"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


martes, 31 de marzo de 2015

Me niego a ser Lesbiana (20)

Capítulo 20

Naturaleza Traicionera.


Tenía la oficina atestada de papeles y estaba al borde de una crisis de nervios. Cada día que pasaba, las deudas de Afrodita crecían y resultaba cada vez más difícil ignorar a los obreros que trabajaban en la remodelación y ampliación, ya que la fecha límite para pagarles se acercaba vertiginosamente. Rodrigo me miraba desde su sillón, en el cual tomaba tranquilamente uno de sus acostumbrados jugos de fruta exprimida. A veces me preguntaba quién se los preparaba, ya que no lo consideraba capaz de manejar una exprimidora, por más que esta fuera muy moderna y automática.

–No deberías estar tan tranquilo –le dije sin levantar la vista de una factura detallada que me había hecho el maestro mayor de obra en la que resaltaba, con grandes números, el monto total que debíamos pagarle en menos de dos semanas.
–¿Tan mal estamos? –dio otro sorbo al vaso de jugo, sin alterarse en lo más mínimo.
–Bastante, se nos están agotando las reservas Rodrigo –le dije, irritada.
–¿Se te ocurre algo?
–Podrías prostituirte –le sugerí–, una rubia como vos, con pollerita corta, llamaría mucho la atención en cualquier esquina.
–El problema es que no cobraría por hacerlo, lo haría por puro gusto. Bueno... siendo sincero, no me pondría pollerita... puedo ser gay, pero no me agrada vestirme como mujer. Tampoco me agradan los hombres que se visten de mujer, prefiero a los hombres bien hombres.
–Y a las mujeres, lesbianas –cuando dije eso me miró fijamente y sonrió.
–No lo había analizado de esa forma, pero... sí, podría ser.
–Para recaudar algo de dinero –le dije volviendo al tema importante– podríamos reabrir la discoteca. Por lo que estuve viendo las remodelaciones ya se están concentrando en la parte trasera, el frente está limpio. Si le pedimos a los obreros que despejen todo el sector de Afrodita, el fin de semana que viene podríamos volver a abrir.
–¿Querés que haga volantes publicitarios y que anuncie que vamos a reabrir?
–No me gusta la idea de seguir gastando dinero; pero hay que hacerlo, la gente se tiene que enterar cuándo pueden venir, de lo contrario van a pensar que seguimos con las remodelaciones. ¡Ah, casi me olvido! Tenemos que concesionar las nuevas barras.
–¿No la íbamos a usar nosotros?
–De momento no podemos, necesitamos que nos den algo de dinero en efectivo de forma inmediata –le aclaré–. Lo mejor sería hacer un contrato por una temporada corta, luego podremos utilizarla nosotros.
–Está bien, vos encargate de las barras, yo busco la forma de hacer volantes y repartirlos de forma económica... tendré que usar mis encantos naturales en eso.

Estuve a punto de hacerle una broma antes de que se marchara, pero preferí mantenerme callada ya que me invadió el recuerdo de la mañana de sexo que pasé junto a él y a Edith, no podía negar que Rodrigo tenía cierto encanto natural. Creía ser inmune a él, pero estaba comenzando a dudar de mí misma. ¿Había sido un error aceptar tan rápido mi condición de lesbiana? Tal vez una mala experiencia con un hombre no era suficiente para descartarlos... y lo que pasó con Rodrigo me lo estaba demostrando. Él se había comportado de una forma completamente diferente... fue una experiencia sumamente extraña... pero placentera... de la que no tenía ni una sola queja.

*****

Algunas horas más tarde me encontraba en mi propio departamento, intentando concentrarme en un libro de misterio que había comprado recientemente; pero me resultaba imposible leer tres líneas seguidas y asimilarlas. Mi mente vagaba por callejones sin salida. El recuerdo del pene de Rodrigo penetrándome continuaba invadiéndome. ¿Por qué tuvo que gustarme? Si hubiera sido desagradable, podría continuar con mi vida lésbica tranquilamente... pero mi vagina se humedecía al recordar el miembro entrando.

Levanté un poco el elástico de mi pantalón, junto con el de mi bombacha, para descubrir que, efectivamente, la tenía mojada. Volví a ocultarla inflando mis mejillas y exhalando el aire. “¿Cuándo será el día que esa desgraciada haga lo que yo le ordeno?”, me dije a mí misma refiriéndome a mi vagina rebelde. Este último año hubiera sido mucho más tranquilo si no fuera por las cosas que ella me obligó a hacer.

El repentino quejido del timbre interrumpió la germinación de mis futuros traumas psicológicos, arrojé el libro sobre mi cama maldiciéndome por no ser capaz de concentrarme en la lectura. Caminé con pasos pesados y abrí la puerta de entrada. Me encontré con una de las grandes culpables de mi estado actual.

-¡Edith! ¿Qué hacés acá?

Ella estaba vestida de una forma que no cuadraba con su personalidad, tenía una remera blanca cortita que dejaba ver su plano vientre, hasta un par de centímetros por encima del ombligo. Era ridículamente obvio que no llevaba corpiño ya que sus pezones se marcaban en la tela, transparentándose levemente. Debajo llevaba un pantalón tres cuartos, tipo capri, color rosado, éste era de una tela similar a la gamuza y parecía ser uno o dos talles menor de lo que ella debería estar utilizando, ya que se le pegaba al cuerpo como si fuera pintura, hasta podía ver el pliegue de su vagina dibujándose en su entrepierna.

–¿Le robaste la ropa a tus muñecas? –le pregunté irónicamente, pero ella no sonrió; me miró muy seria.
–¿Puedo pasar? –nunca había escuchado ese tono de voz proviniendo de ella, se oía como una jueza a punto de condenar a muerte a un delincuente.
–Vos podés pasar... pero a la nena psicópata dejala afuera –la nula expresión de su rostro no se alteró- ¿Qué te pasa Edith? –Ella por lo general se reía mucho con mis bromas-. ¿Te robaron el alma? ¿Querés que vayamos a presentar la denuncia?
–Lucrecia, por una vez en tu vida ¿podés comportarte como una mujer adulta? Necesito hablar algo importante con vos.
–No me digas cómo me tengo que portar –ya me estaba enfadando-. Vos venís con cara de culo ¿y yo tengo que adivinar lo que te pasa? A mí no me jodas, si querés decirme algo... decímelo de frente.

Admito que suelo tener problemas para controlar mi temperamento, pero siempre es por alguna provocación previa. Edith me miró con cierta rabia en su rostro. De pronto levantó una hoja de papel que tenía en la mano, en ella pude ver varias líneas escritas, de las cuales destacaba una, que había sido marcada con un resaltador amarillo: “Embarazo Positivo”.

–Vas a ser mamá, felicitaciones.

Me quedé anonadada, petrificada, boquiabierta. Leí una y otra vez las palabras resaltadas y la frase dicha por Edith resonaba en mi cabeza incesantemente.

Había olvidado por completo el estúpido análisis de sangre que nos habíamos hecho después de haber mantenido relaciones con Rodrigo, sin usar protección. Lo había tomado como un simple chequeo de rutina, una mera pérdida de tiempo. Rodrigo nos había sugerido hacerlo para confirmar que no teníamos ninguna enfermedad de transmisión sexual, ya que él acostumbraba a tener relaciones con otros hombres, pero sabíamos que era muy cuidadoso al respecto, por lo que el riesgo era mínimo. También pasé por alto la idea del embarazo, era parte de la rutina de esos análisis sanguíneos.

La sangre en mis venas se enfrió, creí que todo mi cuerpo se congelaría. Mi cabeza comenzó a girar como un trompo en un eje imaginario, el edificio entero comenzó a bambolearse. Mis oídos quedaron tapados, tuve que sostenerme del marco de la puerta para no caerme al piso, sabía que se me había bajado la presión y lentamente me fui agachando, para sentarme en el piso, de esa forma, si me desmayaba, la caída sería más corta... sin embargo tal vez no era mala idea dejar que mi cabeza se hiciera añicos contra el suelo...

¿Voy a ser mamá? ¿Qué carajo...? Si yo no puedo manejar mi propia vida... ¿cómo voy a manejar la de alguien más? No podía imaginarme cambiando un pañal... ¡si hasta lavar un plato me da asco! ¡Por Dios! ¿Qué iba a hacer? Podría volver a mi casa y decirle a mis padres «Miren, viejos psicópatas, van a ser abuelitos. ¿Cómo encaja esto en su obsesivo círculo social? ¿Van a decirle a todos que su prometedora hija mayor se acuesta con hombres, pero sigue siendo lesbiana?»

¿Lo sigue siendo?

«No sé, Lucrecia, a mí no me preguntes... yo no tengo nada que ver. La que abrió las piernas fuiste vos, yo hacía las cosas bien, demasiado bien, al parecer», me respondió la Lucrecia del pasado, aquella que vivía refugiada detrás de una barrera de represiones y prohibiciones.

«Vos eras una cobarde, bien que te gustó todo lo que hicimos, hipócrita», le contesto enfurecida, para luego añadir: «Vos sos tan lesbiana como yo, solo que nunca te animaste a admitirlo».

La voz interna vuelve a contradecirme: «Te equivocás, el día que lo admití llegaste vos, con toda tu lujuria, a arruinarlo todo».

«Vos fuiste la que invadió a Lara mientras dormía, vos empezaste...», me defendí de... de mí misma... de ese otro yo que aún conserva algunos valores éticos y morales.

«¿Estás segura de eso?», me pregunta la voz del pasado, «Por lo que yo recuerdo, allí fue donde vos empezaste a tomar las riendas, tendría que haberte detenido».

Enfadada conmigo misma me autorepliqué: «Hice exactamente lo que vos querías... pero que no te animabas a hacer, necesitabas un cambio urgente, de lo contrario te hubieras convertido en la marioneta de papi y mami, fui tu liberación».

«Posiblemente, pero ahora mismo no estaría embarazada. ¡Estúpida!», me respondió la vieja y mojigata Lucrecia.

–Lucrecia... Lucrecia... ¿estás bien?

De pronto volví a la realidad, a una realidad que aún se bamboleaba vertiginosamente, como un péndulo. Edith estaba agachada a mi izquierda, había cerrado la puerta de entrada y me miraba con sus grandes ojos desde atrás de un par de gruesos anteojos de montura rosa. Aún me costaba asociar a esa muchacha de cabello prolijamente lacio, casi rubio, con la chica de espesa y ondulada melena que había conocido aquella tarde en el patio de la universidad.

–¿Embarazada? –le pregunté automáticamente.
–Sí –su respuesta fue fría, sin emoción–. No sé qué voy a hacer...
–¿Vos? ¡La que no sabe qué hacer soy yo, Edith! ¿Qué mierda hago con un bebé en la panza?
–En mí panza, Lucrecia.

Levantó una vez más la hoja de papel y me mostró el informe, la primera línea del mismo decía: Nombre: Lara Edith Mendoza.

–¡Pero Edith... la putísima madre que te parió! –Mi pánico se transformó en bronca en un parpadeo, tenía ganas de insultarla como nunca lo había hecho, estrangularla, golpearla hasta la muerte y luego volver a matarla arrojándola por el balcón– ¿Cómo me hacés una cosa así? ¿Por qué mierda me dijiste que estaba embarazada?
–¡Nunca dije eso! –Sus cejas se arquearon hacia arriba-. Te mostré el papel con mi nombre... la que entendió cualquier cosa fuiste vos.
–¡Me dijiste que iba a ser mamá! ¿Por qué me hacés una broma de ese tipo?
-No es una broma –la miré sin comprender a qué se refería exactamente-. Te lo dije así porque me hiciste enojar yo quería contarte y vos no dejabas de decir pelotudeces.
–Perdón por eso... es un... mecanismo de defensa... o algo así. Digo boludeces cuando estoy nerviosa... o cuando me rio... o cuando estoy aburrida... o cuando...
–Decís muchas boludeces... ¡y punto!
–De todas formas tendría que matarte por haberme hecho eso –mis cejas se fruncieron.
–Así fue como yo me enteré. ¿Te parece que es una buena forma de enterarse? –sacudía la hoja violentamente–. La pelotuda de la bioquímica me lo dijo apenas entré, sonriendo como una idiota... como si estuviera dándome la mejor noticia del mundo.
–¡Qué pelotuda!

La culpa cayó sobre la pobre bioquímica que, en realidad, no tenía nada que ver en el asunto. Allí fue cuando se produjo un silencio incómodo, Edith me miró desconcertada, al borde de las lágrimas y cuando estaba a punto de decir otra de mis acostumbradas estupideces, ella me tira por la cabeza un segundo balde de agua fría.


–Eso que dije... sobre ser mamá... en parte lo dije en serio. Quiero que vos seas la segunda mamá de mi hijo... o hija.
–¿Qué? –Mis ojos se abrieron como platos– ¿Ser la segunda madre? Edith... una vez tuve una planta, a la que tenía que regar... mi mamá decía que se me iba a secar, porque yo era muy despistada. Para taparle la boca empecé a regar la planta siete u ocho veces al día... la pobrecita se ahogó... ¿y vos querés que yo sea la segunda madre de tu hijo? ¿Vos me estás cargando?
-No, Lucrecia –con sus delicadas manitas sujetó una de las mías–. Te amo, Lucrecia. Vos sos todo lo que quiero en esta vida, te admiro, te deseo... te adoro. Quiero que estemos juntas para siempre. Sos el amor de mi vida... y quiero que estés conmigo cuando tenga a mi bebé.

Mi cerebro no podía procesar tanta información junta y, estaba segura, no le haría nada bien sufrir tantos colapsos mentales en tan poco tiempo. ¡Sabía que algo raro le pasaba! ¿Se había comportado de esa forma por estar enamorada de mí? No podía creer que me lo dijera de esa forma, siempre supuse que si ella se enamoraba de alguien, sería de Rodrigo... o de Tatiana, ya que había cierta química entre ellas.

–¡Pará... pará un poquito, Edith! Me estás mareando, todo esto es muy fuerte para mí, me agarrás desprevenida... eso... eso es muy cruel. Tenemos que aclarar las cosas...

Me puse de pie, me costó un poco ya que sentía mi cuerpo más pesado de lo normal, fui hasta la heladera y agarré una botella plástica llena de agua fría, luego me fui a mi cuarto y me senté en la cama, tomé un largo trago y me quedé con la mirada perdida en el vacío. Edith se sentó a mi lado, me arrebató la botella de la mano y tomó otro trago. Tal vez hubiera sido mejor para ambas que esa botella hubiera estado llena de vodka.

–Acá hay algo que me deja muy intranquila, Edith –ella guardó silencio–. Últimamente te estás comportando de una forma muy extraña, como si no fueras vos... como si intentaras ser otra persona.
–Soy otra persona ¿acaso no te das cuenta? Ya no soy la nenita soñadora que vivía encerrada en su casa, sin amigos... ya no soy la pendeja que estaba haciéndose la paja todos los días, imaginando que tenía relaciones sexuales con alguien... ahora puedo tener sexo de verdad, con personas hermosas... y la más hermosa de todas sos vos, Lucrecia. Vos me mostraste este camino... yo sólo te seguí los pasos. Ahora soy feliz de verdad... antes no me hubiera animado a vestirme así, por ejemplo.
–¿Y te parece que está bien vestirte de esa forma tan provocativa?
–¿No te gusta?

Giré mi cintura para poder verla de frente. Era cierto que estaba mucho más hermosa de lo que había sido el día que la conocí; pero eso no quería decir que estuviera conforme con su nueva apariencia.

–Me parece demasiado, Edith. No va con tu personalidad...
–Vos me mostraste que todo lo que mi personalidad escogía, era una mierda. Me vestía como una lela. Ni siquiera la monja, esa amiga tuya, se viste de la misma forma en que me vestía yo.  
–Nunca dije eso... sólo dije que podías darte la oportunidad de vestir de otra forma... no quería ofender tu forma de ser...
–Ya no quiero ser como era... quiero ser como vos –ahí fue cuando entendí cuál era el problema.
–No, Edith. Vos no tenés que imitar a nadie, tenés que ser auténtica... tenés que ser vos misma. Además, yo no me vestiría así... a no ser que esté con ganas de que alguien me viole en la calle –de pronto recordé la vez que me vestí como prostituta y salí a la calle, aquella noche en la que conocí a Evangelina... pero Edith no tenía por qué enterarse de esos detalles.
–¿Qué tiene de malo querer ser como vos? Sos la persona que más amo en el mundo –sus brillosos ojos vibraban detrás de sus anteojos.
–Estás atravesando una crisis de personalidad, Edith. Todas pasamos por eso. Cuando yo era más chica quería teñirme el pelo de negro y maquillarme como una chica “dark”... estuve a punto de hacerlo pero mis padres me amenazaron con enviarme a un reformatorio. Después me di cuenta de que ser así no iba con mi personalidad. A lo que me refiero es que, a pesar de querer cambiar ciertos aspectos de la vida, no hay que dejar de ser uno mismo. Yo te voy a querer igual, aunque vuelvas a vestirte y a peinarte igual que el día en que te conocí... porque esa es la Edith que a mí me agrada, la soñadora...
–La pajera... literalmente hablando. Con la que nunca nadie quiere acostarse.
–Podés tener sexo igual, siendo vos misma. No te olvides que yo te conocí así y me acosté con vos...
–Lo hiciste después de maquillarme, peinarme y cambiarme toda. Me tuviste que transformar para verme algo lindo.

Agaché la cabeza, ahora entendía que todo había sido mi culpa, ella se había quedado con la errónea idea de que la única forma de conseguir sexo era cambiando.

–Edith, siendo sincera... lo del maquillaje y la ropa no fue más que una excusa para acercarme a vos y llevarte a la cama. Era algo que quería hacer desde el mismo momento en que entraste en mi dormitorio –ella me quedó mirando y sus mejillas se enrojecieron.
–¿Eso quiere decir que me engañaste para tener sexo conmigo?
–En cierta forma... sí –vi una amplia sonrisa dibujarse en su rostro, estuve a punto de hacer lo mismo cuando volvió a ponerse triste espontáneamente.
–No te creo. Nadie se va a acostar conmigo si me visto así otra vez... suficiente tengo con ser fea, si yo tuviera tu hermosura, no me importaría; pero si quiero llamar la atención tengo que ser un poco más arriesgada...
–¿Arriesgada? Te estás vistiendo como una prostituta barata. Parecés el sueño erótico de un violador serial.
–Vos me estás esquivando el tema, Lucrecia... te ponés hablar de mi comportamiento porque no querés contestarme lo que te dije... ¿vas a ser mi novia o no? Porque sinceramente, me haría mierda que digas que no; pero peor me pone que no digas nada... prefiero que me lo digas de frente –noté que una lágrima caía por su mejilla.

Acaricié su mano intentando prepararla para la noticia, aunque sabía que esto no serviría de nada. Tomé aire y exhalé.

–No puedo ser tu novia... ni la novia de nadie. No es algo personal, es la realidad. Tengo mis propios quilombos sentimentales, no podría darte la atención y el cariño que merecés.
–Bueno, si es no... es no... me voy.
–No Edith. Esperá –la tomé del brazo, su llanto se había vuelto más intenso-. Vos sos una persona muy especial para mí, gracias a vos viví una maravillosa experiencia que jamás me hubiera atrevido a encarar... bueno, en realidad fueron dos experiencias, ya que también te considero responsable, en parte, de lo que ocurrió acá mismo, con las chicas. Para mí fue algo muy fuerte el tener relaciones con un hombre... y vos lo hiciste de tal forma que yo siempre me sentí segura y protegida ¿te das una idea de lo que significa eso para mí? Desconfiaba totalmente de los hombres y vos me permitiste confiar otra vez... está bien, te comportaste de forma extraña y me llevaste engañada a la cama; pero lo hiciste vos. Te quiero pedir que por favor recapacites y te des cuenta de que estás perdiendo tu verdadera forma de ser, no busques imitarme a mí o a nadie sólo por querer encajar... Me acosté con vos cuando te conocí de la forma en que eras antes, Rodrigo se acostó con vos y sólo tenías un poco de maquillaje, un lindo vestido y un peinado prolijo... pero seguías siendo la misma Edith de siempre. Tanto él como yo vimos eso en vos, esa niña dulce, soñadora, ingenua, simpática y divertida que nos causó tanto morbo... si perdés eso te estarías convirtiendo en una del montón, una chica que solo tiene para dar lo que se ve a simple vista... y vos sos demasiado inteligente como para ser esa clase de chica.

