"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

El Fruto del Incesto (Malditas Uvas) [05].

Capítulo 05.

Intenso y prohibido placer.



Fabián seguía mirando la uva, que había logrado extraer de mi vagina, como si fuera una pepita de oro.
―¿Pensás que esa fue la última? ―preguntó.
―No lo sé. Si te soy sincera no sé cuántas metí. Pero al menos ahora sé cómo sacarlas.
―¿Con los dedos? La verdad es que demoramos un montón…
―No, me refiero al orgasmo. La uva salió cuando yo tuve un orgasmo. Tuve que pujar un poco cuando sentí que bajaba, y vos pudiste agarrarla con los dedos.
―Comprendo, hay que combinar las tres cosas, el orgasmo, la puja y…
―Fabián, no me importan los detalles técnicos, lo importante es que salió, y no me voy a quedar tranquila hasta saber que fue la última. Tengo que aprovechar ahora, que sigo caliente ―me di la vuelta y me puse en cuatro sobre la cama, con la cola apuntando hacia mi hijo―. Dale, ayudame.
Pasando un brazo por debajo de mi cuerpo comencé a frotarme el clítoris. Fabián no dijo nada, pero si actuó. No se quedó detrás de mí, sino que se colocó de rodillas a mi lado. Posó su mano izquierda en el centro de mi espalda y con la derecha se fue directamente a mi concha. Me clavó dos dedos y empezó a masturbarme con ellos.
Estaba a merced de mi propia calentura. Sabía que ésta era una tarea inútil, pero la encontraba morbosamente excitante. Nunca había experimentado algo semejante con otro hombre, nunca ninguno me había inspirado tanta confianza. Fabián me metía los dedos tan rápido y con tanta fuerza que yo tenía la sensación de que me estaban cogiendo. Los chasquidos húmedos que provocaba este frenético movimiento ayudaban a aumentar la ilusión. Cuántas veces había fantaseado yo con un hombre que me cogiera de esa forma... tan dura, tan constante. Todo esto me hacía desear una buena verga.
―Mmm, que rico. Lo estás haciendo muy bien. De paso estás practicando para cuando tengas que pajear a una mina.
Fabián se detuvo repentinamente, cuando estuve a punto de preguntarle por qué lo hizo, uno de sus dedos se me hincó en el culo.
―¡Ay!
―Perdón, ¿te dolió?
―No, no… lo que pasa es que me tomó por sorpresa.
―Es que como dijiste que te gustaba…
―Sí, sí me gusta. Meteme el dedo en el culo.
Supliqué como una puta agarrándome las nalgas con ambas manos y abriéndolas para que mi hijo pudiera enterrar su dedo en ese agujerito que tantas fantasías sexuales había despertado en mí.
El dedo comenzó a ejercer presión en el orificio, debido a la buena lubricación brindada por mis propios flujos, éste comenzó a introducirse lentamente.
―Ahh, qué rico se siente ―Fabián empujó hasta que su dedo no pudo entras más, pero aún no me lo había metido completo―. Sacalo y volvé a meterlo. Sí, así… ay, ay… ay qué rico.
Esta vez sí consiguió metérmelo completo. Fabián tenía unos dedos maravillosos para esa tarea, eran bien gruesos y firmes.
―Movelo hasta que el culo me quede bien abierto.
Él obedeció y yo cerré los ojos para disfrutar de la sensación. Me lo estaba dilatando de maravilla. Podía sentir esa rica succión cada vez que lo movía, todo mi bajo vientre se estremecía de placer.
Después de un rato, le dije:
―Ahora meteme otro dedo.
Él, sin decir ni una palabra, sacó el dedo y a continuación regresó con dos. Tuvo que ejercer más presión, pero al fin sentí cómo mi culo se abría y los dejaba entrar. Sin que se lo pidiera, él comenzó a meterlos y sacarlos lentamente.
―¡Ay, cómo me lo estás abriendo! Me gusta. Tenés los dedos tan gruesos que parece que me estuvieran metiendo una verga.
Si bien nunca había sentido un pene el culo, sí los había recibido en mi vagina, y sabía perfectamente cómo se sentían.
Fabián comenzó a aumentar el ritmo progresivamente, pasados unos segundos ya me daba toda la sensación de que me estaban cogiendo por el culo, por primera vez. Esto no se comparaba en nada a masturbarme sola, ya que, al no tener el control, no sabía cuándo me penetraría ni cuándo los sacaría. No quise masturbarme porque prefería que todo el placer que sintiera, proviniera de mi culo.
―Así… así. Dame rápido. Colame los dedos sin miedo, que a mí me gusta.  
Gracias a este incentivo verbal conseguí que Fabián pusiera más ímpetu. Su mano parecía estar temblado vigorosamente entre mis nalgas, los dedos casi no salían de mi culo, pero el movimiento era tal que me estaba rebalsando de placer. Comencé a gemir. Luego de unos cuantos segundos de goce, dije:
―¡Cómo me calentaría tener una buena pija en la boca! ―con la mano izquierda busqué el miembro de mi hijo―. ¡Ay, qué lindo! Ya se te puso bien dura otra vez. Vení, traela para acá.
Fabián avanzó un poco, sin dejar de darme placer anal. Al tenerlo más cerca, me bastó con inclinar un poco el torso y la cabeza, para que esa potente verga quedara al alcance de mi boca. Él podía seguir metiéndome los dedos cómodamente. Le chupé el glande con pasión.
―Esta verga me vuelve loca, es la más rica que me comí en mi vida.
La manía de decirle locuras sexuales a mi hijo seguía teniendo un increíble efecto en mí. Volví a meterla en mi boca, intentando tragar un poco más. No me importaba que él no respondiera a mis comentarios, ya que esa no era mi intención, me bastaba con que escuchara lo que yo tenía para decir.
Comencé a mover mi cabeza. No era la posición más cómoda para hacer un pete, pero era la única que se me ocurría, si es que también quería seguir recibiendo esos adictivos dedos por el culo.
―Qué lindo sería poder cabalgar una poronga como ésta. Si toda la leche que me tomé, me la hubieras metido dentro de la concha, me la rebalsabas ―le di un chupón al glande―. Debe ser muy lindo que te la llenen de esa manera. ¡Uf! Se me hace agua la concha de sólo imaginarlo.
Estaba disfrutando tanto que mi cabeza comenzó a trabajar para idear una forma de estar más cómoda. Hasta que por fin se me ocurrió.
―Frená un poquito, Fabián ―le pedí; él me hizo caso―. Acostate en la cama, bocarriba ―mientras él cambiaba de posición, yo seguía hablando―. Quiero estar más cómoda, para poder comerme toda esa pija.
Una vez que él quedó mirando al techo, yo me coloqué, en cuatro patas, arriba de él; pero con la cabeza apuntando hacia su verga erecta, y ofreciéndole mi culo.
―Ahora sí ―dije aferrándome a ese rígido mástil, con ambas manos.
Mi hijo volvió a introducir sus dedos en mi culo y yo volví a reanudar el pete. Esta vez podía tragármela hasta donde me entrara. Tal vez había sacrificado un poco la velocidad con la que mi hijo me daba por detrás, pero valía la pena.
―Lo estás haciendo muy bien, Fabián. Cuando tengas una novia a la que le guste que le metan los dedos por el culo, la vas a hacer muy feliz. Y ni te digo cuando le entierres toda esta verga por la cola ―acaricié sus huevos y le di varias lamidas al pene, como si fuera un helado―. ¡Qué envidia me da! A mí también me gustaría que me metieran por el culo una pija como ésta ―chupé el glande―. Bien despacito, hasta que el culo me quede bien abierto ―tragué todo lo que pude y luego la saqué lentamente, apretando mis labios―. Y después que me den bien duro, y bien rápido.
Empecé a chupársela tan rápido como podía mover mi cabeza. Me dediqué a esto durante varios segundo, disfrutando de los dedos de mi hijo entrando y saliendo de mi culo. Pensé en la chupada de concha que me había dado Luisa y me dije a mí misma que no había razón para negársela a mi hijo.
―Fabián, me imagino que nunca chupaste una concha…
―Eh… ―estaba atontado, no era para menos, después de todo lo que estaba pasando―. No, nunca.
―¿Y por qué no te sacás las ganas?
Di golpecitos con la manos a mi rajita húmeda, indicándole que podía proseguir sin miedo. Continué mamándosela y aguardé hasta que él se animó a dar la primera probada. Sólo pasó su lengua, de forma tímida. No quise presionarlo, él tenía todo el derecho del mundo al sentirse inhibido, después de todo no sólo era la primera concha que chupaba, sino que además era la de su madre.
Al final tomó coraje y se prendió a mis carnosos labios usando toda su boca. Esperaba que pudiera disfrutarlo tanto como yo disfrutaba chupar su pija. Empezó a recorrer mi vulva con su lengua, sorbiendo todos mis jugos. Los dedos se detuvieron en mi culo, pero no me importaba demasiado, ya que aún los seguía teniendo dentro, y el placer ahora era por parte triple. Reanudé la mamada y caí en la cuenta de que estaba haciendo un espectacular 69 con mi hijo. Eso, en lugar de asquearme, me calentó.
Él comenzó a chuparme el clítoris y yo me estremecí de placer mientras engullía su verga. Fabián no tenía el talento de su hermana, pero al menos lo hacía correctamente. Debía tener en cuenta que era su primera vez. Además conseguía el objetivo: calentarme.
―Mmm, esta pija me pone muy puta.
Continué con mis comentarios cachondos intercalados de intensas chupadas a la verga.
―Espero que todavía le quede mucha leche adentro, porque todavía tengo ganas de tomar.
La mamé durante unos cuantos segundos más y luego dije:
―¡Cómo me gustaría que me dieran una buena cogida!
De todos los comentarios que había hecho, este último fue un error.
Repentinamente Fabián se movió a gran velocidad, sacó los dedos de mi culo y se deslizó debajo de mí, hasta salir por completo. Luego apoyó una de sus pesadas manos en mi espalda y acercó su verga a mi concha.
―¡No, no. Pará Fabián, pará! ―Exclamé entre risas.
Él se detuvo en seco. No me reía porque fuera gracioso, sino por puros nervios. Él se había tomado demasiado a pecho mi comentario; pero por suerte logré detenerlo antes de que fuera demasiado tarde.
―No dije que vos lo hicieras ―le aclaré―. Simplemente era una loca fantasía que tenía en la cabeza ―él se apartó de mí.
―Perdón, yo creí que…
―Todo bien, no pasa nada. Pero sos mi hijo, Fabián, no me podés hacer eso.
No sabía si esa excusa seguía siendo válida a esa altura de la noche, pero tendría que bastar.
―Perdoname, soy un boludo.
Giré en la cama y vi sus ojitos tristes.
―No, Fabián. No lo sos. Yo también estoy caliente y sé que uno puede perder la cabeza por la excitación ―de hecho, yo ya la había perdido casi por completo… casi, no iba a permitir que él me penetrara. Lo noté tan desilusionado que se me encogió el pecho―. Ya sé qué podemos hacer ―le dije con una sonrisa―. Si prometés no metérmela, te voy a dejar que me la pases por afuera, un ratito. Después te la sigo chupando. ¿Querés?
Él asintió con la cabeza, me dio la impresión de que si yo no sugería eso, se largaría a llorar. A pesar de su madurez, para ciertas cosas él seguía pareciendo un niño.
Me puse en cuatro sobre la cama y separé las piernas, ofreciéndole toda mi retaguardia. No tuve que pedirle que se acercara, él lo hizo solito. Puso una mano en mi espalda, pero con mucha más suavidad que la vez anterior. De reojo pude ver que se agarraba la verga y me la acercaba a la concha.
―Con cuidadito ―le dije―. Sin meter nada. Y si yo digo alguna locura, no hagas nada sin preguntarme primero.
―Ok.
La gran cabeza de su pene se posó entre mis labios vaginales. Él comenzó a mover su miembro como si me estuviera acariciando con él. Lo hacía muy bien, justo como yo se lo había pedido, con mucha cautela y sin apuntar hacia adentro. Al principio estuve un poco tensa, pero luego de unos segundos supe que podía confiar en él y me relajé, apoyando la cara contra el colchón. Me dio suaves golpecitos con la verga, lo cual me excitó mucho y me permitió volver a juntar coraje para seguir con mis comentarios cachondos.
―Mmm, eso me va abrir la concha, más de lo que está ―él aceleró los golpecitos―. Qué rico, Fabián, me gusta ―él comenzó a moverla de forma circular, la punta de su verga dilataba mi agujerito, pero no entraba nada―. ¿Por qué no me metés los dedos en el culo, mientras tanto?
Abrí mis nalgas usando las manos, y él me enterró los dos dedos, de una sola vez.
―Ay, cómo se nota que lo tengo bien abierto ―le dije.
Empezó a hurgarme el agujero anal, haciendo girar sus dedos hacia un lado y hacia el otro; suspiré de placer, era una sensación demasiado deliciosa. Su verga también me daba mucho placer, no sólo por el roce contra mis labios, sino porque en varias ocasiones la rozó contra mi clítoris.
Después de darme un ratito con los dedos, los sacó. Acto seguido comenzó a darme golpecitos con la cabeza de la verga contra el agujero del culo.
―Sí, eso me gusta ―dije en un suspiro.
Los golpes se hicieron más potentes, ya podía sentir mi culo abriéndose de deseo. Mi cuerpo sudaba por la inmensa calentura. Me hacía sentir joven y bella otra vez saber que tenía a un muchacho golpeándome la entrada del culo con un pene enorme; aunque se tratase de mi hijo.
 ―¡Qué rico! A mí me gusta que me peguen con la verga, especialmente en la cara.
―¿Si? ―al parecer logré captar su curiosidad.
―Sí, me encanta que me den pijazos en la cara.
―¿Querés que…?
―Sí, sí quiero ―le respondí antes de que terminara de formular la pregunta.
Me di la vuelta y quedé de rodillas en la cama. Fabián dudó unos segundos hasta que decidió que la mejor opción era ponerse de pie. Su gruesa y venosa verga quedó muy cerca de mi boca, por eso aproveché a darle un chupón. Luego él se la agarró con una mano y me dio golpecitos cortos y suaves en la mejilla.
―¿Así? ―preguntó.
―No, así no. Más fuerte.
Intensificó los golpes, pero aún seguían siendo demasiado débiles.
―Fabián, vos sos demasiado cuidadoso. Hay mujeres a las que les gusta que las traten como damas durante todo el día; pero que las traten como putas en la cama. Yo soy una de esas. Vos tenés que aprender a tratar a una mujer como puta ―como madre sabía que le estaba dando un pésimo consejo, por eso quise mejorarlo―. Pero sólo si la mujer quiere y lo hacés dentro del respeto. No seas tan gentil cuando la situación no lo requiere.
Asintió con la cabeza, su mirada se volvió más severa. Sujetándose la pija firmemente, me azotó la cara. Se escuchó un chasquido.
―¡Ay, sí, eso!
Me dio otro pijazo, con la misma intensidad. Cerré los ojos y disfruté. Él comenzó a repetir la acción una y otra vez. Me encantaba sentirla golpeando contra mi cara y el ruido que hacía. Cuando podía intentaba lamerla o metérmela en la boca, pero era muy difícil hacerlo, ya que él no dejaba de moverla y azotarme.
De pronto él me sujetó la cabeza y me metió buena parte de su falo dentro de la boca. Cuando lo sacó, intenté recuperar el aire. De mis labios caía saliva.
―¡Uf, eso me hizo sentir re puta! ―le dije―. Me gusta.
