"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


miércoles, 12 de agosto de 2015

Me niego a ser Lesbiana (21)

Capítulo 21

El Club de los Selectos.

  

No sería un viaje sencillo. Ésta era mi primera vez en una ruta e intentaba que las vacilaciones y mi tenso estado nervioso no me jugaran en contra. Irónicamente recordé algunos consejos que me había dado mi padre (en aquellos tiempos en los que aún se comportaba como un padre), para evitar cometer errores cuando se conduce a gran velocidad. Debía encontrar un punto medio, no estar asustada, ya que eso me llevaría a cometer terribles errores; pero tampoco tener exceso de confianza, porque podría llevarme a cometer imprudencias. «No sobrepases a nadie en las curvas», me había dicho mi padre. «Las manos siempre sobre el volante y la palanca de cambios». Con esto pretendía explicarme que no debía perder mucho tiempo jugueteando con el estéreo, ya que muchos accidentes se ocasionaban por personas que se distraían configurando su estéreo o revisando sus teléfonos celulares «A alta velocidad tenés centésimas de segundos para reaccionar y resolver cualquier problema que se te presente –me había dicho mi papá-, en muchos casos ese breve período de tiempo no te sirve para nada, por lo que es mejor evitar cometer esos errores». A veces me asustaba un poco con sus palabras, pero al menos comprendía por qué me las decía. Para evitar distracciones, antes de partir, puse una larga lista de reproducción de canciones de rock y la dejé correr, ya sin volver a tocarla. «Sólo es cuestión de acostumbrarse, después te vas a sentir más tranquila», me había dicho y debía darle la razón, a medida que los kilómetros iban quedando detrás de mí, mis músculos se iban relajando, la música también me ayudaba a hacerlo. Sentía pena porque mi relación con él haya llegado a un punto tan crítico. Siempre consideré a mi madre como la persona de la cual tenía que cuidarme, pero la relación con mi papá no era tan mala; tal vez por eso me dolía tanto que se haya puesto en mi contra cuando se enteró de mis preferencias sexuales.

Me llevó unas siete horas y media llegar a mi destino, sabía que me había tomado mucho más tiempo del que correspondía, pero si debía repetir este viaje, podría hacerlo un poco más rápido, sin ser imprudente. Detuve el vehículo ante la puerta de un hotel y automáticamente me persigné. Sonreí porque había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo había hecho y se sintió muy raro, casi como si fuera impropio de mí... pero muy propio de esa vieja Lucrecia que vivía amaestrada por el rigor paterno y religioso. Pero la Lucrecia que se bajó de ese auto estaba saliendo a luchar por su independencia, una vez más.

Los siguientes pasos fueron los más sencillos: registrarme en el hotel; darme una ducha rápida; tirarme en la cama a descansar unos minutos; masturbarme para disminuir la tensión (y porque tenía ganas de hacerlo); luego tocó almorzar algo en el restaurante del hotel y, al final de cuentas, porque no me quedó más alternativa (ni excusas), debía reunirme con la hermana de Rodrigo.

*****

La primera vez que vi a Catalina Pilaressi me encontraba caminando de un lado a otro en el hall de un lujoso edificio de apartamentos. Ella debió notar mi ansiedad ya que me miró de arriba debajo de forma tal que me rebajó hasta dejarme a la par de la más inmunda de las alimañas que reptaban sobre la tierra. No debería estar sorprendida por su belleza ya que, si era hermana de Rodrigo, lo más probable era que se parecieran un poco; pero en realidad no se parecían tanto, o tal vez esa ilusión la daba su evidente actitud soberbia, algo que no se veía en las facciones de su hermano. Vi que estaba usando zapatos de plataforma, a pesar de esto, seguía siendo un poco más baja que yo; calculé que sin esos zapatos debía ser tan solo un poco más alta que Lara. Llevaba un vestido de chifón corto, con un fino cinturón marrón que rodeaba su pequeña y llamativa cintura; a simple vista su vestido parecía sencillo, pero mirando la tela y los detalles atentamente, resultaba evidente que era costoso y lujoso; probablemente de diseñador. Lo más llamativo en ella era su sedoso cabello dorado que se meneaba levemente, como las hojas de una palmera, con cada paso que daba. Debía gastar mucho dinero en mantenerlo tan brilloso y perfectamente lacio, posiblemente se lo hacía planchar, pero cabía la remota posibilidad de que lo tuviera lacio naturalmente. Sus ojos eran dos pálidas cuentas de cristal, frías y distantes, parecían artificiales, carentes de vida. Con cada paso que daba retumbaba en el hall un golpeteo constante que impartía seguridad y decisión. Avanzaba con la frente en alto, orgullosa de sí misma; me hubiera gustado pensar que con esto intentaba ganar altura para equiparar la mía, pero la mueca sádica que torcía sus labios me indicaba que ella ya me consideraba en inferioridad de condiciones. Mi instinto femenino competitivo se activó mientras ella se acercaba a mí, intentaba encontrar algún defecto en su fisonomía, algo que me demostrara que ella no era perfecta, pero por más que me esforcé, no pude encontrar nada que desacreditara su belleza; sin embargo noté que utilizaba una considerable cantidad de maquillaje, aunque éste estuviera distribuido de forma sutil, tal vez su piel no era tan tersa como parecía. Tuve que consolarme con eso.

–Así que vos sos la tal Lucrecia Zimmermann –su voz era tediosamente sensual.

Me molestó mucho que me saludara de esa forma tan poco cordial, como si yo fuera un insecto. Cuando me contacté con Catalina Pilaressi lo hice a través de correo electrónico, procuré explicarle de la forma más simple, sin revelar demasiada información, que necesitaba reunirme con ella para tratar un importante asunto de negocios. En sus respuestas siempre se mostró impecablemente formal, parecía una computadora dando respuestas automáticas; sin embargo Rodrigo me advirtió que su hermana podía llegar a ser muy diferente en persona.

–Buen día, Catalina –la saludé–, ¿o prefiere que le diga señorita Pilaressi?
–Catalina está bien... por ahora. Vamos a almorzar.
–Ya almorcé.
–Pero yo no...
–Está bien.

El ostentoso restaurante estaba a pocos metros del edificio en el que ella vivía, por la forma en la que la saludaron al entrar, supuse que era una clienta habitual, el mozo se desenvolvía en halagos y sonrisas exageradamente falsas, no me extrañaría si su opinión sobre la señorita Pilaressi era similar a la que Rodrigo me había forjado sobre ella. Lo primero que hizo, después de sentarse ante una mesa en el centro del restaurante, fue recordarle al mozo que ésta era la tercera vez que su sitio predilecto estaba ocupado por otras personas. Supuse que se refería a la pareja que estaba sentada en una mesa junto a un amplio ventanal, ya que Catalina los miraba fríamente. El mozo se disculpó por eso y le aseguró que la próxima vez que ella viniera, su sitio estaría disponible. Minutos más tarde presentó una queja, al mismo mozo, porque la carne que le habían servido, no estaba lo suficientemente cocida. Hizo que le retiraran el plato y pidió explícitamente que ese error no se volviera a repetir. Luego ordenó algo de pasta, sin carne. Me pareció patética la actitud que tomó el mozo ante la situación, se disculpó con ella con ademanes exagerados. Le dijo a la señorita Pilaressi que ese día el almuerzo iría por cuenta de la casa y me pregunté cuánta gente llevaría ella a comer a ese sitio, porque me costaba creer que cuidaran tanto a un cliente de esa forma, por más que éste fuera uno habitual.

Pedí un café al mozo pero éste no me escuchó, ya que seguía lamentándose por el error cometido por los cocineros. Al pobre tipo esto le valió una nueva queja, ya que Catalina lo trató de estúpido cuando regresó con un plato de ravioles con salsa y olvidó traer mi taza de café. Le aseguré a Catalina que yo no tenía ningún problema en esperar un poco más, pero ella insistió. Si yo hubiera sido ese mozo, le hubiera puesto el plato de ravioles de sombrero, sin embargo el tipo se limitó a pedir disculpas y en cuestión de segundos ya estaba de regreso con una humeante taza de café negro. Mi intención era pedir un cortado, ya que no soy muy amante del café solo, pero si hubiera dicho eso, hubiera tenido que tolerar una vez más un tedioso discurso de Catalina, por lo que le puse una buena cantidad de azúcar al café y me lo tomé así.

Evalué la situación y supe que la negociación con ella no sería nada fácil. Me pasé la siguiente media hora explicándole los proyectos que se estaban llevando a cabo con las discotecas mellizas. Mencioné el nombre de su hermano lo justo y necesario; consideré prudente mantenerlo fuera de este plano, mientras me fuera posible. Fui detallista en cuanto le planteé las posibles ganancias que se obtendrían, suponiendo que todo marchaba tal y como se lo había planeado. Me percaté de que a ella parecía importarle poco lo que yo le decía y comencé a temer en el fracaso; pero me mantuve firme y continué con las líneas que había ensayado antes de viajar. Cuando le mencioné la cifra que ella debía invertir me miró como si yo fuera una pordiosera pidiéndole dinero. Volví a repetirle el margen que supondrían las ganancias, pero su expresión permaneció inalterable.

–No me importan las ganancias –me dijo con frialdad–. No me entusiasma la idea de invertir en un negocio en el cual mi hermano figure como dueño.
–¿Entonces por qué me dijiste que podía venir?
–Porque quería proponerte mi propio trato.
–¿Cuál sería ese? –la miré intranquila.
–Invierto en el negocio tanto dinero como haga falta, pero va a estar a mi nombre. Rodrigo va a ser uno de mis empleados.

Me di cuenta de que lo único que pretendía era entablar una lucha por el poder. Ella odiaba a su hermano y él necesitaba su dinero, por lo cual lo humillaría y rebajaría tanto como le fuera posible. Sabía perfectamente que Rodrigo jamás aceptaría semejante trato, ese era el negocio que él mismo había creado desde el inicio y por nada del mundo permitiría que Catalina se apoderara de él, antes preferiría quedar en la ruina.

–Lo siento, pero el acuerdo es por una inversión en la cual vos obtenés tu dinero de vuelta y un gran porcentaje de ganancias, una vez que el préstamo esté saldado, las discotecas continúan bajo el control de Rodrigo –le expliqué.
–Entonces no estoy interesada en invertir. Podés decirle a Rodrigo que sería más hombre si viniera él mismo a dar la cara... ¡Ah, perdón! Cierto que él no es un hombre, es un maricón.

Luego de decir esto se puso de pie y habló con el mozo, lo vi asentir repetidas veces, supuse que estaría quejándose de alguna otra cosa. Parecía un frío robot programado para quejarse. Luego vi que se dirigía directamente hacia la puerta, meneando sus caderas, el mozo le miró el culo con absurdo disimulo. Me levanté de la silla y me apresuré a unirme a ella.

–Disculpame, Catalina, pero no puedo permitir que el acuerdo se disuelva por diferencias familiares. El mejor trato que puedo ofrecerte es una ganancia del sesenta por ciento de la cifra que inviertas –por la forma en que volteó la cabeza supe que había captado su atención-. Pensalo bien, es una gran suma y no tendrías que hacer nada, el trabajo corre por nuestra cuenta.
–Dejame pensarlo. Te llamo esta noche –noté un pequeño desliz en su tono de voz.
–Perfecto. Que tengas buen día.

****

Podría haber paseado por la ciudad para disfrutar de mis horas libres, pero estaba tan nerviosa que me quedé todo el día dentro de la habitación del hotel, con la computadora en mano, enviando y respondiendo mensajes; verificando información y haciendo cálculos. La suma que le ofrecí a Catalina era desorbitante, pero los números no fueron tan desalentadores. Si bien aún estábamos en pañales, consideraba que las dos discotecas sumadas a un pequeño hotel transitorio nos darían muchas ganancias, debía ser un poco ambiciosa para que pudiéramos dormir tranquilos sin temerle a la tinta roja en los balances mensuales. Elucubré un plan para añadir una playa de estacionamiento privada al establecimiento, pero para que esto fuera factible deberíamos comprar la propiedad contigua al edificio, demolerla y construir allí dicho estacionamiento. Si esto funcionaba nos brindaría una nueva fuente de ingresos y aumentaría mucho el prestigio de las discotecas. Intenté no pensar en qué podría pasar si Catalina rechazaba mi oferta.

Comencé a intranquilizarme cuando el reloj de la computadora me marcó las nueve de la noche. Había tenido una corta conversación por teléfono con Rodrigo, no quise desanimarlo por lo que me limité a decirle que estaba esperando que su hermana tomara una decisión. El problema era que Catalina no llamaba. Bajé al restaurante del hotel a cenar, sin desprenderme de mi teléfono celular. Volví a mi habitación y vi que ya eran las diez y veinte de la noche. Seguía sin tener noticias de la señorita Pilaressi.

Para matar el tiempo me puse a pensar en los problemas que debía enfrentar cuando regresara a mi ciudad, problemas que no tenían mucho que ver con el que me preocupaba en ese momento. Prefería pensar en otras dificultades, pero no en ésta en particular.