Abrió sus brazos y me atrapó con ellos, hundió su cara contra mi hombro derecho y comenzó a sollozar espasmódicamente. La abracé y acaricié su espalda, dándole tiempo para asimilar todo lo que le había dicho, esperaba que comprendiera que se lo decía por su bien y que no pretendía atacarla de ninguna forma.

–Perdoname, Lucrecia... hice muchas estupideces –me dijo dejando caer sus lágrimas en mi cuello–. Es solo que... me aterra estar sola en esto... no sabía a quién más pedírselo... fui tan idiota como para creer que ibas a estar conmigo.
–Me vas a hacer llorar, Edith. Te aprecio mucho y me conmueve que me digas una cosa así, pero yo... sinceramente, no puedo ser tu pareja... yo estoy enamorada de otra persona...
–Lo sé... pero lo primero que pensé cuando recibí la noticia del embarazo fue que tendría que criarlo sola, por eso te busqué a vos. No me dejes sola, por favor. Me da mucho miedo.
–No te voy a dejar sola, nunca... voy a ayudarte en todo lo que pueda con tu bebé –intenté imaginar cómo se tomaría Rodrigo semejante noticia; pero me resultaba imposible hacerme una idea clara–. Va a ser mejor que esperemos unos días antes de confirmarle la noticia al padre.
–Él no se va a hacer cargo... nunca. Es buen chico pero apenas vea las responsabilidades que tiene ser padre... va a salir corriendo.
–No si yo lo agarro de las pelotas antes –Edith me miró a los ojos.
–¿Harías algo así por mí? –en su voz había súplica, debilidad y dependencia... tal vez estaba volviendo a ser la misma Edith de siempre.
–Rodrigo es el padre biológico... hasta yo me siento responsable por el bebé; pero creeme, no puedo ser la madre de ese bebé... arruinaría todo. No me siento preparada...
–¿Y vos crees que yo estoy preparada? Ni siquiera tengo veinte años... y ya voy a ser madre soltera.
–Pero tenés a tus amigas... ya te lo dije, voy a estar a tu lado... y voy a hacer todo lo posible para que Rodrigo también lo esté.
–Podrías ser la madrina del bebé... –dijo secándose las lágrimas con la palma de la mano.
–Eso sí puedo hacerlo. También te prometo cuidarlo cada vez que lo necesites.
–¿De verdad? Eso quiere decir que en realidad sí vas a ser como una segunda mamá para él.
–Puede ser... siempre y cuando no tenga que cambiarle los pañales... –un escalofrío cruzó mi espalda.
–Lucre... alguna vez en tu vida vas a tener que cambiar un pañal. Lo mejor va a ser que lo aprendas lo antes posible y te acostumbres a eso.
–Voy a hacer mi mayor esfuerzo –recordé su proclamación de amor–, solamente no quiero lastimarte sentimentalmente... no sé si lo del amor lo dijiste en serio...
–Sí, Lucre, aunque te joda escucharlo: Te amo –me besó la mejilla-. De verdad creo que sos el amor de mi vida... y me duele en el alma, porque sé que no vas a estar nunca conmigo...
–Es que estoy muy confundida.
–No te preocupes, yo también lo estoy... a Rodrigo también lo quiero mucho, pero con él tengo menos chances que con vos. Está ese amor que tiene por las personas de su mismo sexo, también está su inmadurez, su irresponsabilidad, su promiscuidad... es demasiado liberal como para quedarse con una sola pareja.
–¿Estás hablando de mí o de él? –Edith comenzó a reírse, no había dicho eso con la idea de hacer un chiste, pero me alegraba mucho verla reír.
–Hablaba de él... pero ahora que lo pienso, podría describirte a vos con las mismas palabras.
–Yo no soy inmadura –corregí.
–¿Y todo lo demás?
–Todo lo demás lo acepto –volvió a besarme cariñosamente la mejilla.
-Gracias, Lucrecia. Es bueno saber que voy a contar con tu apoyo, sabía que vos nunca me dejarías sola.
–¿Te sentís mejor? –la abracé con un poco más de fuerza, para brindarle mayor contención.
–Un poco, pero sinceramente, tengo el corazón hecho mierda... sabía que me ibas a decir que no, pero una parte de mí tenía la esperanza de recibir una buena noticia.
–Lamento mucho eso, Edith. Sos hermosa, cariñosa, afectuosa e inteligente, me encanta estar con vos, tanto como amiga como en la cama... pero estaría siendo deshonesta si te digo que podemos estar juntas, como pareja. Te lastimaría y no quiero hacerte una cosa así.
–¿Al menos me puedo quedar con vos a pasar el resto del día?
–¡Claro que sí! Podés venir a visitarme y quedarte cada vez que quieras.
–Es bueno saberlo. No quería perderte...
–No me vas a perder, ya te lo dije, me encariñé mucho con vos. Voy a hacer todo lo posible para estar a tu lado.

Nos quedamos en silencio unos minutos, abrazadas una a la otra. No era un silencio incómodo, sino un pequeño momento de paz, asimilación y aceptación. Un momento solo para nosotras dos. Su respiración se fue calmando lentamente y sus lágrimas desaparecieron por completo. Todo el tiempo le acaricié el cabello, o las manos. Teniéndola tan cerca y sintiendo su calor corporal no podía estar segura de si yo la reconfortaba a ella, o ella a mí. Hacía tiempo que no abrazaba a alguien de esa forma y me di cuenta de lo mucho que lo necesitaba, me ayudó a no sentirme tan sola.

Edith levantó su cabeza repentinamente y me besó en la boca, fue un beso suave, que armonizaba perfectamente con mis caricias. Nuestros labios se rozaron el uno al otro, a veces se quedaban congelados en una posición y luego se movían lentamente. Tenía mis ojos cerrados y pude sentir verdadera paz. Tal vez no seríamos pareja, pero podíamos jugar a serlo tantas veces como quisiéramos, siempre y cuando ninguna de las dos salga lastimada. Cuando nuestras bocas se separaron ella me miró fijamente a los ojos.

–Te amo –me susurró con ternura; sus palabras me dejaron un apretado nudo en la garganta, la miré sin saber qué decirle. Ella parecía estar leyendo lo que transmitían mis pupilas, por lo que después de una breve pausa agregó:– No hace falta que me digas nada, me basta con poder decírtelo.

Asentí torpemente con la cabeza otra vez sus labios se unieron a los míos, y una cosa llevó a la otra. Su mano derecha sobre mi seno izquierdo; una de mis manos acarició sus nalgas; mi espalda se posó delicadamente sobre el colchón. El peso de su cuerpo sobre el mío. El botón de mi pantalón desprendido; su pantalón deslizándose hacia abajo. El aroma de su cabello embriagó mis fosas nasales. Pechos al desnudo, pezones que se tocaron con placenteras cosquillas. Su lengua se deslizó por mi vientre. Desnudez total. Mis piernas se separaron, invitándola... su lengua respondió a la llamada; mi clítoris se humedeció con su saliva; mis labios vaginales se abrieron; sus dedos me dilataron mientras mis gemidos evidenciaban el goce y el placer.

Súbitamente Edith se puso sobre mí y me miró directamente, una libidinosa sonrisa apareció en su rostro; sin embargo había mucho de la “Edith original” en esa sonrisa, no me daba la sensación de que estuviera actuando, sino que ella misma quería llevar las cosas más lejos. Tal vez los besos y carias la habían excitado tanto como a mí.

–¿Todavía tenés esos juguetitos? –me dijo divertida.
–Están en el ropero... en una caja –señalé el mueble a mi izquierda.

Ella, sin decir más, buscó y revolvió el contenido de la caja con gran prisa, cuando encontró lo que buscaba me lo mostró. Había optado por el strap-on. Comenzó a ponérselo, abrochándolo alrededor de su cintura, esa imagen me recordó a lo que había ocurrido en la habitación de Rodrigo, cuando Edith parecía tener un pene propio.

–Disculpame que interrumpa tan lindo momento; pero hay algo que quiero hacer con vos desde hace rato –me dijo mientras se cercioraba de que el juguete sexual estuviera bien sujeto.
-No te preocupes. Me gustan los momentos tiernos y románticos, pero si se hacen muy extensos, me empalagan –ella me sonrió como si me estuviera contestando: «Lo sé»– ¿Qué cosa querías hacer conmigo? –le pregunté acariciando mi húmeda vagina.
–Te quiero romper el culo –una vez más esa lujuriosa sonrisa se apoderó de su tierno rostro-. Esta vez quiero ser yo quien te la meta, quiero escucharte gritar... como una puta.
-Prefiero el término “Promiscua”.
-Me importa un carajo, vas a ser mi puta... al menos por una vez.
-¿No dijiste que ibas a volver a ser la Edith de siempre?
-No me cambies de tema y ponete en cuatro... permitime hacer eso, quiero pensar en otra cosa... en realidad no quiero pensar... dejame ser un poquito como vos, al menos una vez más... por favor, sé mi puta –me suplicó.
-No me puedo negar a tus encantos –una sonrisa radiante iluminó su cara-. Pero usá lubricante... está ahí mismo, en la caja... y antes vas a tener que calentarme bastante... usando esa lengüita con la que decís tantas chanchadas.

Ella tomó el pote de lubricante y untó una buena cantidad en el pene plástico, yo me puse en cuatro, tal y como me lo había pedido. Casi inmediatamente sentí la tibieza de su lengua recorriendo mi vagina en forma ascendente hasta llegar a mi ano, esto me hizo estremecer de placer. Luego y sentí el contraste frío del líquido lubricante cuando ella lo pasó por mi culo. La prisa y la ansiedad que demostraba, me excitaba. Me calentaba mucho verla así, en cierto modo volvía a parecer la muchachita precoz e inexperta, entusiasmada por el sexo.

Un dedo penetró en mi cavidad trasera y solté un gemido para informarle que me agradaba mucho lo que hacía.

–¿Estás lista, putita? –me habló al oído mientras movía su dedito dentro de mí.
–Todavía no, pero pronto...
–Una lástima... porque yo te quiero escuchar gritar... –y me escuchó gritar.

Solté un agudo alarido cuando el pene plástico se enterró en mi ano, deslizándose hacia adentro rápidamente, por la magia del lubricante. Nunca había sentido una invasión semejante... ni tan placentera. Había algo tan morbosamente fuera de lugar en esa escena que me hizo hervir la sangre. Ella, la muchachita inocente, se estaba mostrando como una verdadera depravada sexual, semejante a mí cuando di mis primeros pasos en el mundo del sexo lésbico... me recordó levemente a la primera vez que tuve sexo, en la habitación de un hotel, con Tatiana. Aquella vez le había suplicado a Tatiana que me diera por el culo de esa misma forma en que Edith lo estaba haciendo, enterrándomelo todo profundamente y retrocediendo con rapidez, para dejarme esa sensación interior de vacío que luego se volvía a llenar con un nuevo avance de sus caderas... aquella vez Tatiana me había dejado con las ganas pero hoy las ganas ni siquiera habían tenido que hacerse presentes previamente... sólo tuvieron que instalarse después de la primera penetración. Las pequeñas manos de Edith se habían convertido en fuertes y punzantes ganchos que me sujetaban firmemente por la cintura. Un gemido agónico me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás y a cerrar los ojos. El dildo se estaba hundiendo, esta vez lentamente, dentro de mi culo y me maravillaba la sensación que me producía la dilatación. Llevé mi mano a mi entrepierna y acaricie suavemente mi clítoris con un dedo, mientras el pene plástico salía de mi culo, tan solo un poco, para luego volver a clavarse. Allí fue cuando la pequeña comenzó un vaivén constante, con penetraciones cortas pero rápidas. Mi vagina estaba viscosa y el trabajo que hacían mis dedos era un excelente acompañante para el placer anal que me proporcionaba el consolador.

Mientras Edith me cogía despiadadamente miré fugazmente el reloj en mi mesa de luz, marcaba la hora en la que Tatiana debía llegar de su trabajo y comencé a desear que ella también apareciera; sin embargo no sabía cómo se lo tomaría Edith, tal vez ella quería pasar un tiempo a solas conmigo, podía imaginar eso por la forma en la que recargaba todo su cuerpo sobre mí, apoyando sus tetas en mi espalda, mientras me acariciaba y me besaba el cuello pasionalmente. De pronto pasó lo que tenía que pasar. Escuchamos la puerta de entra abriéndose. Ni siquiera había tenido tiempo de prevenir a la chiquilla o de decirle, al menos, que cerrara la puerta de mi cuarto.

–¿Esa es Tati? –me preguntó Edith con un susurro.

No obtuvo respuesta, yo me encontraba en un éxtasis erótico con ese consolador penetrándome. Movía todo mi cuerpo imitando las ondulaciones de una serpiente y jadeaba suavemente.

–¡Tati! –gritó Edith, esa era una buena señal, no intentaba evitarla–. Tati, vení... estamos acá –su dulce voz infantil se elevó por encima de mis gemidos.

Escuchamos murmullos provenientes del pasillo, en ese instante las dos nos quedamos congeladas. Tatiana no estaba sola. Giré mi cabeza y me topé con los asustados ojos de Edith.

–¿Qué es esto? –Preguntó una voz femenina que no podía identificar.
–Son mis amigas –respondió Tatiana, por el tono que empleó me di cuenta de que estaba nerviosa.
–¿Vos me trajiste acá para... hacer eso?
–No... no... de verdad que no –se apresuró a responder la morocha.

Edith me dio espacio como para moverme, quedamos las dos acostadas de lado en la cama y miramos hacia la puerta, allí estaba Tatiana con una chica rubia, muy bonita, con grandes ojos azules y un conjunto de oficina color negro que se le pegaba al cuerpo; lo único malo de la chica era la expresión de ira que marcaba su enrojecido rostro.

–Yo me voy de acá... no... no sé qué mierda pensaste... pero yo... yo no soy de esas...
–Esperá, Silvina, no te enojes... yo no sabía que...
–¡Me voy!

Fue lo último que le escuchamos decir antes de que se abriera la puerta y se marchara. Tatiana intentó seguirla pero regresó pocos segundo más tarde, sin haber conseguido nada.

–Perdón, Tatiana –le dijo Edith, quien aún tenía metido su pene de juguete en mi culo.
–Está bien, no se preocupen... además la chica tenía razón –sonrió–, la traje con la intención de acostarme con ella... no hoy... pero algún día. Al menos ahora ya sé que no es lesbiana... de verdad tenía mucha pinta de serlo... en el trabajo se la pasa mirándome las tetas.
–Es un poco difícil no mirarte las tetas –comentó Edith; en eso tenía mucha razón, Tati llevaba un amplio escote y sus grandes melones parecían a punto de reventar por la presión que ejercía la ropa contra ellos.
–Perdón por haberte arruinado los planes con tu chica –esta vez fui yo la que se disculpó.
–Si te sentís tan culpable, entonces podés recompensármelo –sabía a lo que se refería.
–Sacate la ropa y subite a la cama –la invité.

La sonrisa en su rostro se amplió, mientras se quitaba rápidamente la ropa. Vimos sus grandes tetas saltar fuera y rebotar de una forma sumamente erótica, luego se quitó la pollera quedando solamente con sus zapatos, sus medias de nylon, las cuales ya se estaba quitando, y su bombachita de encaje blanco.

–Sabía que mudarme con vos era la mejor decisión que podía tomar –dijo con alegría.
–¿De verdad no te molesta que te hayamos arruinado los planes? –pregunté.
–No, para nada... esto es sexo seguro... lo otro no... iba a requerir mucho trabajo; pero por las dudas, vamos a tener que empezar a ser más discretas con el sexo. Si estás con alguien, al menos mandame un mensaje... o cerrá la puerta de tu pieza.
–Tenés razón, es que nos emocionamos y ni siquiera pensamos que podías venir con alguien –quedó completamente desnuda, enseñándonos su rechoncha vagina de labios voluptuosos.
–En realidad tendría que pedirles perdón a ustedes, por interrumpirlas.
–Para nada, sonsa –le dije riéndome–, me calentó mucho que la rubia esa me viera así... no la conozco, pero me calienta que la gente me vea teniendo sexo.
–Cada loco con su tema –dijo Tati subiendo a la cama y quedándose apoyada con las rodillas.
–A mí también me enciende un poquito que me vean –acotó Edith. Volteé la cabeza hacia ella y la miré acusadoramente–. ¿Qué? Lo digo en serio... me gusta que me vean desnuda... una vez hasta subí un video a internet, en el que me estoy masturbando, sólo porque me calentaba pensar que otras personas se masturbarían al verlo.
–¿Qué? ¡Yo quiero ver ese video! –Exclamó Tati saltando sobre nosotras, una de sus tetas quedó casi contra mi cara.
–Después te lo paso... pero voy a querer otro a cambio.
–Tené cuidado con eso de los videos, Edith... yo tuve problemas...
–Ya sé, pero yo no fui tan pelotuda como para filmarme la cara –me dijo sacando la lengua, como una niña peleadora–. Además lo hice antes de conocerte a vos. No tenía sexo con nadie y quería sentirme un poquito deseada. ¡No se imaginan las cosas que pusieron algunos de los que comentaron el video! –mientras ella hablaba yo me puse boca arriba, sacando el consolador de mi cola, y comencé a lamer uno de los ricos pezones de Tatiana–. Yo me pajeaba imaginando que esa gente me hacía todo lo que decían en los comentarios.
–¡Uy! Suena muy excitante. Yo subiría un video mío –aseguró Tati al mismo tiempo que sus dedos comenzaban a acariciar mi empapada vagina–; pero no quiero a un montón de tipos diciéndome cosas zarpadas. Si solamente fueran mujeres... lo haría.
–A mí me calientan las dos cosas.
–Edith –dije dejando levemente la teta que estaba chupando–, te dije que podías ser muy atractiva sexualmente. Toda esa gente te dijo todas esas cosas cuando ni siquiera habías cambiado el “look”.
–Sí, pero me vieron la concha y las tetas, nada más... nadie me vio la cara... si la hubieran visto hubieran dicho...
–Hubieran dicho: «Te voy a comer esa boquita hermosa» –afirmó Tatiana un segundo antes de cumplir con su palabra. Introdujo su lengua en la boca de Edith y la besó apasionadamente.

Desde ese instante no hicieron falta palabras. Tatiana se amalgamó con nosotras en la cama, no podíamos considerarnos expertas en el sexo, pero al menos ya conocíamos algunos de los gustos personales de cada una. Edith me metió un dedo en la colita mientras lamía mi clítoris; chupé las grandes tetas de Tati, porque me encantaba hacerlo y ella se las ingenió para jugar con uno de mis pezones al mismo tiempo que masturbaba a Edith. No pasó mucho tiempo hasta que noté que la morocha tenía la vagina cubierta de sus propios flujos. Aparté a Edith y le dije al oído lo que teníamos que hacer a continuación. Juntas nos metimos entre las piernas de Tati y le dimos una buena chupada a su almejita carnosa. Aún me sentía culpable por haber arruinado sus planes, por lo que me esmeré mucho por satisfacerla.

