacio.

Se las ingeniaron para ponerme boca abajo lentamente, temerosos de que yo despertara en cualquier momento, me parecían absurdos sus cuidados luego de que me habían cogido sin mediciones. A mi hijo se le ocurrió colocar una almohada debajo de mi vientre, esto dejó mi cola mucho más levantada de lo normal. Luego me abrieron las piernas con cuidado, mi cara quedó incómodamente apoyada contra otra almohada pero no quería moverme, para no alterarlos.

Por fin llegó el momento que yo tanto esperaba, el chico ya estaba posicionado detrás de mí, con su verga dura apuntando hacia mi rajita, la cual debía estar bien abierta y sonrosada. Pude notar cierta timidez en el chico, o tal vez le daba un poco de asco verse obligado a meter su aparato reproductor dentro de una vagina que había sido recientemente usada, pero en pocos segundos me demostró que le agradó la sensación, ya que empezó a darme aún más fuerte que los otros dos. Con cada embestida mi cara se enterraba contra la almohada y me resultaba completamente imposible no gemir al recibirlas, por suerte nadie prestó atención a estos gemidos que parecían productos de un sueño erótico… si todo esto era un sueño, entonces era el mejor que había tenido en mi vida y ya ansiaba volver a soñarlo, pero por suerte podía afirmar que todo era cien por ciento real.

-Tiene el culo abierto –dijo el muchacho entre jadeos sin dejar de cogerme.
-Así se lo dejé yo –se jactó el otro.
-Puede ser que quiera más –acotó mi hijo.
-Se le está saliendo la leche.

Allí fue cuando supe que a este chico no le producía el más mínimo asco el semen de sus amigos. Metió dos dedos juntos en mi culo tensando el anillo que lo delimitaba a tal punto que me agobió el placer… quería gemir con más fuerza pero no podía hacerlo, de lo contrario quedaría en evidencia como una puta que se deja coger por su hijo y sus amigos. Hasta ya pensaba que luego de que todo esto termine no debía hacer más que actuar como si nada hubiera ocurrido, al fin y al cabo yo no había participado de forma “consciente”. Esos dedos invadieron mi culito y luego lo acompañaron otros dos más, de la otra mano. Podía sentir cómo el desgraciado me abría causándome dolor, pero un dolor placentero, que podía tolerar. Al parecer, tantas sesiones solitarias entre mi consolador y yo habían hecho de mi culito un orificio de fácil dilatación.

-Mirá cómo le entran los dedos… -dijo el chico metiendo esta vez tres dedos de la misma mano y comenzando a bombear con ellos sin dejar de penetrarme por la vagina, amé a este chico, no me importaba quién era pero si algún día lo descubría le daría un rico beso en la boca como agradecimiento por hacerme pasar uno de los momentos más eróticos, morbosos y excitantes de mi vida. Una vez más, él debía agradecer a sus amigos y a la situación en sí, pero físicamente, me encontraba en la cumbre del sexo. 
-Dale por el culo –lo alentó mi hijo.

El chico no esperó más tiempo, trasladó su verga en cuestión de un segundo, me la clavó hasta el fondo de una sola vez y el placer anal me recorrió el cuerpo una vez más. Se tendió sobre mí, con una mano me agarró una teta y metió la otra debajo de mi abdomen hasta llegar a tocar mi clítoris. No sé si el chico actuó por instinto o si buscaba satisfacerme a consciencia, pero me obsequió una hermosa sesión de sexo anal sumada a la mejor masturbación que recibí en mi vida.

Por desgracia todo terminó poco tiempo después, pero antes se encargó de dejarme, una vez más, el culito lleno de leche. Llegue al punto en el que debía agradecer el buen (o mal) trato que recibí de estos tres chicos, especialmente mi hijo, pero me apenaba que ya hubiera terminado todo. Parte de mí quería seguir disfrutando, pero si ellos debían irse, no podía hacer nada para evitarlo. Me dejaron sola en mi cuarto, apagaron la luz y cerraron la puerta. Escuché a lo lejos cómo mi hijo se despedía de ellos, escuché claramente la frase “No le cuenten a nadie sobre esto”, me alegraba que lo ocurrido se mantuviera en secreto, no quería que acusen a mi hijo de degenerado… tal vez lo era… pero yo soy su madre, lo amo y si él quiso quitarse las ganas conmigo un par de veces… no voy a hacer un escándalo por eso… así luego me carcomiera la culpa y el daño colateral psicológico que esto pudiera causarme.

Me acomodé en mi cama quedando acostada sobre mi costado derecho, me dispuse a pensar un rato en lo ocurrido con la clara idea de masturbarme hasta acabar una vez más, pero en ese momento escuché la puerta del dormitorio abriéndose. Luego alguien que se acostaba detrás de mí y me abrazaba. Pude sentir un pene duro rozando entre mis húmedos labios vaginales.

-No hace falta que sigas fingiendo, mamá –dijo la voz de mi hijo a mi oído- me di cuenta hace rato que no estás dormida. Estás despierta desde que yo te la metí… -su pene erecto marcó el surco que dibujaban mis nalgas- te dejaste coger por todos… ¿qué va a pensar papá de esto?

Mi pecho se aceleró, abrí los ojos aunque no pudiera verlo, estaba en un punto sin retorno. Había sido descubierta y negarlo todo hubiera sido absurdo. Crucé una mano hacia atrás y me apoderé de su verga, la orienté hasta el agujero de mi culo.

-Tu padre nunca me deja satisfecha… ¿acaso no tengo derecho a que me den una buena cogida? -él me clavó con violencia, haciéndome dar un grito de dolor, luego inició un bombeo brusco y frenético contra mi culito.




Fin.

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