Durante la breve llamada que le hice a Rodrigo no hice ninguna mención a su futura paternidad. Aún podía recordar cómo reaccionó al enterarse. Me llevó varios minutos serenarlo después de que la noticia le cayó como un baldazo de agua fría. Balbuceó y gesticuló incoherentemente. Miró para todos lados como si quisiera encontrar una salida para poder escapar; sin embargo lo tomé de las manos y le dije: «Tranquilo, Rodrigo. No vas a estar solo con esto. Ni vos ni Edith van a estar solos». Eso lo calmó un poco, luego tuvimos que pedirle disculpas al dueño del kiosco por haber destruido las botellas de gaseosa y haber manchado el piso. Nos fuimos a una plaza cercana a conversar y allí su cabecita comenzó a funcionar.

–¿Cómo puede ser que esté embarazada? Ella me dijo que usaba pastillas anticonceptivas –me dijo, preocupado.
–Esas pastillas no son tan seguras como la gente cree, a veces pueden fallar... si se las mezcla con otros medicamentos, por ejemplo –me miró como si no pudiera concebir la idea de que eso fuera posible–. Te digo la verdad, Rodrigo. Conozco algunos casos en los que han fallado por alguna causa en particular.
–¿Vos no creés que Edith...?
–Ella no haría algo como esto a propósito –le dije con el ceño fruncido–. Ella estaba tan asustada como vos al enterarse. Tiene mucho miedo, pero su miedo es quedarse sola con el bebé. Vos no vas a hacer eso –no era una pregunta–, porque si vos hacés eso, yo te corto las bolas... literalmente.
–Pero... pero... ¿Qué puedo hacer yo?
–Lo primero que tenés que hacer es hablar con ella. No te apresures a tomar decisiones. Pensá bien lo que le vas a decir, porque si la lastimás... ya sabés... quedás eunuco.
–Yo no puedo ser padre, Lucrecia... no puedo con mi vida... menos voy a poder con otra.
–Eso ya lo pensé, pero no es tan difícil. No van a caer todas las responsabilidades de golpe, vas a tener tiempo para ir asimilando todo. Tenés nueve meses para eso.
–No sé qué hacer... –tenía la mirada perdida en algún punto del horizonte.
–Ya me dijiste lo que vas a hacer, espero que lo hagas...
–¿Eh? –Volteó para mirarme y simulé un par de tijeras con mis dedos, recordándole lo que haría con sus genitales–. Sí... sí... voy a hablar con ella.
–Y te vas a hacer cargo del chico.
–Voy a hablar con ella –repitió automáticamente.
–Está bien, hablá con ella y después me decís qué pasó. De paso voy a tener tiempo de afilar algún buen cuchillo, en el caso de tener que cortarte las bolas.
–No estoy para bromas, Lucrecia.
–¿Quién dijo que es una broma?
*****

El repentino timbre del teléfono me sacó de mis pensamientos. Catalina llamó alrededor de las once y media de la noche. Al responderle tuve que esforzarme por aparentar tranquilidad, la muy desgraciada me estaba haciendo sufrir a conciencia.

–Lucrecia, buscame en mi departamento, vos manejás. Te espero para las doce y cuarto. Si se te hace tarde, mejor ni vengas.
–Está bien... doce y cuarto, en tu departamento...
–Ah, Lucrecia... vení bien arreglada. No te pongas otra vez ese atuendo de “chica de barrio” porque te dejo sola y me voy.
–Voy a ponerme lo mejor que tenga –aseguré.  

Me molestó muchísimo que criticara mi atuendo, especialmente porque lo había considerado bastante apropiado para la situación. Si ella supiera las posibilidades que había tenido yo en mi antigua vida para adquirir ropa costosa se quedaría bien calladita; pero siempre preferí evitar la ostentación, me sentía mucho más cómoda con atuendos cotidianos. Me di una ducha rápida, sin mojar mi cabello y revisé presurosamente mi valija. Extraje un hermoso vestido bordeaux, de noche, con una tela muy fina. Tuve que vestirme a toda prisa, pero el resultado me convenció bastante, el vestido me llegaba hasta los tobillos y tenía un largo tajo que dejaba libre una de mis piernas, arriba contaba con un amplio escote en “V” que permitía que la mitad de mis pechos se viera. Recordaba haber comprado este vestido dos o tres años atrás, para utilizarlo en el casamiento de una tía; mi madre se quejó cuando vio lo escotado e “indiscreto” que resultaba el vestido, pero cuando le dije dónde lo había comprado y cuánto me había costado, en su rostro se dibujó una sonrisa. «Si es de ahí, tiene que ser de excelentísima calidad», me dijo. No había nada que la hiciera más feliz que ostentar ante toda su familia el lujo que podían permitirse sus hijas, se pasó toda la noche contándole a quien se le acercaba dónde había comprado yo mi vestido. Así es como una se gana, injustamente, la fama de “nena malcriada”. Desde aquel casamiento no había vuelto a usar el vestido, ya que me sentí sumamente incómoda durante toda la noche. No hubo hombre que no aprovechara cualquier momento para admirar mis pechos o la pierna que quedaba a la vista; sin embargo habían pasado casi tres años desde esa fiesta y ya no era tan pudorosa y no me molestaba usarlo. Completé mi atuendo con una cadenita, un par de aros y una pulsera, todo era de oro. Me puse tacos altos, tanga negra y una rápida capa de sutil maquillaje. Todo pude hacerlo en menos de media hora, luego hay quienes se quejan de que las mujeres pasamos horas y horas vistiéndonos... aunque pensándolo bien, debo haber roto alguna marca mundial de “Mujer arreglándose para una ocasión especial”. Es una lástima que los de Guinness no hayan estado allí para tomarme el tiempo.

*****

Conduje, por segunda vez en el día, hasta el departamento de Catalina. Cuando llegué ella estaba saliendo del edificio, estacioné en la cochera de cortesía y me bajé del auto para recibirla. Al verme sus ojos se abrieron como si hubiera visto un ladrón o algún otro tipo de amenaza. Boquiabierta retrocedió un paso y luego recuperó la compostura. Sonreí grácilmente y rodeé el auto por delante para abrirle la puerta del acompañante. Ella llevaba puesto un vestido negro bastante ajustado y corto que, por algún milagro de diseño, no la hacía parecer vulgar.

–Admito que me llevé una sorpresa –me dijo mientras viajábamos hacia donde ella me había indicado-, pensé que vendrías vestida con algo sin clase.
–¿Es un problema “no tener clase”?
–Por supuesto, especialmente si querés entrar al sitio al que nos dirigimos. Vestida como lo estabas hoy a la mañana, no te dejarían acercarte a la puerta de entrada, me alegra que tu atuendo no me haga pasar vergüenza.
–A mí también me alegra –tenía ganas de insultarla, pero si quería cerrar el trato, debía morderme la lengua para no hablar de más.

Durante unos minutos reinó en el auto un silencio sepulcral. Por suerte podía mantenerme mirando fijamente la ruta, pero cada vez que miraba de reojo a la rubia, podía notar su expresión de disgusto. Pensé en poner algo de música, pero descarté esa idea porque supuse que a ella no le gustaría escuchar lo mismo que a mí. No pretendía juzgarla por eso, pero había algo en ella que me decía que no era una chica del “rock”, aparentaba ser más aficionada al “pop” y a la música de moda, lo cual para mí podía llegar a ser más tedioso e insoportable que el mismo silencio incómodo en el que nos veíamos envueltas.

–Vos te acostaste con mi hermano.

Cuando escuché esas palabras me quedé rígida, no había sido una pregunta, era una total afirmación, como si ya supiera la respuesta.

–¿Por qué pensás eso? ¿No habías dicho que tu hermano era gay?
–No dije que fuera gay, dije que es maricón, son dos cosas distintas.
–¿Ah sí? ¿Cuál es la diferencia? –no estaba interesada en la respuesta, pero quería desviar el tema de conversación.
–Un gay es un hombre que se acuesta con otros hombres, por puro gusto. Un maricón es el que llora y hace berrinches de nena chiquita cuando algo no le sale bien... también se puede considerar maricón a los que hablan como nenitas y gesticulan como si fueran mariposas rosadas salidas de un puto cuentito de hadas. Eso es un maricón –hubo un odio visceral en sus palabras.
–Creo que no te agradan los homosexuales.
–Son unos desviados, pero no tengo nada en contra de ellos. Los que me molestan son los maricones, como mi hermano.
–Tu hermano no habla como nena... es muy varonil. Si él no me hubiera dicho que era gay, no lo hubiera descubierto nunca.
–Puede que no hable como nena, pero sí llora como una. Todavía me acuerdo del día en que mi papá lo echó de la casa, cuando se enteró que era gay... que se acostaba con hombres... con hombres comprometidos.

Tuve que morderme la lengua, literalmente, para no decirle nada. El corazón me dio un horrible vuelco ya que eso me recordaba mucho a lo que yo misma tuve que vivir al ser expulsada de mi propia casa. Además sabía perfectamente que el hombre con el que se había acostado Rodrigo era el novio, o prometido, de Catalina y no me extrañaría si me enteraba que ella misma había delatado a su hermano con su padre. Esta vez tuve que retroceder con el tema, decidí llevarlo al inicio de la conversación, ya que estábamos metiéndonos en un camino muy sinuoso.

–Lo que no entiendo es por qué pensás que yo me acosté con tu hermano –le dije sin apartar la vista de la carretera.
–¿Acaso no es cierto?
–No dije eso, solamente me pregunto qué fue lo que te hizo sospecharlo.
–Sos una chica muy linda, él tiene debilidad por la gente linda. Sean hombres o mujeres. Seguramente vos te metiste en su cama pensando que iba a ser el hombre de tu vida, una pendejita inocente llena de sueños, creyendo en palabras y promesas de amor eterno... creyendo que te casarías con él y que...
–Esperá, ¿estás hablando sobre mí o sobre vos? –No me aguanté, se lo tuve que decir; ella volteó la cabeza repentinamente hacia mí.
–¿A qué te referís?
–No sé si a vos alguna vez te habrán engañado con todas esas promesas, pero a mí no me pasó nunca.
–No estaba hablando de mí –noté que fruncía el ceño, hasta estando enojada seguía siendo radiante y hermosa.
–Entonces no sé de quién hablabas. Yo me acosté con Rodrigo porque se dio... no hubo ningún planeamiento, al menos no de mi parte... o de la suya –la que había planeado todo era Edith–. Ni siquiera tenía intenciones de acostarme con él hasta el momento en que ocurrió. Él es gay y yo soy lesbiana.
–¿Lesbiana?
–Sí, espero que no tengas un problema con eso también.
–No, ninguno –sin embargo vi una sonrisa maliciosa en su rostro, como si estuviera burlándose de mí.

*****

Por fin llegamos a destino, luego de un largo y tenso viaje. Al bajar del auto vi un edificio antiguo, pegado a otras edificaciones de la misma índole, todos parecían estar muy bien cuidados y preservados. Catalina tocó timbre y al poco tiempo escuché una chicharra eléctrica anunciando que se podía abrir la puerta. Cuando entramos vimos a dos hombres robustos que vestían trajes completamente negros, inclusive sus camisas. Saludaron a Catalina inclinando levemente sus cabezas y juntas nos adentramos por un largo pasillo.

–¿Qué es este lugar? –le pregunté mirando las tenues luces rojas que alumbraban escasamente el pasillo.
–Es un club. Uno bastante peculiar, donde sólo podés entrar si conocés a alguien.
–¿Algo parecido a una secta satánica? –ella comenzó a reírse.
–No tengas miedo, querida, acá no vas a ver rituales sangrientos ni nada por el estilo... solo espero que estés a la altura de las circunstancias.

Quise hacerle más preguntas pero en ese preciso instante entramos a una gran sala donde sonaba una música de blues a bajo volumen, allí la iluminación no era más fuerte que en el pasillo. Logré divisar varias personas pero éstas estaban prácticamente ocultas entre las penumbras, sin embargo no tenían aspecto de ser satanistas. El sitio se asemejaba bastante a un “pub” o un bar de alta gama. Hasta pude ver a un barman sirviéndole un trago a una mujer que vestía de forma elegante. Tal vez este era el sitio que Catalina utilizaba para cerrar importantes acuerdos de negocios. Supuse que si me había llevado a ese sitio su intención era estrechar mi mano y decirme: «Acepto los términos». Eso me alegró un poco y me hizo sentir más segura.

Tres hombres se nos acercaron a saludarnos efusiva pero cordialmente. Ella me presentó solamente como Lucrecia y, aparentemente, la conocían muy bien ya que los tres la saludaron por su nombre de pila. Ninguno de ellos se quedó a nuestro lado por más de un minuto, parecían saludos protocolares y no verdaderamente amistosos. Luego se nos acercó un mozo y nos preguntó qué queríamos tomar, cuando pedí una cerveza Catalina me miró con una mueca de asco, como si la hubiera insultado directamente.