Me cacheteó la cara con la verga un par de veces más y luego me obligó a tragarla otra vez, pero en esta ocasión me obligó a tenerla un poco más dentro la boca, mientras él movía su cadera de atrás hacia adelante.
―¿Te gusta chuparla, p… puta? ―dijo en un tímido susurro.
Mi hijo me dijo puta… y me gustó, aunque lo haya dicho con tanta vergüenza. Al pobre le costaba mucho soltarse, pero yo pensaba ayudarlo a hacerlo.
―Sí, me encanta chupar pijas, especialmente esta, que es tan grande.
Me llevó a un mundo de pleno goce cuando reanudó los azotes. Ya se medía menos, algunos hasta me dolían, pero era un dolor placentero y morbosamente excitante. Los dedos de Fabián se aferraron a mi cabello y una vez más me enterró la verga en la boca. Me obligó a mover la cabeza de atrás hacia adelante. Mientras yo me atragantaba con toda esa carne, lo escuché decir:
―Cometela toda, puta.
Noté un poquito más de confianza en la voz de mi hijo. Algo vibró en mi interior, entre mi pecho y la boca de mi estómago. Era un revoltijo sumamente agradable. La sacó de mi boca y la saliva saltó, formando finos hilos. Necesitaba tomar aire; pero él no me dio mucha tregua. Me pegó tres o cuatro veces con su pija y una vez más me obligó a engullirla. La tenía tan adentro que temía que me dieran arcadas, pero me tranquilicé y dejé que el falo se deslizara de la forma más cómoda posible. Mi hijo se estaba comportando como un salvaje, pero sabía que yo no podía tragarme toda su verga.  
―Ay, estoy toda mojada ―dije cuando me liberó.
―¿Y por qué te mojás?
―Porque esta pija me encanta. Me la quiero comer toda.
―¿Por eso te mojás?
―Sí, y porque cada vez que la chupo, se me abre la concha… ella también la quiere tener adentro.
―Te mojás porque sos puta.
Me encantó escucharlo decir eso.
―Sí, soy puta. Soy puta y quiero pija.
Diciendo esto me puse de pie en la cama, dándole la espalda. Luego me incliné hacia adelante y me abrí la cola con las manos. Sentí la verga deslizándose por toda la raya de mi concha, hasta llegar a mi culo. Allí ejerció un poco más de presión, pude sentir cómo mi agujero se abría levemente. Luego volvió a bajar e hizo lo mismo con mi concha, ésta estaba más dilatada y mejor lubricada, por lo que pude sentir una pequeña invasión de la punta de esa verga. Retrocedió y volvió a posarla de la misma manera.
―Te sale juguito de la concha ―me dijo.
―Sí, es que mi concha está emocionada, nunca había tenido una verga tan grande amenazándola.
―Reconocé que te morís de ganas de sentirla adentro, puta.
―Sí…
―Sos muy puta, no te podés resistir a una buena verga.
―Es cierto, no puedo… me gustan mucho las vergas ―mi corazón se sacudía violentamente, me encantaba este juego morboso, aunque supiera lo peligroso que era jugarlo con mi hijo.
―Cuando ves una pija, te gusta entregar la concha… —no era una pregunta, sino una afirmación. Él no dudaba de que su madre era lo suficientemente puta como para abrirse de piernas ante la promesa de una buena pija.
―Sí, la entrego toda ―no podía más, estaba padeciendo la peor calentura de toda mi vida―. Así la entrego, mirá… ―Comencé a retroceder muy lentamente―. La entrego toda. Me gusta sentir cómo la cabeza de esa pija me la abre ―el glande comenzó a introducirse, dilatando mi sexo como nunca lo había hecho ante un pene―. ¡La quiero toda adentro ―seguí retrocediendo y pude sentir cómo esa gruesa y venosa verga se me iba enterrando lentamente, de no haber tenido la vagina tan dilatada, me hubiera dolido mucho, ya que podía sentir cómo mis músculos internos se estiraban―. ¡Uf, qué rica está! Y parece que no se termina nunca ―me daba la sensación de que nunca podría meter todo ese pedazo de carne dentro de mí―. Desde que te vi la pija que estoy con ganas de tenerla bien metida dentro de la concha ―el último tramo fue el más difícil, tuve que apretar los dientes por el esfuerzo y presionar intensamente hacia atrás, me ayudaba mucho el que mi hijo también estuviera empujando lentamente hacia adentro.
―¿Querés que te la clave toda, puta?
―Sí, sí… eso quiero. Clavamela toda.
Empujó hacia adelante con fuerza y me invadió un agudo dolor, junto con todo el resto de esa gran pija. Solté un largo gemido de placer, era lo más maravilloso que me habían metido por ese agujero, el cual parecía que no podría contener todo por mucho tiempo.
―¡Ay, pero qué delicia! Ahora ya sabés lo que se siente tener la verga bien metida en la concha de una puta.
Él se mantuvo estático y yo comencé a masturbarme, disfrutando al máximo de ese miembro viril en toda su extensión.
―Ahora sácamela despacito ―le dije después de unos segundos.
Fabián obedeció, fue retrocediendo lentamente, haciéndome gozar de cada centímetro de su verga. Era hermoso poder sentirla deslizándose de esa manera. Hasta que por fin la sacó completa. Había tenido la verga de mi hijo adentro, pero estaba tan caliente que no podía sentirme culpable.
Volví a girar hacia él, me arrodillé y le di una larga lamida a todo el glande. Estaba lleno de mis propios juguitos, lo cual me gustó mucho.
―Me dejaste re abierta ―le dije, mientras con una mano me tocaba los labios vaginales y con la otra lo masturbaba.
―Eso te pasa por puta.
Incentivada por esas palabras, empecé a mamársela con alevosía. Estaba enloquecida, no sabía qué me pasaba, pero tampoco me importaba descubrirlo; sólo quería seguir comiéndome esa pija.
―Cómo te gusta hacer petes ―me dijo agarrándome de los pelos.
―Sí, me encanta. Es más, en forma de agradecimiento a todo lo que hiciste por mí, te voy a hacer petes todo el fin de semana. ¿Querés? Y cada vez que acabes, me voy a tomar toda la leche.
No sabía lo que decía. Estaba hablando sin pensar. Algo en mi interior me decía que no podía conformarme con chuparla una sola vez, quería más…
―¿Todo el fin de semana? Pero ya es la madrugada del domingo.
―Sí, pero es fin de semana largo, el lunes no trabajo; y tu hermana se queda en la casa del novio hasta el martes ―le di un chupón en el glande―. Ahora lo que quiero es que me des toda la leche.
Reanudé el pete con mucho entusiasmo, ya poco me importaba que fuera la verga de mi hijo, me encantaba chuparla. Si bien no podía tragármela toda, la parte que me metía en la boca me dejaba tan llena que no necesitaba más. Él empezó a moverse otra vez, como si me cogiera la boca. Esto me fascinaba, hacía que me chorreara la baba.
Estuve chupándosela sin parar durante un buen rato, ya me dolía la mandíbula de tanto tener la boca abierta; pero no me importaba, quería que él acabara.
―¿Te falta mucho? ―Pregunté―. Me quiero tomar la leche.
―Bueno, sí… todavía falta.
―¿Y qué puedo hacer para estimularte un poquito más? Ah, ya sé ―no esperé su respuesta, volví a pararme en la cama y me incliné como lo había hecho antes―. A vos te calienta pasármela por la concha, y por el culo.
Con eso ya le dejé en claro lo que debía hacer. Agarrándose la verga, comenzó a darme golpecitos entre las nalgas y a frotarme el glande entre los labios de la concha, haciendo un poco de presión contra el agujero. Luego hizo lo mismos con el agujero del culo, el cual se abrió menos, pero se sintió aún más rico.
―Mejor me pongo en cuatro, así estoy más cómoda ―le dije.
Me puse de rodillas y él se puso de pie junto a la cama, yo me acerqué al borde y le ofrecí mi cola. Fabián reanudó la tarea que tanto placer me producía. Esta vez fue un poco más intenso. Cuando me pasó la pija por la concha, sentí que me metía la punta, pero la sacó rápidamente. Presionó mi culo, pero con más fuerza que antes, noté que se dilataba y que el glande comenzaba a entrar; pero no lo hizo, ya que él retrocedió. Volvió a mi vagina y una vez más, me clavó la cabeza de su pija. La sacó y la volvió a meter, agregándole un pedacito más. Suspiré de placer, dándole a entender que eso me gustaba. Estaba mal… pero me gustaba.
Se mantuvo restregándome la verga de forma ininterrumpida. No siempre me la introducía en la concha, pero cuando lo hacía, me encantaba. Eso sí, siempre la metía un poquito y nada más. Me la apoyó en el culo, otra vez, pero esta vez sentí una presión bastante mayor. El agujero se me fue abriendo tanto que empecé a gemir.
―Cómo te gusta que te abran el culo, puta.
―Sí, me encanta, especialmente si me lo hacen con una pija tan gorda.
―¿Querés sentir la cabeza adentro?
―Sí, sí quiero. Meteme la cabeza ―le supliqué; siguiendo un impulso de completa e irracional lujuria.
Presionó un poco más y sentí que mi culo se abría como nunca lo había hecho, hasta que, de repente, se tragó completo todo el glande.  
―¡Ay, pero qué delicia! ―Fabián la sacó, sólo para volver a introducirla de la misma manera―. ¡Ay, sí! Esta pija me vuelve loca. ¡Qué lindo que es sentirla en el culo! ―él empezó a empujar lentamente hacia adentro, se sentía muy rico, pero a la vez me dolía―. ¡Ay, Fabián! Si me la metés toda, me rompés el orto ―se detuvo―. Me gustaría que me lo rompieras ―no podía creer que le estuviera diciendo eso a mi hijo―; pero no creo estar preparada. Me encantaría sentirla toda adentro, pero me dolería mucho.
―Pero esto te gusta…
La sacó y me metió otra vez la punta de la verga.
―¡Ay, sí, eso me encanta! Además así me lo estás abriendo de a poquito.
―Entonces, ¿sigo?
―Antes me gustaría sentirla toda dentro de la concha, una vez más.
Se posicionó en la entrada de mi vagina y comenzó a enterrármela lento, pero sin pausa. Yo gemí todo el tiempo, hasta que la tuve completamente adentro.
―Ya la tenés bien abierta, puta.
―Sí, esa pija me abre toda. ¡Me encanta! Me gustaría que me dieras un buen pijazo, que me la clavaras toda de una sola vez. Fuerte.
  Retrocedió lentamente, hasta que sólo su glande quedó en el interior de mi concha, luego, sin previo aviso, arremetió contra mí como si fuese un ariete intentando derrumbar la puerta de un castillo. Sentí que le concha se me iba a romper, pero antes de que pudiera darme cuenta ya estaba soltando un fuerte grito de placer y la tenía completamente adentro. La sensación fue tan intensa que al gritar levanté mi espalda hasta que ésta chocó contra el pecho de mi hijo, él se apresuró a agarrarme una teta con una de sus fuertes manos.
―¡Ay, Fabián… por dios! ¡Eso fue tremendo! ―exclamé jadeando.
La concha me dolía pero al mismo tiempo me chorreaba de placer, comencé a masturbarme de forma frenética, él no la sacó ni un milímetro.
―¿Te gustó, puta? ―me preguntó susurrándome al oído.
―¡Sí… me encantó! ¡Nunca me habían clavado así!
—Te morís de ganas de que te den una buena cogida, puta.
—¡Ay, sí! Quiero que me cojan toda la noche.
—Entonces, yo te voy a coger —de pronto sentí cómo sacaba su verga para volver a clavarme otra vez; me hizo gemir de placer.
—Pero… soy tu mamá, Fabián…
—Sí, puede ser… pero también sos una puta, y a las putas como vos les gusta que se las cojan —comenzó a bombearme aumentando gradualmente la intensidad, me daba la impresión de que esa verga me partiría al medio en cualquier momento, pero al mismo tiempo se sentía de maravilla—. ¿Te gusta, puta? —preguntó, agarrándome de los pelos, sin dejar de clavarme.
—¡Ay, sí… me encanta! ¡Cogeme, Fabián, cógeme bien fuerte! —él lo hizo—. ¡Ay, cómo me gusta!
Si bien podía notar que mi hijo era inexperto en el sexo, ya que le costaba mantener un ritmo constante, no podía negar que me estaba dando la mejor cogida de mi vida, y esa sensación no sólo se debía al tamaño de su verga, la cual me estaba abriendo toda la concha, sino también al morbo que le sumaba que él fuera mi hijo. Nunca jamás se me cruzó por la cabeza que yo podría llegar a convertirme en una mujer incestuosa, pero las frenéticas descargas de placer que me provocaba la cogida que me estaba dando mi hijo, me dejaban bien claro que me volvería adicta a ellas, y que habíamos cruzado un punto sin retorno.
Todo mi cuerpo se sacudía ante las tremendas embestidas de Fabián, y podía sentir cada centímetro de su verga deslizándose dentro de mi concha, él fue tomando un mejor ritmo y me sumergí en un agónico momento de placer. En tan sólo unos pocos minutos, me hizo acabar, y al parecer él lo notó, porque dijo:
—Acabaste como una puta —me volvía loca que él me dijera esas cosas, nunca me habían tratado de esa manera y que lo hiciera mi propio hijo lo hacía como veinte veces más morboso.
—No pares, Fabián… por favor no pares… haceme acabar otra vez.
Él estuvo a punto de detenerse, pero luego de escuchar mis palabras volvió a acelerar el ritmo, tanto como lo había hecho antes. Comencé a gemir como una puta, de esas que salen en las películas porno, nunca antes había gemido de una manera tan exagerada, pero me provocaba mucho hacerlo, y estaba segura de que a mi hijo le gustaba. No tardé mucho en volver a tener otro orgasmo, no podía recordar la última vez que había acabado dos veces seguidas… o que hubiera acabado tantas veces en una misma noche. Mi concha ya no daba más; pero yo aún seguía caliente.
—Rompeme el orto, Fabián.
—¿Tan puta sos que también me vas a entegar el culo? —no sabía de dónde había sacado tanta confianza mi hijo, pero me volvía loca escucharlo hablar de esa manera.
—Sí, quiero que me metas toda la pija en el orto —mientras hablábamos yo aún tenía su miembro introducido en la vagina.
—¿Y qué pasa con las uvas, no las buscamos más?
—Me importan un carajo las uvas… ya salieron todas. No te lo dije porque estaba caliente, y quería pija…quiero que me cojas toda la noche, Fabián. Y ahora quiero que me des por el culo.
Separé mis nalgas usando ambas manos, ya no podía más, quería sentirla adentro. Por suerte Fabián no me hizo esperar, sacó la verga de mi concha y la posicionó en la entrada de mi culo. De pronto sentí cómo me clavaba un buen pedazo, haciéndome gritar de dolor y placer. Empezó a bombear y pude sentir cómo ese pedazo de carne se abría paso lentamente. En ese momento agradecí todas las veces que me introduje objetos por el culo, ya que de lo contrario no estaría preparada para recibir la gruesa verga de mi hijo.
—¡Ay, sí, me está entrando toda… qué rico! No pares…
Sabía que él no se detendría, pero disfrutaba incentivándolo. Tanto como a mí me gustaba que me tratara como a una puta, seguramente a él le gustaría que yo me comportara como tal.
—¡Ay, Fabián, me voy a hacer adicta a tu pija, cada vez me gusta más!
—Pero… ¿Qué carajo?
Escuchamos una voz femenina dentro del cuarto, giré la cabeza hacia la puerta y allí estaba Luisa, mi hija, mirándonos boquiabierta.