Las risas alegraban mucho el ambiente, eran contagiosas y estridentes. No podía creer que minutos antes, Edith y yo hubiéramos estado tan tristes, sin embargo podíamos disfrutar del sexo, que nos ayudaba a olvidarnos de todos nuestros problemas; pero no era solamente el sexo, sino la actitud que mostrábamos las tres ante el mismo. No lo hacíamos de una forma romántica, ya que no cuadraba con mi personalidad ni con la de Tatiana, y Edith sabía mimetizarse, al menos había aprendido a hacerlo en los últimos meses. Manteníamos una actitud alegre y divertida, nos tocábamos indiscretamente, nos metíamos dedos en los diferentes orificios y nos masturbábamos mutuamente. A veces nos uníamos en besos, pero procurábamos, tácitamente, que estos no se hicieran muy extensos, para que la que quedaba fuera no se sintiera apartada.

En pleno jolgorio escuchamos el estridente timbre del departamento. Tatiana me miró fijamente y me dijo:

–¿Habrá vuelto la rubia?
–Tal vez se quedó con ganas de participar –sugerí.
–¡Ojalá! –Exclamó la morocha mientras acariciaba la entrepierna de Edith–. Atendela vos, Lucre. Sos más persuasiva que yo... si vos no podés convencerla, ninguna va a poder.
–Está bien... voy solamente porque sé que te arruiné los planes, sino no iría.

Me levanté de la cama y salí de la pieza, no me tomé la molestia de cubrir mi desnudez. Debía admitir que otro de los grandes motivos por el cual había accedido a atenderla, era porque estaba sumamente excitada y quería que ella me viera desnuda otra vez.

Caminé a paso ligero hacia la puerta, miré mis tetas y éstas estaban bien erguidas, con los pezones duros, ideal para causar una buena impresión lésbica. El timbre sonó una vez más. Decidida, abrí la puerta, y allí la vi... mi vecina... no recordaba el nombre... pero recordaba que la chica estaba casada. ¿Dónde estaba la rubia? ¿Qué carajo hacía esa chica ahí? ¿Qué venía a buscar? Todas estas preguntas se deterioraron rápidamente en mi psiquis, opacadas por mi libido.

Ella se quedó petrificada al verme. Sus pupilas bajaron hasta mis pechos y luego se detuvieron en mi vagina, la cual estaba evidentemente húmeda. Le llevó un par de largos segundos volver a mirarme a los ojos. Sonreí libidinosamente, por alguna razón me calentaba aún más que ella me viera desnuda.

–Buenas noches, ¿qué necesitás? –le pregunté aparentando tranquilidad. Ella no respondió –. ¿Te puedo ayudar en algo? –volví a preguntarle, estaba pálida. Vi que llevaba un par de bolsas llenas de comestibles.
–Es que... es que escuché ruidos... –supe que venía a quejarse, pero mi actitud la desorientó, abrí más la puerta para que ella pudiera ver claramente todo mi cuerpo–. Te quería pedir que... –en ese momento se escuchó una fuerte seguidilla de gemidos provenientes de mi habitación, ella desvió la mirada y miró hacia su izquierda, como si pudiera ver a través de las paredes– ¿Qué fue eso?
–Son unas amigas mías...
–¿Amigas? –preguntó consternada.
–Sí, ¿algún problema con eso?
–Entonces es cierto... sos lesbiana... –me había cansado de las acusaciones indirectas que recibía por mi condición y esta pobre chica tuvo que pagar los platos rotos.
–Sí, totalmente cierto... te repito... ¿tenés algún problema con eso?
–El único problema es que hacen mucho ruido... ¿qué te pensás que es esto? ¿Un telo? –sus facciones se alteraron, pasó de estar confundida a estar enfadada.
–Es mi departamento y si quiero coger con amigas, lo puedo hacer.
–Pero... el ruido que hacen... –supuse que aún estaba carburando toda la información que le había tirado encima.
–¿Vos recién venís de comprar eso? –señale las bolsas que llevaba en su mano izquierda.
–Sí, ¿qué tiene que ver? –se puso en actitud defensiva, la tenía donde quería.
–Que seguramente saliste del ascensor y escuchaste ruidos –los gemidos continuaban a lo lejos y ella volvía a mirar mi vagina–. Viniste directamente a quejarte, pero estoy segura de que desde tu departamento no se escucha nada. Vivís frente al mío, hay un pasillo de por medio.
–¡Pero esto es una locura! Vos no podés traer trolas al...
–No son trolas, son mis amigas... –la interrumpí, enfadada.
–Si son como vos, son trolas... me abrís la puerta desnuda... o sos trola o estás muy loca.
–Diría que un poco de ambas.
–¡Eso que hacen es inmoral! –me miró con rabia.
–Puede ser... pero es bastante divertido –le dije con una sonrisa lujuriosa–. Si querés te podés unir a nosotras, hay lugar en la cama.
–¿Qué? –sus ojos parecían estar a punto de saltar fuera de sus cuencas.
–Sí, sos una linda chica... en una de esas descubrís que te gusta...
–¡Soy casada!
–Podés decirle a tu marido que venga, no hay problema por eso –en realidad no me entusiasmaba para nada la idea de unir un hombre desconocido a la fiesta; pero como estaba segura de que se negaría, no me preocupé.
–¿Estás loca?
–Ya te había dicho que sí; pero no te preocupes, no soy una loca peligrosa... siempre y cuando no me jodan. Así que decidite, flaca. Te sacás la ropa y entrás, o te vas –me miró como si le hubiera puesto una pistola en la cara.
–¡Loca de mierda! –me gritó con vos chillona antes de dar media vuelta y marcharse.

Cerré la puerta riéndome. La euforia me invadía, no entendía por qué me resultaba tan excitante exponerme desnuda ante la gente, pero así era. Volví a mi cuarto y encontré a Tatiana con la cabeza enterrada entre las piernas de Edith, quien gemía y se sacudía como una posesa. Me acerqué a las grandes nalgas de la morena y metí la cara entre ellas, comencé a lamerle el agujerito del culo y luego hice lo mismo con su rajita, mientras me masturbaba. Cuando levanté la cabeza tenía la cara cubierta por los jugos vaginales de mi amiga. Miré alrededor en busca del strap-on y en cuanto lo encontré, me lo puse. Apunté con la punta del pene plástico a la almeja de Tatiana y se la enterré lentamente, pero sin detenerme hasta que toda estuvo dentro. Ella no mostró señal alguna de haber sido penetrada, pero yo suponía que era porque estaba demasiado entusiasmada comiéndole la conchita a Edith. Cogí a Tati con fuerza, imaginé que yo misma era un hombre que le daba placer a una bella mujer, al menos ahora podía hacerme una idea de lo que ella sentiría si la estuviera penetrando un hombre de verdad. Debía admitir que Edith tenía mucha razón al decir que a veces la imaginación podía ser de gran utilidad, incluso durante una sesión de sexo real. El poder erótico de la mente no tiene límites.

Nuestra sesión de sexo llegó al final por decisión unánime, hubiéramos seguido pero cuando Tatiana anunció, mientras recuperaba su aliento, que tenía mucha hambre, le dije que yo también me moría de ganas de comer algo rico, Edith se sumó a la propuesta y tan rápido como nos desnudamos, fuimos vistiéndonos.

Esta unión de confianza que estábamos forjando se volvería cada vez más resistente con el tiempo, siempre y cuando supiéramos respetar los límites y condiciones impuestas. Me encantaba tener esta clase de amigas y lo que más me agradaba era que pudiera compartir mis momentos de calentura con ellas.

Salimos del departamento y mientras Edith y Tatiana llamaban el ascensor, yo me quedé cerrando la puerta con llave, en ese instante escuché un ruido lejano... pero constante. Agudicé mis oídos y me percaté de que provenía del departamento de mi vecina, la que se había quejado por el ruido que hacíamos mis amigas y yo al tener sexo. Le hice una seña a Tati y Edith, pidiéndoles silencio, ellas obedecieron pero me miraron sin comprender nada. Me acerqué en puntitas de pie hasta el departamento de mi vecina y pegué la oreja a su puerta.

No cabía duda... estaban teniendo sexo... y bastante duro. Podía escuchar los fuertes quejidos y gemidos provenientes de la boquita de mi vecina, casi podía imaginarla desnuda, con el cuerpo brillando por la delgada capa de sudor que la cubría, debía tener unas tetitas preciosas, una vagina suculenta... era una lástima no poder poseerla, eso me ofuscaba un poco y más me molestaba que, luego de quejarse conmigo, fuera a coger con su novio... tal vez se había calentado al verme desnuda... Sí, esa era la explicación más lógica.

Decidí jugarle una bromita, en venganza a la actitud que había mostrado... sí, lo sé... a veces puedo ser muy vengativa... pero intento ser equitativa. Golpe con excesiva fuerza la puerta del departamento y grité:

–¡A ver si hacen menos ruido, degenerados! –Edith y Tati comenzaron a reírse.
–¡Hija de puta! –me gritó mi vecina desde adentro–, ¡ya vas a ver... te voy a denunciar!
–¿Ves lo feo que se siente que te interrumpan en ese momento?
–¡Tortillera de mierda! –me gritó, colérica.
–¡Claro, porque vos debés ser una santa! Espero que estés cogiendo con tu marido... al menos.
–¡No te metas con mi marido...!

Me fui de allí y la dejé gritando sola, tal vez su esposo ni siquiera se detuvo mientras ella me insultaba... puede que hasta se haya excitado al escuchar a otra mujer al otro lado de la puerta... de haber estado en su lugar, yo me hubiera calentado... y aunque mi vecina no lo admitiera jamás, en el mismo momento en el que yo me metía con mis amigas al ascensor, ella debía estar sintiendo una serie de intensas oleadas de excitación recorriendo todo su cuerpo... debería estar agradecida conmigo.

Esa noche Edith se quedó a dormir conmigo, no hubo sexo otra vez, pero de todas formas la pasamos muy bien. En el único momento que me amargué un poco fue cuando ella, justo antes de irnos a dormir, me dijo que aún se sentía mal por mi rechazo. No supe qué contestarle, por lo que me quedé callada; sin embargo la abracé fuerte hasta que se quedó dormida, luego yo la acompañé hasta el mundo de los sueños.

*****

Como estaba trabajando internamente en mejorar los puntos negativos de mi personalidad, llegué a la conclusión de que tiendo a olvidar mis amistades por largos períodos de tiempo, a no ser que ellos vengan a mí o que necesite verlos por una razón en particular. La primera persona que se me vino a la mente era Alejandro, mi amigo el periodista, no lo veía desde que tuvimos nuestra última entrevista, juntos, y me sentía mal por eso ya que el chico se había mostrado muy respetuoso y comprensivo conmigo y mi sexualidad.

Por eso mismo, al día siguiente de la inesperada noticia que me había dado Edith, decidí llamar a Alejandro y organizar una cena sencilla, le dije que podía venir a mi departamento con su novia; pero él prefirió que nos reuniéramos en el suyo.

Alrededor de las siete y media de la tarde llegué al departamento y tuve que tocar el timbre cuatro veces, supuse que él había tenido trabajo extra que hacer y que su novia no se encontraba, estuve a punto de llamarlo otra vez cuando la puerta se abrió apenas unos centímetros. Un par de ojos curiosos me miraron desde la penumbra interior y una voz femenina me dijo, en un susurro, que pasara. En cuanto entré la puerta se cerró detrás de mí y a mi lado se encontraba Lorena, la novia de Alejandro. Estaba envuelta en una pequeña toalla roja que a duras penas tapaba sus senos y, si hubiera inclinado levemente la cabeza, hubiera podido ver su vagina asomando por la parte inferior.

–¿Qué hacés acá? –me pregunto con su acostumbrado tono autoritario.
–Le avisé a Alejandro que venía a cenar con ustedes –levanté una bolsa de nylon que llevaba en la mano–. Traje todo lo necesario para hacer pizzas.
–¿Pizza? –hizo una mueca de desagrado.
–Fue lo que Alejandro pidió.
–Si fuera por Alejandro, viviríamos a pizza –se quejó.

No me extrañaba que dijera eso, con las habilidades culinarias que tenía Lorena, yo también viviría a comida que pueda comprar en una rotisería o que pueda cocinar fácilmente en mi casa. No podía quejarme de que Lorena fuera terrible en la cocina, ya que yo misma lo era, y la persona que debía sufrirlo era Tatiana, quien me suplicaba que la esperara siempre SIN la cena lista. La pobre debería estar cansada de despegar comida quemada del fondo de una olla; pero en mi defensa, debía decir que esto solamente ocurría cuando me distraía y me olvidaba por completo de la olla que había dejado al fuego, no tenía la culpa de que mi cabecita vagara tanto.

–¿Dónde dejo las cosas? –pregunté procurando no bajar la mirada, sin embargo mi visión periférica me permitía ver un torneado par de piernas, pálidas pero firmes y hermosas.
–Arriba de la mesa. ¿Qué se te dio por venir? No viniste nunca y de repente aparecés.

Al decir esto se fue alejando de mí. Me apresuré a dejar la bolsa arriba de la mesa del comedor y la seguí para explicarle la situación, no quería que ella comenzara otra vez con la paranoica idea de que yo buscaba acostarme con su novio.

–No tengo ninguna razón en especial, ustedes son mis amigos y vine a visitarlos ¿eso está mal? –le dije mientras caminaba detrás de ella.
–Dijiste que ibas a ser mi amiga pero nunca viniste a visitarme, ni siquiera me llamaste.
–Tenés razón –Lorena se metió en el baño, me detuve en seco ya que creí que me cerraría la puerta en la cara, pero la dejó abierta–, me di cuenta de que había fallado a mi promesa, anduve con muchos problemas últimamente. Por eso vine a verte.
–No mientas, vos no viniste a verme a mí, sino a Alejandro –se dio media vuelta y me miró fijamente con el ceño fruncido, siempre tenía esa odiosa expresión en su rostro pero, milagrosamente, no le restaba belleza.
–No empecemos con eso otra vez, Lorena. Sabés muy bien que no estoy interesada en Alejandro...
–Sexualmente no... tal vez. Pero sí como amiga.
–¿Acaso está mal que quiera ser su amiga también?
–Dijiste que ibas a ser MI amiga y lo primero que hacés, antes de venir, es llamarlo a él. ¿Por qué no me llamaste a mí?

Allí fue cuando me di cuenta de que Lorena no sólo podía ser celosa y posesiva con su pareja, sino que también podía serlo con sus amistades. Supuse que llevarle la contra sólo la haría enojar más y yo ya estaba en falta por no haberla visitado antes, por lo que tuve que tragarme mi orgullo, agachar la cabeza y decirle:

–No sos mi novia, Lorena, no me jodas. Agradecé que vine –bueno, admito que soy de esas personas a las que les cuesta tragarse el orgullo–. Si te molesto, me voy –agregué señalando hacia detrás de mí.
–¡No! Está bien... perdón... no te vayas.

¿Sería muy cruel decir que sonreí con satisfacción al verla pedir perdón? También podría agregar que sentí una leve sensación de victoria cuando ella tomó mi mano para impedir que me fuera. Sabía que debía dejar de hacer eso, si ella sería mi amiga entonces no podía jugar con sus sentimientos de esa manera; pero ella no era una amiga cualquiera, ella también jugaba, y mucho, con mis sentimientos y emociones. Supo que yo le gané una batalla, pero ella tenía un gran “As” bajo... la toalla. Antes de que pudiera reaccionar ella ya había dejado caer su toalla al piso, mostrándome sus tetas con pezones erectos y su tersa y apretada vaginita. Noté una sonrisa maliciosa aparecer en su rostro y creo haber retrocedido un paso, como si mi vida corriera peligro. Lorena comenzó a ducharse justo frente a mí, como si no le importara que yo la viera desnuda... pero sí que le importaba, ella estaba jugando conmigo. No le permitiría ganarme tan fácil. Evalué rápidamente la situación, si me marchaba de allí ella diría algún comentario cínico como: “¿Te dio pudor verme desnuda... o solamente te calentó?”. Por lo que decidí quedarme en el baño. Apoyé mi hombro derecho contra una pared y crucé mis brazos, la miré como si fuera una persona común y corriente, con la ropa puesta. Había visto muchas mujeres desnudas... no tenía por qué volverme loca al ver una más. El problema es que me ponía como loca cada vez que veía una mujer desnuda... y si Lorena no lo sabía, al menos debía sospecharlo.

Tuve que quedarme dentro del baño viendo cómo ella se duchaba mientras me contaba lo que había hecho durante la semana, sus palabras no eran de gran importancia para mí pero estaba intentando marcar un punto allí, quería demostrarle que no tenía miedo a verla desnuda; sin embargo ver la forma en que sus pequeñas manos acariciaban sus redondeados senos o descendían por su vientre, me afectaba bastante; podía sentir mi vagina acalorándose. Lo peor de todo era cuando sus dedos recorrían su propia rajita, en ciertas ocasiones hacía pasar su dedo mayor entre sus casi imperceptibles labios vaginales y luego se acariciaba quedamente el clítoris. Me resultaba imposible no mirar fijamente esa escena. Ella aparentaba actuar con naturalidad, pero yo sabía perfectamente que cada uno de sus movimientos tenía la clara intención de excitarme. Evidenció sus intenciones cuando dijo:

–¿Te pasa algo Lucre? Te noto... acalorada –su maliciosa sonrisa se hizo presente.
–¿Por qué debería pasarme algo? –pregunté restando importancia a sus palabras.
–No lo sé... supongo que porque sos lesbiana... y yo soy mujer –acarició sensualmente la parte delantera de su torso.
–¿Vos creés que todas las lesbianas nos volvemos locas al ver una mujer desnuda?
–No me importa lo que piensen todas, estoy hablando de vos –esta vez sus dedos separaron sutilmente sus labios vaginales.
–Parece que te gusta la idea de que yo me excite viéndote. ¿Acaso a vos también te calientan las mujeres?
–No, para nada. Lo que a mí me calienta es saber que otra persona se excita viéndome. No me importa si esa persona es hombre o mujer, joven o vieja. Me calienta sentirme deseada, pero eso no quiere decir que esa persona pueda tenerme.

¿Así que ese era su juego? Recordaba que la vez que nos conocimos había hecho referencia a algo parecido. Ella quería provocarme y calentarme sexualmente, tan sólo para demostrarme que yo nunca podría tenerla. Era un juego perverso... que Lorena jugaba muy bien. Ella se arriesgaba a quedar como una loca, pero yo, que comprendía el poder del morbo, podía entenderla. Se asemejaba mucho a lo que había hecho recientemente al abrirle la puerta a mi vecina, completamente desnuda, donde las probabilidades estaban en mi contra, ella nunca aceptaría acostarse conmigo; sin embargo me excitaba saber que ella me había visto desnuda... y cachonda. Sonreí involuntariamente, podía entender perfectamente a Lorena y tenía la absoluta certeza de que ella debía estar muy excitada mientras se bañaba frente a mí. Tal vez acariciaba tanto su vagina porque quería quitar de ella los delatores rastros de flujo vaginal, pero mientas estuviera completamente mojada, podría disimularlos muy bien. Decidí llevar el juego erótico a un nivel más alto, tan sólo para ver cuánto era capaz de hacer.

–Tenés razón, Lorena, me calienta mucho verte desnuda –mantuve mi sonrisa alegre para que ella pudiera ver que iba en serio–. Sos una chica muy linda y sensual.
–¿Ya la tenés mojada? –su pregunta me tomó por sorpresa, pero esa era una de las reacciones que deseaba ver.
–Sí, totalmente mojada –ni siquiera tenía que mirar mi entrepierna para saber que esto era cierto.
–Lamento decirte que te vas a quedar con las ganas –cerró el agua de la ducha y tomó una toalla–, primero: tengo novio; segundo: no soy lesbiana.

Pasó junto a mí meneando su cadera, me quedé mirando el hipnótico bamboleo de sus blancas y redondas nalgas, me recordaban bastante a las de Lara. La acompañé hasta su cuarto, donde comenzó a secarse el cuerpo lentamente. Era mi turno de hacer un movimiento.