–¿Cerveza? ¿Por qué no te pedís algo más... sofisticado? –me preguntó.
–Una cerveza, gracias –le repetí al mozo ignorando a Catalina. Me estaba hartando con su actitud pedante.
–A mí tráigame una botella de champagne –pidió la rubia–. Espero que no me hagas arrepentir de haberte traído –espetó con bronca.
–Espero no arrepentirme de haber venido –en ese instante sonreí a una cuarta persona que se nos acercó a saludarnos y se alejó tan rápido como había venido–. ¿Por qué todos nos saludan?
–Es una costumbre. El lugar está muy oscuro y la mejor excusa para ver de cerca a alguien, es saludarlo. Están evaluándote, porque sos la nueva.

No me sentía cómoda al saber que me estaban “evaluando”, sin embargo no podía hacer otra cosa. La siguiente persona en acercarse, fue una chica no mayor que Catalina, también muy bonita, de piel color bronce y cabello color chocolate. Llevaba puesto un vestido rojo sangre con un escote tan pronunciado que casi podían verse sus pezones. Su saludo fue un tanto más cariñoso que el de los demás, luego se alejó contoneando las caderas.

–¿Te calienta la morocha? –me preguntó Catalina.
–Es muy linda.
–Se llama Irma, es cubana.
–Lo sospeché, por su acento.
–Si querés las presento formalmente. Ella es bisexual –me dijo como si se tratase de un simple trámite.
–¿Por qué repentinamente estás tan buena y servicial conmigo? –tenía que sospechar de su actitud.
–Si no querés intimar con ella, no me importa. Era solamente una sugerencia.
–No dije que no quisiera –imaginé cómo se vería la cubana sin nada de ropa y un calorcito me invadió en la parte baja del vientre.
–Ahora ya no podés –dijo cortante.
–¿Por qué no?
–Porque ya perdiste la oportunidad. Cuando yo ofrezco algo, lo ofrezco una sola vez. Si dudás o me decís que no... perdiste.

Esa era una forma indirecta de decirme que me ofrecería un nuevo trato y que si yo dudaba o lo rechazaba, ya no habría otro nuevo... ni tendría oportunidad de aceptar ese. Catalina era insoportable, pero tenía que admitir que era muy hábil e intimidante con los negocios.

Hablando de negocios, necesitaba averiguar por qué Catalina me había traído a este extraño lugar.

–¿Hay algún lugar donde una pueda sentarse? –le pregunté simulando no tener interés.
–Vení, tengo una mesa reservada.
–¿Mesa? No veo ninguna...

Las mesas estaban contra las paredes, por lo que resultaba muy difícil verlas desde lejos. Me senté en un sillón largo, había otro del lado contrario de la mesa, me recordaba un poco a la disposición que se veían en las cafeterías, solamente que aquí todo era muy elegante. El amable mozo se me acercó con una pinta de cerveza bien fría, agradecí enormemente el gesto ya que me moría de sed. Me recordé a mí misma que debía conducir así que tal vez ese sería mi primer y último vaso de cerveza de la noche; al menos lo disfrutaría al máximo. Catalina se mostró furiosa cuando vio que aún no le traían su botella de champagne, pero en cuanto levantó una mano para quejarse, otro mozo se le acercó desde atrás y, cuidadosamente, depositó el balde metálico con la botella y un par de copas. Me causó gracia ver cómo tenía que apretar sus labios para reprimir la queja que estaba punto de estallar en su boca. Disimulé mi sonrisa dando otro sorbo a la cerveza.

–¿Aquí hacen alguna otra cosa además de saludarse para verse las caras? –pregunté, manteniendo mi actitud desinteresada.
–Por supuesto, pero eso lo vas a averiguar dentro de un rato. Ahora te quiero hacer mi nueva propuesta.

Estuve a punto de decirle que si se parecía a la anterior, la rechazaría, pero me esforcé por mantenerme callada, si algo había aprendido estudiando Administración de Empresas era no exponerse antes de tiempo a la hora de realizar una negociación, siempre esperar a que la otra persona brinde información sobre la cual poder trabajar: la información es poder.

–Te escucho –dije con una sonrisa afable.
–Voy a aceptar tu trato del sesenta por ciento de ganancias, pero... –hizo una pausa exageradamente dramática y me atravesó con las gélidas cuentas de cristal que tenía por ojos– te quiero ver a mis pies.
–¿A mí o a tu hermano? –pregunté sin entender muy bien.
–A vos. Quiero que esta noche me obedezcas en todo. Absolutamente todo –su rígida máscara dejaba ver leves vestigios de malicia y me daba la sensación de que la situación le resultaba divertida.
–¿Querés que sea algo así como tu perrito faldero?
–Sí.
–No me gusta para nada esa idea –admití.
–Pensalo bien, Lucrecia. Podés irte con un buen trato si te portás bien.
–No, la que se va con un buen trato sos vos. A mí no me gusta. Cuarenta por ciento de ganancias y podemos hablar.
–No. Sesenta, eso no cambia.
–Entonces lamento que hayamos perdido el tiempo –di un nuevo sorbo a la cerveza antes de ponerme de pie–. ¿Tenés forma de volver a tu departamento?
–¿Te vas? –pude notar un poco de inseguridad en su tono de voz.
–Sí. Lamento que las cosas no hayan resultado bien –me mantuve firme.
–Cincuenta por ciento.
–No, Catalina. No tengo idea de qué locuras querrás hacer, pero no soy tan idiota, vos querés verme humillada, querés ponerte en una situación de poder, conmigo eso no te va a funcionar, no tengo una personalidad tan débil y... hace rato que me harté de ser la “chica obediente”. Hasta luego.

Caminé en busca de la puerta por la que habíamos entrado, estaba esperando que ella rebajara por fin su oferta, pero no lo hizo. Con un nudo en la garganta continué mi camino, estaba apostando contra ella y tal vez la apuesta no me había salido nada bien; pero me tranquilizaba un poco saber que si le contaba lo ocurrido a Rodrigo, se pondría de mi parte; él tampoco hubiera cedido ante semejantes condiciones. Recorrí el pasillo en penumbras hasta que me topé con los dos guardias de seguridad vestidos de negro. Le pedí a uno que me abriera la puerta para emprender la triste partida de la derrota cuando una pesada mano me tocó el hombro, era uno de los guardias, quien me señaló con el dedo hacia atrás. Al voltear miré hacia el pasillo, allí estaba de pie la esplendorosa rubia.  

–Cuarenta por ciento y se cierra el trato –dijo con firmeza.
–Ahora sí nos estamos entendiendo.

Tuve que hacer un enorme esfuerzo por no sonreír; me sentía muy bien conmigo misma, había conseguido disminuir un enorme veinte por ciento a los intereses, lo cual era extraordinario, si me ponía a pensar en la suma que Catalina debía invertir. Hasta consideraba una estupidez haberle ofrecido sesenta por ciento al principio; pero estaba desesperada y necesitábamos ese dinero con urgencia.

Regresamos al sitio en el que nos habíamos sentado, mi alegría se fue disipando de a poco ya que sabía que había quedado a merced de Catalina y era consciente de que esto era un juego de poder, yo me había impuesto ante ella con la negociación monetaria y lo más probable era que me lo hiciera pagar de alguna forma humillante; pero no tenía idea de qué podría querer hacer. Me mantuve en silencio intentando no cruzar mi mirada con la de ella, después de un par de minutos pasó algo que me tomó por sorpresa.

Un brillante haz de luz apareció súbitamente, estaba dirigido hacia el centro de la habitación. Allí pude ver una especie de cama cuadrada. Sí, cuadrada; no era rectangular, como una cama normal, sino que todos sus lados eran del mismo tamaño. Tenía sábanas negras y una colcha roja que la cubría hasta la mitad, formando un triángulo rojo y otro negro. Me pareció muy extraño ver esa combinación de colores en una cama, ya que por lo general éstas llevaban sábanas de color claro; pero era evidente que ésta no era una cama común y corriente.

El volumen de la música aumentó considerablemente, pude identificar que una canción de la banda “The Killers”, pero no recordaba el nombre de la misma; sin embargo marcaba un ritmo muy enérgico y sensual. La luz estaba focalizada de tal forma que no iluminaba demasiado a la gente de sus alrededores, pero me di cuenta de que había al menos cuarenta personas en el sitio. De pronto vi que alguien se ponía de pie y se acercaba al centro, se trataba de Irma, la hermosa cubana. Ella caminó en círculos alrededor de la cama y miró a los presentes atentamente. Sus ojos se detuvieron en mí, sonrió mostrándome sus perfectos dientes perlados. Levantó una mano y me señaló, sin dejar de lado sus movimientos sensuales. Me señalé a mí misma como para cerciorarme de que apuntaba hacia mí, ella asintió con la cabeza. Miré a Catalina y la rubia hizo un gesto negativo con la cabeza, no estaba dirigido a mí sino a Irma. La cubana puso cara de tristeza, doblando el grueso labio inferior de su boca, pero Catalina se mantuvo implacable y volvió a decirle que no. Irma tuvo que seguir con su búsqueda y poco después señaló a otra muchacha, una que vestía un elegante vestido blanco pegado al cuerpo, tenía una figura muy voluptuosa, caderas anchas y tetas grandes y redondas; un verdadero monumento a la sensualidad. La muchacha se levantó al instante con una sonrisa tan amplia como la que estaba dibujada en el rostro de la cubana.

Miré una vez más a Catalina y ella se señaló con dos dedos ambos ojos y luego apuntó hacia la cama cuadrada; con esto me indicaba que mirara atentamente. Las bellas mujeres comenzaron a bailar muy juntas, siguiendo el ritmo sensual de la música. Sus cuerpos se rozaban constantemente y sus manos recorrían sutilmente cada una de las curvas. Esta sutileza se comenzó a transformar en erotismo cuando la chica de blanco volteó, dándole la espalda a Irma, y ésta le acarició el vientre llevando sus mulatas manos hasta los grandes pechos, los presionó desde abajo hacia arriba y éstos saltaron fuera del prominente escote. Cuando la cubana bajó las manos pude ver las blancas y redondas tetas de esa bella muchacha al desnudo, el haz de luz la iluminaba lo suficientemente bien como para permitir apreciar lo erectos que estaban sus pezones. Irma besó a su compañera en el cuello, dejándole una marca de pintura de labios. Con estas manifestaciones tan lésbicas, mi temperatura corporal comenzó a elevarse. Indiqué con una seña a un mozo que me trajera otro vaso de cerveza, no quería beber mucho, pero lo necesitaba.

Aparentemente a nadie le molestó que Irma fuera desvistiendo poco a poco a la muchacha del vestido blanco y ésta se mostró muy colaboradora. Cuando el vestido tocó el suelo me di cuenta de que ella no llevaba más ropa interior que un sexy par de medias con encaje, que llegaban hasta la mitad de sus muslos. Me fijé en su delicada vagina, la cual presentaba una pequeña línea de vellos, prolijamente recortados, y unos labios apretados y suculentos. Miré a Catalina, boquiabierta, ella se limitaba a observar la escena con una de sus cínicas sonrisas en el rostro, me dio la impresión de que se estaba burlando de mí.

Estaba comprendiendo qué clase de club era éste, siempre había creído que no eran más que un mito urbano; pero tenía frente a mis ojos la prueba irrefutable de que existían. Esta gente estaba allí para mantener relaciones sexuales ante un público selecto; esto, en lugar de incomodarme, me calentó de sobremanera, tuve que apretar mis piernas con fuerzas en respuesta mecánica a un pequeño espasmo de goce que había sufrido mi vagina.

Las dos mujeres en el centro del salón se acariciaban mutuamente, el vestido de la cubana iba perdiendo estabilidad y sujeción, en pocos segundos acompañó en el suelo al otro vestido. En cuanto Irma quedó desnuda, la muchacha de tez pálida le agarró uno de sus pechos y le dio un fuerte chupón al pezón. Supuse que la gente aplaudiría o algo por el estilo, pero todos observaban en silencio. Ambas mujeres cayeron en la cama cuadrada y comenzaron a besarse apasionadamente, mientras sus delicadas manos recorrían las intrépidas curvas de sus cuerpos. Noté que entrecruzaban sus piernas y comenzaban a frotarse la una contra la otra; era una escena maravilla que me traía miles de hermosos recuerdos sexuales.

Irma, que tenía la espalda contra el colchón y la chica sobre ella, fue por la teta que le correspondía saborear y la lamió con ímpetu, al mismo tiempo una de sus manos acariciaba esa hermosa cola que tenía a su disposición y los dedos de la morena, osados y habilidosos, se perdieron en el canal que se formaba en el centro. Pude ver cómo uno de esos dedos se introducía en la cueva vaginal, para luego salir casi tan rápido como había entrado. La cubana chupó su propio dedo, que debía estar lleno de flujos femeninos, luego volvió a meterlo en ese hermoso agujerito; pero esta vez no lo sacó.

Las largas y rosadas lenguas se encontraron en el centro de la separación entre una boca y la otra, comenzaron a luchar entre ellas, a veces rozándose apenas con las puntitas y otras veces abrazándose y entrelazándose con fuerza. Esas mujeres sí que sabían usar sus lenguas. Me humedecí aún más de solo imaginar a una de ellas con la cabeza entre mis piernas. Me hubiera gustado admirar la escena desde más cerca, pero comparado con el resto de los presentes, Catalina y yo teníamos sitios privilegiados, éstos eran dos de los asientos más cercanos al centro de la pista.