—¿Qué carajo es esto? —Preguntó una vez más. 

lunes, 25 de diciembre de 2017

Venus a la Deriva [Lucrecia] - 02. El Mar de las Dudas.

Capítulo 2.


El Mar de las Dudas.


Lunes 24 de Marzo, 2014.

-1-



Al despertar ni siquiera recordaba que había pasado la noche en casa de mi amiga Lara. La encontré acostada a mi lado en cuanto giré en la cama; lo más impactante fue ver que dormía sobre una mancha de humedad, ubicada justo debajo de su trasero. Su ropa interior estaba completamente empapada; la chica había tenido sueños húmedos y, al parecer, habían sido bastante intensos. Me apresuré a cubrirla con la sábana, procurando no despertarla; al menos le ahorraría la vergüenza. Luego verifiqué si yo no había tenido el mismo problema y descubrí que mi situación era aún más embarazosa que la de ella, estaba desnuda de la cintura para abajo. Estuve a punto de dar un salto en la cama; pero logré contenerme. Lentamente me senté y escudriñé la zona en busca de mi bombacha, la encontré hecha un ovillo desprolijo en el piso; la recogí y, mirando siempre de reojo a Lara, volví a ponérmela. Mis mejillas deberían estar sumamente ruborizadas, ya que podía sentir el calor acumulándose en ellas.
Estaba aterrada, si Lara sospechaba algo de lo que ocurrió durante la noche, me mataría; lo peor de todo era que me odiaba a mí misma por haberme comportado de esa forma. ¿Cómo se me había ocurrido? ¿En qué pensaba? Me causaban repugnancia tan sólo la mitad de las cosas que había hecho, no podía creer cómo había llegado a ese punto. ¡Lamer una vagina! ¡Por Dios! Como si esto fuera poco, ¡ultrajé de una manera imperdonable a mi amiga! Algo malo estaba ocurriendo conmigo, nunca me comportaba de esta manera, ésta no era yo.
No pude contener las lágrimas que comenzaron a rodar por mi mejilla. Justo en ese momento Lara despertó; tuve que clavar mi cara contra la almohada para ocultar mi llanto.
―Buen día ―me saludó somnolienta, pero alegre.
La miré de reojo, casi sin levantar la cara, y saludé de forma inteligible. Ella notó algo extraño y levantó un poco la sábana para luego bajarla rápidamente. Su pálido rostro se puso rojo como la túnica de un Cardenal. Fue gracioso verla de ese modo; hasta me hizo sonreír, a pesar de que en ese momento sólo quería llorar y saltar del balcón de un décimo piso. A veces Lara podía ser muy cómica, a pesar de ser calladita y taciturna; su rostro era sumamente expresivo y portaba una chispa que irradiaba contagiosa alegría.
―Voy al baño ―le avisé girando sobre la almohada, sin mirarla.
Eso nos daría tiempo a ambas. Ella podría disimular su entrepierna mojada y yo podría llorar un poco en el baño. Tal vez encontrara algún producto de limpieza potente para tomarlo y así poner fin a mi tormento; pero yo era responsable de mis propios actos y no podía optar por una salida fácil, debía hacerle frente a los problemas que yo misma generaba. Lo que sí me molestaba, y lo digo a modo de queja y no con la intención de sentir lástima por mí misma, era la frecuencia con la que solía meter la pata y quedarme enterrada hasta el cuello en algún embrollo, pequeño o grande. El más grande de todos había sido el lío que generó mi noche de sexo con ese… imbécil y degenerado; pero no me gustaba recordar ese momento, prefería atormentarme con nuevos problemas.
Sentada sobre el inodoro pensé en mi terrible comportamiento con Lara ¿Por qué, por qué? No me lo podía explicar; yo, que siempre había sido tan correcta… ¿cómo fue que llegué a actuar como una maniática sexual? Una violadora, porque de otra forma no podía definirse lo que hice. Me temblaba todo el cuerpo y no podía parar de llorar, temía que mi amiga pudiera escucharme desde el otro lado de la puerta, por lo que tuve que morder mis labios e intentar respirar por la nariz, para evitar hacer mucho ruido. Hasta estuve pensando en una excusa por si ella notaba que había llorado: le diría que me había peleado, una vez más, con alguno de mis padres, lo cual era perfectamente posible. Me preguntaba qué clase de castigo recibiría de ellos si se enteraran no sólo de mi comportamiento, sino también de mis acciones. No debía analizar mucho la situación para darme cuenta de que ellos me repudiarían.
«¡Basta Lucrecia!», me grité mentalmente. No podía sucumbir, de lo contrario tendría una crisis nerviosa. No era para tanto, el problema era mío, por ser tan ingenua e impulsiva. Debía lavarme la cara y afrontar las consecuencias, Dios me ayudaría a salir adelante, a pesar de que lo tuviera bastante descuidado al pobre. Luego tendría más tiempo para pensar con mayor claridad. Lavé mis lágrimas con abundante agua y chequeé mi apariencia en el espejo, por suerte no era tan grave, a lo sumo parecería que estaba un poco congestionada o que había dormido mucho tiempo con la cara pegada a la almohada; tal vez me ahorraría la excusa de la pelea con mis padres, no me agradaba mucho tener que mentir.
Abrí la puerta del baño intentando dejar mis pensamientos encerrados en él. Al parecer mi amiga ya había recobrado la compostura y actuaba con normalidad. Se había puesto un bonito pantalón tres cuartos, color rosa y blanco; era bastante holgado, lo cual me ayudaba mucho a no tener que imaginarla desnuda. Ella sonreía alegremente, tranquilizándome mucho; eso era señal de que no estaba enfada conmigo, por ende no se había enterado de mis peligrosas actividades nocturnas. Intenté imitar su sonrisa y mostrarme serena y casual.
―No te imaginás lo que soñé anoche ―me detuve en seco al oír esas palabras; un sensor de “Peligro” fue activado por mi instinto femenino.
―¿Qué soñaste? ―cada uno de mis músculos se tensó.
―Algo muy… erótico ―nunca había utilizado esa palabra frente a mí―, fue un sueño bastante raro.
―¿Segura que fue un sueño?
«Bien Lucrecia, bien ―me dije a mí misma―. Ahora solamente te falta decirle que le lamiste la vagina mientras dormía. ¿Y qué tal si también le contás cómo te masturbaste? De esa forma tal vez sólo te mate de la forma más rápida y dolorosa que encuentre, y te ahorrarías toda esta horrible tensión».
―Si obvio ―me miró un tanto confundida― ¿Vos nunca tuviste un sueño erótico?
―Este… sí. A veces sí ―era cierto, aunque los reprimía mucho y sólo guardaba recuerdos difusos de los mismos. Intentaba mostrarme divertida, como una amiga normal… como una chica normal― ¿Cómo fue tu sueño?
―Fue raro ―repitió―, no sé cómo contarte esto ―sus mejillas se pusieron repentinamente rojas, lo que la hacía lucir aún más hermosa―. Soñé que… que lo hacía con una chica.
―¿Con una chica? ¡Qué locura! ―me reí nerviosa «¿Por casualidad esa chica no era una maniática sexual alta, delgada de pelo casi rubio, llamada Lucrecia?» Intenté sacar esas palabras de mi cabeza por miedo a que pudiera leer mis pensamientos.
Vi tristeza en el rostro de Lara. Giró sobre sus talones y continuó acomodando su cuarto, miré la cama, la sábana superior se encargaba de ocultar la mancha de humedad; en ese instante recordé mi propia bombachita, la cual había sufrido de una forma similar a las sábanas. Al mirar hacia abajo me quise morir, me encontré una amplia areola empapando la parte inferior de mi ropa interior; lo peor de todo era que se transparentaba muchísimo. Podía ver mis labios vaginales pegados a la tela, hasta mi clítoris quedaba en evidencia ¡y Lara lo había visto! Había quedado expuesta ante ella, a pesar de eso no, dijo nada. Ella era discreta y yo la había ofendido con mi estúpido comentario, ella sólo quería tener una divertida conversación y yo la traté de loca. Debía ser valiente por una vez en mi puta vida… sí, eso mismo, dije “puta”… bueno en realidad sólo lo pensé.
―Al parecer yo también tuve sueños húmedos ―esperé a que volteara para señalar la evidencia en mi entrepierna. Ella sonrió una vez más―; pero no me acuerdo de nada, ¡qué lástima! ―las pupilas de Lara quedaron detenidas en la areola de humedad que transparentaba mi ropa interior; me moría de la vergüenza, tuve que esforzarme para no salir corriendo del cuarto ―Yo también soñé un par de veces con mujeres― no sé por qué le confesé eso, tal vez fue un intento inconsciente para que mi amiga no se sintiera tan mal―, una vez soñé que me daba un beso con una chica ―«¡Uy sí, un beso! Qué fuerte», pensé. A veces podía ser tan ingenua que me irritaba a mí misma― y… hacíamos el amor ―eso era mentira. “Hacíamos el amor”, escuchaba mis propias palabras y me daban ganas de darme una patada, no podía ser tan mojigata.
―Yo soñé que tenía sexo con una chica ―dijo Lara ¡Esa era la palabra que debí usar!―. Aunque sólo recuerdo algunas partes del sueño. Sé que fue muy intenso, nunca me había pasado algo así. Fue un lindo sueño, a pesar de todo ―volvió a mirar mi empapada bombachita― ¿Querés que te preste una limpia?
―Bueno dale, eso sería genial ―no quería quedar como una sucia rechazando su oferta y me incomodaba mucho tenerla tan mojada.
Buscó en su cajón de ropa interior y sacó una bombacha que aún estaba en su paquete, sin abrir, me la alcanzó junto con una pequeña toalla blanca. ¿Qué debía hacer? Si me iba al baño pensaría que soy una pudorosa y si me desnudaba frente a ella… no sé qué pensaría. Medité unos segundos, pero mi mente me traicionó evocando los fuertes momentos que había vivido durante la noche, mientras Lara dormía; de pronto me invadió un enorme e incontrolable deseo, quería que ella me viera desnuda, tal como lo había hecho mi prima tanto tiempo atrás. Otro de mis frecuentes actos irracionales, los cuales ni yo misma lograba comprender. Bajé mi bombachita mojada hasta los tobillos de un tirón, mostrando mi prolijo triangulito de pelos castaños. Lara siguió hablando como si nada hubiera ocurrido, como si se hubiera visto desnuda al espejo ¿Por qué yo no podía aparentar esa normalidad al verla en paños menores?
―Creo que soñé eso por la apuesta que me hizo Tatiana; tenía que ver con besar chicas ―no presté mucha atención a sus palabras, estaba concentrada en secar mi entrepierna y en no morirme de la vergüenza, ya no me resultaba tan erotizante estar con el sexo al descubierto, tal vez porque ella no había reaccionado de la forma en que mi perversa mente lo predijo; pero… ¿qué reacción esperaba en ella realmente?―. A veces el inconsciente te hace bromas pesadas ―escuché esa frase y por un segundo temí que Lara estuviera escuchando mis pensamientos― Hey, que lindo tenés eso ―señaló mi conejito peludo― yo no sé cómo cortarlo así de bien, por eso lo saco todo.
―¿Todo? ―sabía perfectamente cómo era su entrepierna; pero debía disimular.
―Si mirá.
Sin ningún tipo de preámbulo, como si estuviéramos en el jardín del Edén, y fuera normal andar sin ropa, se bajó el pantalón junto con la bombachita. Mis palpitaciones aumentaron considerablemente al ver otra vez el cuerpo del pecado. El tenerla desnuda delante por voluntad propia era muy diferente, además me permitía admirar sus curvas y la sutil forma en que su cadera se unía con sus piernas.
―Te queda muy bien ―dije intentando que mi voz sonara lo más natural posible, sin conseguirlo―. No creo que a mí me quede así de bien ―me acerqué un par de pasos por inercia.
―Me gusta porque queda bien suave. Fijate.
¿Me invitaba a mirar o a qué? ¿Por qué me hacía esto, acaso me estaba probando? Me acerqué más, de hecho me acerqué demasiado, tanto que nuestras cabezas casi se tocaron cuando miramos hacia abajo al unísono. Tomó mi mano derecha y la apoyó sobre su pubis. Sentí suavidad, tibieza, delicadeza. Una vez más su pubis me llenó de dudas, nunca me había sentido así, ni siquiera aquella única vez en la que tuve entre mis dedos un miembro masculino, esa experiencia me resultó sucia, casi repulsiva e inmoral; en cambio el lento recorrido de mis dedos sobre esa suave loma me traía paz a cada rincón de mi cuerpo, con excepción de mi corazón, el cual amenazaba con salirse por mi boca; inconscientemente apreté los dientes, para impedírselo. Acaricié su monte de Venus con la yema de mis dedos y algo me atacó sin previo aviso. Fue Lara, que se lanzó contra mi boca. ¡Me estaba besando! Mi reacción fue tan rápida como la de una tortuga paralítica; me quedé prácticamente petrificada. Sus cálidos y tiernos labios se pegaron a los míos, humedeciéndolos. Cerré los ojos por acto reflejo y siguiendo el mismo instinto fui deslizando mi mano derecha hacia abajo. ¡Ella sabía todo… todo lo que había pasado durante la noche! Toqué su clítoris, estaba duro y húmedo, como seguramente lo estaría el mío. Lo acaricié una vez más con la yema de mi dedo mayor, hasta pude sentir el contraste entre la rugosidad de mis huellas digitales y la húmeda suavidad de su clítoris. En ese instante ella apartó mi mano.
 ―¡Hey! ¿Qué hacés? ―me miró sorprendida, sus grandes y oscuros ojos estaban demasiado cerca de mí, me resultó imposible esquivarle la mirada; me sentí humillada. Tenía ganas de hacer un pozo y enterrarme allí mismo.
―¿Qué hacés vos? ¿Por qué me besaste, estás loca?
―Fue por la apuesta, Lucre.
―¿Qué apuesta? ―no sabía nada de ninguna apuesta.
―Te conté de eso recién. La apuesta que me hizo Tatiana, de besar una chica.
―¿Recién? ―estaba confundida como un caballo arriba de un techo, no recordaba nada de eso― ¿Y por qué a mí?
―Porque vos eras la más difícil. Tatiana dice que vos nunca aceptarías besar a una mujer.
―¡Y tiene razón! ―¿La tenía?
―Puede ser, además sos mi mejor amiga, no hubiera besado a otra chica. Bueno… mi mejor y única amiga ―sentí pena por ella, de no ser porque socializaba un poco con mi grupo de amigas, ella no hablaría con nadie en la facultad―, así que, en realidad, vos era mi mejor y única opción. Ahora tengo una prueba de que logré hacerlo y Tatiana va a tener que cumplir con su parte del trato.
Me enseñó su teléfono celular. ¿En qué momento lo agarró? En pantalla pude ver una foto nuestra besándonos, estaba muy bien centrada a pesar de que, evidentemente, la había tomado con los ojos cerrados.
―¿Vos pensás mostrarle eso a las chicas? ¡Yo te mato!
―No, a las chicas no. Solamente a Tatiana, después la borro. Te lo prometo.
―¿Y qué gano yo con esa apuesta? ―ella pensó unos segundos.
―La verdad no sé. Pero te voy a deber un gran favor, si se te ocurre algo, pedímelo ―se me ocurría crucificarla si esa foto caía en manos de mis padres― ¿Y qué fue eso del toqueteo?
¿De verdad ella no se había enterado de nada de lo que había ocurrido durante la noche? ¿Tan profundamente dormida estaba? No pensaba responder a esa pregunta ni con cien latigazos en la espalda.
―¿Qué toqueteo? ―me hice la boluda; algo que me salía sorprendentemente bien cuando era necesario―. ¿Así que ahora sos amiga de Tatiana? ―pregunté para cambiar el tema de conversación.
―¿Amigas? No, todavía no. Empezamos a charlar hace poco, ella me ayudó con algunas dudas que yo tenía, sobre un tema de la facultad. Te lo pensaba preguntar a vos, pero estaba en la biblioteca y la única conocida que tenía cerca era Tati. Es macanuda la morocha ―sonrió.
―Sí, ella es la mina más buena que conozco.
―¿Y yo no lo soy?
―No, vos sos maldita ―lo dije porque ella tenía la costumbre de hacer bromas de mal gusto.
―Señorita Lucrecia, le recuerdo que la idea del beso no fue mía, sino de Tatiana. Así que cualquier queja, duda o sugerencia, diríjase a ella; el horario de atención al público cierra ahora mismo ―al decir esto subió su pantalón, como simbolizando el cierre de una ventanilla. 
En ese instante recordé que yo aún seguía desnuda, de la cintura hacia abajo, y me ruboricé. Me apresuré a ponerme la bombacha y busqué mi pantalón.
Pocos minutos después, sus padres nos llamaron a desayunar. Comimos tranquilas y en paz mientras charlábamos de cualquier cosa que no tuviera nada que ver con sexo lésbico, al menos yo me esforzaba por evitar esos temas. Luego del desayuno, Candela le pidió a su hija que comprara algo en el almacén, me ofrecí a acompañarla pero mi amiga me aseguró que no demoraría, yo podría seguir tomando la segunda taza de café con leche, la cual ya me estaba sirviendo amablemente su madre. Insistí pero volvió a rechazar mi oferta.