–Por lo que me dijiste, vos también debés estar excitada ahora mismo.
–¿Te calentarías más si así fuera?
–Claro –continuaba mirando todo su cuerpo, no sólo sus partes más íntimas. Sus piernas eran suaves y sus muslos gruesos y macizos, me daban muchas ganas de acariciarlos y lamerlos.
–No te voy a responder a eso... no corresponde.
–Tampoco corresponde que andes desnuda delante de mí, pero lo seguís haciendo.
–Estoy en mi casa, puedo hacer lo que quiera. La que vino fuiste vos, yo no te invité.
–Te repito, Lorena. Si querés me voy. Siento que te molesta mi presencia, siento que estás enojada conmigo y ya no entiendo bien si es porque no te llamé o es por algún otro motivo que no querés decirme.
–No estoy enojada con vos –acarició una vez más sus muslos utilizando la toalla, luego se acercó a una cajonera y comenzó a buscar ropa interior.
–¿Entonces por qué me tratás así? ¿Te pasó algo malo? A veces cuando me enojo termino agarrándomela con la primera persona que veo –se detuvo en seco y me miró.
–No... no me pasó nada –sonó muy poco convincente. Comenzó a abrocharse un corpiño blanco.
–Sé que no somos las mejores amigas, de hecho ni siquiera te conozco, pero si querés contarme algo, podés hacerlo.
–A una amiga le contaría, pero como vos dijiste... ni siquiera me conocés... no sabés nada de mí –me miró con el ceño muy fruncido.
–Bueno, calmate un poquito, Lorena. No vine a atacarte, en serio, estás enojada por algo y siento que estoy de más acá. Mejor me voy a mi casa. ¿Me abrís la puerta?
–No... esperá Lucre, no te vayas... –se acercó a mí y me tomó del brazo, me miró con ojitos de perro mojado–, por favor, quedate.
–¿Para qué, Lorena, para que me sigas maltratando? –me quejé–. Podrás ser muy linda y no te digo que me disguste verte desnuda, me calienta un poco... pero eso no quiere decir que vaya a tolerar que me trates de esa forma solo por verte la cachucha un rato. Tengo un poco de dignidad... no mucha, pero tengo –«Lo que sí tengo mucho, es orgullo», pensé.
–No era mi intención hacerte sentir así... pensé que te iba a resultar divertido... que te iba a gustar mirarme un rato...
–Te dije que sí, pero todo tiene un límite, no me gusta que me trates como si yo fuera tu juguete. Además, es peligroso que andes desnuda, a veces me cuesta controlar los impulsos –posé mis manos en sus hombros, estaban fríos y húmedos–. En este mismo momento podría tirarte arriba de la cama y chupártela toda –le dije acercando mi cabeza a la suya–, por eso deberías ser más cuidadosa.
–No harías una cosa así...
–Sí que lo haría –aseguré con firmeza.
–No entiendo...
–¿Qué no entendés?
–Cómo es que te gusta hacer esas cosas... con mujeres... es repugnante.
–Eso lo decís porque nunca lo probaste –le giñé un ojo y le sonreí.
–Ni quiero hacerlo.
–Entonces te sugiero que te pongas la ropa y que no vuelvas a intentar seducirme, porque la próxima vez no respondo de mí. Te lo voy a hacer y ya estás advertida... no juegues con fuego, Lorena –en realidad sólo buscaba asustarla un poco, no me quería acostar con ella porque sabía que era la novia de Alejandro y ese chico me caía bien, no quería arruinar mi amistad con él tan pronto.
–¿Vas a seguir viniendo igual?
–Claro que sí... no me importa si te veo desnuda o no... pero si querés que seamos amigas vas a tener que sacarte un poquito esa actitud agresiva que tenés constantemente, como si alguien te quisiera hacer algo malo. No entiendo por qué actuás así.
–Porque me calienta –confesó–. Me excita provocar, me excita saber que me desean... así no vaya a hacer nada con esa persona.
–Creo que lo que te excita es tener poder sobre la otra persona.
–Puede ser, no sé...
–Conmigo no te va a funcionar. Tengo una personalidad muy... jodida. No me importa si a vos te cachondea andar desnuda delante de la gente, conmigo tenés que tener cuidado... ¿hacés esto con todas tus amigas?
–No tengo amigas –había olvidado ese pequeño detalle. Me mordí el labio inferior meditando qué podía decirle–. Por eso quiero que vos seas mi amiga –me abrazó con fuerza, esa chica estaba más sola de lo que yo imaginaba y sabía cuánto podía afectar la soledad a la gente–. Perdoname.
–Está bien, Lore... pero, por favor, ponete la ropa, ya no aguanto más las ganas... no me lo hagas más difícil.

Desde esta posición podía ver sus redondas nalgas desde arriba y tenía que luchar contra el fuerte impulso de agarrarlas, deslicé mis manos a lo largo de toda la espalda, era increíblemente suave. Tuve que soltarla súbitamente y dar un paso hacia atrás, ella se quedó quieta, mirándome sin comprender nada. Lorena no podía sentir lo que yo sentía, ese inmenso impulso de querer acostarme con ella, de arrojarla sobre la cama y hacerla mía... de verla entre mis piernas, lamiéndome. No entendía la mágica sensación que provocaba compartir un momento erótico y pasional con otra mujer. Pude haber seguido adelante, pude haber intentado, al menos, algún truco para convencerla de acostarse conmigo, pero debía detenerme... inmediatamente, no sólo porque ella era casada, sino porque la sabia vocecita de Anabella me atrapó en el momento justo en el que iba a arrojarme sobre Lorena. Recordé las palabras de la monja:

«Me gustaría poder tener una amiga en la que pueda confiar, con la que pueda charlar sin miedo a que me salte encima y comience a toquetearme.»

Podía ser esa clase de amiga... no tenía por qué pretender tener sexo con cada mujer que se me acercara, no importaba si ella buscaba provocarme intencionalmente o andaba desnuda, tenía que demostrarme a mí misma que en mí había más que impulsos eróticos, era la única forma que tenía de acercarme a Anabella sin lastimarla y para aprender a hacer eso debía respetar a otras mujeres también. Lorena también buscaba una amiga, me lo había dicho claramente, más de una vez... y allí estaba ella, desnuda, sensual, hermosa... pero no era una mujer para mí... era la mujer de Alejandro, otro amigo que debía conservar.

–Mejor te dejo sola –le dije a Lore–. Te espero en el comedor. Vestite, por favor –ella asintió con la cabeza en silencio.

Salí de allí tan rápido como pude y me senté en una silla. Comencé a pensar en Anabella y en lo mucho que la había hecho sufrir. Tal vez ese era mi problema, no podía mostrarme como una amiga sin tirarme encima de una mujer. Me di cuenta de que estaba fallando al tomarme el sexo tan a la ligera, pero me mentía a mí misma si aseguraba que podía controlarlo. Me costaría mucho, muchísimo, cambiar eso... si es que alguna vez podía cambiarlo. Comencé a replantear mi vida y me dije a mi misma que, sin presiones, debía intentar (al menos intentar) contener mis impulsos sexuales, especialmente si estos incluían otras personas... siempre podría masturbarme, eso me ayudaría a aplacarlos.

Alejandro llegó pocos minutos después, su novia aún no había salido del cuarto. Me alegró que me encontrara lejos de ella... quién sabe qué hubiera pasado si al llegar me veía en la cama como su querida novia. Ni siquiera quería pensar en esa posibilidad.

Él se puso muy contento de verme y enseguida comenzó a hablar y a preguntarme cómo me había ido. Le comenté que estaba mucho mejor que la última vez ya que ahora tenía un trabajo y podía ser más independiente. Fui poniéndolo al tanto de diversas cosas de mi vida y, cuando Lorena salió de la habitación y saludó a su novio con un acalorado beso, pasé a contarles lo que había pasado con Luciano.

–Me alegra mucho que lo hayas expuesto de esa forma –afirmó Lorena–, se lo merecía.
–Podrías haberlo hecho de otra forma –dijo Alejandro–. Tal vez hubiera sido más fácil quejarse con las autoridades de la universidad.
–No me llevo bien con las autoridades de la universidad. Sé que puedo ser un tanto infantil a veces, pero bueno... es mi forma de ser y quiero seguir manteniendo eso. Voy a intentar cambiar lo malo, pero mi parte “infantil” siempre va a estar conmigo.
–O podrías madurar –él no me lo dijo como un reproche, pero me ofendió un poco.
–¿Madurar significa ser un amargado? –de pronto los dos me quedaron mirando, sorprendidos.
–Eso es lo que le digo siempre a Alejandro –Lorena rompió el silencio–. Siempre se jacta de ser muy maduro, pero a veces se pone bastante apático... ni siquiera se ríe de un chiste.
–Y yo que pensaba que la apática era otra –dije.
–No, yo puedo ser malhumorada, pero me gusta reírme, me gusta divertirme, me gusta hacer locuras de vez en cuando... –eso último sí era cierto, ya lo había comprobado yo–, pero Alejandro nunca se arriesga, siempre se queda quietecito en su lugar de “adulto”. Es como estar de novia con un hombre de ochenta años sin arrugas.
–Ustedes son las inmaduras –dijo yendo a la cocina a preparar la comida–, no soy yo el que tiene que cambiar. No les vendría nada mal un poco de madurez.
–Prefiero seguir siendo una inmadura divertida antes que viejo amargado. ¿No es cierto, Lucrecia?
–Totalmente de acuerdo –esa fue la primera sonrisa de amigas verdaderas que intercambiamos entre Lorena y yo.

*****

La sencilla cena se desarrolló con normalidad. Alejandro aprovechó para ponerme al tanto de sus avances en la serie de notas que pretendía publicar. Ya había puesto un par de ellas en su blog personal y me permitió leerlas. Me gustaron mucho, estaban bien desarrolladas y explicaban los sentimientos que yo había tenido cuando me sentí rechazada por un gran sector de la sociedad. Habló siempre en términos generales y no puso mi nombre, agradecí que lo haya hecho de esta manera. Luego me comentó que pretendía publicar la opinión de algún hombre homosexual y a mí se me ocurrió que Rodrigo le podría ayudar con eso.

–Tal vez no sea el reportaje más creativo del mundo –me dijo Alejandro–, pero lo que busco es transmitirle a la gente la forma en la que se sienten los homosexuales al ser rechazados. Sé que se escribieron mil cosas sobre este tema, pero aún hay muchísima gente que no lo entiende, si mis notas logran hacer recapacitar a alguna persona sobre este tema, entonces las voy a considerar un éxito.
–No te está yendo nada mal –puntualicé–, tenés muchas visitas en el blog y el diario te dijo que iba a publicar lo que les mandes, eso es mucho más de lo que esperaba.
–Sí, espero poder recolectar diversas opiniones, no sólo de gente homosexual, sino de heterosexuales también, quiero explicar qué piensan ellos al respecto.
–Suerte con eso, creo que vas a tener que movilizarte mucho.
–Bastante, pero vos me podés ayudar, podrías ponerme en contacto con alguna de tus amigas... y con ese tal Rodrigo. ¿Es cierto que es el dueño de Afrodita?
–Sí, de verdad... es más, yo estoy trabajando ahí.
–Impresionante. Él podría ser un gran aporte a la nota ya que conoce el mundo de la homosexualidad desde una perspectiva bastante peculiar.
–Algún día podrías ir con Lorena –miré a Lore, quien estaba sentada junto con nosotros, con una taza de café en la mano, sin decir nada-. ¿Te gustaría ir? –le pregunté a ella.
–No sé... me da igual –se encogió de hombros–. Si Ale quiere ir, va a tener que llevarme.
–Claro –aseguró él tomándola cariñosamente de la mano.

Me sorprendió verla sonreír de esa manera, fue un breve lapso en el que su rostro siempre ofuscado se iluminó con alegría genuina. Lorena estaba realmente enamorada de Alejandro y eso me llevaba a entender mejor por qué podían ser pareja. Él no era conflictivo, sino todo lo contrario. Evitaba los problemas y, de ser necesario, los solucionaba con sencillez. Ella era una pleitista, pero que dependía de alguien que la contuviera, de lo contrario sus quejas y caprichos no tendrían fundamento. Se necesitaban el uno al otro, no eran la pareja perfecta, pero podía funcionar.

–Por cierto –me dijo Alejandro–. Decidimos que nos vamos a casar.
–¡Qué bueno! –Exclamé muy contenta– ¿Ya pusieron fecha?
–Sí, lo vamos a hacer dentro de poco. No tenemos el día exacto, pero en menos de dos meses, de ser posible, nos casamos.
–¿Tan rápido? –pregunté asombrada.
–¿Tiene algo de malo? –Lorena me miró con el ceño fruncido.
–No, para nada... pueden casarse mañana mismo, si lo desean. Lo que me preocupa es que no puedan encontrar salón de fiesta, lugar en la iglesia y todo eso...
–No nos vamos a casar por iglesia –aseguró Lorena, asentí con la cabeza indicándole que no tenía problemas con eso, el casamiento por civil era tan válido como el de iglesia, o incluso más, para ciertas personas–. El salón no me preocupa porque ya lo tenemos. Tenemos un salón que pertenece a la empresa de mi papá. No es muy grande, pero tampoco pretendemos invitar mucha gente. Va a ser una fiesta sencilla.
–Me parece bien, mientras más íntimas sean esas fiestas, más lindas son.
–De más está decir que estás invitada –me dijo Alejandro con una radiante sonrisa.

Les prometí que estaría allí, sin falta. Noté que Lorena sonreía de forma extraña cuando acepté la invitación, fue como si se pusiera melancólica o triste por eso. Tal vez solamente estaba fantaseando con la futura fiesta.

*****

La mañana previa a mi viaje a Rodrigo se le ocurrió que podíamos relajarnos un rato e ir a tomar algo fresco a algún bar lindo, sugerí que escogiera alguno económico ya que no era prudente derrochar dinero, él me miró como si mis palabras lo ofendieran, pero me encogí de hombros y le dije: «Es la verdad, tenemos que cuidar la poca plata que nos queda».

Fuimos a un sitio bastante tranquilo, ambientado para adolescentes o universitarios, con sillas y mesas plásticas. Aparentemente a Rodrigo no le agradaba mucho el local, pero a mí me parecía bastante bonito. Pedimos un par de gaseosas y nos sentamos en un rincón apartado de todo, aunque el sitio estaba casi completamente vacío y no teníamos que preocuparnos porque alguien nos escuchara.

El primer tema del cual hablamos fue sobre la nota que estaba escribiendo Alejandro. Le comenté a Rodrigo cuáles eran las intenciones del periodista y él accedió de muy buena gana a aportar su granito de arena para que la gente pueda entender mejor cómo veía el mundo una persona homosexual en la actualidad y a qué tipo de dificultades debía enfrentarse. Luego la conversación se decantó hacia otros tópicos:

-¿Algún consejo para mi reunión con tu hermana? –le pregunté ya que faltaba sólo un día para iniciar mi viaje y reunirme con ella.
-Sí, uno muy importante: No le lleves la contra. Se molesta mucho cuando alguien lo hace.
-Voy a intentar hacer mi mayor esfuerzo.
-Confío en vos –dio un sorbo a la pajilla que tenía en su botellita de gaseosa-. Cambiando de tema, últimamente te noto muy rara. ¿No será que te afectó lo que pasó el otro día con Edith?
-Me afectó bastante, es cierto –miré alrededor y vi como una pareja de jóvenes entraba tomados de la mano, sonriendo y me percaté de que Rodrigo y yo dábamos toda la sensación de ser pareja-. Vos decís que sos homosexual, sin embargo te acostás con mujeres... ¿no te resulta curioso?
-Entiendo, tu problema viene porque el haberte acostado conmigo te hace dudar de tus inclinaciones sexuales.
-¿Y a vos no?
-No, ya no. ¿Ese asunto te tiene muy intranquila?
-No tanto, me preocupa un poco, pero tampoco es que me vuelva loca. Me causa un poco de gracia, hace varios meses mi preocupación era totalmente la contraria. Tenía miedo de ser lesbiana... de que me gustaran las mujeres. Luego, cuando lo acepté y aprendí a vivir con eso, la duda volvió invertida.
-¿Ahora te da miedo ser heterosexual?
-No diría “hétero”, ya que no creo que las mujeres me dejen de gustar, ya las incorporé a mi vida y no creo que pueda sacarlas nunca; pero me deja intranquila el haber descartado tan rápido los hombres... tal vez soy bisexual... nunca me había planteado eso.
-Ese es tu mayor problema, Lucrecia –me dijo con tranquilidad-. Siempre querés ponerle una etiqueta a todo. ¿Soy heterosexual? ¿Soy lesbiana? ¿Soy bisexual?
-¿Y eso qué tiene de malo?
-Que te produce ansiedad. ¿Qué importa lo que seas? Soy de la filosofía de que cada uno es libre de acostarse con quien quiera, siempre y cuando los otros también quieran hacerlo. A mí no me preocupa si estoy con un hombre o una mujer en una cama, siempre y cuando la pase bien. Disfruto más con los hombres, mucho más... es incomparable la diferencia; pero si hay una mujer que quiera acompañarme a la cama y ésta me gusta, no le voy a decir que no. El sexo sigue siendo sexo. Creo que vos sos igual a mí, preferís a las personas de tu mismo sexo, pero hay ocasiones en las que podés cruzar una barrera... esa barrea que vos misma te pusiste sin razón alguna. Vivirías más feliz si te lo tomaras con más calma. No te afecta en nada el haberte acostado una vez con un hombre... a vos te siguen gustando las mujeres y estoy seguro de que las preferís por encima del sexo masculino. Está bien que digas que sos lesbiana, yo suelo decir que soy gay para ahorrarme explicaciones y entiendan que mi preferencia son los hombres; pero no quiere decir que sea 100% homosexual. Tal vez un 90%, o un poco más.
-¿Y qué pasa con Edith? –cuando le pregunté por ella me miró fijamente-. Me sorprende que sigas acostándote con ella. Es decir, entiendo que yo me pude acostar con vos y quién sabe, tal vez algún día meta otro hombre en mi cama, para divertirme; pero no lo haría de forma recurrente. Al menos hasta ahí llegan mis certezas, por el momento. En cambio vos te estás acostando bastante seguido con esa chica. No digo que tenga nada de malo, porque ella es muy feliz con vos, solamente pregunto si no sentís algo especial por ella.
-Lo pensé... y no lo descarto. Ella me hace sentir diferente, su mente es impredecible, nunca sabés con qué te puede salir... ya lo habrás visto. Además me encanta charlar con ella, es muy entretenida.
-¿No te estarás enamorando?
-Soy gay, ya te dije.
-Creo que se nos invirtieron los roles –le sonreír-. Vos me convenciste de que no tengo que hacerme tanto lío por estar alguna vez con un hombre, ahora yo te tengo que convencer a vos de que no tiene nada de malo que te enamores de una mujer, sino todo lo contrario. Si te enamoraste de ella quiere decir que amás a la persona por encima de su sexo. La amás por lo que es, no por lo que tiene entre las piernas, es un amor más puro. Es el mismo amor que yo sentí por mi amiga, Lara, cuando estuvimos juntas. En ese entonces todavía dudaba de mi sexualidad y suponía que mi amor por ella trascendía esa barrera y me convencí a mí misma que podía amarla e intimar con ella, por una simple razón: lo disfrutaba. Después me fui dando cuenta de que la mayoría de las mujeres me gustaban... y bueno, llegó el libertinaje; del que no me arrepiento, pero a veces pienso que eso fue lo que aceleró mi proceso de aceptación y que me hizo olvidar completamente de los hombres, como si hubieran desaparecido de la faz de la tierra.
-Lo que me querés decir es que yo tengo que aplicar el mismo concepto del sexo, para el amor –no era una pregunta, estaba afirmando mis palabras.
-Exactamente. Si te podés sentir tranquilo de ir a la cama con quien quieras, entonces te podés sentir igual de tranquilo para amar a quien sea. Sos libre.
-Somos libres.
-Es cierto, eso cuenta para mí también.
-Tal vez tengas un poco de razón... puede que me esté enamorando de ella... ¿le pasará algo parecido conmigo?
-No lo sé, pero estoy segura de que te aprecia muchísimo.
-No sé qué hacer... ¿tengo que hablar con ella y decirle lo que siento?
-Vas a tener que hablar con ella, no sé qué le dirás... pero tienen que hablar muy seriamente ustedes dos.
-¿Por qué tan seriamente? –preguntó con una sonrisa en sus labios, hasta me daba pena saber que en un segundo se la borraría de un plumazo.
-Porque ella está embarazada. Vas a ser papá, Rodrigo.