Me relajé y me dejé llevar por el asombroso espectáculo. Vi a esas hermosas mujeres acariciar y tocar cada rincón del cuerpo de la otra. Las vi besarse con fogosa pasión lésbica y lo mejor llegó cuando vi a Irma comiéndole la vagina a su amante seleccionada. La chica separó y levantó las piernas, flexionando las rodillas, para dar lugar a la cabeza de la cubaba. No sólo le permitió chupar con total libertad la regordeta vagina, sino que también nos permitió a nosotros, los espectadores, apreciar la escena en todo su esplendor. Pude ver perfectamente cómo esa lengua se hundía entre los labios y cómo a veces se concentraba solamente en el clítoris.

Casi sin darme cuenta y sin apartar la mirada del centro, comencé a acariciar mi entrepierna por encima del vestido. Estaba abstraída y no tenía idea de si alguien me estaba mirando, en ese momento no me importaba ya que estaba luchando contra el fuerte impulso de saltar de mi asiento y unirme a esas dos diosas del sexo lésbico.

La música siempre las acompañó y ellas no redujeron el ritmo en ningún momento, se movieron sobre esa cama como si se tratara de una coreografía cuidadosamente ensayada. Con mucha agilidad lograron formar un impecable 69 y fue en ese momento donde una nueva sorpresa apareció. La cama comenzó a girar lentamente, me percaté de que el suelo debajo de ella trazaba un amplio círculo y ésta era la base que giraba. De esta forma pudimos ver a las mujeres desde todos los ángulos, sin perdernos detalles de lo que hacían sus lenguas en la vagina de la otra.

Cuando el juego lésbico finalizó, ambas mujeres se pusieron de pie e hicieron una leve reverencia a su audiencia, esta vez sí las aplaudieron y tuve que sacar la mano de mi entrepierna para sumarme a los aplausos. No conocía a nadie, más que a Catalina, dentro de ese club, pero ya había algo allí que me llamaba mucho la atención. Irma y su amante se vistieron y cuando se alejaron del centro la música cambió repentinamente, seguía manteniendo un ritmo bastante sensual, pero ya no eran canciones de The Killers, esta vez me fue imposible identificar a la banda.

Ninguno de los presentes se movió, pero como la luz del centro seguía encendida me di cuenta de que estaban esperando que otra persona pasara a brindar un espectáculo similar. Rogué que se tratara de dos mujeres y aguardé. Cuando giré mi cabeza para tomar el vaso de cerveza que había dejado en la mesa, me encontré con Catalina, de pie delante de mí. Me hizo una seña con sus manos indicándome que me pusiera de pie. Me quedé boquiabierta.

La rubia tuvo que tomarme del brazo y tirar de él para hacerme parar. Caminé con torpeza hacia el centro de la pista mirando como estúpida a todos alrededor, esta vez sí me aterré. Había muchas mujeres, pero me inhibía que también hubiera tantos hombres.

–Es tu turno de entretenernos –dijo Catalina acercándose a mí con una cínica sonrisa–. Si querés que cerremos el trato, vas a tener que participar en esto, de muy buena gana.
–¿Querés que yo... haga lo mismo que hizo Irma... con vos?

La rubia estalló en carcajadas, su risa fue tan estridente que se escuchó por encima de la música. Nunca me había irritado tanto escuchar a una mujer reír. Catalina emitía un cacareo burlón y me miraba como si yo fuera una niña ingenua que había dicho un absurdo tan grande que merecía ser desacreditada frente a toda la audiencia.

–¿Ya terminaste? –le pregunté con el ceño fruncido cuando el volumen de su estruendosa risa disminuyó.
–Qué ingenua sos, Lucrecia –me dijo mientras se limpiaba un par de lágrimas con el dorso de la mano.
–Sí, me lo habían dicho antes; pero no entiendo cuál es la gracia. ¿Qué querés que suponga si me arrastrás hasta acá de la misma forma que lo hizo Irma con aquella chica? Es obvio que pretendés que haga algo relacionado al sexo.
–La ingenuidad la cometiste en pensar que ibas a poder tocarme a mí. Sé que te morís de ganas de hacerlo, lo veo en tus ojos... en la forma en la que me mirás todo el tiempo, es lógico que te guste si es que sos tan lesbiana como afirmás.
–Seré lesbiana, pero eso no quiere decir que me guste cualquier mujer que me pongan delante. ¿Para qué me trajiste hasta acá?
–Para que nos des una bonita exhibición.
–Puedo hacer eso –me encogí de hombros; el estómago se me revolvía, pero encontraba la idea bastante excitante–. ¿Tengo que escoger a alguna mujer del público? –pregunté mirando a mi alrededor.
–No, yo voy a escoger la persona con la que vas a estar.

Caminó alrededor de la pista con paso firme, era obvio que buscaba a alguien en el público y me dio la sensación de que ya tenía a esa persona previamente escogida y sólo intentaba localizarla. De pronto se detuvo frente a un grupo de personas y le hizo señas a alguien para que se acercara. La vi regresar de la mano de uno de los hombres más altos que había visto en mi vida, tenía el cabello negro, prolijamente cortado a la moda y una espalda muy ancha. En sus fríos y duros rasgos había cierto atractivo, pero en general era atemorizante.

–Te presento a Zoran, es Serbio, tiene treinta y dos años y va a ser tu compañero de cama por esta noche.

Me quedé petrificada, el gigante me miraba fijamente con media sonrisa dibujada en sus labios; debía admitir que no encontraba amenaza alguna en esa sonrisa, pero de todas formas me aterraba. Me di cuenta de que había sido un enorme error aceptar las condiciones contractuales de Catalina, ella quería humillarme y sabía perfectamente cómo hacerlo.

–Veremos qué tan bien se comporta una lesbiana, como vos, con un hombre de verdad, como Zoran. Si estás pensando que te va a partir en dos –se acercó mucho a mí, nuestras narices se tocaron–, entonces estás en lo cierto.
–No lo voy a hacer –me negué.
–No tenés opción, Lucrecia. Además allí no termina la cosa...

Se agachó y extrajo una caja de madera de abajo de la cama. De ella sacó un par de esposas envueltas en una esponjosa tela negra y algo que me pareció una especie de flagelo que estaba formado por finas tiras de cuero. Me espanté mucho al ver ese extraño objeto meneándose como un péndulo.

–¿Para qué es eso? –pregunté retrocediendo un paso.
–Qué poca imaginación tenés, Lucrecia –ella se rio de mí y tuve la sensación de que todos se estaban burlando.
–Esto no me gusta nada. Me quiero ir –busqué la puerta de salida con la mirada, pero no podía hallarla ya que todo a mi alrededor estaba en penumbras.
–Es tarde para eso, una vez que estás en el centro de la pista, no hay vuelta atrás. Desde ahora en adelante vas a ser mi juguete… y el de Zoran.

Miré al serbio, que sonreía con alegría, tal vez no entendiera ni una sola palabra de español, pero estaba segura de que él debía imaginar mejor que yo lo que estaba a punto de ocurrir y cuáles eran los sádicos planes que la rubia tenía para mí. Catalina se me acercó con paso sensual y seguro, podía notar el frío hostil en su mirada. Sus intenciones no me agradaban para nada. Si bien había llegado al punto de acostarme con un hombre, lo había hecho en circunstancias muy especiales y con personas que me inspiraban muchísima confianza; sin embargo no conocía para nada a ese enorme tipo, no teníamos absolutamente nada en común; ni siquiera habíamos nacido en el mismo continente.  

–No sé qué ideas locas tendrás en mente, Catalina, pero yo no me voy a rebajar de esa manera –aseguré.
–Vos vas a hacer lo que yo te diga, puta –una maliciosa sonrisa se dibujó en sus finos labios.

Me tomó por sorpresa el repentino cambio en su tono de voz. Se acercó tanto a mí que el dulce aroma de su perfume se coló por mis fosas nasales. Una de sus manos se cerró con fuerza alrededor de mi muñeca derecha. En cuanto ví que intentaba esposarme, sacudí mi brazo con fuerza y me aparté, dando un paso hacia atrás.

–Lucrecia, no te conviene jugar en mi contra –me dijo la rubia, evidenciando su fastidio–. Tenemos un acuerdo.
–No me está gustando nada este acuerdo.
–No me importa si te gusta o no, lo tenés que hacer igual, de lo contrario no hay trato.

Avanzó una vez más hacia mí, por lo que comencé a retroceder, intentando esquivar la cama, para no caer en ella; sin embargo Catalina se abalanzó sobre mí como un felino furioso y juntas caímos sobre el mullido colchón. Sus manos aferraban con fuerza mis muñecas e intentaba someterme empleando todo el peso de su cuerpo contra mí. Soltó uno de mis brazos y comencé a empujarla poniendo la mano en su pecho, ella intentaba a toda costa abrir una de las esposas, cuando logró abrirla comenzó una lucha por esposarme, me resistí todo lo que pude, empleando toda mi fuerza. Quedó demostrado que en cuestión de fuerza, la mía superaba por mucho a la de Catalina, logré arrebatarle la esposa y la cerré rápidamente alrededor de su muñeca derecha.

–¿Qué hacés? –me dijo con la cara llena de odio.
–A mí no me vas a esposar.

Tal vez tenía una esposa sujeta a una de sus muñecas, pero esto no le impedía moverse con total libertad, se abalanzó sobre mí y comenzó a descargar toda su furia. Tiró de mi cabello, provocándome un dolor agudo en el cuero cabelludo, luego intentó arañarme la cara; sin embargo conseguí detenerla a tiempo y sujetar su brazo, repentinamente su fuerza se había incrementado y yo me encontraba en una posición desfavorable. Valiéndome de todas mis fuerzas la empujé y logré apartarla de arriba mío. Justo cuando estaba por ponerme de pie vi una pequeña llave en el colchón, la tomé sin pensarlo, era la llave de las esposas.

–¡Dame eso! –exclamó la rubia enfurecida.

Ella permanecía de rodillas sobre la cama, me di cuenta de que la esposa que había cerrado en su muñeca aún tenía abierto el otro extremo, sin embargo ésto no me servía de mucho ya que no veía nada en la cama a donde se pudiera aferrar, la misma no tenía ningún tipo de respaldar ni sujeción. Me alejé unos pasos y miré a mi alrededor, toda la gente nos admiraba expectante. Noté la sonrisa pícara en los labios de un hombre gordo y calvo que acariciaba la pierna de una hermosa joven que estaba sentada a su lado. Muchos parecían estar disfrutando de la escena tanto como él.

–¡Zoran! Sacale la llave –le gritó Catalina al serbio. No sé si este habrá comprendido alguna palabra de lo que dijo, pero seguramente adivinaba la intención, la sonrisa de sus labios se borró al instante y quedó lleno de dudas.
–No te muevas, Zoran –dijo el hombre calvo del público–. Dejá que las chicas se las arreglen solas –una vez más el serbio debió comprender lo que le decían ya que el hombre levantaba una mano indicándole que se detenga al mismo tiempo que negaba con la cabeza. Zoran asintió y se quedó de brazos cruzados en su sitio.
–¿Vos por qué te metés? –ladró la colérica rubia.
–Porque parece que tu compañerita quiere jugar a un juego nuevo… que me parece de lo más interesante –respondió el hombre al mismo tiempo que volvía a acariciar la pierna de su acompañante.

Mientras Catalina estaba concentrada en quejarse, me moví rápido y tomé el segundo par de esposas que estaba sobre la cama y me apresuré a cerrárselo en su otra muñeca, ella se giró hacia mí y me fulminó con la mirada. Para mi sorpresa, el público presente comenzó a aplaudir y el hombre calvo me hizo señas para siguiera adelante, no pude hacer otra cosa que sonreír y huír de la rubia que ya estaba acomodándose para saltar sobre mí una vez más.

–¡Sacame esto, Lucrecia! –chilló–. Sacámelo antes de que me hagas enojar más de lo que ya estoy.
–Ya te dije, Catalina, a mí no me vas a esposar… ni voy a ser el juguetito sexual de un tipo que ni siquiera conozco.
–Vos vas a hacer lo que yo te diga, ahora mismo… o rompo el trato –dijo apuntándome con su dedo índice–. No hay préstamo para vos ni para el puto de mi hermano.
–Lamento decirte que podés meterte el dinero donde te quepa, porque no voy a acceder bajo esas condiciones.

Mientras discutíamos yo giraba alrededor de la cama intentando mantenerme fuera del alcance de sus filosas uñas, no dejaba de dar zarpazos como una fiera enjaulada. En ese momento escuché que el hombre calvo hablaba a mis espaldas en un idioma extraño, al que Zoran supo responder, por lo que deduje que era serbio. Luego Zoran se acercó a Catalina con aire altanero, la sujetó con fuerza de los brazos y ésta empezó a gritar que la suelten.