-2-

Cuando Lara se marchó, Candela se excusó diciendo que debía poner ropa a lavar, quedé sola en la cocina; sin embargo no me sentía de esta forma. Tenía la incómoda sensación de que un ser extraño y peligroso me estaba haciendo compañía. Mientras tomaba un sorbo de café con leche, lo vi. Estaba arriba de la mesa, atrayéndome hipnóticamente como una trampa a un conejo. La versión original de la caja de Pandora: el celular de Lara. Una idea se disparó en mi cabeza, debía aprovechar ese momento para borrar la foto del beso; si alguien la viera jamás me creerían que se trató de una simple apuesta de la cual yo ni siquiera estaba enterada. Pude haber luchado contra esta imperiosa necesidad de sabotear a mi amiga e invadir su privacidad; pero mis impulsos siempre fueron más fuertes que yo. Entré directamente a la galería de multimedia y la misma atracción letárgica me llevó hacia la carpeta que contenía los videos; fue una suerte haberla encontrado vacía. Suspiré y fui hasta la galería de imágenes donde encontré tres fotos que nunca había visto. Las tres eran primeros planos de su vagina al desnudo. ¿Qué le pasaba a esta chica? ¿Por qué tenía tanta obsesión con inmortalizar su sexo en fotos y videos? Maldita tentación que es fuerte y maldita yo, por ser débil. Hice lo que no debí hacer… una vez más. Empleando el mismo método que la vez anterior, robé sus fotos, aunque sabía esta vez tenía más tiempo e hice todo con mayor cuidado. Al final no me animé a borrar la foto del beso, eso la alertaría y sabría que vi sus fotos desnuda. Me había convertido en toda una delincuente sexual. Robaba, violaba, tocaba, lamía… ¿y quién sabe qué otras cosas estarían por venir? Me atemorizaba de mí misma.

-3-

A su regreso noté a Lara más jovial que de costumbre, cuando le pregunté por qué estaba así se limitó a decirme que mi visita la había puesto muy feliz; tragué saliva y le confesé que a mí también me agradaba mucho pasar el tiempo con ella. Nos dirigimos nuevamente hacia su cuarto, me informó que tenía algo importante que decirme y yo, con los nervios amenazando mi integridad psicológica, la acompañé. Nos sentamos al borde de la cama, no pude dejar de notar que ella cerró la puerta al entrar.
―No sé si te lo dije antes; pero quiero que lo sepas ―mientras hablaba me tomó de las manos, las suyas estaban frías como la porcelana―. Vos sos mi mejor amiga, Lucrecia, y no lo digo porque no tenga amigas, podría tener miles y vos seguirías siendo la más importante de todas. Vos fuiste la primera en decir que yo soy tu “mejor amiga” ―no recordaba claramente haberlo dicho primera, pero tampoco podía negar que tuviera razón―. Al principio creí que estabas un poquito loca, porque casi no nos conocíamos, pero después, con el tiempo, pude darme cuenta de que a mí me tratabas de otra forma; diferente a la del resto de tus amigas. Eso me hizo sentir valorada, nunca nadie se había interesado por conservar mi amistad. Por eso, y por todo lo que vivimos juntas, me di cuenta de que sos una amiga muy especial para mí, y siempre lo vas a ser.   
Sus palabras me tomaron por sorpresa, podía afirmar que conocía a Lara bastante bien y su repentina confesión me inquietaba bastante. Ninguna de las dos solíamos entrar en el terreno de lo sentimental, a mí no me molestan las cursilerías; pero sí me avergüenzan bastante, por eso es que, ante una, suelo reaccionar de forma poco ortodoxa, como si intentara quebrar el momento y trasladarlo a un plano en el que me sienta más cómoda.
―Si me vas a besar otra vez, al menos esperá a que me lave los dientes ―le respondí mirándola fijamente a sus grandes ojos.
―No me importa tu mal aliento, si te quiero besar lo hago y punto ―fue un alivio ver que bromeaba de la misma forma que yo; eso quitó mucha de la tensión que tenía acumulada y me permitió ser yo misma.
―Sé que te morís por mis besos; pero también sé que sólo los usás para cobrar apuestas... y quién sabe qué otros beneficios inmorales. El Señor te va a castigar.
―“Tu” Señor no me da miedo, ni vos tampoco... te voy a comer la boca ―me tomó con sus pálidas y frías manos por las mejillas―, besame.
―¡No! ―exclamé al mismo tiempo que retrocedía; ella puso sus labios en una cómica posición de beso, comencé a reírme y a forcejear con ella.
―Dame esa boquita ―se abalanzó contra mí, sin dejar de sujetarme, pero un instante antes de que sus labios chocaran contra los míos, ella aminoró la fuerza de sus manos y me permitió girar la cabeza y así recibir su beso en una mejilla―. No te resistas a mi amor, nacimos la una para la otra, ni Dios ni Cristo podrán separarnos; porque el fuego de nuestro amor ardería hasta en el más frío de los infiernos ―comencé a reírme a carcajadas, ya que una vez escuchamos una frase muy parecida en una telenovela empalagosamente romántica; nos pasamos varios días riéndonos de esa escena y de la forma, poco real y edulcorada, en la que hablaban los protagonistas.
―Mi corazón le pertenece a otra, lo nuestro es imposible ―le respondí; eso no lo había escuchado puntualmente en ninguna telenovela; pero me imaginaba que debía ser una frase muy típica.
―Esa otra sólo busca lastimar tu ingenuo corazón ―su sobreactuación me causaba mucha gracia, también me reía por su insistencia al besarme, aunque siempre me permitía esquivarla―. Yo lo cuidaría y lo guardaría en el sitio más seguro de mi hogar. Besame ―una vez más su boca pasó rozando la mía y se estrelló contra una de mis mejillas.
―¿Me vas a arrancar el corazón?
―Si es necesario, te arranco hasta el hígado.
―Mi hígado es todo tuyo, mi amor; tuyo y para siempre.
―Esas palabras me llenan de felicidad. Muero por tus besos.
―Te voy a besar hasta tocarte las amígdalas con la lengua.
No estoy segura de cómo ocurrió, pero en ese instante perdimos nuestros papeles actorales. Instintivamente me acerqué a ella, sujeté firmemente su cabeza y la obligué que quedara perpendicular a la mía. Abrí levemente la boca, antes de cerrar los ojos pude ver que ella hacía lo mismo; al segundo siguiente estaba sintiendo una cálida y húmeda suavidad contra mis labios.
Nuestro beso no fue como lo anticipé, no tuvo gestos bruscos o exagerados, característicos de nuestra sobreactuación. En el preciso instante en el que nuestras bocas se tocaron, todo se volvió más lento, la armonía y la paz nos envolvieron. Un interruptor especial se activó en mi interior, había besado antes; pero extrañamente sentía como si ésta fuera la primera vez que lo hacía. Uno de sus brazos cruzó sobre mi nuca y yo la atraje más hacia mí, sujetándola con firmeza por la cintura. Mis labios se abrían y se cerraban buscando los de ella, intentando aprisionarlos inútilmente, ya que la humedad y la viscosidad que tenían nuestras bocas provocaba que los labios se deslizaran uno contra el otro.
Tuve un fugaz momento de cordura y recordé que estaba besando a una mujer; me aterré y me aparté de ella avergonzada. Nos miramos fijamente, sus mejillas se habían puesto rojas. Quería pedirle perdón; pero las palabras no me salían. Ni siquiera podía volver a bromear, estaba consternada y me sentía una estúpida.
―Vos también sos mi mejor amiga ―fue lo único que alcancé a decir.
―Ya lo sabía, pero me alegra oírlo otra vez ―me contestó con una amable sonrisa.
―Lara, ¿me puedo dar un baño? Tengo calor, no debí haberme puesto pantalón largo ―mi verdadera intención era conseguir tiempo a solas, necesitaba pensar... y alejarme de ella.
―Por supuesto. Si querés te presto algo de ropa, para que te sientas más cómoda. 
―Muchas gracias... mejor amiga ―me esforcé por sonreír.

-4-

El baño que estaba junto a su dormitorio era pequeño, tanto que al sentarme en el piso, dejando que el agua de la ducha cayera sobre mi cuerpo desnudo, mis pies tocaban la pared que tenía frente a mí. Crecí con la convicción de que el agua es el elemento de la pureza, aquel que limpia nuestros pecados y puede llevarse los demonios que nos invaden, es por eso que cada vez que me siento agobiada, necesito darme una ducha. La paz que me transmite la lluvia cayendo sobre mí es instantánea, hasta el ruido que producen las gotas al chocar contra el piso o mi piel, consigue relajarme. Apoyé la cabeza contra la pared y cerré los ojos mientras, con mis manos, lavaba mi cuerpo; podía sentir cómo la capa de sudor que me cubría, se difuminaba. Comencé a sentirme limpia, física y espiritualmente; pero tenía la certeza de que no bastaría con esto.