Su reacción fue aún peor de lo que yo había imaginado, se puso de pie de un salto, sus piernas chocaron contra la frágil mesa a hizo caer las dos botellas de gaseosa, que rodaron al piso y se estrellaron estrepitosamente, salpicándome los pies con su contenido. Todos en el lugar se voltearon al unísono para mirarnos. Rodrigo miraba, como si se hubiera vuelto estúpido de repente, las botellas hechas añico en el suelo. No imaginaba a ese irresponsable muchacho como padre... si no podía mantener en números positivos la administración de su negocio ¿cómo haría para criar a un hijo?


Continuará...

viernes, 6 de marzo de 2015

Me niego a ser Lesbiana (19)

Capítulo 19


La mujer que no merecía ser amada.




Para poder llevar a cabo mi plan necesitaba la ayuda de Rodrigo por lo que me pasé toda la mañana buscándolo. Le pregunté por él al arquitecto y sólo conseguí saber que él también estaba buscando al irresponsable muchacho, los albañiles tampoco tenían noticia alguna de su paradero. Regresé a mi oficina y continué con mi trabajo, cada quince o veinte minutos intentaba ponerme con contacto con él llamándolo a su celular, pero éste estaba apagado y me enviada directamente al buzón de voz. No me molesté en dejarle un mensaje ya que supuse que él no lo escucharía, alrededor de las once de la mañana ya estaba realmente preocupada, llegué a temer por su vida y por primera vez en mi vida me sentí como una madre velando por su hijo, a pesar de que Rodrigo es mayor que yo, su enorme irresponsabilidad me hacía verlo como a alguien mucho más pequeño.

Fue una gran suerte que a Miguel se le ocurriera hacerme una breve visita, apenas lo vi entrar le pregunté por Rodrigo, él supo darme una buena respuesta. El muy desgraciado estaba durmiendo en su cama tranquilamente, al parecer había pasado una larga noche de sexo con alguna de sus tantas parejas, pero Miguel no supo explicarme quién era su acompañante en esta ocasión ya que él sólo había hablado por teléfono con el rubio la noche anterior. Hecha una furia subí hasta su departamento y aporreé la puerta violentamente, luego hundí mi dedo índice en el botón del timbre hasta que la puerta se abrió. Una chica completamente desnuda, con el cabello hecho un nido de pájaros y los ojos pegados por las lagañas, apareció frente a mí.

-Calmate Lucrecia, me duele mucho la cabeza –me dijo la muchachita dando media vuelta y enseñándome su blanco trasero.
-¿Perdón? –le pregunté incrédula; me llevó unos segundos darme cuenta de que conocía muy bien a esa chica- ¿Edith, sos vos?
-No, soy Marilyn Monroe, esperá que despierto al señor Presidente –me respondió al mismo tiempo en el que se asomaba al dormitorio –Rodrigo, levantate que te busca una loca.
-Si es mi mamá decile que no estoy –contestó él con voz somnolienta.
-¡Rodrigo! –le grité sin moverme del lugar, no quería verlo desnudo por nada del mundo- ¡Levantate, tengo que hablar con vos de algo importante!
-Te dije que no hay más plata, Lucrecia… -me respondió- hubiera preferido que sea mi mamá –parecía estar hablando con él mismo.

Edith volvió a mirarme, su desnudez me provocó cierta picazón en la zona baja de mi vientre, mis ojos siguieron sus suaves y casi imperceptibles curvas y se perdieron en la unión de sus labios vaginales.

-Estás muy linda –le dije con una amplia sonrisa, ella también sonrió mientras limpiaba las lagañas de sus ojos. Su cabello había vuelto a ser ondulado pero era menos voluminoso que la primera vez en que la había visto.
-Me voy a lavar la cara, si querés despertarlo vas a tener que entrar a darle una sacudida… y tal vez un par de cachetazos.
-¿Está desnudo?
-Sí… ¿eso te molesta?
-No es algo que me agrade; es mi amigo.
-Yo soy tu amiga y no te molesta verme desnuda.
-Es muy diferente, vos sos mujer… y con vos me acosté más de una vez. Él es hombre… no me agrada ver hombres desnudos.
-No está tan mal –la acompañé hasta el baño, comenzó a enjuagar su cara con abundante agua- aunque es el único que vi sin ropa.
-¿Y qué pasa entre ustedes?
-Es sólo sexo, Lucrecia –me miró y me dedicó una linda sonrisa; por un momento tuve la sensación de que esa chiquilla inocente y tímida había crecido para convertirse en una mujer madura y sexualmente activa- ¿estás celosa?
-Para nada, vos sos libre de acostarte con quien quieras, especialmente si disfrutás mucho al hacerlo.
-Más disfruto con vos, es una lástima que no se repita más seguido.
-¿Lo decís en serio?
-Sí Lucre. Últimamente probé muchas cosas locas con el sexo… y todas me han gustado, pero no hubo nada que me provocara lo mismo que una tarde de sexo con vos… y digo tarde porque las dos veces que lo hicimos solas fue durante la tarde. Nunca tuvimos nuestra gran noche de sexo.
-Eso es cierto… lo de mi cumple no cuenta… supongo.
-No, eso fue diferente, digamos que esa fue una de las cosas locas que probé –ella hizo pis mientras hablábamos-. Sé que no estoy en posición de reclamar nada ya que gracias a vos conocí el mundo del sexo, de lo contrario seguiría siendo virgen; pero siento que todavía tengo algo pendiente con vos… algo íntimo, algo especial.
-No tenía idea de que quisieras eso.
-Me imaginé. No te preocupes, la gente suele olvidarse de lo que me pasa…
-No me olvido de vos, creeme que no… sé que estuve un poco distanciada y…
-Nunca me llamás –no lo dijo con enojo, sino como un hecho concreto-. Preferiría que seas honesta conmigo; no hace falta que te justifiques.
-Perdón… sé que te descuidé mucho. Estuve con muchos problemas, no es una justificación, podría haberte llamado y pedirte que me acompañes en esos momentos malos…
-Y lo hubiera hecho encantada, me hubiera gustado ayudarte con todo; yo haría cualquier cosa por vos –se puso de pie y se me acercó tanto que pude sentir el calor de su cuerpo; inexplicablemente mi corazón se aceleró-, algún día lo vas a entender.

Sus labios rozaron suavemente mi mejilla derecha, provocándome un agradable cosquilleo, tuve el fuerte impulso de besarla… y no pude contenerlo. La tomé de la cintura trayéndola hacia mí y uní mi boca a la suya. Por alguna razón los labios de Edith me supieron diferentes en esta ocasión, ya no tenía la sensación de estar besando a una niña ingenua, sino a una mujer muy sensual y provocativa. Su lengua acompañó a la mía a cada rincón al cual se dirigió y recibí suaves mordiscos en mi labio inferior. Mis dedos siguieron el declive de su espalda y luego recorrieron la curva de su cola hasta que llegaron a un punto húmedo y viscoso que se abrió apenas introduje uno de mis dedos.

-Está Rodrigo... –me dijo ella al oído interrumpiendo nuestro beso.
-Sí, tenés razón... no es momento ni lugar para estas cosas.
-No me refería a eso...
-¿A qué te referías entonces? –nunca dejé de jugar con los viscosos labios de su vagina.
-A que las dos podemos...
-¿Con él? –abrí grande los ojos.
-Sí ¿por qué no?
-No... No quiero... él es mi amigo y...
-¿No soy yo tu amiga también?
-Es muy diferente... vos sos mujer. A él no puedo verlo de otra forma que no sea como un amigo.
-¿Y de qué forma podrías verme a mí?
-Como....
-¿Cómo una amante?
-Posiblemente –me dio un cálido bezo en el cuello que me hizo erizar todos los vellos de mi cuerpo.
-¿Me verías como tu pareja? –detuve el movimiento de mis dedos; sin embargo no los retiré del húmedo y apretado agujerito.
-No lo sé... yo... vos...
-¿Quién lo hubiera dicho? Dejé a la gran Lucrecia sin palabras.
-Te estás comportando de una forma muy diferente a lo habitual.
-Alguien me dijo que si no me veías como una mujer, nunca te ibas a fijar en mí... que debía dejar de actuar como una niña ingenua.
-¿Quién te dijo eso?
-Rodrigo.
-Lo voy a matar. Vos no tenés que dejar de ser como sos.
-Esto es parte de mí también... una parte que no suelo mostrar –su lengua subió por mi cuello-. Puedo amarte hasta dejarte satisfecha. Estoy segura de eso -¿Qué estaba haciendo esta chica en mí? ¿Por qué me... excitaba tanto que me hablara de esa forma?-. Puedo ser tu amante... y mucho más –sus dedos presionaron mi entrepierna por delante-, podemos compartir juntas aventuras sexuales extraordinarias... eso es lo que amo tanto de vos –el suave meneo de su cadera me incitó a seguir masturbándola-, con vos nunca se sabe qué puede pasar. Siempre superás mis fantasías más locas... todavía no entiendo cómo lograste convencerme de participar en una orgía... y sentirme cómoda al hacerlo.
-Eso no fue por mí...
-Sí lo fue, todas queríamos acostarnos con vos esa noche... bueno, quizás Jorgelina no... Ella se calentó con la pelirroja. Pero ese no es el punto –el tono cálido de su voz me estaba calentando como lentas llamas a una tetera, a este ritmo entraría en ebullición, tarde o temprano-, con vos me siento viva, dejo de ser la pobre chica sin amigas que se pasa horas sola por los rincones... con vos descubro un mundo que sólo podía ver en mi imaginación. Vos me hiciste lo que soy ahora, vos ya sos parte de mí.
-Me... me estás haciendo emocionar, Edith –ella desprendió el botón de mi pantalón-. No, esperá... acá no podemos.
-No voy a interrumpir esto –metió la mano dentro de mi bombacha, acariciando mi vello púbico y llegando hasta mis sensibles labios vaginales.    

Mi sentido común me pedía que me detuviera; pero la lujuria, que tan acostumbrada estaba a habitar mi cuerpo; me forzaba a explorar la cavidad vaginal de esa dulce chica; me incitaba a besar esos tiernos y delgados labios; me sugería que me quitara la ropa, lentamente, manteniendo un contacto constante con las partes íntimas de Edith, y ella con las mías. Entre un paso y otro que dimos hacia el paraíso del sexo lésbico, me encontré repentinamente desnuda y no había sido consciente de cómo llegué a estar boca arriba en un sillón de una plaza, con la muchacha rubia entrelazada con todo mi cuerpo. El poco espacio que brindaba el sillón me resultaba incómodo, tenía la cabeza contra uno de los apoyabrazos, mi cuello se doblaba de una forma dolorosa, apenas una parte de mi espalda descansaba sobre el cojín, mi cola quedó en el otro apoyabrazos, obligándome a tener las piernas abiertas y suspendidas en el aire. Tal vez Rodrigo siguiera durmiendo y no se enteraría de lo que ocurría a escasos metros de su cuarto. A veces recapacitaba durante apenas unos segundos en los que me odiaba a mí misma por ser tan fácil de convencer. Temía no tener autoridad sobre mi cuerpo cuando se trataba de sexo, especialmente si éste se me presentaba de una forma tan apasionada.

Los dedos de mi mano se trenzaban con los de las manos de Edith, yo sostenía gran parte del peso de su cuerpo con mis brazos. Su lengua me recorría la boca, el cuello y no obviaba mis pechos, yo la observaba muda y excitada.

-¿Te estoy calentando? –me preguntó mirándome con sus ojitos de niña feliz.
-Hace rato me calentaste... te odio por eso.
-Todavía me cuesta creer que sea capaz de excitar a otra mujer... especialmente a una tan hermosa como vos.
-A mí no me cuesta creerlo, no te costó nada calentarme... y yo ni siquiera estaba pensando en sexo.
-¿Querés que te la chupe?
-Se va a despertar Rodrigo... ¿podemos seguir en otro lado?
-No, no podemos. Es acá y ahora... o nunca –podía sentir la humedad de su sexo rozando contra uno de mis muslos... ¿por qué tuvo que preguntármelo? Lo hubiera hecho y ya... el que me preguntara me hacía responsable de mis actos... y me calentaba aún más.
-¿Quién sos vos y qué hiciste con Edith? –le pregunté.
-Esta es la Lucrecia que Edith lleva dentro –me contestó con una pícara sonrisa-, vos te llevaste mi virginidad... y te debo mucho, quiero devolverte parte de todo lo que me diste.
-No hace falta que me devuelvas nada... no siento que me debas algo.
-Pero yo sí lo siento... te pregunto una vez más, sino me veré obligada a forzarte... ¿querés que te chupe la concha? –sus palabras eran tan lujuriosas que me hicieron delirar.
-Sí, chupámela...

No terminé de decir esto que ella ya estaba deslizando hacia abajo por mi cuerpo, en cuanto llegó a mi entrepierna no dudó ni un segundo, comenzó a comer mi vagina con la seguridad propia de una mujer que llevaba muchos años practicando sexo lésbico. Me estremecí al sentir un fuerte chupón en mi clítoris, estaba confundida, nunca la había visto comportarse de esa forma... solamente un poco, en aquella orgía; pero esta vez era diferente... había algo en su actitud que me hacía entender que ella había dejado detrás a la niña tímida, para transformarse en una mujer fogosa y segura de sí misma. Me la abrí con los dedos y mientras ella hundía su lengua en mi agujerito, yo me estimulaba el clítoris. Cerré los ojos para sumergirme en el placer y comencé a gemir.

-Meteme los deditos –le pedí.

Obedientemente ella comenzó masturbarme con dos dedos a la vez mientras su boca se encargaba de darme potentes chupones en mi botoncito femenino.

-¡Ah, me vas a matar! –exclamé.

En ese momento abrí los ojos y solté un grito. Edith se detuvo al instante. Parado junto a nosotras se encontraba Rodrigo, completamente desnudo. Su esbelta figura me recordaba al David de Miguel Ángel. Entre sus piernas colgaba un pene flácido, no sabría decir si era grande, ya que no lo parecía en ese momento, pero lo tenía allí, balanceándose lentamente frente a mí, tan cerca que hubiera podido tocarlo con sólo estirar el brazo. Instintivamente cerré las piernas y me cubrí las tetas con los brazos.

-No se detengan por mí –dijo él-. Pueden seguir tranquilamente.

No respondí, Edith me miró y notó mi inseguridad.

-A Lucrecia no parece gustarle la idea –le dijo.
-Si quieren las dejo solas. Es una pena, porque me hubiera gustado mirar, al menos. Siempre es un lindo espectáculo ver jugar a dos personas del mismo sexo de esta manera –sonrió.

De pronto lo vi como un hombre más grande, ya no parecía un adolescente o un joven adulto. Tal vez se debía a que él llevaba barba de unos días, o a mi perspectiva, ya que lo miraba desde abajo. A pesar de verlo de esa forma, seguía sintiéndolo mi amigo... un amigo confiable... desnudo pero confiable. No corría peligro estando él cerca.

-Mientras te mantengas lejos de mí... podés quedarte –le propuse.
-No voy a hacer más que mirar. ¿Eso no te molesta?
-No, para nada.

Era cierto, hasta me calentaba saber que había un par de ojos extra en la escena. Me recordaba a aquella vez que me calenté tanto dentro del vestuario, luego de que Cintia me hubiera chupado la vagina. Me encendió saber que mis amigas heterosexuales me habían visto desnuda y con la entrepierna húmeda. Me había masturbado muchas veces imaginando mil cosas locas con esa escena. En cierta forma Rodrigo era como ellas, un chico gay, que ni siquiera estaba interesado sexualmente en mí; pero que podía mirar lo que hacíamos Edith y yo.

-Te felicito, Lucrecia, tenés un cuerpo muy lindo –me dijo como quien felicita a alguien por su teléfono celular nuevo.
-Gracias, vos también. Si yo no fuera lesbiana, estaría asombrada.

Ese era otro punto que me llamaba la atención, me excitaba que él estuviera allí, como persona; pero no me calentaba verlo desnudo. Podría estar vestido que mi reacción hubiera sido la misma.

-Si quieren les presto mi mama –sugirió.
-Ahí vamos a estar más cómodas –Edith sonría alegremente, nunca la había visto tan feliz.
-Está bien, vamos –no quería arruinar la ilusión de esa pequeña chica.

La cama de Rodrigo era muy suave y cómoda, apenas me tendí sobre ella, Edith se me tiró arriba y comenzó a besarme intensamente, sus traviesas manos buscaron mi entrepierna y comenzaron a masturbarme, al parecer ella no quería darme tiempo para pensar, ni para enfriarme. Hacía bien, de lo contrario hubiera comenzado a dudar. Busqué su vagina y me agradó mucho encontrarla tan húmeda, le masajeé el clítoris mientras su lengua jugaba con la mía.

Nuestro pasional acto sexual se volvió tan intenso que luego de un rato no me importó para nada que Rodrigo estuviera allí. Edith me envolvió con su calidez, el dulce aroma del perfume que ella usaba me transportó a un mundo en el que las preocupaciones y los problemas no existían. Su lengua se aventuró a recorrer mis pechos, lamió mis pezones con mucha calma, como si pretendiera que el momento de pasión durara para siempre. Dos de sus dedos se hundieron en mi vagina y comenzaron a entrar y salir, al igual que el aire de mis pulmones. Abrí más las piernas, para dar lugar a su mano, que trabajaba incesantemente en mi sexo. Acaricié sus nalgas y busqué una vez más su hendidura femenina, separé levemente sus labios y luego la penetré con mis dedos índice y mayor. Ella emitió un agudo gemido que incrementó mi morbo, a continuación apretó más su boca contra mi pezón izquierdo y lo estiró dándole un fuerte chupón. En poco tiempo Edith se había convertido en una amante segura y confiada, con gran soltura en la cama. Bajó repentinamente hasta mi vagina, sostuvo mis muslos con sus manos y comenzó a devorar mi clítoris con intensidad, ese brusco cambio de ritmo me tomó por sorpresa, pero lo gocé tanto que me permití gemir elevando mi voz, consciente de que Rodrigo estaría allí, en alguna parte de la habitación, mirándonos.

Levanté mis piernas y las sacudí en el aire, dejándome llevar por la furia pasional de Edith, quien sacudía su cabeza de lado a lado chupando siempre mi viscosa almeja. Ella parecía incansable, no se detuvo en ningún momento. Mantuve los ojos cerrados por un rato, mientras sentía mi cuerpo hirviendo y cuando volví a abrirlos vi la silueta de Rodrigo elevándose detrás de mi pequeña amante. La luz de la habitación era muy pobre, apenas podía ver a Edith y el muchacho rubio era solo una sombra más en la penumbra. Por el movimiento de la cama me di cuenta de que él se había puesto de rodillas sobre ella, yo no podía dejar de gemir debido a las pasionales lamidas que recibía en mi sexo, por eso no pude oponerme a lo que ocurrió después... de hecho, estaba tan excitada que tal vez no me hubiera opuesto de poder hacerlo.