–Considerá eso como una pequeña contribución a tu juego –dijo el calvo–, espero que hagas que valga la pena.
Me quedé anonadada, tanto él como los demás esperaban que yo diera una especie de espectáculo utilizando a la rubia como víctima. Podría haberles dicho que me quería marchar, pero lo cierto es que deseaba hacerle pagar por todo el mal trato al cual me había sometido durante todo el transcurso del día. Pensé rápido, mi intención era encontrar alguna forma de sujetar las esposas en algún lado, pero no veía ningún poste o argolla que me permitiera hacerlo, eso me llevó a preguntarme de qué forma quería esposarme ella. En ese momento vi que un muchacho me hacía señas para que me acercara, se encontraba justo detrás de Catalina y Zoran, sentado en una silla con las piernas cruzadas. Parecía ser un tipo ricachón, debido al fino traje gris oscuro que llevaba puesto. Era atractivo en cierta forma, tenía dos hermosas mujeres jóvenes sentadas a sus lados, ambas sonreían y lo miraban embobadas. No entendía para qué quería que me acercara, pero al saber que la rubia estaba bien sujeta por el serbio y que éste no le permitiría moverse, no tenía nada que perder, por lo que en pocos segundos estuve a su lado. Me incliné un poco hacia atrás sin sacar los ojos de Catalina, sólo para poder admirar cómo luchaba enfurecida contra el hombre que la duplicaba en tamaño. El joven a mis espaldas se me acercó un poco para susurrarme al oído. Noté que posaba una de sus manos en mi cola, lo aparté rápidamente pero él volvió a ponerla ahí. Estuve a punto de alejarme cuando lo escuché decir:

–Esposale los tobillos…
–¿Qué? ¿Cómo?
–Que le esposes las manos a los tobillos.
–¿Y cómo hago eso?
–Fácil, bajale la mano hasta que se acerque al tobillo y cerrás las esposas.
–No se va a dejar.
–Vos tenés más fuerza que ella. Además tenés al grandote para que te ayude.

Apretó mi nalga y uno de sus dedos pasó muy cerca de mi vagina. No me agradaba que un hombre me estuviera tocando de esa forma, pero tenía la mente ocupada en imaginar lo que haría con Catalina una vez que pudiera inmovilizarla sin la ayuda de Zoran.

Esta vez fui yo la que se abalanzó contra la rubia, justo cuando estaba por tomar uno de sus brazos y esposarla, el serbio la soltó.

–No, pará... volvé –le dije al mismo tiempo que Catalina caía sobre mí–. Pero la puta madre...

Sujeté con fuerza uno de sus brazos y caímos sobre la cama, quedando ella sobre mí. Al parecer ella supo que esas esposas terminarían perjudicándola, por lo que se apresuró a cerrar uno de los extremos abiertos alrededor de mi muñeca izquierda, de esa forma quedamos esposadas la una a la otra.  Le demostré que eso había sido un gran error a estirar con fuerza mi brazo y hacerla caer de boca contra mí. Me abracé con fuerza a su menudo cuerpo y giré para posicionarme sobre ella. La escuché gritar algo que no comprendí, la ignoré y me senté de bruces sobre su estómago, estirando mi brazo izquierdo por sobre mi cabeza, obligándola a ella a estirar el suyo e inmovilizándolo. Intentó golpearme con su otra mano, pero la sujeté. El extremo abierto de las esposas me golpeó en la cabeza, pero no dolió en absoluto, gracias al acolchado que las recubría. La parte difícil comenzó allí, ya que tuve que valerme de todo el peso de mi cuerpo y de la fuerza de mis brazos para hacerme levemente a un lado, enganchar su pierna sobre mi muslo y subirla tanto como me fuera posible. Luego tomé su pie derecho y acerqué su brazo, sin soltarlo. Ella intentó patearme, pero logré sostenerla. Tuve que realizar un enorme esfuerzo para dejarla quieta un segundo, hasta tuve que ponerle una rodilla contra el estómago; pero al final conseguí cerrar la esposa en su tobillo. Esto la dejó en una posición sumamente incómoda, y a mí me había dejado bastante cansada.

–Te estás pasando de la raya, Lucrecia –gruñó.
–Vos te pasaste de la raya primero... –dije mientras recobraba el aliento, ambas estábamos algo sudadas.
–Te doy la última oportunidad para que me sueltes...
–Ni te gastes, Catalina. No te voy a soltar.

Ella intentó zafarse pero estaba obligada a mantener su mano casi pegada a su pie, doblando su cuerpo por la mitad. La gente volvió a aplaudir, la fiesta se estaba animando y yo, en cierta forma, disfrutaba ver a la rubia luchando inútilmente contra las esposas. Volví a abalanzarme sobre ella, que comenzó a gritarme y creo que hasta intentó morderme, estaba hecha una furia total; yo intentaba por todos los medios abrir el extremo de las esposas que me sujetaban valiéndome de la diminuta llave, con cada movimiento que ella hacía me impedía introducirla por la cerradura, pero al fin, con un poco de suerte, conseguí hacerlo y mi mano quedó libre. Esta vez no me costó tanto esposarle el brazo a la otra pierna, lo conseguí luego de forcejear un poco con ella, dejándola con los dos brazos completamente estirados hacia abajo, en paralelo a sus piernas, y las rodillas flexionadas. Quedó boca abajo, como si estuviera en posición de perrito, pero como no podía apoyarse en sus brazos, ya que estos habían quedado debajo de su cuerpo, se veía obligada a apoyar su cara contra el colchón. Allí me percaté de lo sugerente que era esa pose, ya que sus piernas habían quedado separadas y su cola era el punto más alto de su cuerpo. Tenía el vestido bastante subido y al pasar detrás de ella vi su blanca tanga apretando su vagina.

La gente aplaudió durante un rato y yo ya me sentía bastante excitada, no sólo por los roces contra el cuerpo de la rubia sino por la extraña sensación de poder que me daba esa situación, sumando a esto los vítores de la gente que me observaba. En mi interior algo se revolvía intensamente, era como si me hubieran inyectado una alta dosis de adrenalina.

El muchacho carilindo volvió a llamarme, me acerqué a él sin dejar de sonreír mientras escuchaba las quejas de Catalina. Esta vez pude acercarme al tipo y mirarlo de frente, estaba completamente afeitado, tenía ojos rectangulares color café y una nariz bastante pequeña y recta, pensé en Rodrigo al verlo e imaginé que, si este joven fuera gay, harían una excelente pareja, uno rubio y el otro con cabello negro como la noche, casi estaban hechos el uno para el otro. Cuando sentí que posaba su mano en mi cola ya no lo aparté, no porque lo disfrutara sino como agradecimiento por la excelente idea que me había brindado. A pesar de que me estaba manoseando lo hacía con suavidad y mucha destreza.

–¿Por qué no nos das una función un poquito más interesante? –Me preguntó al oído–. La tenés completamente a tu disposición…
–¿Y qué te hace pensar que me gustan las mujeres?
–Lo sé, creeme. Se te nota en la cara, especialmente por la forma en la que miraste a las chicas que estuvieron “jugando” antes.
–¿Tanto se me nota? –sonreí–. Es una lástima que no me gusten los hombres, sino tal vez te daría una oportunidad –le guiñé un ojo. Él comenzó a reírse a carcajadas.
–Es una lástima… tendré que conformarme con que te gusten las mujeres. ¿Al menos me regalarías ese lindo espectáculo, hermosa? –su intrépida mano hundió la tela de mi vestido justo entre mis nalgas, sentí sus finos dedos acariciando mi vulva, me hizo estremecer y aumentó mi calentura.
–Está bien, veré qué puedo hacer… aunque no prometo mucho.
–Cualquier cosa que venga de vos, va a ser mucho para mí –una vez más presionó mi vagina y la acarició de arriba hacia abajo, me estaba calentando para el juego.

Regresé a la cama donde la rubia, con la cara hinchada de rabia, me miraba con ojos centelleantes. Me senté en el colchón y le acaricié la espalda.

–Lucrecia, si me soltás ahora mismo te perdono y seguimos adelante con el trato; de lo contrario…
–No estás en posición de negociar, Catalina. Ahora mando yo, te guste o no –subí con la mano hasta posarla en su firme cola.
–¡No me toques, tortillera de mierda! –escuché el murmullo incómodo emitido por gran parte de los presentes.
–Te sugiero que cuides esa boquita, Catalina, por acá hay muchas “tortilleras” y no te conviene ofenderlas –apretó los labios con bronca, ella sabía que yo tenía razón, no le permitirían faltarle el respeto a nadie allí dentro, por más importante que se creyera –. En cuanto al trato, ya te dije que no voy a acceder, y en lo que a mí concierne, fuiste vos la que lo rompió al pretender obligarme a hacer algo que no quiero, teníamos un acuerdo verbal y no lo respetaste.
–Te dije que ibas a tener que hacer algo más…
–Sí, pero exageraste, me hubieras pedido que lo haga con alguna chica y hubiera aceptado encantada; pero no… tenías que meter al pobre Zoran de por medio. No me gustan los hombres –volví a acariciar su cola.
–Y a mí no me gustan las mujeres.
–Es una lástima. Si sólo tuvieras la posibilidad de evitarlo...

Me puse de pie y fui en busca del extraño látigo con flecos y lo meneé ante los incrédulos ojos de la rubia.

–Que ni se te ocurra tocarme con eso –me dijo.
–Tranquila Catalina, guardá saliva para después… la vas a necesitar.

Caminé hasta la parte posterior de la rubia y levante su vestido al mismo tiempo que le acariciaba una nalga. Tenía una cola hermosa, respingada y con la piel muy tersa. Pasé mis dedos por la raya del medio y con la punta de mis dedos rocé su vagina. Aún podía escucharla quejarse, pero no le presté atención, estaba concentrada en la hermosa vista que ella me estaba brindando en contra de su voluntad. Miré el látigo y me pregunté si esos delgados flecos de cuero la lastimarían… no quería hacerle daño, sólo quería castigarla un poco. Con un rápido movimiento de muñeca el látigo se sacudió y golpeó contra una nalga, provocando un chasquido. Ella gritó, pero no fue un grito de dolor, sino de rabia. La gente aplaudió una vez más y pude ver que finas líneas rojas se habían dibujado en la cola de la rubia.

Mis pulsaciones se aceleraron aún más, toda esta situación era extrañamente atrayente para mí, no comprendía muy bien por qué me causaba tal impacto, pero me excitaba mucho saber que me estaban mirando. Volví a golpear a Catalina otra vez... y luego otra... y otra. La gente murmuraba constantemente, me daba la impresión de que todos disfrutaban tanto como yo al escuchar las quejas de la chica esposada. Más líneas rojizas aparecieron en esas tersas nalgas y yo podía sentir cómo me humedecía un poco más cada vez que volvía a sacudir el brazo para golpearla. Poco después me di cuenta de que yo no era la única humedeciéndose, la luz no era muy buena, pero pude ver cómo la apretada tanguita de Catalina se manchaba lentamente con flujo vaginal.

Decidí dejar de golpearla durante un momento y me senté en la cama junto a ella. Acaricié su cola con suavidad y acerqué mis dedos a su sexo.

–¿Qué te pasa, Cata? –le pregunté–. ¿No me vas a decir que estás disfrutando con todo esto?
–¡No! –chilló.
–Pero se te está mojando la rajita...
–¡Mentira!
–¿Entonces qué es esto?

Pasé la yema de mis dedos por el centro de la vagina, hundiendo la tela entre los labios. Éstos se asomaron un poco hacia los lados de la tanga. Mis dedos se mojaron con el flujo sexual.

–¡No me toques! –gritó sacudiéndose; sin embargo fue inútil, no pudo moverse mucho.
–Tengo que admitir que esto es lo primero bueno que encuentro en vos –dije volviendo a acariciar su vagina.
–¿Qu... qué?
–Que tenés una vagina muy linda... por lo poco que alcanzo a ver. Siempre dije que hay algo bueno en todo el mundo, no creí encontrarlo en vos.
–Callate, tarada. Vos te morís de ganas de coger con una mina como yo... ¿te creés que no me di cuenta de la forma en la que me miraste toda la noche?
–Toda la noche te miré con odio, Catalina... si vos querés entender otra cosa, es tu problema –mientras hablaba seguía disfrutando del roce de mis dedos contra su mullida almejita que se estaba humedeciendo y calentando cada vez más–. Pero ahora me gusta lo que veo...

Introduje mis dedos por debajo de la tela de la tanga, sin apartarla, y disfruté del contacto directo con sus tibios y viscosos labios vaginales. Acaricié una de sus nalgas y luego me acerqué para besarla, lo hice con suavidad pero luego hinqué mis dientes en ella, sin ejercer mucha presión; sin embargo Catalina se quejó como si le hubiera arrancado un trozo de carne.

–¡Estás completamente loca, flaca! –me gritó–. ¿Qué hacés?