-5-

A pesar de que nos encontrábamos en otoño, el día amaneció cálido. No me extrañaba en absoluto ya que en esta ciudad los cambios climáticos solían ser drásticos y repentinos. Me atreví a pedirle prestada una pollera a Lara. Me ofreció varias encantada. Me decidí por una blanca con flores amarillas bastante bonita que me llegaba hasta las rodillas, por lo cual tenía el nivel de discreción justo y necesario. No podía vestir zapatillas con esta pollera, por lo que ella misma me prestó un par de chatitas, las cuales me quedaron algo ajustadas, debido a que ella usaba un talle levemente menor al mío; sin embargo era perfectamente tolerable. No solía intercambiar ropa con mis amigas, pero me parecía divertido hacerlo, especialmente con Lara, ya que teníamos gustos similares al vestirnos; a ninguna de las dos nos gustaba ostentar demasiado con nuestro cuerpo... si nos desnudábamos una frente a la otra, era un tema totalmente diferente, que nada tiene que ver con el estilo de atuendo que utilizamos en nuestra vida cotidiana.
A veces tenía la sensación de que sólo buscaba argumentos que excusaran mi comportamiento, sólo con la intención de convencerme a mí misma de seguir siendo una buena chica. Si tan sólo la gente supiera la infinidad de excusas estúpidas que me invento cada vez que caigo en la tentación de mirar contenido pornográfico… me declararían insana mentalmente.
Le prometí a Lara que luego le prestaría lo que ella quisiera de mi guardarropa; a pesar de que yo soy considerablemente más alta que ella, tenía ropa que podría quedarle muy bien… o tal vez podría tomar prestada algo de la ropa de mi hermanita, Abigail, ya que tenía una contextura física muy similar a la de mi amiga.

-6-

Lucio, el padre de Lara, fue muy amable al llevarnos en auto hasta la Universidad; pero yo no podía tranquilizarme, los recuerdos de lo que había hecho durante la noche me agobiaban, la rápida ducha no había sido suficiente para limpiarme y aún me sentía sucia, dentro de mi alma. Tenía una fuerte necesidad de confesarme; sin embargo no me sentiría nada cómoda narrándole lo acontecido a un Cura, él era hombre y no comprendería asuntos femeninos tan delicados.
Al bajar del auto miré directamente hacia la capilla que estaba conectada a la Universidad. Ésta dividía justo a la mitad el enorme establecimiento, si uno observaba el edificio de frente podría ver a la derecha el amplio complejo universitario con una arquitectura moderna y paredes color beige; a la izquierda se encontraba el colegio secundario, éste mezclaba paredes de piedra y ladrillos gastados y mohosos, que aparentaban ser tan antiguas como la capilla misma y contrastantes sectores tan limpios y rectos de la Universidad.
―¿Pensás ir a rezar? ―me preguntó Lara al verme tan meditabunda.
―De hecho, sí. Necesito hacerlo.
―Espero que no sea por mi beso ―se rio.
―No Lara ―hice un esfuerzo por sonreír―, sólo necesito hacerlo, no hace falta hacer cosas malas para ir a rezar.
―Me parece bien. Disculpá que no te acompañe pero cada vez que entro a ese lugar siento que el señor de la cruz me mira raro.
―Por algo será ―esta vez pude sonreír con mayor naturalidad―. Bueno, nos vemos más tarde ―me despedí de ella con un impersonal beso en la mejilla.
Me separé de mi amiga y me acerqué a la capilla. A veces me preguntaba cuál sería el tamaño real de todo este complejo. Durante mis primeros años de estudios permanentemente estaba realizando nuevos hallazgos, sectores que nunca había visitado o atajos que comunicaban, a través de puertas y pasillos, distintas alas de la Universidad. A los estudiantes universitarios no se nos permitía deambular por el sector del colegio secundario, lo cual me parecía lógico; ningún padre quería que sus hijas e hijos estuvieran codeándose con estudiantes mayores de edad. Sin embargo sí podíamos pasear tranquilamente por casi toda la Universidad y el sector de la capilla. En una de mis travesías por esa amplia red muros supe que detrás de la capilla aún funcionaba una buena parte del antiguo convento y que allí vivían el Cura y varias monjas, que eran las encargadas de administrar el colegio secundario y las misas. Si bien solía evitar a las monjas, en ese momento me urgía hablar con alguien sobre lo que me estaba pasando y me sentiría mucho más cómoda si lo hacía con una mujer.
Entré a la capilla y me persigné sintiéndome culpable, no me creía merecedora de estar de pie frente a la figura de Jesús en la Cruz. No quería quedarme allí más tiempo del necesario, miré en derredor buscando a alguien que pudiera resultarme de ayuda. Tuve la gran suerte de encontrarme con la Madre Superiora, una ancianita bondadosa a la que llamábamos Sor Francisca. Me le acerqué aparentando ser una niña inocente, ella estaba encantada conmigo ya que conocía muy bien a mi familia. Donde hubiera iglesia católica de por medio, mis padres se daban a conocer, además ellos habían hecho generosas contribuciones al establecimiento. Los administradores de todo el complejo sólo tenían una queja con respecto a mí, que yo no haya cursado allí mismo mis estudios secundarios, pero en ese entonces mi madre estaba enamorada de otro colegio privado dirigido por la iglesia al cual concurrimos mi hermanita y yo durante los primeros diecisiete años de nuestras vidas; pero allí no se podían realizar carreras universitarias, por lo que mi madre se vio obligada a buscar un nuevo sitio que le permitiera ostentar todo su amor a Dios.
―Buen día Francisca ―saludé a la arrugada monjita, ella prefería que la llamaran simplemente por su nombre ya que le disgustaban los protocolos― ¿Le puedo hacer una pregunta? ―sostuve mis carpetas y apuntes con ambas manos frente a mi pollera aumentando la ilusión de “niña buena”.
―Claro que sí hijita, ¿qué es lo que te preocupa? ―su sonrisa era amplia, maternal, sincera, gastada y amarillenta.
Miré a mi alrededor para asegurarme de que estuviéramos solas, estábamos rodeadas por amplios bancos de madera situados prolijamente uno detrás del otro, por lo general estaban ocupados por alguien que quisiera rezar en paz, pero solamente vi a Jesucristo en la cruz, como testigo. Sor Francisca seguía sonriéndome y mirándome desde atrás de esos gruesos anteojos redondos que parecían estar hechos con la base de dos botellas. Le devolví la sonrisa y disparé a quemarropa:
―¿Usted cree que las relaciones sexuales entre mujeres son algo normal?
A la pobre ancianita casi le da un infarto, sus ojos quedaron como los de un cordero degollado. Tuvo que aferrarse a un banco de la capilla para no derrumbarse, las piernas le temblaron y me miró como si yo fuera el mismo anticristo enfundado en un traje de niña ingenua.
«¡Excelente Lucrecia!, esta vez sí que la hiciste bien». Ya podía imaginarme los titulares del diario de mañana: “Mojigata asesina a dulce monjita con indagaciones lésbicas
―¡Ay, perdón! ―Pensé rápido―. Me olvidé de explicarle que estoy haciendo una encuesta sobre temas de actualidad, es para un trabajo práctico ―mentí descaradamente y tuve la sensación de que Jesús, desde la cruz, me miraba con ojos acusadores.
―Está bien hija ―la pobre mujer no sabía cómo reponerse del tremendo disgusto―, pero yo ya estoy vieja para temas de actualidad, especialmente temas tan delicados como ese. Deberías preguntarle a alguna de las hermanas más jóvenes. Como a la Hermana Anabella, por ejemplo. Ella es la más jovencita. Seguramente está más actualizada que yo. Virgen María purísima ―se persignó―. Cómo está cambiando el mundo; pero una sierva de Dios siempre debe ser fuerte y entender que el mal siempre va a existir y que a veces cambia de rostro. Recuérdelo muy bien, jovencita.
Agradecí su generosidad y sus sabias palabras, le prometí reunirme con la Hermana Anabella en cuanto me fuera posible. Salí caminando a paso ligero sin levantar la mirada por miedo a que Jesús me fulminara con un rayo divino y me enviara a rendir cuentas a los pies de su Santo Padre.
Algunos vehículos surcaban la calle a gran velocidad, debía tirarme debajo de alguno de ellos y poner fin a toda esta tortura; pero luego recordé que todavía no me había confesado y me iría directo al infierno. No era un buen momento para hacerlo, además el suicidio de por sí era pecado. En ese momento pensé en la famosa frase “¿Qué haría Jesús?”
La respuesta me llegó con disgusto. ¿Qué sabía Jesús de asuntos lésbicos? Él podría ser un gran sabio y se había enfrentado a grandes altercados, manteniendo una ejemplar postura; pero estaba segura de que nunca se había puesto en el lugar de una mujer que se sintiera atraída, de alguna forma, por otras mujeres. Una vez más pude comprobar que en asuntos femeninos, el “Barbudo” no era de gran ayuda.

-7-

Estaba ensimismada en mis pensamientos cuando una chica de mi edad, aproximadamente, pasó junto a mí. La miré sin salir de mi letargo, pero pocos segundos después caí en la cuenta de que la conocía. Era Tatiana, la chica que Lara mencionó cuando se refirió a su apuesta. Ella tampoco me prestó atención.
Ella es una chica de tez oscura y cabello tan negro como el de Lara. Tenía algunos kilos de más, según sus propias palabras; pero, en mi opinión, le ayudaban a realzar su voluptuosa figura. Recuerdo que un viejo amigo, que ya había dejado de cursar conmigo, me dijo una vez que él admiraba mucho el cuerpo de Tatiana, según su opinión, el mundo estaba loco al creer que las mujeres delgadas eran las más bonitas, aseguraba que una mujer, hecha y derecha, debía tener “carne de dónde agarrarse”. También sabía que ese muchacho intentó invitar a salir a Tatiana pero ella se negó. No recibí la noticia completa, pero se corrió el rumor de que ella lo rechazó porque no le interesaban los hombres.
Pensé que si esos rumores eran ciertos, ella podría ayudarme con mi problema. Fue allí cuando di un paso más hacia el barranco de la perdición. La saludé.
―Lara te ganó la apuesta ―le dije, por un segundo creí que mi amiga me había inventado esa excusa para besarme y que no existía ninguna apuesta.
―¿Te besó? ―me miró sorprendida abriendo al máximo sus ojitos rasgados.
―Sí, y tiene una foto para demostrártelo; pero no pienses nada raro, fue sólo por la apuesta ―eso lo dije más para mí que para ella.
―Sí, ya sé. Maldita, ahora le voy a tener que contar…
―¿Contar qué cosa?
―Secreto.
Podía sentir hervir en mí la curiosidad de Pandora. Si mi madre se enteraba que hacía tantas referencias a la mitología griega, me asesinaría; pero no podía evitarlo, siempre me habían fascinado esas historias, aún más que las de la Biblia. No dejaría pasar esta oportunidad, especialmente porque mi instinto femenino me decía que ese “secreto” posiblemente estaría indirectamente relacionado con las dudas que me atormentaban.
―Para ser justas, yo también te gané la apuesta; porque fui yo quien tuvo que poner la cara. Deberías contarme a mí también.
―Sos mala ―no lo dijo como reproche, al parecer mi atrevimiento la divertía―. Te contaría, pero ahora no hay tiempo, estamos por entrar a clases ―éramos compañeras de curso y la universidad administraba las comisiones de forma tal que uno casi siempre tuviera los mismos compañeros en todas las materias.
―Es cierto, en un rato comienza la clase de inglés, la más fácil y aburrida de todas. Ninguna de las dos va a tener problemas por ausentarse una vez ―de hecho ni siquiera tenía ganas de estudiar ese día, no podía concentrarme en nada… o tal vez se trataba del despertar de mi espíritu rebelde; el cual habían amansado a base de ostias y promesas de que si era mala, me iría derechito hacia el infierno del terror. 
―Tenés razón, es muy aburrida y a mí nunca me costó el “inglish”. Espero que después no te arrepientas de lo que te voy a contar. Vení, acompañame.