Edith levantó la cabeza y soltó un fuerte gemido de placer, supe que Rodrigo la había penetrado, no podía verlo desde mi posición, pero la silueta comenzó a menearse desde atrás hacia adelante, los gemidos de la chica se hicieron entrecortados, como si acompañaran las embestidas. Ella volvió a mi vagina y la chupó aún con más ganas, mi cuerpo se arqueó y mis ojos se cerraron como acto reflejo ante el inmenso placer que recibí. No entendía bien por qué, pero saber que Rodrigo se lo estaba haciendo, me causaba un inmenso morbo, lo que si sabía es que el hecho de que él fuera homosexual tenía mucho que ver con mi tranquilidad ante la situación, de lo contrario hubiera empezado a los gritos, pidiéndole que se retire. Sin embargo sabía que no corría peligro estando él en la misma cama, teniendo sexo con la misma mujer que yo, él no era como el chico que me quitó la virginidad, Rodrigo no me inspiraba ese frío temor. Podía escuchar el ruido que provocaba su pene al entrar y salir de la vagina de Edith y la forma en la que ella sincronizaba sus gemidos con este movimiento.

Edith se colocó a horcajadas sobre mí, su vagina quedó justo encima de la mía, inclinó su cabeza hacia adelante hasta que quedó a pocos centímetros de mi rostro, me hipnotizó con sus tiernos ojos, que parpadeaban de forma seductora; era la primera vez que reparaba en ello, sus pestañas eran muy hermosas y estaban prolijamente curvadas.

-¿Alguna vez imaginaste que tenías sexo con una mujer con pene?

Su pregunta me dejó atónita, no supe qué responderle. Ninguna frase llegó a mi mente.

-Imaginá que, por alguna razón, a una mujer le creciera un pene, uno de verdad. ¿Tendrías sexo con ella? –nuevamente me quedé en silencio, sin saber qué decir-. Te pido que te hagas una clara idea de lo que sería eso. Una mujer de verdad –se levantó un poco y acarició su torso con gran sensualidad, sus pezones estaban erectos e hinchados-, que tuviera todo lo de una mujer normal, pero a que al mismo tiempo contara con un miembro masculino.

Sentí que algo tibio y rígido se deslizaba entre mis húmedos labios vaginales e iba subiendo, vi aparecer un pene que parecía estar creciendo directamente del sexo de Edith. Su tierna almeja se dividió a la mitad, envolviendo en parte ese duro pene, que tenía buen tamaño. Un súbito calor me invadió, esto era muy extraño, pero estaba anonadada, no podía reaccionar. Como ella estaba tan cerca de mí no podía ver al hombre que estaba a su espalda, lo cual aumentaba la ilusión que ella me describía, parecía una mujer con pene.

-¿Te gusta? –Me preguntó ella agarrando el miembro erecto con una de sus manos, comenzó a masturbarlo lentamente, podía ver cómo el glande era cubierto por el prepucio y luego volvía a quedar al descubierto-. Ser penetrada es una sensación hermosa –continuó-, pero eso vos ya lo sabés, lo experimentaste... con un juguete, pero lo hiciste... sin embargo no sé si recordarás lo que se siente tener un pene de verdad dentro de tu vagina, sentir la tibieza del mismo, la forma en la que entra y sale sin que vos puedas controlarlo... es simplemente hermoso... y no tiene que ver con el hecho de que te gusten las mujeres o no, es simple y llanamente, sexo.

Mi vagina estaba expulsando más flujo de lo normal, podía sentir la presión que ejercía ese pene contra mi clítoris y el peso de Edith sobre mis piernas abiertas. Mi corazón comenzó a bombear frenéticamente.

-Tocame, Lucrecia –me pidió ella con su dulce vocecita-. Tocame la verga...

Moví la mano derecha con gran timidez, observaba todo lo que ocurría con los ojos muy abiertos, estaba confundida... excitada y confundida.

-Sin miedo. Sigo siendo la misma de siempre, pero ahora tengo esto...

Sacudió la verga dando leves golpecitos con ella a la parte baja de mi vientre. Estiré el brazo hasta que toqué su pubis, lo acaricié suavemente y con miedo fui bajando la mano hasta que sentí el primer contacto con el miembro, no se sintió diferente, era como si fuera parte de la misma persona. Recorrí el pene a lo largo con la punta de mis dedos, estaba húmedo, seguramente tenía una mezcla de los jugos vaginales de Edith y los míos. Mi pecho golpeaba con fuerza, era una sensación muy extraña, pero placentera. Mi cabeza ya se estaba haciendo claramente la idea de que a esa mujer le había crecido un pene. Me recordaba a las veces que utilicé un strap-on, pero éste era de carne; la diferencia, en vez de ser contraproducente, lo hacía más interesante. Cerré mi mano alrededor del glande, estaba tibio y una gotita que salía de la punta se pegó contra mi palma.

-Tocame así, que me gusta mucho –me dijo sin dejar de mirarme a los ojos-, tenés las manos muy suaves, Lucrecia.

Tragué saliva, ella hablaba como si pudiera sentir todo lo que yo hacía, de a poco esta loca idea me fue gustando cada vez más. Ni siquiera podía compararla con mi primera y única experiencia con un hombre. Esto era completamente diferente.

Acaricié todo el miembro con suavidad, mi mano se fue acostumbrarlo a sentirlo. Luego empleé un poco más de fuerza y comencé a masturbarlo lentamente, con mi corazón amenazando con subir por mi garganta y saltar fuera de mi boca.

-Lo hacés muy bien, Lucre –me felicitó Edith-. Me estás haciendo calentar mucho –se acercó a mí y me besó cariñosamente en la boca-. Quiero penetrarte, quiero sentir tu conchita por dentro –otra vez la miré atónita, me tenía hipnotizada. No podía emplear palabras, por lo que me limité a asentir torpemente con la cabeza-. Espero que estés lista, porque a esto lo vamos a disfrutar juntas.

Luego de decir esto, se levantó levemente y agarró la verga con una de sus manos, sentí el glande presionando la entrada de mi empapada cuevita. Edith me acarició el pelo con su mano libre y volvió a besarme, mientras su lengua se fundía con la mía, el pene fue entrando muy lentamente. La diferencia con un consolador fue enorme, éste se sentía mucho más suave, cálido, verdadero... pero al menos sabía cómo recibirlo dentro. Separé un poco más mis piernas, noté que Edith se movía lentamente, era maravilloso, realmente parecía que fuera ella quien controlaba ese duro miembro. Cuando tuve una buena parte de él adentro dudé... estuve a punto de ponerle fin a todo esto, no quería tener sexo con un hombre... pero mi subconsciente no lo sentía de esa forma, para él todo esto estaba ocurriendo con una mujer que tenía un pene.

-Ahora te la voy a meter toda.

Se movió bruscamente una sola vez, lo hizo desde atrás hacia adelante y la verga se me clavó completa. Solté un fuerte grito de placer, se sentía muy rico. Edith me tomó de las manos y entrelazó sus dedos con los míos, me miró fijamente y comenzó a menearse rítmicamente, si ella avanzaba, el pene también lo hacía... y éste retrocedía cuando ella inclinaba su cadera hacia atrás.

-¿Te gusta?
-¡Ay, sí Edith! Lo hacés muy bien.

No estaba segura de a quién tenía que agradecer el inmenso placer que sentía, pero podía ver un par de lindas tetas saltando delante de mí y al mismo tiempo un pene entraba y salía con fuerza de mi sexo. Solté sus manos y la acerqué a mí, comencé a chuparle las tetas con esmero, me di cuenta de que además del pene clavándose en mí, también sentía la vagina de Edith frotándose contra la mía... clítoris contra clítoris. No cabía lugar para las dudas, sólo el placer ocupaba mi psiquis y no quería que este increíble acto sexual se detuviera.

Edith me ayudó a levantar mis piernas, sus manos sostenían mis tobillos firmemente mientras ella cerraba sus ojos, jadeaba y se sacudía de adelante hacia a atrás con mucho ímpetu, su piel se estaba poniendo roja y algunas gotitas de sudor rodaban por su cuello, era una imagen verdaderamente erótica y digna de ver en un gran momento de calentura. Su pene... ya que realmente parecía que fuera de ella, no dejaba de hincarse en mí. Me sumergí en un mundo surrealista de lujuria, pasión y placer físico. Pasaban los minutos y mi goce iba en aumento, la mecánica sexual se volvió constante, pero no menos interesante. Cada movimiento de Edith se coordinaba con los del pene que jugaba dentro de mi vagina. No quería pensar en él, pero en un breve flash me vino a la cabeza la idea de que Rodrigo podría estar empujando el cuerpo de la pequeña Edith para que ella se moviera al mismo tiempo.

La tierna muchachita liberó mis piernas y se apartó, el pene salió de mi vagina cuando ella retrocedió, lo cual me produjo mucho placer, ya que pude sentir toda la extensión de ese miembro, con la protuberancia que formaba el glande, deslizándose por el interior de mi caverna sexual.

Edith permaneció de rodillas en la cama, la penumbra ocultaba parcialmente su cuerpo y me brindaba una sorprendente ilusión óptica con el pene sobresaliendo entre sus hinchados labios vaginales. Me indicó que me acercara, con un gesto de su mano. Me puse boca abajo y apunté mi cabeza hacia ella, me acerqué reptando por el colchón, lentamente, como si fuera una mascota insegura buscando alimento en la mano de su dueño. Cuando me coloqué entre sus piernas, Edith me recompensó acariciando mi cabeza, no dijo una sola palabra, el silencio se había apoderado de todo y nadie me presionaba a seguir, fui yo quien, presa de un deseo carnal incontrolable, acerqué mi boca a su vientre. Lamí su suave monte de venus tan solo por unos segundos, luego busqué su clítoris y mi lengua rozó el tronco del pene. Admiré el miembro en toda su extensión y luego levanté la vista para encontrarme con los ojos de esa dulce mujer, quien, con una cálida sonrisa, me incentivaba.

Sujeté el pene con mi mano, se sintió muy extraño, nunca había agarrado uno... ni siquiera aquella primera vez con un hombre, él se había limitado a penetrarme. Sin embargo esta vez era yo quien tenía la última palabra, podía irme y sabía que ninguno de mis amigos opondría resistencia; pero yo soy una mujer que disfruta de las nuevas experiencias en la cama y tenía todo allí, a mi disposición. No quería quedarme con las ganas.

Bajé la mirada y la fijé en el glande, titubeando abrí mi boca y dejé que la punta del pene se posara en mis labios, tenía el sabor de mis propios jugos vaginales, lo cual no me desagradó para nada. Me animé a introducir un poco más el glande en mi boca, sorprendentemente no me producía ningún tipo de repugnancia, no había nada de malo... no era tan diferente a chupar una vagina... solo la forma y el tamaño cambiaban. Además, me bastaba con mirar hacia arriba para encontrarme con un hermoso cuerpo femenino. Ella continuaba acariciando mi cabeza, pero no me forzaba. Lo único que veía de Rodrigo eran sus rodillas, pero éstas estaban detrás de las de Edith y no quitaba la ilusión de que el pene perteneciera a la muchachita.

Estaba en un punto sin retorno y donde ya no había más lugar para las dudas, o me iba dejando todo así... o hacía lo que hice. Tragué la verga hasta la mitad, siempre mirando a Edith, y comencé a chuparla lentamente, presionándola con mis labios y usando mi lengua instintivamente. Avancé y retrocedí, una y otra vez, acostumbrándome a la sensación (agradable, por cierto) que me proporcionaba el pene dentro de la boca.

-Chupámela, Lucre... lo estás haciendo muy bien –me dijo Edith.

Sus palabras me transmitieron aún más seguridad, que ella me lo pidiera me permitía imaginar con mayor firmeza que estaba chupándosela a una mujer con pene. No le dediqué mucho tiempo a esta tarea, por la simple razón de que mi vagina me estaba pidiendo volver a probar la verga que Edith le había ofrecido.   

Con la respiración agitada me puse en cuatro patas, dándole la espalda a Edith y a Rodrigo, bajé mi cabeza y aguardé. Un par de pequeñas manos me tomaron por la cintura.  A continuación sentí tibios muslos rozando contra mis nalgas y por último, el pene firmemente erecto enterrándose entre mis labios vaginales. Solté un gemido, no sólo por placer, sino también por ansiedad. Quería que me penetraran con fuerza. Apreté las sábanas con mis dedos y recibí esas firmes estocadas, una detrás de la otra. Edith se recostó sobre mi espalda y comenzó a besarme el cuello al mismo tiempo que sus manos se entretenían con mis pechos. Parecía que nuestros cuerpos se habían fusionado, incluido el de Rodrigo. Nos movíamos al unísono en una coreografía erótica improvisada. Me resulta muy difícil describir lo que sentía cuando el pene se hundía en mi vagina, ya que lo único similar que había experimentado era un strap-on (mi primera experiencia sexual no contaba, ya que prácticamente no la recordaba). El glande se deslizaba presionando contra las paredes internas de mi sexo y podía sentir su calor, su viscosidad. De pronto me espantó que eso estuviera gustándome más de lo debido y quise volver a mis raíces lésbicas.

-Te la quiero chupar –le anuncié a Edith con voz entrecortada debido a las constantes sacudidas que le daban a mi cuerpo.

Ella no se hizo rogar, en un santiamén ya la tenía abierta de piernas, delante de mí, ofreciéndome su húmeda y sonrosada almejita. En cuanto empecé a chupársela con pasión, un par de fuertes manos me sujetaron por la cintura y la fuerza de las embestidas aumentó considerablemente. Introduje mi lengua en la vagina de Edith y me entregué al placer. El movimiento mecánico me hipnotizó, mis gemidos se perdían entre las carnosidades del sexo de mi amante femenina y ella gemía libremente, alentándome a que se la chupara más fuerte.

El hombre detrás de mí me tomó por sorpresa al sacar su verga de mi vagina, pensé que ya no quería seguir... pero un instante más tarde ya estaba apuntándola hacia mi culito. Levanté la cabeza un segundo y miré a Edith con los ojos bien abiertos. ¿Me la iba a meter por atrás? Ni siquiera tuve que formular la pregunta en voz alta, la respuesta me llegó cuando Rodrigo presionó hacia adentro, sentí mi ano dilatándose, dándole paso a la punta del pene; sin embargo no llegó muy lejos, aunque me brindó un placer enorme. Agaché la cabeza una vez más y la apoyé en el pubis de Edith, allí aguardé, empujando hacia atrás levemente con mi cadera, a que ese pene se hundiera en mi agujerito posterior. Estaba loca de deseo. Lo quería... quería que entrara, aunque me doliera, no me importaba... la quería toda. Por suerte Rodrigo fue insistente y, luego de varios intentos, logró introducir su verga por completo. Para ahogar mis gemidos volví a pegar la boca a la almeja que tenía delante de mí.

El goce era tal que tenía la impresión de que mi cuerpo no podría tolerarlo, no sólo me excitaba el tener a una chica a quien practicarle sexo oral, sino que además tenía a alguien penetrándome analmente. El ritmo era lento, pero constante, aparentemente me estaba dando tiempo para que mi culito asimilara el tamaño de la verga y se dilatara lo suficiente como para que ésta pudiera moverse con mayor libertad.

Cuando las penetraciones se hicieron más duras, descargué mi tención sexual contra la rajita de Edith, se la chupé con excesiva fuerza y hasta llegué a rozarla con mis dientes, fui lo suficientemente atenta como para no lastimarla; pero como me estaban matando por detrás, me costaba mucho reprimir mis instintos sexuales más burdos. Siguiendo uno más de estos impulsos, metí un dedo en el ano de Edith mientras le succionaba el clítoris, ella se estremeció de placer, al igual que yo cuando Rodrigo comenzó a bombear cortito, pero muy rápido.

Me sería imposible estimar el tiempo que estuvo dándome por detrás, sólo recuerdo lo mucho que lo disfruté y lo extrañamente agradable que se sintió la descarga de semen en mi interior. Supe de qué se trataba apenas noté el líquido tibio saltando de la punta de la verga, sin embargo no imaginé que se sentiría tan bien. El semen lubricó mejor el pene y éste se deslizó con mayor facilidad durante las últimas embestidas, hasta que Rodrigo se detuvo. Continué chupando a Edith durante unos instantes y cuando me volteé para ver qué hacía el rubio, me di cuenta de que ya no estaba en la habitación. Me puse de rodillas en la cama y miré a Edith, ella tenía la piel enrojecida y miles de perlas de sudor le adornaban el cuerpo. Estuve a punto de decirle lo hermosa que estaba, pero sentí el semen escurriéndose hacia afuera.

-Tengo que lavarme –le dije.

*****

La siguiente fase del acto sexual continuó en el baño, mientras Edith y yo nos dábamos una ducha. Al principio sólo lavamos nuestros cuerpos; pero no pasó mucho tiempo hasta que yo me arrodillé ante ella y comencé a chuparle la vagina. El agua nos envolvía y yo la sorbía junto con los jugos de Edith, ella arqueó su cuerpo mientras la puntita de mi lengua le sacudía el clítoris. Ella se mantuvo en silencio hasta que comencé a introducirle dos dedos, sin dejar de lamerla. Sus gemidos resonaron en el pequeño baño y me estimularon para poner más énfasis en mi boca y mi mano. Cuando ella llegó al orgasmo tuvo que pedirme que me detuviera, ya que de lo contrario hubiera seguido con mucho gusto.

-No doy más... –me dijo jadeando-. Ya me duele la concha.
-¿Vos le contaste a Rodrigo que me gusta que me den por el culo? –le pregunté mirándola desde abajo.
-¿Hice mal?
-No, para nada... es que me causó curiosidad que me la metiera sin preguntar... me pareció que se estaba arriesgando mucho, pero si vos se lo habías contado... tiene sentido.
-A él le gusta mucho el sexo anal... ya te imaginarás por qué.
-Sí, me imagino... supongo que esa última parte para él fue como tener sexo con un hombre.
-Más o menos, supongo que se habrá sentido muy parecido... ¿te sentís más gay?

Me puse de pie y nos reímos, luego nos dimos un corto beso en la boca, ella aprovechó para acariciar mis nalgas con gran suavidad.

-Date vuelta –me pidió.

Obedecí y le di la espalda, ella me indicó que me agachara un poco; coloqué las manos contra la pared opuesta a la ducha y enseguida supe de qué se trataba todo eso. Edith se puso de rodillas detrás de mí, abrió mi cola y comenzó a chupármela toda. Yo, que aún seguía excitada, le pedí que lo hiciera con más fuerza, en realidad no necesitaba pedírselo ya que su lengua se movía por mi colita con mucha rapidez; pero necesitaba hacerle saber lo mucho que me agradaba lo que hacía. Luego de unos segundos ella se puso de pie, siempre en el mismo sitio y sus dedos me hicieron cosquillas en el ano.

-¿Los querés? –me preguntó con sensualidad.
-Sí... –respondí con la voz ahogada en un gemido-, los quiero.
-¿Cómo? No te escucho.
-Sí me escuchaste –volteé levemente mi cabeza para mirarla-, metelos de una vez.