Ignoré sus quejas y lamí su tersa piel. No era Catalina en sí lo que me excitaba, sino la situación... y el tenerla sometida. Por más que ella intentara moverse, no conseguía hacerlo. Mis dedos se movían entre los pliegues de su vagina, buscando esos puntos más sensibles. De a poco fui despojándola de su ropa interior y el público se fue tornando cada vez más bullicioso a medida que la almejita de la rubia iba quedando expuesta. Una vez que la tanga llegó a la altura de sus rodillas, le abrí la vagina con dos dedos, no sólo para mirarla yo, sino también para que todos pudieran verla. Era muy rosada y estaba perfectamente depilada, la chica debía gastar una fortuna en cosmética. Al verla quieta podía contemplar toda su belleza, Catalina era delgada y menuda, de baja estatura, tal vez algo parecida a Lara en su contextura, la mayor similitud la tenían en la cola; sin embargo las curvas de la rubia eran más pronunciadas y esto le daba un aspecto más impactante, sexualmente hablando.

–¡Qué hermosura! –exclamé.
–¿Eso era lo que tanto querías de mí? Seguramente estuviste pensando en mi concha todo el día.
–La verdad es que no... pero eso no quiere decir que no sepa reconocer la belleza, aunque esta provenga de alguien como vos...
–Soy mucho más linda que vos, Lucrecia... y es obvio que te morías de ganas por tocármela.

Me irritaba bastante que fuera tan arpía, hice caso omiso de sus palabras y pasé a hacer lo que tenía que hacer. Mantuve su vagina bien abierta y pasé la lengua por el centro de ella, deteniéndome durante unos segundos en su pequeño orificio rosado. Moví la lengua de un lado a otro, forzándola a salir de mi boca tanto como fuera posible, para así poder introducirla en esa tierna cuevita.

–¡No, no! ¡Pará! –sus berrinches se hacían más débiles, pero seguían allí.
–Me estoy cansando de que te quejes tanto, Catalina.

Rápidamente me puse de pie y tomé el látigo. Lo sacudí y las agudas tiritas de cuero se estrellaron contra sus nalgas, produciendo un bello chasquido. Ella gritó de dolor. Le di otro golpe, pero esta vez lo hice con más fuerza.

–¡Me hacés mal!
–Si querés que deje de pegarte, entonces dejá de quejarte.
–¡No!

Una vez más, un golpe seco se estrelló contra su cola. Lo repetí dos veces más y ella gritó con cada impacto.

–¿Vas a dejar de quejarte? –no me contestó, por eso me vi obligada a pegarle otra vez–. Respondeme, Catalina. ¿Vas a dejar de quejarte?
–S... sí.

Noté mucha rabia en su voz, pero logró convencerme. Dejé el látigo de lado y tan rápido como me había parado, volví a lanzarme contra su suculenta vagina y comencé a comerla con ganas, la breve sesión de castigo me había puesto muy caliente. Se la chupé toda, inclusive llegué a lamer su culito. Usando ambas manos mantuve sus nalgas separadas y metí mi cara entre ellas, lamiendo todo sin parar. Podía escuchar el murmullo de la gente, casi podía sentir cómo me alentaban a seguir. Estuve chupando durante un buen rato más y luego me detuve.  

Supuse que ya había llegado el momento de llevar la función a otro nivel, para esto pedí ayuda una vez más al muchacho carilindo. Le pregunté si disponían de algún juguete sexual, además del látigo y las esposas, él me indicó que mirase debajo de la cama y, efectivamente, debajo de ella encontré otra caja que contenía diversos objetos, todos ellos dentro de la categoría “consoladores”, me sentía como en casa, con mi propia caja de juguetitos sexuales. Inclusive encontré un pomito con lubricante. No me costó mucho decidir con qué juguete me entretendría primero, vi una estaca anal, color negra, que me cautivó desde el primer momento, no era muy grande, pero la parte inferior del cono era bastante ancha. Sin que Catalina me viera, la llené de lubricante y luego me senté en la cama. Me preocupaba lo callada que estaba la rubia, tal vez estaba tan enojada que no podía ni hablar, o puede que la evidente excitación que le causó mi lengua la haya dejado confundida, sin embargo tenía en mano algo que la haría reaccionar. Al principio sólo acaricié su ano, al parecer esto ya no le molestaba, pero lo que ella no sabía es que en esta ocasión le estaba esparciendo lubricante por la zona, puede que haya sentido algo diferente, pero no dio señales al respecto. Su primera reacción llegó en cuanto apoyé la punta de la estaca en su orificio.  

–¿Qué es eso? –preguntó con cierto temor.
–Ya te imaginarás qué es...
–Lucrecia, yo nunca... ¡Ay!

Empujé levemente hacia adentro y pude ver cómo su ano se dilataba un poco para dar paso a la redondeada punta de la estaca, al mismo tiempo llevé mi mano izquierda a mi entrepierna y comencé a acariciármela.

–¿Estás loca, flaca? ¡Sacame eso! –se quejó; su voz sonaba más aguda de lo normal.
–¿Me creés si te digo que te va a gustar? Te lo digo por experiencia.
–¡No soy una puta como vos!
–¿Y qué clase de puta sos vos?

Hice retroceder la estaca para darle una leve sensación de alivio a su culito y luego volví a introducir la punta, ella continuó quejándose, pero la ignoré. Repetí la acción tres o cuatro veces más, siempre procurando que no ingresara más que la punta del juguete sexual. Sentía mi vagina caliente y muy húmeda, mi estómago era un gran revoltijo de sensaciones placenteras, estaba disfrutando mucho con eso y ocasionalmente miraba a mí alrededor para toparme con esos ojos anónimos que me observaban atentamente. Algunas personas se toqueteaban mutuamente e incluso llegué a ver a una mujer, de unos cuarenta y pico de años, de rodillas frente a un muchacho joven, chupándole el pene vigorosamente.

Forcé un poco más la entrada de la estaca, no quería lastimarla, pero un poquito de dolor extra no le vendría nada mal, como castigo.

–¡Ay! ¡Basta, Lucrecia! ¡Sacá eso! ¡Soltame de una puta vez!

Ignoré sus gritos y seguí trabajando lentamente en su culo, metiendo y sacando el juguetito, yendo de a poco cada vez más adentro. Con esto ella debería sentir bastante placer en ese orificio, ya que los movimientos eran constantes y la estaca podía entrar y salir, hasta cierto punto, con bastante facilidad. La cola de Catalina se meneó de un lado a otro, creí que ella intentaba apartarse, pero luego me di cuenta que estaba separando más las piernas.

–Me parece que a la chica le está gustando –dije sin dirigirme a nadie en particular, aunque el mensaje iba más dirigido a ella que al resto de los presentes.

Ella no respondió, pero soltó un suave y largo gemido cuando hundí un poco más la estaca, la cual ya había entrado más de la mitad. Su culito estaba dilatándose bien y quise ayudarla a “relajarse” acariciándole el clítoris con la otra mano. Mantuve mis movimientos constantes mientras admiraba el bello cuerpo de mi... ¿cómo debería llamarla? ¿Esclava sexual? Una risita se me escapó al pensar en eso.

Catalina emitió un grave y profundo quejido cuando empujé la estaca anal, provocando que ésta se introdujera casi hasta llegar a su parte más ancha. Luego la saqué y volví a repetir la acción, llevándola hasta el mismo punto. Una vez más se escuchó ese quejido agónico.

–¡Apa! Parece que te está gustando...

No obtuve respuesta, volví a sacar y a meter la estaca y ella volvió a gemir. Era obvio que lo estaba disfrutando mucho; pero sabía que nunca lo admitiría. Empecé a acelerar el trabajo, su culito se cerraba cuando yo retrocedía y volvía a dilatarse rápidamente cuando volvía a meter el juguete, ella no paraba de gemir, aunque lo hacía con los dientes apretados, como si intentara contenerse. Quité mi mano izquierda de su clítoris, ya no la necesitaba. Opté por sólo utilizar la estaca y llevarla con ella al clímax. La metí un poco más fuerte de lo habitual y ella soltó un grito de placer. Quité la estaca lentamente y volví a clavarla con fuerza, me excitaba mucho ver y oír la reacción de Catalina.

–¿Querés que te dé un poquito más fuerte? –ella emitió un sonido inteligible, no sabía si me estaba insultando o qué–. Respondeme, Cata ¿lo hago más fuerte?
–Sí... –la afirmación salió de su boca como un suspiro.
–Entonces preparate, porque esto te va a gustar mucho.

Comencé a bombear con mayor ímpetu. Su culito se volvió elástico, recibiendo constantemente la estaca, variaba la profundidad a la que la metía antes de sacarla, con esto podía tomar por sorpresa a la rubia, ella no sabría si entraría mucho o tan sólo la puntita, pero de lo que sí podía estar segura era que el juguete seguiría entrando y saliendo. Llegó el momento que yo tanto esperaba y debo admitir que fue sólo por un error de cálculos, pensé que introduciría la estaca casi hasta el borde de la parte ancha, pero en lugar de eso fui más allá y se la metí toda. Su culo se abrió para dar paso a todo el diámetro de la estaca y luego se volvió a cerrar cuando ésta se perdió dentro, tan sólo sobresalía un extremo angosto y la base plana por la que yo sostenía el juguete. Catalina comenzó a chillar, pero no noté dolor en ella, gemía y se sacudía porque le había gustado. La dejé disfrutar esto durante unos pocos segundos y luego extraje la estaca, tan sólo hasta la mitad, para volver a meterla toda y darle otro momento de goce. Esta vez gritó con más fuerza y creí escuchar que decía “Sí” entre sus gemidos. Volví al bombeo rápido y de vez en cuando la sorprendía metiendo otra vez toda la estaca. Me calentaba mucho ver cómo entraba y salía y más me calentaba pensar que yo misma había experimentado eso alguna vez y que mi propio culo había reaccionado de la misma forma, estaba demasiado excitada y ya no me bastaba con toquetearme y mirar; necesitaba acción. Dejé la estaca metida bien adentro de su colita y me puse de pie.

–Llegó el momento de que me pagues por todo lo que te di.
–¿Cómo?
–No hace falta que te pongas demasiado creativa para que sepas cómo.
–¿Vos querés que yo te la... a vos?
–Sería una buena forma de agradecimiento.

Me despojé de mi vestido y quedé desnuda ante el público, escuché que varios intercambiaban opiniones y por el tono de éstas, parecían ser buenas. Me resultó imposible no sonreír, sentí un fuerte hormigueo en la boca de mi estómago, me sentía deseada y hermosa. Luego me senté justo frente a Catalina y abrí las piernas, ofreciéndole toda la humedad de mi sexo; me coloqué lo suficientemente cerca de ella como para que pudiera alcanzarlo.

–No me gusta eso –me dijo apartando la cara.
–¿Alguna vez lo probaste?
–No, pero...
–Si no lo probaste, no podés saber si te gusta o no –me miró con duda–. Esta noche te forcé a hacer muchas cosas, pero no quiero forzarte a hacer esto, es algo que tiene que salir de tu propia voluntad.
–¿Y si no quiero hacerlo?
–¿Te dije que si lo hacés te voy a dar una buena recompensa? ¿No?

Acerqué mi boca su oreja y le susurré la idea que tenía para ella si accedía a practicarme sexo oral, por la sonrisa que se dibujó en su rostro supe que le había gustado. Volví a colocarme en posición y ella asintió con la cabeza. Se acercó un poco, pero justo cuando sus labios iban a entrar en contacto con los míos, ladeó la cabeza y besó la cara interna de mi muslo derecho. Acaricié su cabello procurando no forzarla a bajar la cabeza, sólo quería que ella se sintiera más cómoda. Continuó con los besos y de repente la punta de su pequeña lengua comenzó a dar leves golpecitos a mi clítoris.

–¡Ay, sí! Eso me gusta –exclamé entre gemidos.

Incliné mi cabeza hacia atrás y esta vez sí empujé un poco la suya hacia abajo. Su boca abarcó toda mi vagina y sentí que la lengua subía apretándose en la hendidura que formaban mis labios, hasta llegar a mi clítoris y volver a jugar con él. Me acosté sobre el colchón, manteniendo las piernas flexionadas y separadas, crucé mis brazos sobre mi pecho y comencé a masajearme las tetas, dándole pellizcos a mis duros pezones. Ella fue ganando confianza y sus dubitativas lamidas fueron tornándose más y más seguras. Me hizo soltar un agudo gemido cuando dio un fuerte chupón a mi clítoris.  

Mientras la lengua de Catalina jugueteaba entre mis cavidades vaginales me percaté de que el viejo calvo estaba tomándonos fotos con su teléfono celular, esto me sorprendió mucho ya que pensé que eso no estaba permitido en este sitio, sin embargo no podía hacer nada para quejarme. Tenía cosas más importantes por las que preocuparme, como los intensos chupones que estaba sufriendo mi clítoris. Tal vez esta era la primera vez en la que ella mantenía relaciones sexuales con una mujer, pero debía admitir que aprendía muy rápido, tenía mucho talento. Comencé a sacudirme mientras sobaba mis tetas con ambas manos, cerré los ojos y me dejé llevar por el momento; me producía una enorme calentura saber que había tanta gente mirándome. Si tan sólo ellos supieran que hace apenas un año yo era una mojigata que hasta tenía miedo de masturbarse... ¿qué pensarían los grupos de la iglesia a la que concurría antaño si me vieran en esta situación? Todas esas incógnitas me despertaban una increíble y morbosa sensación, me fascinaba estar rompiendo con esos modelos sociales que tanto tiempo me habían apresado y que no me habían permitido expresar mi sexualidad a gusto.