-8-

La seguí por los pasillos de la Universidad sin saber que me estaba adentrando en un camino sin retorno, ya no habría vuelta atrás y de no haberla seguido mi vida, probablemente, hubiera sido muy diferente. No presté atención al recorrido, me limité a caminar detrás de ella, ni siquiera sabía en qué sector nos encontrábamos. Estaba nerviosa por tanto secretismo ¿no podíamos sentarnos en cualquier banco a conversar? Aparentemente no, ya que ella no se detuvo a pesar de que pasamos por varios sitios muy buenos para sentarse.
No sentía miedo, sólo curiosidad. Confiaba en Tatiana ya que habíamos sido compañeras universitarias durante tres años y en más de una ocasión habíamos hecho trabajos prácticos en grupo. Sabía que ella era una chica muy bondadosa y sumamente generosa. Cuando ella dejó de frecuentar el grupo que habíamos formado con mis amigas, me apené bastante ya que creí que algún día Tatiana sería una de mis mejores amigas, ya que, junto con Lara, era una de las que mejor me caía. Nunca entendí por qué se distanció del grupo, pero supuse que tendría sus razones; podría deberse a los rumores que circulaban sobre su inclinación sexual, a veces la gente tiende a apartar a aquellas personas que no logra comprender. Más de una vez intenté demostrarle que yo no pensaba igual que mis amigas, de ser este el motivo; pero nunca supe cómo hacerlo. Tal vez mi involuntario beso con Lara podría cambiar un poco las cosas, ella era la única chica con la que aún mantenía una relación amistosa dentro del ambiente universitario.
Por fin llegamos destino. Tatiana se detuvo delante de una puerta doble, buscó una llave en su bolsillo y la abrió. Entramos a lo que parecía ser un vestuario deportivo, tenía lógica que éste estuviera ubicado allí ya que desde el otro extremo del mismo se podía acceder a los campos de juego.
―¿Cómo conseguiste esta llave? –pregunté recorriendo el lugar con la mirada, había casilleros, bancos de madera y algunos lavamanos, más allá se podía ver el ingreso a las duchas.
―Ayudo con tareas de conserjería en mis ratos libres. Gracias a eso la cuota mensual de la Universidad se me hace mucho más accesible. Estos cobran lo que quieren ―se quejó―, y para colmo cada mes la aumentan más.
―Ah sí, es cierto… es una barbaridad.
Me sentía avergonzada, no tenía ni la más pálida idea de cuán alto era el monto de la cuota, mis padres se encargaban de pagarla cada mes, mi función se limitaba a asistir a todas las clases, estudiar durante horas y aprobar con buenas calificaciones todos los exámenes; lo cual cumplía muy bien.
No sabía demasiado sobre la vida actual de Tatiana, pero era consciente de que su familia no estaba tan bien económicamente como la mía.
Me senté en un banco de madera color verde claro y Tatiana acercó el que estaba paralelo al mío. Quedamos muy cerca una de la otra, supe que pretendía hablar sin que nadie nos escuche. No pude evitar reparar en sus grandes pechos que sobresalían de la blusa negra sin mangas que llevaba puesta. No es que tuviera mucho escote, pero si tenía senos de tamaño considerable, a veces creía que los míos eran grandes pero los de esta chica me hacían ver como una tabla de planchar. Vestía una pollera similar a la que yo llevaba puesta, aunque la de ella era bastante más corta y ajustada, cuando se sentó se le levantó un poco y pude ver sus piernas de piel morena. A pesar de ser una chica rellenita, contaba con piernas firmes y bien torneadas.
―Lo que te voy a contar es verídico ―comenzó diciendo―, si te molesta lo que vas a escuchar es tu culpa, por insistir ―asentí con la cabeza, no tenía idea de qué me diría― ¿Vos conocés bien a Cintia?
―Sí, es mi amiga.
Cintia era una de las chicas que formaban mi más cercano círculo de amistad. Era una muchacha rubia, y distaba mucho de ser la más hermosa del grupo; pero sus sugerentes y extravagantes atuendos sumados a grandes capas de maquillaje, la hacían bastante llamativa. Acostumbraba llevar grandes anteojos de sol, esto cubría sus ojos demasiado grandes y saltones, dándole la oportunidad de aparentar ser una “Barbie”, excesivamente delgada, como esas muñecas y con el mismo coeficiente intelectual. Tal vez estoy haciendo un análisis en retrospectiva de ella y puedo ser un tanto injusta al resaltar tanto sus puntos negativos, ya que el mayor problema que tenía con ella era que a veces me molestaban sus comentarios con marcada tonalidad soberbia, nada a lo que no pudiera acostumbrarme después de cierto tiempo; pero luego tendría motivos más que suficientes para detestarla. Aprendí que en cuanto mejor me cae una persona, más hermosa la veo físicamente, así no lo sea en realidad, tiendo a realzar sus puntos buenos, en cambio cuando una persona me desagrada, sólo puedo recordar sus defectos y puedo agrandarlos en mi mente hasta el punto de ver a esa persona como un ser horrible.  
―¿Alguna vez ella te contó por qué me odia tanto? ―me preguntó Tatiana.
―No, de hecho no sabía que ella te odiara… o sea, sé que no le caes bien. Nada más.
―Me odia ―sus ojos chispearon―. Antes ella era mi amiga, mi mejor amiga ―también desconocía ese detalle-; pero un día pasó algo que tiró la amistad por la borda… no sé cómo contarte esto.
―Podés intentar contarme desde el principio, con palabras claras ―mordí mi labio inferior, no sabía si era buena idea pedirle que me narrara lo ocurrido.
―Bueno, está bien. Te hice venir hasta acá, lo mínimo que puedo hacer es contarte. Nosotras éramos muy unidas desde la secundaria, pasábamos mucho tiempo juntas y nos teníamos mucha confianza. Pero como te dije, un día hubo un problema que arruinó todo. Esto pasó una noche en la que estábamos en su casa, en su cuarto, para ser más precisa. Cintia empezó un jueguito peligroso, y fue ella quien comenzó, yo solamente le seguí la corriente, te lo juro. El jueguito consistía en toquetear a la otra de forma aparentemente divertida e inocente ―«¡Ay mi Dios, otra historia sobre lesbianas!», pensé. A pesar de mi incomodidad decidí no interrumpirla, de todas formas mi instinto me había preparado levemente y esto era lo que estaba buscando, ahora debía soportarlo―. Cintia comenzó a pasarse un poco de la raya con los toqueteos, y cuando digo “pasarse de la raya” lo digo literalmente... con decirte que llegó a meterme un dedo en la vagina ―abrí mucho los ojos y levanté mis cejas al máximo.
―¿Y vos qué hiciste? ―pregunté con la boca seca.
―No me quedé atrás, le respondí haciendo lo mismo.
―Estaban... ¿desnudas?
―No, pero teníamos polleras, era fácil meter la mano.
―¿Qué pasó después? ―estaba consternada, no podía dejar de imaginar a Lara desnuda al escuchar lo que Tatiana me estaba contando.
―A modo de represalia, Cintia volvió a introducir su dedo en mi vagina, pero lo hizo más adentro. Dedo va, dedo viene, nos fuimos poniendo cachondas. Especialmente ella, que se mojó toda. Lo que viene ahora puede que no te guste, pero así es como pensaba contárselo a Lara, supongo que a ella tampoco le van a agradar los detalles; pero eso es problema de ustedes, no mío. De todas formas, después no vuelven a hablarme, como pasa siempre con todas ―no le dije nada ya que no encontré palabras―. La situación con Cintia empeoró cuando a mí se me ocurrió chupársela, tengo que admitir que siempre tuve mucha inclinación por las mujeres y ella lo sabía perfectamente, por eso mismo conocía los riesgos de jugar de esa forma conmigo. Cuando me metí entre sus piernas pensé que se iba a negar, pero no, al contrario, me dejó comerla toda. Fue mi primera experiencia con una mujer, no podía creer que lo estuviera haciendo... y con mi mejor amiga. Para que entiendas que no fue una simple lamida te cuento que duró bastante tiempo y fui muy intensa, ella se movía para todos lados y no paraba de jadear ―le iba a decir que no era necesario dar tantos detalles pero no podía ni hablar, me sentía sumamente extraña, nunca había hablado de sexo de forma tan abierta con alguien y mucho menos de sexo lésbico―. Estuve casi media hora chupándola. No te miento. Después de tanto tiempo ella no podía decir que fue algo que hice sin su consentimiento. Hasta tuvo un orgasmo. Para mí fue como un sueño hecho realidad, estaba muy feliz.
―Fue algo bastante loco ―admití―, pero no le veo el problema.
Eso tenía validez sólo si consideraba algo corriente comerle la rajita a una amiga... al menos Tatiana había tenido la decencia de hacerlo mientras ella estaba despierta, yo aún podía recordar el culposo sabor de la vagina de Lara. ¡Dios mío! Qué extraño se sentía admitirlo, había chupado una... una de esas, no podía deshacer lo hecho, quedaría durante toda mi vida en el prontuario de mis locuras; pero lo que más me inquietaba era ese perverso recuerdo de placer.
―La historia no termina allí ―reanudó Tatiana―. Después me acosté en la cama, me quité la bombacha y le pedí que me la chupara –se quedó en silencio, parecía muy triste.
―¿Y qué pasó?
―La muy hija de puta empezó a gritarme de todo «¡Lesbiana de mierda!», «¡Gorda puta!» y demás cosas por el estilo. Fue como si se hubiera transformado en un segundo, como si pasara del amor al odio en un solo paso, como si la Cintia que conocía hubiera sido consumida por un ser maligno. Me insultó y me humilló sin razón alguna. Hasta me echó de su casa en mitad de la noche y yo ni siquiera tenía plata para un taxi. Tuve que ir caminando hasta mi casa, fue horrible, no podía parar de llorar, no entendía nada ―el simpático rostro de Tatiana se llenó de lágrimas.