Ella me dedicó una sonrisa, se chupó los dedos y me incliné un poco más, para recibirlos. Me sorprendió la facilidad con la que entró el primer dedo, pero no por eso fue menos placentero. Solté un agudo gemido que fue completamente natural. Aparentemente mi culo ya se estaba acostumbrado a recibir ese tipo de trato, y cada vez lo disfrutaba más. Ya no había dolor, sólo placer. El segundo dedo me dilató aún más y luego de pocos segundos Edith pudo moverlos con libertad, metiéndolos y sacándolos una y otra vez. Comencé a masturbarme, pasando un solo dedo por mi clítoris, ella fue acelerando el ritmo y mi bajo vientre comenzó a sufrir pequeños espasmos, los cuales acompañé con enérgicos gemidos. Edith aceleró tanto el movimiento de los dedos que ya podía afirmar que estaba teniendo sexo anal duro, me puse como loca, me masturbé con más ganas y mi voz llenó el cuarto de baño. Le pedí varias veces que no se detuviera, aunque sabía perfectamente que no lo iba a hacer. Ella me castigaba con fuerza, me sorprendía que una chica tan pequeña pudiera mover su mano con tanta energía. Aplasté mi mejilla derecha contra la pared y solté los últimos gemidos, pero los más exquisitos, que acompañaban al éxtasis. Los orgasmos que más disfrutaba eran aquellos que venían del placer anal, no entendía exactamente por qué, pero el placer dentro de mi cuerpo se multiplicaba cada vez que mi colita recibía un buen trato.

Luego del intenso orgasmo, terminamos de bañarnos mientras charlábamos, ninguna de las dos podía dejar de sonreír, nos sentíamos a pleno.

-¿Qué era ese favor que ibas a pedirle a Rodrigo?
-No importa ahora, mejor esperemos hasta mañana –suponía que no habría problemas en esperar unas horas más-. No quiero arruinar este día.
-¿Te gustó lo que ocurrió?
-Sí, mucho... fue lo más extraño que hice en mi vida; pero también fue uno de los momentos más excitantes.
-Me alegra mucho saberlo... así era cómo lo imaginé...
-¿Lo imaginaste?
-Sí... quería que lo hiciéramos con Rodrigo... sabía que te iba a gustar.
-Si me lo hubieras propuesto, te hubiera dicho que no.
-Lo sé, por eso sabía que lo mejor era que se diera naturalmente, y hoy llegaste a darme la gran oportunidad...
-Agradezco que lo hayas hecho... te noto un poquito rara, pero eso tampoco quiero hablarlo ahora; en este momento no puedo hacer otra cosa que agradecerte lo que pasó –le di otro beso en la boca y luego salimos juntas del baño.

El resto del día lo dediqué a trabajar un poco en el papeleo de la oficina y a charlar con Edith de temas triviales, seguía pensando en su repentino cambio de actitud, el cual me dejaba un poco intranquila; pero mantuve mi promesa de no arruinar el día.

Esa misma noche me masturbé durante más de una hora con dos de mis juguetitos sexuales favoritos. Introduje uno en mi vagina y el otro en mi cola, recordando todo lo que había ocurrido en esa cama junto a Edith y a Rodrigo. Tuve varios orgasmos muy ricos que me dejaron fulminada y me dormí.


*****


Al día siguiente hablé con Rodrigo, Edith aún seguía con él así que le pedí su opinión; Miguel también estuvo presente mientras expuse mi sencillo plan para limpiar mi nombre. Los tres me aconsejaron un poco, pero en general mantuve todo tal y como lo había pensado. Les agradecí enormemente por su apoyo, tan solo con saber que ellos estarían a mi lado mientras llevábamos el plan a cabo, me reconfortaba.

Había llegado la hora de poner en marcha, esta vez de forma definitiva, la siguiente fase de mi plan, la cual consistía en convencer a Anabella de participar, al menos de forma pasiva. Estuve a punto de llamarla por teléfono y rogarle que se hiciera de cuerpo presente en las oficinas de Rodrigo pero él mismo me sugirió que sería mejor buscarla, además le daría tiempo para “desayunar” o lo que fuera que quería ingerir a esa hora de la mañana, casi medio día. Me prestó tu auto a pesar de que yo me negué a usarlo; sin embargo él insistió argumentando que ese era el mismo vehículo que utilizaría para viajar a Buenos Aires y que debía acostumbrarme a él y corroborar que todo funcionara correctamente; teniendo en cuenta los antecedentes de Rodrigo decidí cerciorarme yo misma de que el auto estuviera en condiciones, él era capaz de entregármelo sin radiador y ni siquiera saber por qué no lo tenía. Realmente me sorprendí mucho al verlo, esperaba ver un vehículo moderadamente bueno; pero el ver un Audi, modelo A3, superaba mis expectativas. Era un auto hermoso, completamente blanco y resultaba evidente que había sido lavado recientemente.

Cuando llegué a la Universidad no pude divisar un espacio libre para estacionar. La entrada de la Universidad estaba repleta de alumnos y empleados que entraban y salían o simplemente deambulaban por allí, supuse que algún curso había terminado recientemente y que la mayoría de estas personas estaban a punto de irse a su casa. Tantos ojos curiosos podían poner en riesgo mi plan así que, casi sin disminuir la velocidad, continué hasta girar en la esquina. Necesitaba llevarme a la monjita sin que nadie nos viera, no quería que alguien le vaya con el chisme a Sandoval y le advirtiera; él tenía que creer que Anabella seguía dentro del convento.

Estacioné en una de las esquinas de la parte posterior del complejo universitario, allí estaba prácticamente vacío; sólo pude ver un par de vecinos que regresaban de hacer sus compras. Sin bajar del auto llamé a Samantha, tuve que repetir la acción dos veces hasta que me contestó.

-Hola Lucre. Perdón, no pude atenderte antes, estaba ocupada.
-No te preocupes, linda. Necesito otro gran favor de tu parte, te pido disculpas por molestarte tanto, pero...
-Podés pedirme lo que quieras, Lucrecia, ya te lo dije, vos sos mi amiga. Junto con Lara son las únicas amigas que veo últimamente.
-Muchas gracias. ¿Qué pasó con tus viejas amigas?
-Larga historia. Para resumirla puedo decir que al final no eran tan buenas amigas como yo pensaba; pero ahora no es momento de hablar de esto. Decime ¿qué tengo que hacer?
-Tenés que secuestrar a Sor Anabella.
-¡¿Qué?!
-Bueno, en realidad ese sería nuestro último recurso, también podés intentar convencerla de que te acompañe por voluntad propia.
-Un día de estos te voy a matar, Lucre.
-Lara decía siempre lo mismo, podrían ponerse de acuerdo y perpetrar el crimen juntas.
-Lara es peor que vos. No sé qué me conviene, si asociarme con ella para matarte a vos, o asociarme con vos para matarla a ella –lo gracioso en Samantha es que todo lo decía hablando en voz baja y amorosa, sonaba realmente frustrada por no encontrar una solución a su dilema; a pesar de estar bromeando.
-Te va a resultar más fácil contratar un sicario.
-¿Y después digo que se mataron la una a la otra? –su pregunta sonó auténtica, como si realmente hubiera considerado contratar al asesino a sueldo.
-No es mala idea, pero no te olvides de que una es judía y la otra católica; podés empezar otra guerra santa. Pero antes de que me mates, ayudame con la monja.
-Prometeme que no me vas a involucrar en nada ilegal.
-¿Me creés capaz de hacer algo ilegal?
-A vos te creo capaz de cualquier cosa, Lucrecia.
-Te agradezco la confianza. No te preocupes, Sami, sólo necesito que ella me acompañe; pero no quiero que Luciano Sandoval la vea irse conmigo.
-Está bien, si se trata de ese tipo, te ayudo. Te juro que lo detesto por las cosas que te hace.
-Si todo sale bien, no las va a hacer más.
-¿Y si sale mal? –guardé silencio por unos segundos.
-No había pensado en eso. Pero no te preocupes, mi plan es bueno.
-¿Cómo lo sabés?
-Porque es sumamente sencillo. Eso me explicaron mientras estudiaba, los planes empresariales deben ser sencillos y fáciles de realizar, eso reduce enormemente el riesgo de fallar. Obvio que también hay que arriesgarse... pero ese es otro tema. Va a salir todo bien, no te preocupes.
-Está bien, voy a confiar en vos. ¿Dónde puedo encontrar a Anabella?

Le expliqué con referencias que ella conocería cómo llegar hasta el cuarto de Anabella y le dije que esperaría a la monja detrás de la Universidad, luego salí del auto para esperarla.

Anabella llegó sola. Como de costumbre llevaba puestos sus hábitos negros. A veces me sorprendía lo mucho que esa ropa ocultaba las curvas de su cuerpo, cada vez que vestía los hábitos ganaba unos cuantos kilos de más y también se le sumaban, al menos, cinco años. Parecía insegura, estiraba el cuello como un perro de las praderas a cada paso que daba, como si estuviera buscando a un depredador. Levanté una mano para facilitarle la tarea, en cuanto me vio aceleró la marcha, me causaba gracia verla caminar rápido, no parecía algo propio de una monja.

-Hola –la saludé con una amplia sonrisa- te extrañé.
-Yo también te extrañé –me dio un suave beso en la mejilla, apenas pude sentir el roce de sus labios; estaban secos pero de todas formas me parecieron muy cálidos.
-No me mientas Anita.
-No me digas Anita, y no te miento; de verdad te extrañé. Hace rato que no nos vemos, ni siquiera me llamaste por teléfono.
-Estaba enojada con vos, por ponerte de parte de Luciano... y vos tampoco me llamaste a mí.
-No me puse de parte de nadie, sólo intenté ser justa. Me molestaron muchos tus berrinches de nena chiquita –su rostro se puso severo; estuve a punto de defender mi honor, pero me di cuenta de que eso sólo empeoraría las cosas.
-Te pido perdón por eso, me dejé llevar por mis emociones.
-Por alguna razón, eso no me sorprende. ¿Por qué me mandaste a buscar con tu amiga, acaso te da vergüenza que te vean conmigo?
-A la que le da vergüenza que nos vean juntas es a vos ¿te olvidaste de la vez que me dijiste que era mejor que no me vean ir tan seguido a tu dormitorio?
-Puede ser, pero hace mucho que no vas. Si te veían una vez, no iba a haber tanto problema. Acá pasa algo raro.
-Nada raro, te extrañaba y tenía ganas de verte.
-¿Nada más?
-También quería mostrarte mi auto nuevo –señalé el Audi blanco con el pulgar.
-Es muy hermoso –dijo sin mucho interés; a veces me molestaba que fuera tan fría.
-También es bastante cómodo, tendrías que verlo desde adentro, al manejar te da la sensación de ir volando por la...
-Lucrecia, vos no me trajiste hasta acá para publicitarme un auto. ¿Qué está pasando?
-Odio que seas tan persuasiva –eso la hizo sonreír, la primera sonrisa que le veía en el rostro desde que llegó-. Ahora no te puedo contar cuál es el motivo de mi visita, pero ya vas a entender. ¿Confiás en mí?
-¿A vos qué te parece?
-Que no.
-Lucrecia, que yo me enoje tantas veces con vos es más culpa tuya que mía; sin embargo eso no significa que deje de quererte y de confiar en vos –se me formó un nudo en la garganta al escuchar esas palabras.
-Te lo agradezco mucho, Anita.
-Dale con lo de Anita...
-De alguna forma te tengo que llamar cariñosamente. No es mi culpa que no te guste.
-No es que no me guste, es que de esa forma me decía mi papá –estaba por abrir la puerta del pasajero y me detuve en seco.
-Perdón, no lo sabía.
-Bueno, ahora lo sabés.
-Está bien, no te digo más de esa forma, sólo quería tener una forma cariñosa de decir tu nombre –le hice señas para que entrara al auto, ella dudó durante un segundo pero luego subió sin decir nada- ¿no tenés ningún otro apodo? –Le pregunté una vez que estuve sentada en el asiento del conductor-. No sé... algo como Paca, Lola, Tita, Chita.
-¿Te parezco una mona?
-Bueno, Chita no, pero algo... –puse el auto en marcha.
-Cuando era adolescente tenía un sobrenombre.
-¿De verdad, cuál era?
-Bubis –al decirlo se puso roja como la túnica de un Cardenal-, me lo pusieron mis compañeros de colegio, porque mis pechos se desarrollaron muy rápido.
-Bubis –sonreí-, me encanta. Te queda muy bien, todavía tenés unas tetas enormes.
-¡Lucrecia, la boca!
-Bueno, perdón. Unas tetas de gran tamaño –ella se tentó y comenzó a reírse cubriéndose los ojos con una mano-. De ahora en adelante te voy a decir Bubis.
-Si vos empezás a llamarme Bubis, yo empiezo a decirte Redenta.
-Está bien, Sor Anabella, no se enoje. Se le va a llenar la cara de arrugas.

Pocos minutos más tarde ingresamos a la discoteca. Anabella se sintió incómoda de inmediato, aunque el local estuviera vacío. Tuve que tranquilizarla diciéndole que nuestro asunto no tenía nada que ver con el establecimiento y que la había traído sólo porque yo trabajaba allí y necesitaba que Rodrigo me hiciera un favor. Cuando ingresamos a la oficina del aludido, lo encontramos sentado detrás de un escritorio atiborrado de papeles, tomando jugo exprimido de frutas con un sorbete. A pesar de ser homosexual, sus gestos solían ser muy masculinos, pero al verlo dar pequeños chupones a la punta de ese sorbete, podía ver su lado femenino. A la izquierda del escritorio había dos personas más, sentadas en una silla. Miguel y Edith. Anabella saludó con una sonrisa cordial a la chica al reconocerla, luego le presenté a los otros dos.

-Un gusto conocerla, Anabella –dijo Rodrigo y luego me miró-. ¿Así que ella es tu novia?

Seguramente mi rostro se puso de mil colores, al igual que el de la monja. No podía creer que Rodrigo fuera tan descarado como para decir una cosa así en frente de Anabella, quería insultarlo, patearlo, ahorcarlo con el cable del teléfono, romperle el vaso de jugo por la cabeza... pero antes de que pudiera hacer cualquiera de estas cosas, él añadió:

-Era un chiste, no se pongan así... lo dije porque entraron tomadas de la mano, como si fueran novias.

Al unísono Anabella y yo miramos hacia abajo, nos encontramos con la gran sorpresa de que nuestras manos estaban entrelazadas, realmente parecíamos una pareja paseando por la calle. Aquellos colores que no se habían apoderado de nuestras mejillas antes, lo hicieron cuando volvimos a levantar la mirada y nuestros ojos se cruzaron. Recordaba vagamente haber tomado de la mano a la monja para obligarla a que me siguiera, ya que ella se había quedado petrificada al ingresar a la discoteca, el problema era que tanto ella como yo habíamos olvidado soltar nuestras manos. Nos desprendimos delicadamente, ambas intentamos disimular la situación, ella estaba roja y yo debía estar igual.

-No tenemos tiempo que perder –le dije a Rodrigo cambiando rápidamente de tema.

Miré de reojo a Miguel y a Edith y ellos se codeaban el uno al otro riéndose de nosotras “Nota mental: Asesinar a los tres de la forma más vergonzosa posible”.

-¿Qué es exactamente lo que querías mostrarme, Lucrecia?
-No sólo mostrarte, sino demostrarte. ¿Te acordás que te mencioné un problema que yo tengo con Luciano Sandoval, que viene incluso desde antes de conocerlo personalmente?
-Sí, me acuerdo... y no sé qué pretendés al acusarlo de...
-Eso ya lo vas a ver. Quiero guardes mucho silencio y que escuches atentamente. Rodrigo, podés marcar el número que te di.
-A eso voy –dijo el rubio mientras apretaba los botones del teléfono.

Al principio fue una llamada burocrática común y corriente, dijo que era el dueño de una discoteca, le pidieron algunos datos para corroborar esto y luego pidió información sobre una ex alumna de la universidad que había presentado un currículum en su empresa. Anabella me miraba intrigada, pero yo suponía que ella ya imaginaba a dónde llegaría todo esto. En cuanto Rodrigo dijo mi nombre, lo comunicaron con otra persona. Esta vez puso el altavoz para que todos podamos escuchar.

-Buenos días, mi nombre es Luciano Sandoval ¿en qué puedo ayudarlo? –dijo la voz grave al otro lado del auricular.
-Hola, buen día, soy Rodrigo Pilaressi –anunció educadamente-. Necesitaba corroborar cierta información sobre una ex estudiante de esa universidad, que solicitó empleo en mi empresa. La chica se llama...
-Zimmermann, Lucrecia –lo interrumpió Luciano; Anabella me miró nerviosa, con la boca abierta.
-Sí, ¿cómo sabe?
-Me avisaron por el interno, antes de tomar su llamada.
-Ah, está bien. Entonces ¿puede ayudarme a...?
-Mire señor Pilaressi. Le voy a ahorrar tiempo porque seguramente usted es un hombre tan ocupado como yo, no sería bueno para su empresa tener a una empleada como la señorita Zimmermann. Ella es ex alumna de esta universidad por una muy buena razón.
-Me deja consternado. ¿Qué sucedió con ella?
-Hubo varias alumnas que la acusaron de abuso sexual –los ojos de Anabella se abrieron al máximo, yo no me sorprendí, esperaba algo como eso-. Al parecer la chica tiene inclinación por las personas de su mismo sexo... y cuando esas personas no están dispuestas a hacer lo que ella solicita, emplea la fuerza o diversos engaños para abusar de ellas.
-Eso es horrible –dijo Rodrigo simulando estar indignado-. ¿Presentaron una denuncia en su contra?
-Lo intentamos, pero no pudimos. Lucrecia Zimmermann proviene de una familia de alto poder adquisitivo, es una niña mimada, sus padres hicieron todo lo posible para que la universidad no la denunciara; sin embargo yo no puedo permitir que la verdad se oculte. Lo que le estoy diciendo es extraoficial y queda entre usted y yo, espero...
-Luciano –la monja se acercó al teléfono y habló con tanta calma que me atemorizó; Sandoval interrumpió su monólogo al instante-. ¿Sabés quién te habla?

Había hecho todo lo que estaba en mis manos, ahora la responsabilidad caía sobre Anabella.

-No lo sé... –dijo él intranquilo.
-Soy Anabella.
-¿Anabella? ¿Qué hacés...?
-No importa qué hago acá, Luciano –ella seguía hablando sin alterar el tono de su voz, era realmente espeluznante-. Todo eso que dijiste es una vil mentira, una mentira horrible, espantosa... indigna de un caballero. Sabés perfectamente los motivos por los cuales expulsaron a Lucrecia de la universidad y también sabrás que ella no tiene un buen trato con sus padres.
-Yo sólo digo lo que sé...
-No, Luciano. No es así. Vos mismo me dijiste, mirándome a los ojos, que creías que habían cometido una injusticia al expulsar a Lucrecia. Eso me lleva a entender que sos un gran hipócrita y mentiroso. Estoy muy, pero muy indignada con vos. Sabés el gran aprecio que tengo por Lucrecia y me duele en el alma que digas estas cosas sobre ella. Con razón no encuentra trabajo... ya me resultaba extraño, con lo aplicada e inteligente que es...
-Es una tortillera...
-Lesbiana, Luciano, se dice lesbiana. ¿Y qué problema hay con que lo sea? Ese es su único pecado... y no todos los que vos le estás adjudicando. Quiero hablar con vos, personalmente.
-Yo...
-No hay vueltas en esto, si te queda algo de hombría, me vas a tener que escuchar, cara a cara.
-¿Cuándo?
-Ahora mismo. En cuanto vuelva a la universidad. Te espero en el hall de entrada... y me vas a escuchar.

Dentro de la oficina de Rodrigo reinó un denso silencio en cuanto se cortó la llamada, nadie quería decir nada, ni siquiera yo me atrevía a hablar.

-Es un hijo de puta –dijo Edith por fin-. Tengo ganas de cagarlo a trompadas.
-No te preocupes, Edith –la tranquilizó Anabella-, ya voy a hablar yo con él. A veces las palabras pueden lastimar más que los puños, y eso es lo que hizo él con sus palabras. ¿Vamos, Lucrecia? –asentí con la cabeza.