Un nuevo gemido estalló en mi garganta, ya no podía controlar mi cuerpo, comencé a sacudirme casi sufriendo con cada lamida y chupón que recibía de Catalina. No sabía si ella me había mentido al respecto, tal vez sí había probado una vagina antes, pero me causaba más morbo pensar que la mía era la primer que había probado.

–Creo que la chica se ganó una buena recompensa –le dije al hombre calvo.
–¿Qué tenés en mente? –me preguntó con una amplia sonrisa de blancos dientes.
–Que Zoran se ponga a jugar con su colita... ¿me explico?
–¡Perfectamente!

Luego dijo unas palabras raras, que no comprendí, dirigiéndose a Zoran, que continuaba de pie, con los brazos cruzados. El serbio se alegró mucho al recibir la noticia y lo expresó llenando de felicidad su anguloso rostro. Rápidamente pasó caminando a mi lado y se colocó detrás de Catalina, ésta dejó de chupármela por un segundo, sólo para poder gemir, imaginé que había extraído la estaca anal y eso debió proporcionarle un enorme placer, el cual se repitió, con la evidente entrada de un pene, que no pude ver; pero tampoco me interesaba hacerlo, me bastaba con saber que ella gozaba mientras se lo metían por detrás. La cama comenzó a sacudirse con los fuertes movimientos que transmitía Zoran a la rubia. Ella, entre jadeos, reanudó el juego con su lengua y mi vagina, la cual estuvo sumamente agradecida. Sentía que mi entrepierna estaba cubierta de una mezcla de saliva y flujos vaginales tan grande que debía estar humedeciendo las sábanas. Levanté levemente mi cabeza para espiar a Catalina, ella tenía la boca hundida entre mis hinchados labios y sacudía la cabeza de un lado a otro, cuando se apartó para tomar aire pude ver que su rostro estaba tan lleno de flujos como mi sexo. Detrás de ella podía ver a Zoran, que parecía tomar carrera y lanzarse hacia adelante, una y otra vez. Ocasionalmente Catalina soltaba un gemido ahogado.

Incliné nuevamente mi cabeza hacia atrás y cerré los ojos, para gozar a pleno de la lengua de mi esclava sexual, la cual se estaba esmerando mucho. Di rienda suelta a mis gemidos, no porque me viera obligada a hacerlo, sino porque me calentaba mucho gemir y que toda la gente me escuchara. Además con eso animaba un poco más la escena. Meneé mi cadera de atrás hacia adelante y Catalina se mantuvo siempre con la boca fuertemente pegada a mi almejita, succionándola, lamiéndola, introduciendo su lengua y moviéndola rápidamente contra mi clítoris. La estaba pasando de maravilla, por más que en mi vida hubiera malos momentos, éstos parecían carecer de importancia cuando estaba sumergida en un frenético acto sexual, por eso amaba tanto el sexo, era el mejor método que podía emplear para apartarme de todas mis preocupaciones, dolores y penas.

Al abrir nuevamente los ojos me llevé una gran sorpresa al ver a la cubana de pie a mi lado. Se inclinó un poco y me dijo en voz baja que ella era mi recompensa por la interesante función que estaba dando.

–Me envía Dani –me dijo con un fuerte acento característico de su país de origen.
–¿Quién es Dani?

Se limitó a señalármelo con la cabeza. Dani resultaba ser el muchacho carilindo que había estado ayudándome, con una sonrisa le agradecí el gesto y, sin perder más tiempo, Irma se levantó un poco el vestido y se sentó sobre mí, mirando de frente hacia Catalina. Contemplé su oscura y preciosa vagina, tenía los labios bastante carnosos y podía ver rastros de flujo en ellos. Olfateé su dulce aroma y me dejé llevar por el momento. La rubia seguía comiéndomela con ímpetu y Zoran seguía dando fuertes embestidas contra su culito. Tomé los muslos de la morena con ambas manos y me llevé otra grata sorpresa al comprobar lo suave y tersa que era su piel. De inmediato pasé la lengua por su vagina, deleitándome con su sabor. Ella bajó un poco más hacia mí y todo su sexo quedó contra mi boca. Forzando mi lengua logré introducirla en su caverna y a continuación abrí grande la boca y dejé que mis labios acariciaran los suyos una y otra vez.

No podía creer que estuviera compartiendo la cama con otras tres personas a las que había conocido ese mismo día, a mi mente llegó el recuerdo de aquella hermosa noche que pasé junto con Lara y esas dos mujeres que conocimos en el boliche, a las cuales nunca habíamos vuelto a llamar. De pronto me sentí nostálgica, extrañaba mucho a Lara y me hubiera encantado que ella estuviera conmigo en ese momento. Decidí jugar con mi imaginación y Lara fue apareciendo una y otra vez en esa cama, a veces en el lugar de Irma y otras veces en el lugar de Catalina. A pesar de tenerla a tantos kilómetros de distancia, la sentía muy cerca de mí. Tal vez no la amaba más, pero no podía negar que aún guardaba un fuerte sentimiento por ella. No pude hacer otra cosa que rememorarla durante todo el rato que estuve lamiendo y siendo lamida.

*****

Cuando la función terminó, me apresuré a ponerme mi vestido otra vez, no me importaba permanecer desnuda ante esa gente, pero temía que quisieran hacer un segundo acto involucrando a Zoran o a alguien más, que no sea mujer. Al vestirme les estaba indicando que mi participación por esa noche ya había terminado. Con una sonrisa agradecí a Irma por haberme prestado su sexo y me alegré mucho al saber que logré hacerla llegar al clímax, tanto como Catalina lo hizo conmigo y estaba segura de que la rubia también había pasado un gran rato, ya que cuando le quitaron las esposas abrazó con fuerza a Zoran. Por un breve instante pude ver el culito dilatado de la rubia y me causó mucho morbo saber que en parte yo era responsable por eso. Justo cuando estaba terminando de acomodar mi vestido vi que el hombre calvo se me acercaba con una radiante sonrisa, me tomó por la cintura y me dijo:

–Sos fabulosa, chiquita. Nos dejaste a todos maravillados.
–Gracias —me limité a decir.
–Mi nombre es Juan. Te dejo mi tarjeta –dijo extendiéndome un papelito rectangular–. Cualquier cosa que necesites, me podés llamar. Me encantaría verte por acá de nuevo.
–No creo que vuelva, vine por negocios y...
–Negocios es lo que más se hace acá. El resto es simplemente un lindo espectáculo, para alegrar el ambiente, pero aquí estamos para hablar de negocios, y creeme que muchos van a querer hacer negocios con vos –al decirme eso me guiñó un ojo y me apretó una nalga.

En total esa noche me fui con siete tarjetas con números de teléfonos, cinco de hombres, incluyendo el jovencito carilindo que me había dado la idea de esposarle también los tobillos, y dos mujeres; una de ellas estaba algo entrada en años y no me agradó, sin embargo la otra me pareció bastante bonita y simpática.

Me senté en el lugar que antes habíamos ocupado con Catalina, ella se me acercó y al sentarse me fulminó con su mirada más furiosa. De pronto toda la aceptación que había mostrado en la cama, se borró.

–Que te quede algo bien claro, Lucrecia. Hice lo que hice porque no quiero perder los contactos y las relaciones que gané acá, fue todo por negocios, sé cómo actuar de la manera que corresponde cuando la situación lo requiere; pero ni por un segundo pienses que yo soy una tortillera como vos, lo que pasó no me gustó nada y estoy muy enojada con vos... te vas a arrepentir por haberme puesto en esa situación... olvidate para siempre del trato.

Me molestó mucho que de pronto se mostrara tan hostil conmigo, como una estúpida había creído todo su acto y de verdad había pensado que disfrutó... tal vez sí lo hizo con Zoran, pero puede que lo que me hizo a mí haya sido... ¿forzado? Estaba muy confundida, ella se había mostrado realmente convincente, tal vez las mentiras no estaban en la cama, sino en sus últimas palabras; pero era muy difícil estar segura con una mujer tan inestable y traicionera como Catalina.

–Hace rato que ya me olvidé del trato. La única que lo sigue mencionando sos vos. No sé hasta qué punto te habrá disgustado lo que pasó, yo te vi bastante emocionada...
–Ya te lo dije, sé cómo actuar cuando la situación lo requiere. Cuando se trata de negocios, y de orgullo, soy capaz de cualquier cosa.
–Lo de orgullosa te lo creo. Creo que te hubiera molestado demasiado que te vean como una cobarde, ¿por eso hiciste lo que hiciste?
–Hice lo que tenía que hacer, y punto. Ahora, si no te molesta, me quiero ir de acá... ya no tengo nada que hacer. Me tenés que llevar.
–¿Cómo?
–Sí, Lucre. Vos me trajiste, vos me llevás.
–Está bien, te llevo; pero después de eso, no me pidas más nada, y en lo posible, no quiero volver a verte.
–Perfecto.

*****

Durante el regreso Catalina se mantuvo tan seria, fría y enfurecida que ni siquiera quise dirigirle la palabra. No podía sentirme bien por lo que había hecho, pero ella me había arrinconado... lo demás fue instintivo. Seguí mis impulsos.

Había arruinado toda posibilidad de cerrar un buen trato con ella, sabía que en gran medida se debía a mis acciones y reacciones, pero no me sentía culpable. Si estuviera otra vez en la misma situación, obraría de la misma forma. Sinceramente no podía hacerme la idea de ser dominada sexualmente por una mujer como Catalina, me sentiría tan humillada que me llevaría meses reponerme. Eso se debía, principalmente, a las actitudes y a la personalidad que la caracterizaban. Esa rubia me cayó mal desde el principio y no me haría cambiar de opinión. A pesar de haber perdido la oportunidad de solucionar los inconvenientes económicos que atravesaba Afrodita, me sentía extrañamente bien por haberle demostrado a Catalina que no todas las personas se pueden controlar con dinero.

Como si el destino no se hubiera divertido lo suficiente conmigo, tuvimos un altercado en la ruta que nos espantó a las dos por igual. Sufrimos un repentino pinchazo en una de las ruedas y el vehículo se tambaleó de un lado a otro bruscamente. Por suerte logré controlarlo sin mayores dificultades y disminuí la velocidad hasta frenar junto a la banquina, con los nervios tan tensos que podrían partirse en cualquier momento. Al detenerme miré a la rubia y la encontré más pálida de lo normal, sujetándose con ambas manos de lo que encontró a su alcance. Mi corazón quedó peligrosamente acelerado, nunca había tenido un accidente automovilístico y me aterraba pensar lo cerca que estuvimos, de haber conducido un poco más rápido me hubiera resultado imposible controlar el auto.

Al bajarnos del vehículo Catalina intentó mostrarse dura y severa otra vez, no me echó la culpa por el neumático pinchado, ya que de hacerlo hubiera conseguido lo peor de Lucrecia, pero hizo alarde de sus contactos y aseguró que un amigo, dueño de una empresa de auxilio mecánico, nos salvaría de este inconveniente en un santiamén.

Me dio un poco de gracia verla fracasar en su intento, aparentemente su amigo le dijo que no tenía móviles disponibles hasta dentro de tres horas. Catalina, hecha una furia, lo mandó a la mierda y, de paso, le envió grotescos recordatorios a todas las ramas femeninas del árbol genealógico del tipo. Tuve que disimular para no reírme en su cara, pero cuando el momento divertido pasó me di cuenta de que estaba atrapada allí y que teníamos que valernos por nosotras mismas para salir de este aprieto.

–¿Sabés cambiar una rueda? –le pregunte.
–Acaso tengo cara de mecánico –me dijo con una mueca de asco.
–Tenés cara de ser bastante inútil. Vamos a tener que cambiar la rueda, sí o sí.
–¿Vamos? El auto no es mío, es tú problema.
–¿Mi problema? Te recuerdo que yo tengo que llevarte hasta tu casa, así que es problema de las dos.
–No pienso tocar una rueda de esas, me arruinaría las manos... y el vestido.
–La cara te voy a arruinar... –le dije con el ceño fruncido enseñándole mi puño cerrado.

Ella retrocedió espantada. Estaba muy enfadada, tenía ganas de golpearla, pero al mirar a mi alrededor me percaté de que estábamos en el medio de la nada, en una ruta oscura; no era nada seguro permanecer más tiempo allí. Di media vuelta y pisando con furia me encaminé hacia el baúl del auto, extraje el gato hidráulico y casi me disloco una vértebra sacando la pesada rueda de auxilio. La que habíamos perdido por el pinchazo era la rueda delantera del lado del conductor. Me dirigí a ella con el gato en mano y lo examiné durante un buen rato, no tenía ni idea de cómo usarlo, conocía el principio de palanca pero ese pequeño artilugio no me daba ninguna pista. ¿Cómo pretendían que levantara un auto tan grande con una pieza metálica tan pequeña? Con Catalina nos miramos confundidas, ni siquiera me molesté en preguntarle, ella estaba más desorientada que yo. Por lo general suelo ser bastante torpe y me niego a hacer bien cosas sencillas que escapan a mis habilidades, como cocinar; pero esta vez era diferente, no sólo porque estábamos en una verdadera emergencia, sino también porque tenía frente a mí a la persona más inútil y despreciable que había conocido y no quería quedar como una imbécil frente a ella.