―¡Pero qué hija de puta! ―me sorprendí a mí misma al decir semejantes palabrotas, pero estaba indignada. Muy indignada―. No te pongas mal Tati. La estúpida es ella, que no supo admitir que le gustó y peor aún, por orgullosa ni siquiera te pidió disculpas ―asintió lentamente con la cabeza limpiando las lágrimas con el dorso de la mano. En ese momento supe que había encontrado la persona indicada para plantearle mis dudas-. Te cuento una cosa. Hace unos días que me está pasando algo raro ―me temblaban las manos, por primera vez hablaría de mi problema, abiertamente―, algo raro con las mujeres ―me miró directamente a los ojos― tengo mucho miedo de que pueda estar volviéndome lesbiana. Ni siquiera sé si debería llamarlo de esa forma... no sé qué hacer, es todo muy confuso. ¿Es normal que una mujer se sienta atraída sexualmente por otra sin ser lesbiana?
―Me sorprende muchísimo esto viniendo de vos, Lucrecia. Siempre te vi como una chica... no sé cómo llamarlo... ¿normal? Te veo como el modelito de la “chica perfecta”, los profesores siempre me dicen: «Aprendé de Lucrecia Zimmer, ella sabe cómo hacerlo» ―mencionó mi apellido, al igual que lo hacían los profesores―. También pensaba que vos me detestabas igual que las otras chicas, ya que sos amiga de Cintia, algo malo te habrá dicho de mí.
―Te juro que no sabía nada de todo esto. Me indignan muchísimo estas situaciones, no puedo creer que te haya tratado de esa forma y de haberlo sabido antes, no me llevaría tan bien con ella. Te pido disculpas, es cierto que me alejaba de vos por miedo a lo que mis amigas dirían; pero sé que no sos una mala chica, al contrario. No me importan cuáles sean tus inclinaciones sexuales.
―Soy lesbiana, no lo niego. Nunca estuve con un hombre ni quiero estarlo. Sé perfectamente cómo te sentís. A mí también se me hizo un poco difícil al principio. Me costaba asimilarlo, es más, ni siquiera sabía si era alguna locura pasajera o realmente estaba sintiendo atracción por el sexo femenino.
―A mí me pasa exactamente lo mismo. No sé cómo hacer para estar segura de lo que siento.
Me sonrió como si fuéramos amigas de toda la vida. Inclusive tenía la sensación de que éste podría ser el inicio de una gran amistad.
―¿Ya tuviste alguna experiencia con una chica? ―esa pregunta fue como un cachetazo para mí.
―Eso... es algo difícil de responder... no sabría si llamarlo experiencia –noté que la sangre se me agolpaba en las mejillas, debí haberme puesto roja como un tomate.
―No me voy a meter en tu intimidad, Lucrecia. Simplemente pregunté porque una verdadera experiencia con una mujer podría ayudarte a saber si es sólo curiosidad o realmente te gustan.
―No lo llamaría una “verdadera experiencia”. Fue algo... muy extraño.
―¿Vos sentís que te excitan la mayoría de las mujeres o solo con una en particular?
Las preguntas de esta chica seguían cayéndome como baldazos de agua helada. Todo estaba ocurriendo tan rápido que no me había detenido a pensar en eso. Al hacer memoria supe que el viejo altercado con mi prima no fue más que producto de la casualidad; pero con Lara lo sentí muy diferente desde el comienzo. Además fui yo la que buscó llegar más lejos.
―Me pasa con una sola ―contesté agachando la cabeza.
―Entonces puede ser que te guste esa persona en particular, aunque sea de tu mismo sexo, tal vez te “enamora” su forma de ser… o puede ser simple calentura. No soy una experta en la materia; pero creo que primero deberías corroborar si te pasa eso con otras mujeres.
―Puede ser, tal vez es sólo una fijación con ella ―dije, con la vista fija en ninguna parte.
―Lucrecia, mirame ―me sobresalté al sentir que algo me tocaba la pierna, era la mano derecha de Tatiana―. ¿Qué pensás de mí?
―Creo que sos una buena chica y que...
―No, tonta. Me refiero a qué pensás de mí como mujer, ¿creés que soy atractiva?
―Sí ―dije sin dudarlo, no quería que ella tuviera una idea equivocada―. Sos una mujer atractiva.
―¿Te resulto atractiva a vos?
―¿Eh?
―Lo que escuchaste. ¿Te resulto atractiva... como te pasa con esa otra mujer?
―No sé... puede ser ―caí en la cuenta de que ella estaba demasiado cerca de mí, me estaba sintiendo un poco incómoda.
―Hagamos una cosa...
Miró hacia la derecha y luego a la izquierda, para cerciorarse de que estuviéramos solas; lo siguiente que vi fue sus manos bajando rápidamente la blusa por el escote y sus grandes y pulposos pechos aparecieron ante mí. Quedé boquiabierta con la mirada fija en esas marcadas areolas oscuras que señalaban el centro de cada teta.
―¿Te gusta lo que ves? ―me preguntó, no noté sensualidad en su vos, no me dio la impresión de que me estuviera provocando, parecía una pregunta técnica, como si la hubiera realizado un profesor.
―Sí, son muy lindas.
Sabía que el rubor de mis mejillas debía estar delatando mi nerviosismo. Volvió a cubrirse los senos.
―Me alegra saber que te gustaron ―me dijo con una cálida sonrisa.
―¿Eso quiere decir que me gustan las mujeres? ―pregunté asustada.
―No, para nada, sólo quiere decir que te gustan mis tetas ―sonrió divertida. Comencé a reírme.
―No sé si estoy para bromas, Tati... ¿te puedo decir Tati?
―Sí, podés. Perdoname pero quería romper un poquito el hielo, te veo muy tensa. Como si tu vida dependiera de si te gustan las mujeres o no.
―En este momento me siento así.
―No es para tanto... no tiene nada de malo que te gusten...
―Eso lo decís porque no tenés mi familia. Me asesinarían si viniera con un planteo semejante, son demasiado ortodoxos.
―Comprendo...
―Me encantaría saberlo de una vez, me vuelve loca pensar tanto. Antes había tenido dudas leves... nada de qué preocuparme, pero ahora las cosas se me están yendo de las manos.
―A veces, las manos, pueden responder más preguntas que el cerebro.
―¿Por qué lo decís?
―Por esto...
Me sobresalté cuando sentí sus dedos deslizándose por mi rodilla derecha. La tenue caricia era cálida y las yemas de sus dedos eran sumamente suaves, como si fueran almohadillas de seda. Nunca había experimentado algo como esto, en parte estaba intranquila por la forma en la que ella subía con su mano; pero al mismo tiempo me sentía segura, confiaba en su sonrisa y en sus profundos ojos negros.
―Vos decime si esto te agrada o te molesta; sin miedo. Si te molesta saco la mano ―sus dedos continuaban avanzando sin prisa por la cara interna de mis muslos, perdiéndose bajo la pollera; no pude responderle, estaba hipnotizada―. ¿Te molesta? ―Tuve que negar con la cabeza, ella continuó su viaje, ya estaba peligrosamente cerca de mi entrepierna, no podía dejar de mirarla a los ojos―. Pensá que es una mujer la que te está tocando, si querés imaginá a la que te genera dudas.
Mientras hablaba sus dedos lograron escabullirse en mi intimidad, un relámpago cruzó repentinamente por mi cuerpo en cuanto ella tocó mi vagina por encima de la bombacha, cerré las piernas por puro acto reflejo y me puse de pie bruscamente. Mi corazón tamborileaba acelerando el ritmo, sentía la boca seca. Tatiana me miró a los ojos, pude ver preocupación en los suyos.
―No puedo... –le dije―. No me siento cómoda si me tocan... perdón... no sé qué me pasa.
―La que tiene que pedirte disculpas soy yo, tal vez me excedí.
―No, no... ni se te ocurra pensar que me enojé con vos, sé que lo hiciste para ayudarme; no te veo como una aprovechadora.
―No lo soy. Tal vez mis buenas intenciones no son suficientes, imagino que no debe ser fácil dejarse tocar por una persona del mismo sexo.
―Mi caso es un tanto... especial. No le cuentes a nadie pero... solamente una vez tuve sexo con otra persona... y fue una experiencia bastante fea.
―¿Eso ocurrió con un hombre?
―Sí, tal vez por eso imagino que las mujeres me pueden gustar, porque ya probé con un hombre y me desagradó mucho. Desde esa vez no volví a acostarme con nadie.
―No te imaginaba tan... puritana ―me dijo con una cálida sonrisa―. Con lo linda que sos, pensé que deberías ser muy activa sexualmente.
―Para nada, no me faltaron ofertas; pero siempre las rechazo a la primera insinuación, me da miedo que se repita lo que me pasó con ese chico.
―Comprendo, a mí también me dio miedo cuando quise estar por segunda vez con una mujer, me aterraba que reaccionara igual que Cintia; pero logré superarlo, con la ayuda de la calentura que tenía en ese momento.
―Tal vez ese sea el problema. No me siento con ánimo para el sexo ahora mismo. En realidad tengo la cabeza llena de tantas preguntas y no me siento capaz de nada.
―Creo que ahí tengo la culpa yo, lo llevé directamente para un plano sexual, tal vez vos necesitás algo más... afectivo.
―No lo sé... no sabría respondértelo ahora mismo. Estoy muy confundida.
―Entonces dejémoslo acá. Pensalo bien. No hay apuro, es tu vida. No me puedo entrometer en eso.
―Gracias, Tatiana. Sos una chica muy buena, no imaginé que fueras tan comprensiva. Me ayudaron mucho tus palabras. Creo que te equivocaste de carrera al elegir “Administración de Empresas”, deberías haber sido psicóloga.
―¿Con lo rayada que estoy? ―preguntó riéndose.
―Más rayada que yo no estás... eso te lo aseguro.
―¿Vas a volver a clases?
―Creo que no. Sería en vano, hoy no voy a poder concentrarme en nada. Mejor me voy a mi casa ―ella abrió los ojos por la sorpresa.
―Esto sí que no lo puedo creer. La inteligente y aplicada Lucrecia Zimmer, ¡faltando a clases! Se nota que estás atravesando por un cambio muy grande. Deberías aprovechar el tiempo libre para plantearte todas las dudas que tengas.
―Gracias, “doctora”, lo voy a tomar en cuenta ―su sonrisa brilló―. Bueno, me voy... gracias por todo.
Caminé hacia la puerta del vestuario y cuando lo abrí escuché una vez más la voz de Tatiana:
―Lucrecia...
―¿Si? ―me volteé para mirarla, ella tenía la cabeza gacha.
―¿Me prometés que no me vas a ignorar cuando te salude o quiera charlar con vos? ―esa pregunta fue como un puñal helado en mi corazón, me conmovió mucho.
―Te lo prometo. En lo que a mí respecta, vos y yo podemos ser muy buenas amigas. A Lara también le caés muy bien, así que cuando nos veas en la cafetería, acercate a tomar algo con nosotras.
―Gracias ―su amistosa sonrisa volvió a aparecer; la saludé con un gesto de la mano y me fui.