*****

Mientras manejaba de regreso hacia la Universidad miraba de reojo a Anabella, increíblemente ella mantenía un semblante estoico; parecía una bella estatua de mármol, fría, distante, inalterable. No me atreví a decir nada ya que supuse que estaría pensando en todas las cosas que le diría al desgraciado de Luciano Sandoval en cuanto lo tuviera frente a frente; yo también tenía unos cuantos insultos preparados para la ocasión, ese infeliz me había hecho la vida imposible, a veces me sorprendía cómo la gente podría llegar a obrar de esta forma y me preguntaba cuáles serían los motivos que los impulsaban.

Detuve el auto justo frente a la entrada de la Universidad, miré las grandes iniciales moldeadas en cemento que decoraban la fachada y, para mi sorpresa, detrás de ellas pude ver a Luciano. Esto me atemorizó, pensé que él podría tener algún As bajo la manga... o tal vez sólo estaba dispuesto a aceptar su castigo, como un hombre; lo cual no cuadraba del todo con su comportamiento, ya que había obrado de una forma muy cobarde al engañar a Anabella de esa forma. La monjita se apeó del vehículo y caminó directamente hacia él. Tuve que bajar rápido y acelerar mi paso para alcanzarla. Luciano no nos saludó, al ver que nos acercábamos se alejó considerablemente de la puerta de entrada, supuse que buscaba un rincón apartado para que pudiéramos hablar sin que nadie nos oiga.

-Antes que nada, quiero pedirte disculpas por...
-Antes que nada, me vas a escuchar –lo interrumpió Anabella bruscamente, nunca la había visto tan fría, nadie podría decir si estaba feliz o enfadada, su rostro no expresaba sentimiento alguno-. Estuve evaluando todo lo que ocurrió y llegué a la conclusión de que tengo que estar agradecida con vos –giré mi cabeza lentamente hacia ella y la miré con mis ojos desorbitados, ¿Agradecerle por qué?-; durante estas últimas semanas debatí entre muchas posibilidades, cuando te conocí llegué a pensar que, tal vez, la vida religiosa no era para mí; pensé que, al ser una mujer joven, podía rehacer mi vida al lado de alguien que me quisiera de verdad y a quien yo pueda querer sin culpas –Luciano también parecía sorprendido por las palabras de la monja y escuchaba en silencio absoluto-. Estaba metida en un dilema muy complicado, ésta es la única vida que conozco y todo lo que tengo se lo debo a Dios; sin embargo creía que el mundo “exterior” guardaba algo mejor para mí y el conocerte me lo hizo creer con mayor firmeza. A veces las personas pueden portar máscaras; pero gracias a Dios, y a Lucrecia, conocí tu verdadera cara y eso me facilitó enormemente la decisión, ahora sé que mi vida es esta. El convento tal vez no sea el sitio más divertido del mundo; pero aquí me puedo sentir segura y espero no volver a cruzarme nunca más con una persona que tenga los mismos problemas mentales que vos, Luciano; sin embargo te agradezco por haberme mostrado la realidad humana, necesitaba eso para poner los pies en la tierra y saber que en el cielo sólo está Dios. Ahora sólo me resta decirte que me haría muy bien no volver a ver tu cara nunca más, ya no te encuentro ninguna utilidad dentro de mi vida. Hasta luego y que Dios te dé todo lo que te merecés.

Me quedé anonadada, sólo pude ver cómo Anabella se alejaba de nosotros con su característico paso “cristiano”, que tanto se parece al de los pajaritos. Volteé la vista hacia Luciano y debajo de sus pobladas cejas vi un par de ojos vidriosos y húmedos, como si en cualquier momento fuera a estallar en llanto.

-Acabás de romperle el corazón a la persona más buena que conocí en mi vida –al escucharme me miró confundido, como si no recordara que yo estuviera allí-, que te hayas metido conmigo ya poco me importa; pero que hayas lastimado a Anabella no te lo voy a perdonar nunca en la vida. Bien lo dijo ella, sos una persona con muchos problemas mentales. ¿Por qué tenemos que ser nosotras las perjudicadas? ¿Qué fue lo que te hicimos? ¿Con quién te obsesionaste primero, conmigo o con ella?
-¿Vos pensás que en algún momento me enamoré de alguna de ustedes dos? –Frunció sus gruesas cejas y me miró con rencor-. Es cierto que todo lo que hice fue por amor; pero no hacia vos o hacia Anabella. Ella no era más que el medio para llegar a un fin, vos eras el fin.
-Cada vez te entiendo menos, flaco. Estás totalmente loco. Deberías hacerte tratar, lo tuyo no es normal. ¿Amor decías? ¿Amor por quién? ¿Por vos mismo? No veo que puedas amar a otra persona.
-Cintia.
-¿Quién? –pregunté de forma automática; sin embargo existía una sola Cintia ante la cual yo podría reaccionar. Repentinamente recordé a aquella chica homofóbica y, contradictoriamente, lesbiana que tantos problemas me causó a mí y a mis amigas tan sólo unos meses atrás. También recordé la forma en la que la expusimos ante todas mis amigas, al seducirla en el vestuario de la Universidad. No habíamos vuelto a verla ni a saber de ella desde ese día.
-Veo que ya te acordaste –me dijo, aparentemente mi rostro denotaba sorpresa-. Yo soy el novio de Cintia y me contó cómo la agredieron y humillaron; también me dijo que todo fue idea tuya. Sos una mala persona Lucrecia, eso no se le hace a una amiga.
-¿Amiga? A duras penas era mi amiga. No la soportaba y dudo que alguien lo haga.
-Aunque te cueste creerlo, yo la amo mucho, es cierto que a veces puede tener un carácter un poco fuerte; pero eso no significa que no se haga querer; pero claro, vos no la soportás. ¿Por eso abusaste de ella en el vestuario y la humillaste? Pudimos haberte denunciado a la policía, pero Cintia estaba tan asustada y se sentía tan triste por la forma en la que la trataron sus “amigas” que no quiso hacer nada al respecto; pero yo le juré que vos no saldrías impune.
-¿Abusar? ¿Eso te dijo?
-Sí, vos y tus amiguitas tortilleras abusaron de ella...
-Aparentemente tu novia es tan mentirosa como vos –estaba furiosa, la sangre me hervía y si hubiera tenido a esa cretina de Cintia frente a mis ojos, la hubiera golpeado tan fuerte que la hubiera dejado bonita-. ¿Te contó ella cómo hizo circular un video íntimo de mí con mi pareja? –Sólo se quedó mirándome con su cara de mono estúpido- ¿O te contó la forma en que humilló a Tatiana la vez que se acostó con ella? –Esta vez sí reaccionó, arqueando sus espesas cejas-. Así es, Cintia es tan “tortillera” como yo; con la gran diferencia de que ella se niega a admitirlo. Nunca la forcé en el vestuario, fue ella solita la que decidió meterse entre mis piernas; la idea no era llegar tan lejos, sólo queríamos que ella sintiera un poquito de toda la humillación que nos hizo sentir. No es algo de lo que me enorgullezca, sé que actué mal; pero ella es una mala persona y se lo merecía.
-Ella no es lesbiana, yo soy su novio y...
-¿Y qué? Sos la tapadera perfecta. ¿Sabés cuántas personas que dudan de su sexualidad tienen parejas del sexo opuesto? ¿Alguna vez le preguntaste a ella si realmente era feliz con vos? Permitime meterme un poquito en tu intimidad; cuando tienen relaciones sexuales ¿ella es apasionada o distante? 
-Eso no tiene nada que ver... ella tiene una personalidad muy particular.
-Distante entonces. ¿Alguna vez te contó de Tatiana?
-Muchas veces; pero sólo me dijo que esa chica es una...
-Dejame adivinar ¿te dijo que es una mentirosa, una mala persona, una traidora, una embustera?
-Sí... traidora y embustera, así la ha llamado –conseguí hacerlo dudar y bajar su guardia.
-Eso tiene una explicación muy lógica, la persona que ella te muestra como Tatiana, es ella misma. Ella sabe que actuó mal y que traicionó la amistad que tenía con ella, me arriesgaría a decir que Cintia está enamorada de Tatiana; pero para no sentirse tan mal consigo misma, prefiere que la mala de la película sea la pobre Tatiana. Deberías conocerla, es una persona sumamente dulce y trabajadora. Su único error fue intentar expresar su amor por Cintia y ella se lo pagó echándola de la casa como si fuera una delincuente... todo después de haberse acostado con ella. Por la cara de boludo que tenés, asumo que nunca te contó nada de eso. Averiguá un poquito, preguntale... no te olvides de lo que te dijo Anabella, a veces las personas pueden portar máscaras y Cintia tiene una inmensa, porque se niega a admitir que es lesbiana.
-Todo eso es mentira –dijo frunciendo el ceño una vez más.
-Pensá lo que quieras, yo solamente te mostré la verdad; si vos te negás a verla, es tu problema. Que irónico, vos estabas manipulando a Anabella para saber cosas de mí y para hacerme sufrir y nunca te diste cuenta que el manipulado sos vos. ¿Por qué te creés que ella te pintó un cuadro tan trágico? Seguramente sabe de tus obsesiones y locuras, ya que ella también las tiene, y sabía que ibas a hacer algo para joderme la vida. Ahora te digo una sola cosa, no te metas nunca más conmigo porque esta vez salís caminando tranquilamente; la próxima vez que me lastimes a mí o a cualquier persona que quiero, te voy a arruinar la vida y no es una amenaza, tomalo como un hecho. Jodeme y te jodés. Así de simple. 

Me alejé de él con paso furioso, no me dirigí hacia la salida sino que encaminé directamente hacia los aposentos de Anabella, seguramente ella necesitaría un fuerte abrazo y yo estaba dispuesta a dejar de lado un rato mi condición de “enamorada” y brindarle un abrazo fraternal y sincero.

*****

Golpeé la pesada puerta de madera dos veces; pero no recibí respuesta, temía que ella estuviera llorando y se negara a abrirme. Al tercer intento, además de golpear usé mi voz, le dije que era yo y que necesitaba hablar con ella; pero sólo me respondió el silencio. Pensé rápido, si ella no estaba dentro de su dormitorio, existían pocos lugares donde podría encontrarla, especialmente si su intención era estar sola. Busqué ese pequeño patio que ella amaba tanto, no recordaba exactamente cómo llegar a él ya que yo lo había encontrado por pura casualidad y el establecimiento era muy grande. Comencé a desesperarme cuando me di cuenta de que estaba pasando una y otra vez por los mismos pasillos sin llegar al sitio que yo buscaba; pero de pronto vi aparecer un velo de monja en una ventana, allí estaba el bendito patio.

Anabella estaba cabizbaja, estrujaba nerviosa sus dedos y lloraba en silencio. Me partió el alma verla en ese estado, parecía que la monjita hubiera retrocedido hasta su infancia en cuestión de pocos minutos, se la veía como una niña indefensa y asustada. Tuve que esforzarme para no largarme a llorar. Caminé lentamente hacia ella, no quería sobresaltarla, cuando mi sombra apareció bajo sus pies, levantó la cabeza y me miró asustada. Sus pestañas estaban mojadas y pegadas entre sí, sus ojos enrojecidos y las mejillas empapadas por las lágrimas; sin embargo seguía siendo hermosa.

-¿Ya estás contenta? –me preguntó sollozando.
-¿Contenta por qué? –tuve miedo de acercarme más.
-Ya demostraste lo que me querías demostrar: sos el centro del mundo y todo tiene que ver con vos. Era cierto lo que decías, él se acercó a mí sólo para molestarte a vos. Debí suponerlo ya que en más de una ocasión me hizo preguntas sobre vos; pero yo me negaba a creerlo... porque en realidad nunca hablaba mal de vos. De verdad creí que me quería, me trataba con mucha dulzura y me hacía sentir como una mujer común y corriente; pero yo no puedo competir con vos Lucrecia. Vos siempre estás diez pasos adelante, lo que a mí me toma meses, a vos te toma días... horas... minutos. Vivo con miedo, sin saber exactamente a qué le tengo miedo. Después de lo que me pasó... con ese degenerado que me violó, los hombres pasaron a ser enemigos para mí, los veía como personas peligrosas, de las que debía alejarme. ¿Te imaginás lo que fue para mí conocer a alguien que me trate como Luciano? Siempre muy amable, muy comprensivo y cariñoso, nunca intentó ponerme una mano encima. Como una ingenua total estaba pensando en besarlo la próxima vez que nos viéramos, quería que él supiera lo que yo sentía; pero me olvidaba que también estás vos.
-Perdón... yo no...
-¿Perdón por qué? Vos no hiciste nada malo Lucrecia, solamente me mostraste la realidad. Como le dije a Luciano, tendría que estar agradecida con los dos –eso me provocó una fría puntada en el pecho, me dolía recibir el mismo discurso que recibió él-, ustedes fueron las pruebas que puso el Señor en mi camino, no creo haberlas superado; pero al menos no llegué más lejos. No sé qué locuras podría haber hecho si seguía adelante con mis estúpidas fantasías infantiles. Al menos ya aprendí que a mí nadie me va a amar. 
-Yo te amo, ya te lo dije –mis ojos también se llenaron de lágrimas.
-¿De verdad me amás, Lucrecia? Yo no lo veo de esa forma, las palabras que me decís, la forma en la que me tratás, tiene más que ver con vos que conmigo. Cuando te acercás a mí es como si sólo buscaras tu propia satisfacción y quisieras que yo actuara de la misma forma irresponsable que vos; pero ¿alguna vez te detuviste a pensar qué es lo que yo quiero? ¿Qué es lo que yo necesito? Sos buena persona, no te lo discuto; pero a veces podés ser muy egoísta y te olvidás de los demás.
-Me duele mucho que digas eso, siempre pienso en vos y busco ayudarte en todo lo que pueda. Lamento mucho que las cosas con Luciano hayan terminado de esta forma, no imaginé que lo querías tanto.
-Tal vez no lo quería tanto, tal vez sólo me acerqué a él porque era el único hombre que tenía a disposición. Todo eso del jueguito entre mujeres me va a volver loca. Te lo expliqué mil veces, no es lo que yo quiero; yo no soy así. No soy como vos.
-¿Lesbiana?
-Así es.
-¿Nunca te lo planteaste? Digo... después de todas las cosas que pasaron...
-Si te hace sentir mejor –se deslizó hacia un costado en el banco y dio un par de palmadas a su izquierda, invitándome a sentar-, te digo que sí lo dudé. Al menos me tomé el tiempo para evaluarlo. Pasaron muchas cosas intensas, cosas inesperadas –cuando estuve sentada a su lado me tomó de la mano, tuve que luchar contra el fuerte impulso de besarla-. También me pasaron cosas que ni siquiera te las conté, porque de inmediato ibas a asumir que a mí también me gustaban las mujeres.
-¿Qué tipo de cosas?
-No te las voy a contar, prefiero conservar parte de mi intimidad, si no te molesta.
-Está bien, respeto eso –me moría de curiosidad; pero no quería empeorar las cosas con ella. 
-Perdón si estoy siendo muy dura con vos, Lucrecia; pero es lo que siento y me parece que, si queremos conservar nuestra amistad, es mejor que te lo diga. Me pone sumamente nerviosa tenerte cerca, especialmente si estamos solas en un sitio cerrado porque no sé qué podés llegar a hacer, sos demasiado impredecible y a mí ese tipo de personas no me termina de agradar –tragué saliva mientras limpiaba las lágrimas de mi mejilla-. Me gustaría poder tener una amiga en la que pueda confiar, con la que pueda charlar sin miedo a que me salte encima y comience a toquetearme. No tengo amigas, tampoco amigos. Me siento muy sola y, después de lo que pasó con Luciano, lo que menos quiero es pensar en alguien como pareja, mi única pareja es Dios y nunca debí apartarme de Él.
-¿Otra vez me vas a pedir que me aleje? –dije con un nudo en la garganta.
-No, no quiero que te alejes, al contrario. Te quiero cerca de mí; pero como amiga y nada más, sé que a los amigos no se les puede exigir nada; sin embargo me haría muy feliz que me demostraras, de alguna forma, que soy importante para vos en un plano no-sexual. Quiero saber si realmente te importo como persona, de lo contrario ahí sí voy a tener que pedirte que te apartes. Ahora te comprendo mucho mejor –acarició el dorso de mi mano con suavidad-, gracias a Luciano lo entendí. Vos tenés una fantasía, una ilusión, conmigo; de la misma forma que yo la tenía con él. No es más que una ilusión, algo que se instaló en tu cabeza y que no podés dejar salir; así como yo no puedo concebir que la amistad que tenía con Luciano haya sido una mentira. Tal vez algún día puedas comprender lo que te estoy diciendo.
-Pero... –levantó la cabeza y nuestras miradas se cruzaron- ¿y si fuera cierto?
-¿Qué cosa?
-Mi amor por vos. ¿Qué pasa si es real? No niego que pueda tratarse de una fantasía que me cree yo solita, lo pensé varias veces y lo voy a seguir analizando; pero ¿alguna vez pensaste qué pasaría si ese amor fuese sincero, honesto y real? ¿Me amarías vos si yo pudiera demostrártelo?
-No. Al menos no te amaría de la forma en la que vos querés que te ame. Te amaría como a una amiga, como una hermana, tal vez; pero no podría amarte como a una pareja.
-¿Es porque soy mujer?
-Por desgracia sí, es por eso.
-¿No hay ninguna otra razón? Dijiste que las personas impulsivas como yo no te agradaban, tal vez ni siquiera tendría oportunidad con vos si fuera hombre.
-Bueno, creo que fui un tanto drástica. No es que me moleste que seas impulsiva, a veces me causa gracia y me divierte –una sonrisa iluminó su rostro y pude sentir como se me estrujaba el corazón de ternura-. Nunca me divertí tanto con alguien como lo hice con vos, me sacaste de la rutina y me mostraste aspectos de la vida que creí que nunca conocería. Hay cosas en vos que me molestan, ya te las dije; pero nadie es perfecto, Dios nos hizo imperfectos para que aprendamos a querer a una persona a pesar de sus defectos. De lo contrario el amor sería muy sencillo y carecería de validez.
-Coincido totalmente con eso. Te pido disculpas por todo lo que ocurrió, Anabella. Creeme que nunca quise pretender que yo soy más importante que vos, no lo veo así, para mí el centro del mundo sos vos.
-Gracias por decir eso; sin embargo me duele mucho que las cosas se hayan dado de esta forma... y voy a necesitar un tiempo para asimilarlo.
-¿Qué tanto tiempo?
-No lo sé, como te dije antes, mis tiempos son mucho más lentos que los tuyos. Voy a necesitar algunos días, sola con Dios.
-Básicamente me estás pidiendo otra vez que no vuelva a hablarte.
-Es sólo por unos días, Lucrecia. No te pido más que eso.
-Bien... si son unos días, entonces está bien. Te los voy a conceder. Prometo no molestarte en tu meditación, espero que encuentres alguna respuesta... alguna respuesta lésbica podría venir bien –ella sonrió, por suerte entendió que lo dije como una broma.

Nos despedimos y me fui pensando en todas las cosas que me dijo, en parte ella tenía mucha razón, había obrado mal con ella. Dolía mucho admitirlo pero sí había pretendido que ella actuara como yo... y tal vez nunca me detuve a pensar que, para hacerla feliz, yo debería actuar como ella... es decir, apretar un poco el freno ante mis impulsos. Había obrado con buena voluntad, para que la verdad se sepa, y todo salió peor de lo que imaginaba, ya que había herido a Anabella. Ella pensaría que mi intención era darme importancia, demostrarle que Luciano en realidad me tenía a mí como objetivo y me dolía admitir que había un poco de cierto en ello, cometí una imprudencia y me olvidé de pensar en la susceptibilidad de la monja. No quería volverme esa clase de persona que sólo piensa en sí misma.

Accedí a darle esos días para que estuviera sola, porque imaginaba que yo también necesitaría tiempo para recapacitar, no sólo por lo que me pasaba con ella... sino también por lo que había ocurrido en la cama junto a Edith y Rodrigo.


Continuará...