Un auto pasó a gran velocidad a nuestro lado y nos tocó bocina, por un segundo pensé que se detendría a ayudarnos, pero no aminoró la marcha; me di cuenta de que su bocinazo había sido de advertencia, estábamos muy cerca de la ruta y en plena oscuridad debía resultar difícil vernos. Encendí la baliza del auto y recordé haber visto un par de luces de advertencia en el baúl. Las busqué y las coloqué a unos metros de la parte trasera del vehículo, de esa forma podrían vernos con mayor facilidad. Catalina caminaba de un lado a otro, rozando la banquina, sin hacer absolutamente nada útil para ayudarme. Solté un bufido lleno de rabia y puse mis neuronas a trabajar. Pocos segundos más tarde me di cuenta de que al gato debía faltarle una pieza, la palanca, propiamente dicha. Comencé a revolver la caja con herramientas que había dentro del baúl y encontré una llave en cruz y un hierro con rosca, que encajó perfectamente en el orificio del gato hidráulico. No tuve que hacer tanta fuerza como creía para levantar el auto, esto me animó un poco.

Admiré la llave en cruz y las tuercas de la rueda. Cuando la coloqué en su lugar me di cuenta de que esas malditas tuercas estaban aferradas con gran firmeza. Comencé a hacer tanta fuerza como pude y al estar agachada el vestido se me levantó, recordé que no llevaba ropa interior, por lo que debería estar desnuda de la cintura para abajo, rogaba que no pasara ningún vehículo y que, de hacerlo, no se percatara de ello.

–¿Podrías ayudarme un poquito? No puedo sola –le dije a Catalina.
–Ni loca. Yo no toco esa porquería. ¿Sabés cuánto sale dejar estas uñas en condiciones? No pienso malograrlas haciendo el trabajo de alguien más.
–Catalina, sos la mujer más despreciable que conocí –le dije con frialdad mientras me acomodaba el vestido–. Te creés muy importante por tener plata y por ser bonita, eso lo tenés, no te lo discuto; pero en estos casos no sirve de nada lo hermosa que seas o la fortuna que tengas en el banco. Aquí y ahora sos completamente inútil, un simple lastre –sus ojos se agrandaron, noté que mis palabras le causaban gran impacto–. No suelo ser mala con la gente, pero vos me llevás a mis límites, sos realmente odiosa y es lógico que nadie te quiera. Dudo mucho que ese novio que te “robó” tu hermano realmente te haya amado, lo que más te duele a vos es saber que Rodrigo es una gran persona, alguien digno de ser amado y vos no.
–Retirá lo que dijiste –me dijo con ojos temblorosos.
–No se pueden retirar las palabras ya dichas, porque dichas están. Te digo más, la única forma en la que alguien va a desear acercarse a vos es si se fijan en tu dinero, o en tu cuerpo; pero cuando eso deja de satisfacerlos, no tienen nada en qué fijarse. Sos como la estatua de la Libertad, hermosa e imponente por fuera, pero hueca por dentro.
–¡Eso no es cierto! ¡Soy mucho más de lo que vos vas a llegar a ser en tu vida!
–Agradezco a Dios no llegar a ser nunca tan egoísta y narcisista como vos.
–¿Qué sabés vos de mi vida? ¿Acaso tenés idea de las cosas que tuve que pasar?
–Naciste en cuna de plata, Catalina. No soy la más indicada para decírtelo porque yo también nací en una familia bien acomodada y tuve mis problemas, sufrí muchas cosas... especialmente durante este último año, que fue el más duro de mi vida; pero no por eso me volví una arpía fría y desagradecida. Hay gente que vive peores situaciones y siguen siendo buenas personas –al decir eso pensé en Anabella y en todo lo que ella había sufrido–. Hay gente que es digna de admiración, son ejemplos de vida, en cambio vos sos el vivo ejemplo del egoísmo. No hacés absolutamente nada sin obtener a cambio un beneficio, ya sea más dinero, poder o simplemente regocijarte viendo como los demás se arrastran ante vos, ¿pero qué pasa cuando conocés a alguien con quien no podés imponer tu poder, tu dinero, ni tu aspecto físico? ¿Cuánto vales ante esa persona? Te lo puedo decir, ante mí no valés nada.

Antes de volver a agacharme ante la rueda de auxilio me percaté de que Catalina estaba llorando, me sentí un poco mal por ella, pero estaba muy enojada. Me daba mucha bronca que ante esta situación no se dignara a ayudarme. Me llevó un buen rato quitar la rueda pinchada y otro buen rato colocar la de repuesto, pero me sentí bien conmigo misma al terminar. Había resuelto un problema para el cual me consideraba incapaz, tan sólo usando un poco mi cabeza... y algo de fuerza física.

Al terminar me temblaban las manos por el esfuerzo. Cerré el baúl y caminé hacia la puerta del conductor, miré hacia todos lados y no encontré a Catalina. Por un momento temí que mis duras palabras la hubieran ofendido tanto que había decidido marcharse sola, caminando; pero eso era absurdo ya que si no quería esforzarse en cambiar un neumático, menos se esforzaría en hacer semejante caminata.

La puerta del lado del acompañante se abrió y Catalina bajó, no se me había ocurrido mirar dentro del vehículo ya que no la había escuchado entrar. Ella se acercó a mí dando dos largos pasos, me puse en alerta y apreté los puños, la intensidad de su mirada me atemorizó; pero estaba dispuesta a defenderme lo mejor que pudiera. Sus manos se movieron tan rápido que ni siquiera tuve tiempo a esquivarlas. Mi confusión fue enorme, esperaba recibir un golpe pero sólo sentí la tibieza de sus palmas contra mis mejillas y luego sus labios, húmedos y suaves, contra los míos. Fue un beso dulce, tímido y dubitativo, impropio de la rubia.

–Tenés razón al decir que me comporto como una egoísta –era la primera vez que la escuchaba hablar en un tono de voz que no trasluciera malicia–, es que me han lastimado tantas veces que me volví una mujer fría.

Quise decirle algo, pero sus labios me lo impidieron, volvió a besarme, pero esta vez me rodeó con sus brazos, sentí sus manos acariciando mis nalgas. La tomé por la cintura y la acompañé con el beso.

–Te pido disculpas –volvió a hablar cuando nuestras bocas se separaron–, me siento muy avergonzada por la forma en la que te traté. Sos una buena chica y yo intenté humillarte desde el primer momento en que te vi; pero no lo hice a propósito, es una forma extraña que tengo de actuar, que a veces ni yo misma comprendo. Hoy me demostraste que estuve muy equivocada en muchas cosas, especialmente con el sexo femenino; no creía que hubiera tanta... sensualidad y pasión al compartir una cama con una mujer, me alegra que hayas sido vos mi primera vez. De pronto es como si te conociera desde hace mucho tiempo –sus dedos comenzaron a luchar contra el cierre de mi vestido, yo la observaba muda y con las cejas arqueadas–. Lo que hicimos esta noche fue una de mis mejores experiencias con el sexo... y mirá que he tenido muchas, más de las que te imaginás. Mil veces vi sexo entre mujeres y lo subestimé, por no haberlo vivido nunca en carne propia –logró desprender el cierre y comenzó a desnudarme, por un momento olvidé que nos encontrábamos en el medio de la nada–. Soy muy orgullosa, no suelo decir estas cosas pero... me hiciste sentir realmente bien y me encantaría que eso se repitiera...

Esa fue la última señal que me dio, ya estaba todo claro, comencé a bajar su vestido al mismo tiempo que ella bajaba el suyo. Fuimos acercándonos al auto y dentro de él nos desnudamos. Nuestros cuerpos no cabían en el estrecho lugar, pero eso no nos detuvo, nos besamos una vez más, mientras recorríamos nuestras curvas con suaves caricias. Nuestras piernas se entrecruzaron y comenzamos a frotarnos, Catalina cerró los ojos y su respiración comenzó a agitarse, noté cómo mi vagina se humedecía tan rápido como la de ella, mi muslo quedó empapado por sus flujos. Ella se inclinó hacia adelante y se apoderó de una de mis tetas, comenzó a chuparme el pezón con mucha intensidad.  

Intentábamos encontrar la forma más cómoda de acostarnos entre los dos asientos delanteros, pero se nos complicaba mucho, especialmente cuando bajé la cabeza y lamí la lampiña vagina de Catalina, tuve que dejar de hacerlo a los pocos segundos ya que mis largas piernas estaban dobladas de forma muy incómoda.

–¿Por qué mejor no vamos al asiento de atrás? –me dijo con una dulce sonrisa, prácticamente impropia de ella–. Ahí vamos a estar más cómodas.
–Está bien –le respondí con el mismo entusiasmo.

Bajé del auto y me acomodé el cabello que caía sobre mi rostro, en ese preciso instante la puerta del lado del acompañante se cerró con un fuerte golpe. Me sobresalté tanto que me quedé paralizada, a continuación escuché el “clic” de las trabas de seguridad al accionarse. Cuando intenté abrir la puerta otra vez, me resultó imposible, estaba fuertemente trabada. Me asusté y me enfurecí al mismo tiempo, me incliné hacia adelante para mirar a través del vidrio y me encontré con la maliciosa sonrisa de la rubia. El motor se puso en marcha, comencé a golpear la ventanilla gritándole que me abriera la puerta, pero fue inútil, un segundo más tarde el auto se alejaba a gran velocidad por ruta, dejándome en el medio de la nada, completamente sola... y desnuda.


Continuará...

20 comentarios:

zhivago dijo...

Porfa no dures tanto para publicar, excelentes relatos ansioso de ver los desensales

Anónimo dijo...

Muy buenos relatos!!! lastima que tardas tanto en seguir las historias :(

Anónimo dijo...

Hola Nokomi excelente capítulo. Felicitaciones al chef. Cuando sale la continuación?.

Anónimo dijo...

No puedo esperar más me encantan tus relatos :D

Rafael dijo...

Te felicito Nakomi, tienes un excelente estilo para narrar, te sugiero escribir un libro eròtico, lo compraria. Uno puede navegar a travès de tus anecdotas y con gran interès de leer la continuaciòn. esperamos pronto los siguientes cap+itulo

Mat21 dijo...

Genial esta serie, espero que la continúes pronto!!!

Anónimo dijo...

Excelente!! Para cuando el capítulo 22 por favor. Y gracias!!!

Anónimo dijo...

Donde estàs Nokomi??????????

Anónimo dijo...

Excelente relato. ¿Habrán más de esta y las demás series?

Anónimo dijo...

Hola, nokomi excelentes relatos, los encontre por casualidad anoche pensando que iba a encotrar algo banal y mal escrito, te felicito por que mas alla de escribir algo erótico... tienes una gran historia de fondo ... me encantan los momentos con anabelle son realmente tiernos ... sigue adelante con los relatos todo escritor tiene su tiempo de creatividad e inspiración , espero con ansias el 22

Anónimo dijo...

Buen buenos relatos! Lastima que me parece que se quedó sin ideas nokomi porque no escribe más...

Anónimo dijo...

Le habrá pasado algo a esta chica?

Yumi Chan dijo...

Hola nakomi te sigo desde principios del 2015. Seria lo maximo leer el capitulo 22.

Yumi Chan dijo...

Hola nakomi te sigo desde principios del 2015. Seria lo maximo leer el capitulo 22.

Anónimo dijo...

Su Twitter tampoco tiene movimiento... Desapareció de las redes. Ojala este bien. Gracias por toda la fantasía! Admirable.

E.J #ScoRpiOn_sWeEt dijo...

Me encanta estos relatos tanto asi que me eh enviciado en ellos
ojala y subas el capitulo 22muy pronto

Emelyn Saravia dijo...

Me sentí muy identificada, creo que llevar este relato al cine provocaría una revolución y sería estupendo, sin censura, que muestren las cosas tal cual son. Ojalá que te esté yendo muy bien en la escritura de los demás capítulos, eres muy talentosa.

Agustin dijo...

Te extraño nokomi, recorde que leo tus relatos desde 2014 pir la gran calidad de los mismos.
Espero que estes bien y podas seguir subiendo mas contenido

Anónimo dijo...

Nokomi desde hace un año esperamos la continuación! X favor! Está muy buena la historia! Sos una excelente escritora, te felicito

Anónimo dijo...

Me encanta tus relatos, no solo por el contenido erótico, veo reflejados muchos de mis sentimientos en los de Lucrecia. La manera en la escribes es realmente buena, es una historia cruda y sin censura, me fascina que no todo sea de "color rosa". Las caídas de Lucrecia, sus errores, sus decisiones inmaduras e impulsivas, sus llantos y ataques de rabia, todo esto, es lo que hace más real tú relato, hace que me identifique con ella y me tiene enganchada, no puedo parar de leer un capitulo tras otro...
Gracias por este relato, espero que te encuentres bien y que continúes regalándonos más de Lucrecia. Sinceros saludos desde México. :*