-9-

Cuando llegué a mi casa tuve que mentirle a mi madre, alegando que un profesor se había ausentado; ella no cuestionó mi excusa ya que nunca me había escapado de la universidad. Era la ventaja de ser una chica aplicada y responsable, cuando me volvía irresponsable, nadie se daba cuenta.
Me encerré en mi cuarto, manoteé un CD de música al azar, que resultó ser uno de la banda Evanescence y lo reproduje a alto volumen. Necesitaba aislarme del mundo.
Me acosté en mi cama, mirando fijamente el techo y comencé a analizar mi comportamiento durante los últimos meses. Me di cuenta de que nunca había necesitado una pareja que me brindara amor, la sola idea del romance a veces me parecía tonta; como si eso estuviera hecho para las chicas buenas que se pasaban horas mirando telenovelas, llorando por las desgracias que acontecían a las protagonistas. No me sentía como ellas, de hecho nunca había sufrido algún mal de amores, ya que nunca me había enamorado de nadie... a no ser que Lara fuera...
No. Esa idea era aún más absurda, quería y admiraba a Lara, tal vez como a nadie en el mundo, pero eso no significaba que estuviera enamorada de ella. Mis dudas no tenían que ver con el amor, al menos eso creía, mis dudas eran netamente sexuales, éstas se hicieron más fuertes con el video erótico de mi amiga y las empeoré al cometer la idiotez de lamerle la vagina mientras dormía, en ningún momento había pensado en cariño, amor o romance. Lo que buscaba era satisfacer mis libidinosos deseos. Eso me cuadraba mejor, me tranquilizaba, en cierta forma. Sabía que esto algún día pasaría, mi cuerpo comenzaría a hartarse de las represiones psicológicas a las que lo sometía y comenzaría a pasarme factura. Casi podía escucharlo diciendo «Vamos, Lucrecia, tenés veintiún años, ¿cuándo vamos a empezar a coger?», diría “empezar” ya que ni mi cuerpo ni ninguna otra parte de mí tomaba como un verdadero inicio la experiencia con aquel chico. Un verdadero inicio sexual debía estar marcado por un orgasmo, o al menos una grata emoción, tanto física como psicológica.
Le prometí a mi cuerpo que ya no lo ignoraría, no podía prometerle hacer todo lo que él me pedía; pero al menos sería escuchado y, tal vez, en ciertas ocasiones, haría lo que él me pidiera. Me había hartado de seguir siempre las reglas, merecía disfrutar mi vida... pero primero tenía que esclarecer mis dudas.